Capítulo 3
Conchi no había llegado muy lejos. Después de salir de la plaza por la calle Mayor se había detenido primero ante el escaparate de una tienda, luego a saludar a una vecina que llevaba semanas sin ver y, cuando quiso darse cuenta, seguía a menos de dos minutos de los puestos y eran ya casi las diez y media.
La bolsa con el queso y la miel empezaba a pesarle más de lo que justificaban las dos compras, pero regresar a casa para volver a salir después le parecía una manera bastante absurda de organizar la mañana.
Desde la entrada de la plaza llegaba el ruido de la actividad infantil que estaban preparando junto al Ayuntamiento.
Alguien probó un micrófono y provocó un pitido que hizo volverse a varias personas a la vez; después se oyó la voz de Irene pidiendo que bajaran el volumen.
Conchi sonrió para sí y decidió entrar de nuevo por el lateral de los soportales.
Se quedaría un rato más, vería el comienzo de las actividades y, esta vez sí, se marcharía antes de que la bolsa terminara por abrirle un surco en la mano.
La feria estaba mucho más concurrida que veinte minutos antes.
Había familias junto a la fuente, varias personas esperando en el puesto de quesos y un pequeño atasco frente a una mesa de dulces donde nadie parecía dispuesto a decidir deprisa.
Conchi avanzó sin buscar nada concreto, disfrutando de ese momento en el que todavía se podía caminar despacio aunque ya hiciera falta apartarse de vez en cuando para dejar pasar a alguien.
Las voces de Ramiro y Marcos le llegaron antes de que pudiera verlos con claridad.
No estaban gritando, pero tampoco hablaban como dos hombres que quisieran mantener una conversación privada.
Marcos se había acercado desde su puesto y permanecía a un lado de Mieles Leal, con los brazos cruzados y el gesto más serio que el día anterior.
Ramiro seguía detrás del mostrador, aunque había dejado de atender a la pareja que esperaba frente a él.
Eva, en cambio, preparaba una bolsa para otra clienta y trataba de mantener el ritmo del puesto como si la discusión pudiera pasar por detrás de ella sin afectar a las ventas.
—No me hables como si no supiera lo que cuesta sacar un kilo —estaba diciendo Marcos.
—Entonces sabrás también que cada uno pone el precio que considera —respondió Ramiro—. Eso se llama vender, no pedir permiso.
—Una cosa es poner precio y otra tirar de él hasta que los demás parezcamos ladrones.
Ramiro dejó el tarro que tenía en la mano sobre el mostrador con más cuidado del que sugería su expresión antes de contestar.
—Si crees que cobro poco, cobra tú menos.
—No es solo el precio y lo sabes.
Aquella frase hizo que dos personas que estaban esperando giraran la cabeza. Eva levantó la vista un instante, pero antes de que pudiera decir nada Marcos continuó.
—Lleváis meses moviendo una cantidad que no me cuadra con las colmenas que tenéis. Ni a mí ni a cualquiera que lleve suficientes años en esto.
Ramiro se quedó inmóvil durante un segundo. No fue mucho, pero Conchi lo notó porque hasta entonces había respondido sin pausa, con la seguridad de quien conoce una discusión vieja y sabe de memoria qué decir después.
—Ahora resulta que también llevas mis cuentas.
—No necesito llevarlas. Coincidimos en ferias, veo lo que sacas y sé la producción que puede dar una temporada como esta. Si luego, además, vendes por debajo de todos, entenderás que pregunte.
—Pues pregunta en tu puesto y deja trabajar en el mío.
Marcos dio un paso hacia atrás, aunque no parecía dispuesto a terminar todavía, y su tono siguió siendo igual de áspero.
—A mí me da igual cómo te organices, Ramiro. Lo que no me da igual es que luego digas que los demás no sabemos competir.
Eva cerró la bolsa que estaba preparando, cobró a la clienta y, cuando esta se alejó, intervino con un tono más cansado que enfadado, sin dejar de ordenar el mostrador.
—¿Os importaría guardar la reunión del gremio para cuando no tengamos gente delante?
—Díselo a él —replicó Ramiro.
—Se lo estoy diciendo a los dos.
Marcos miró alrededor y debió de darse cuenta entonces de cuántas personas habían prestado atención. Su enfado no desapareció, pero bajó la voz.
—Ya hablaremos otro día.
—Cuando quieras.
—Eso dices siempre.
Volvió hacia su puesto sin despedirse. Ramiro lo siguió con la mirada unos segundos y después tomó de nuevo el tarro que había dejado sobre la mesa.
—Perdonad —dijo a la pareja que seguía esperando—. ¿Cuál os estaba explicando?
La normalidad tardó poco en recuperar su sitio, al menos por fuera.
La mujer señaló una miel oscura y Ramiro retomó la explicación casi desde el punto donde la había interrumpido.
Eva recogió un folleto que había caído al suelo, recolocó dos bolsas y respondió a una pregunta sobre los horarios de la cata.
Nadie volvió a mencionar a Marcos, aunque durante un par de minutos las personas más cercanas hablaron algo más bajo de lo habitual.
Conchi se había quedado junto a uno de los extremos del pasillo, lo bastante cerca para haber oído casi todo.
La discusión del día anterior, hecha de bromas y pullas, acababa de adquirir una forma bastante menos amable.
Marcos no se limitaba a quejarse de que Ramiro vendiera más o tuviera mejores clientes; había cuestionado abiertamente unas cifras que, según él, no encajaban con las colmenas de Mieles Leal.
No sabía si aquello significaba algo más que dos apicultores comparando negocios con demasiado interés.
En cualquier sector pequeño, pensó, cada uno debía de conocer bastante bien cuánto vendía el vecino, a qué precio y con qué cara regresaba de una feria.
Había visto discusiones parecidas en el colegio por asuntos mucho menos importantes: bastaba con que alguien creyera que otro recibía más recursos, más horas o más facilidades para que una diferencia práctica terminara convertida en cuestión de principios.
Siguió caminando antes de que alguien pudiera confundir su presencia con interés por el asunto.
Cuando pasó junto al puesto de Marcos, él ya atendía a un hombre que quería dos tarros y explicaba las variedades con la misma brusquedad de siempre, aunque todavía tenía el gesto tenso.
Conchi no lo saludó. Tampoco le pareció necesario.
A las once comenzaron las actividades infantiles.
Un grupo de niños ocupó parte del espacio próximo al Ayuntamiento y obligó a los adultos a reorganizarse alrededor con esa rapidez que tienen las plazas cuando aparecen veinte pequeños donde antes había sitio de sobra.
Irene cruzó varias veces con papeles en la mano y Noelia ayudó a mover unas sillas que habían quedado demasiado cerca del paso.
Conchi se quedó un rato junto a la fuente, viendo cómo una monitora intentaba explicar una actividad mientras dos niños discutían ya sobre quién debía empezar.
Fue entonces cuando vio llegar a Sara Leal, a quien conocía de vista y con quien había hablado alguna vez, aunque no lo suficiente como para decir que tuvieran trato.
Sabía que era la hija de Ramiro y que ayudaba de vez en cuando con la parte administrativa de Mieles Leal, pero también que tenía su propio trabajo y su propia vida.
Sara se acercó al puesto con una carpeta fina bajo el brazo y saludó a Eva antes de inclinarse hacia ella para decirle algo que Conchi no alcanzó a oír.
Eva respondió señalando debajo de la mesa.
Sara dejó allí la carpeta y empezó a sacar unas bolsas de papel de una caja.
Durante unos minutos los tres trabajaron con normalidad.
Ramiro atendía, Eva cobraba y Sara preparaba material para la cata.
Desde donde estaba Conchi, aquello parecía el funcionamiento habitual de un negocio familiar en un día con más público del esperado.
La tensión apareció sin anuncio. Ramiro dijo algo desde el otro lado del mostrador y Sara respondió sin levantar la voz, pero con una firmeza que hizo que Eva dejara de doblar una bolsa durante un instante.
—No voy a hablar de eso ahora —dijo Sara.
—Pues nunca es ahora —contestó su padre.
Conchi desvió la atención hacia los niños, aunque la conversación seguía llegando a fragmentos porque el puesto estaba apenas a unos metros.
—Te dije que después de la feria.
—Y yo te digo que el negocio no puede esperar siempre a que a ti te venga bien.
—Yo también tengo trabajo, papá.
—No he dicho que no lo tengas.
—Pero actúas como si todo esto tuviera que ser lo primero para mí.
Hubo un silencio breve. Conchi no vio la cara de Ramiro porque un grupo de personas pasó entre la fuente y el puesto, pero cuando volvió a tenerlo a la vista estaba apoyado con ambas manos en el borde del mostrador.
—Solo te he pedido que pensemos qué vas a hacer más adelante.
—Y yo llevo tiempo diciéndote que no puedes decidirlo tú por mí.
Eva dejó la bolsa que tenía entre las manos e intervino entonces, esta vez sin humor.
—Sara, ¿me ayudas con las bolsas grandes? Se están acabando. Ramiro, tienes gente esperando.
No fue una orden, pero funcionó como tal.
Sara respiró hondo, se agachó para buscar lo que Eva le había pedido y Ramiro se volvió hacia dos clientes que acababan de acercarse.
La discusión quedó suspendida, no resuelta.
Lo suficiente para que cualquiera que hubiera escuchado solo esas frases pudiera completar el resto a su gusto.
Conchi sintió esa tentación durante un momento y la rechazó casi al reconocerla.
Era fácil construir una historia: un padre que quería que su hija continuara un negocio familiar, una hija que no estaba dispuesta a vivir según ese plan y una discusión pública precisamente el día de la feria.
Pero no sabía qué había ocurrido antes, qué quería exactamente Ramiro ni qué estaba intentando decir Sara cuando hablaba de después de la feria.
Lo único cierto era que estaban enfadados y que el futuro de Mieles Leal formaba parte del motivo.
A su alrededor, además, nadie parecía dispuesto a conceder a la escena tanta importancia.
Dos mujeres seguían comparando precios en un puesto cercano; los niños aplaudieron algo que Conchi no llegó a ver y un hombre preguntó a Noelia dónde podía encontrar el programa de la tarde.
La feria continuaba con una eficacia casi indiferente a los problemas de quienes ocupaban los puestos.
Sara apareció unos minutos después al otro lado de la mesa con un paquete de bolsas en la mano.
Ya no discutía. Le dijo algo a Eva, recibió una respuesta breve y se quedó ayudando a colocar material.
Ramiro tampoco retomó la conversación. Si estaba molesto, lo canalizaba atendiendo a cada cliente con una concentración casi excesiva, explicando variedades, pesos y precios sin equivocarse una sola vez.
Conchi miró el reloj del Ayuntamiento. Pasaban unos minutos de las once y cuarto.
Había salido de casa con la intención de dar una vuelta corta y llevaba casi toda la mañana entrando y saliendo de la misma plaza.
Lili, que no entendía de semanas culturales ni de negocios familiares, probablemente consideraría aquello una traición imperdonable si tardaba mucho más, pero marcharse justo entonces para volver a cruzar el centro al poco rato tampoco tenía demasiado sentido.
Se sentó unos minutos en uno de los bancos cercanos a la fuente y dejó la bolsa a sus pies.
Desde allí veía parte de la feria sin necesidad de acercarse a ningún puesto.
La discusión de Marcos y la de Sara se mezclaron por un instante en su cabeza, no porque creyera que estuvieran relacionadas, sino porque ambas habían dejado al descubierto algo que la tarde anterior no se veía: detrás de un puesto bien colocado y unos tarros ordenados cabían bastantes preocupaciones distintas.
No era nada extraordinario. En una feria se vendía miel, queso o cerámica, pero cada persona seguía llevando consigo lo que hubiera traído de casa.
Conchi decidió descansar cinco minutos antes de dar una última vuelta y volver con Lili, más interesada en el bullicio de la plaza que en averiguar por qué aquella mañana todo el mundo parecía tener cuentas pendientes con Ramiro Leal.