La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

Poco antes de las diez de la mañana, la Plaza de los Castaños ya había conseguido borrar casi por completo el desorden de la tarde anterior.

Las mesas torcidas, los cables a medio recoger y las cajas apiladas junto a los bancos habían desaparecido bajo manteles, carteles y pequeños expositores, y la gente se movía entre los puestos con esa curiosidad tranquila de las primeras horas, cuando todavía era posible detenerse a mirar sin sentir que alguien esperaba pasar por detrás.

Conchi había cumplido primero con el paseo de Lili, que aquella mañana se había resistido a volver a casa en cuanto comprendió que la plaza olía a pan, queso y embutido.

Después de conseguir que entrara en la calle de las Moreras mediante una negociación bastante poco digna, la había dejado instalada en el salón, junto a la franja de sol que entraba por la ventana, y había regresado sola.

Pensaba dar una vuelta, comprar un par de cosas y marcharse antes de que empezaran las actividades infantiles y aquello se llenara de familias.

La diferencia con el día anterior era considerable.

Irene había conseguido que los carteles se leyeran desde lejos y también que nadie colocara una caja delante de ellos, lo que quizá fuese un logro todavía mayor.

Cerca de los soportales, una pareja hojeaba libros de segunda mano; junto a la fuente, dos mujeres comentaban unas mermeladas caseras mientras el vendedor les explicaba algo sobre los frutos que utilizaba, y desde La Parra llegaba el ruido de las tazas mezclado con las conversaciones de quienes habían decidido observar la feria sentados.

Conchi se detuvo frente a un puesto de quesos y terminó comprando una pieza pequeña después de prometerse que solo iba a mirar. La guardó en la bolsa de tela que llevaba doblada en el bolso y siguió despacio, sin ninguna prisa por llegar a un sitio concreto.

—Al final has vuelto.

Irene apareció por su izquierda con la misma carpeta del día anterior, aunque esa mañana llevaba además una acreditación colgada al cuello.

—Te dije que vendría.

—También dijiste que no pensabas trabajar.

—Y mantengo las dos cosas.

—No te preocupes. Hoy ya no necesito opiniones sobre carteles.

—Entonces puedo disfrutar de la mañana.

Irene miró hacia la zona central de la plaza, donde un hombre acababa de preguntar a Noelia algo que parecía relacionado con una toma de corriente.

—No cantes victoria. Aún es pronto.

Conchi siguió la dirección de su mirada y vio a Noelia agachada junto a una de las mesas, comprobando que un cable quedara pegado al suelo y no cruzara el paso. Cuando terminó, se incorporó y respondió a otra persona sin dejar de señalar hacia el extremo opuesto de la plaza.

—¿Cuánto lleváis abiertos?

—Media hora larga. Y ya me han preguntado cuatro veces dónde están los aseos, aunque hay dos flechas enormes.

—Eso demuestra que el problema no era el tamaño de las letras.

—No se lo digas a Noelia. Ayer defendió mi cartel.

Irene se alejó casi inmediatamente porque alguien la llamó desde la entrada del Ayuntamiento.

Conchi continuó entre los puestos y se entretuvo un rato viendo unas piezas de cerámica antes de llegar a la zona de productores.

Allí había más movimiento que el día anterior, aunque todavía se podía hablar con calma.

Algunos vecinos habían acudido temprano precisamente para eso, y los vendedores aprovechaban para explicar sus productos con un entusiasmo que probablemente irían perdiendo a medida que avanzara el día.

El reloj del Ayuntamiento marcaba las diez y cinco cuando Conchi llegó a la zona de productores.

El puesto de Mieles Leal se reconocía desde unos metros antes por el panel con las fotografías de los colmenares.

Eva había terminado de colocar la presentación que el día anterior seguía corrigiendo y, vista ya completa, Conchi entendió mejor por qué había insistido tanto con los tarros grandes y los pequeños.

Había distintos tamaños, variedades y algunos productos complementarios distribuidos de forma que el mostrador no pareciera abarrotado, pese a tener muchas más cosas de las que ella recordaba haber visto durante el montaje.

Ramiro estaba hablando con un matrimonio mayor y sostenía un tarro en la mano mientras explicaba la diferencia entre dos mieles. Eva atendía a una mujer que quería llevarse varios frascos para regalo y buscaba bolsas de papel bajo la mesa sin perder el hilo de la conversación.

Conchi habría pasado de largo para no interrumpir, pero Ramiro la vio antes.

—Mira quién viene sin la perra.

—La he dejado en casa por el bien de todos.

—Por el nuestro, querrás decir.

—Sobre todo por el vuestro. Ayer ya estaba haciendo planes.

El matrimonio se despidió con dos tarros en una bolsa y Ramiro dejó libre un espacio del mostrador.

—¿Tú qué quieres?

—Todavía no lo sé.

—Mala respuesta. Con esa actitud acabas comprando el doble.

—Eso me acaba de pasar con un queso.

—Pues ya tienes media comida. Te falta esto.

Le señaló una miel de color claro y Conchi tomó el tarro para leer la etiqueta. No era especialmente fiel a una variedad concreta y normalmente compraba la que le recomendaban, aunque conocía lo suficiente como para saber qué sabores le gustaban y cuáles acababan olvidados en un estante.

—¿Esta es suave?

—Bastante. Si la quieres para desayunar, yo me llevaría esa.

—No le hagas caso del todo —intervino Eva desde el otro lado mientras cerraba una bolsa para su clienta—. A Ramiro cualquier miel le parece buena para desayunar, comer y cenar.

—Porque lo es.

—Y si pudiera, se la pondría a las lentejas.

Ramiro hizo un gesto de ofensa antes de responder.

—Eso no lo he hecho en mi vida.

—Porque no te he dejado.

La mujer que esperaba su compra se echó a reír y Conchi también. Eva terminó de cobrar, le dio las gracias y se acercó unos pasos para recolocar dos folletos que habían quedado torcidos.

—¿Has venido a comprar o a comprobar si hemos seguido tus consejos de ayer? —preguntó.

—Yo no di ningún consejo sobre vuestro puesto.

—Mejor. Con los de Irene y Noelia ya tenemos suficiente.

Noelia pasó en ese momento por delante, llevando un pequeño rollo de cinta adhesiva y una lista doblada.

—He oído mi nombre.

—Para bien —dijo Eva.

—Eso siempre significa que no.

Noelia no se detuvo más de unos segundos. Preguntó si tenían todo lo necesario para la degustación de más tarde y, cuando Eva respondió que sí, siguió hacia el puesto siguiente. Conchi apenas prestó atención al intercambio porque Ramiro acababa de volver a señalarle la miel clara.

—Llévate esa y, si no te gusta, la próxima me lo dices.

—¿Y qué haces?

—Te recomiendo otra.

—Vaya garantía.

—No he dicho que te devuelva el dinero.

Conchi dejó el tarro sobre el mostrador, divertida, y fue entonces cuando se fijó en la mesa lateral preparada para la degustación.

Estaba pegada al puesto principal, pero quedaba algo apartada de los frascos de venta.

Había dos recipientes bajos cubiertos con tapas transparentes, servilletas, unos palillos pequeños y varias tarjetas que explicaban qué contenía cada cosa.

No parecía que fueran a empezar de inmediato; más bien estaba todo dispuesto para no tener que organizarlo cuando se acercara la hora.

Una de las tarjetas destacaba por el color rojo. Estaba colocada en el extremo derecho de la mesa, delante de uno de los recipientes, y llevaba escrito con letras claras: «Miel y almendra». Más hacia el centro, otra identificaba la muestra de miel y limón.

Conchi la leyó porque estaba frente a ella, igual que había leído las etiquetas de los tarros y el precio del queso diez minutos antes, sin que hubiera nada especial en hacerlo.

Eva se inclinó sobre la mesa para dejar un paquete de servilletas en una esquina y Ramiro la siguió con la vista.

—Esa déjamela ahí, al extremo —dijo, señalando con la barbilla la muestra identificada con la tarjeta roja—. Cuanto más lejos de mí, mejor.

—No la estoy moviendo.

—Ya, pero te conozco. Empiezas con que queda más bonito simétrico y al final me la plantas en medio.

Eva soltó una risa breve antes de contestarle.

—No voy a reorganizarte la vida, Ramiro. Solo las servilletas.

Conchi miró otra vez la tarjeta roja y después a él.

—¿No te gustan las almendras?

—Gustarme, me gustaban. El problema es que ellas a mí no.

—Le dan alergia —aclaró Eva con la naturalidad de quien había explicado aquello muchas veces—. Por eso dejamos esa muestra separada.

Ramiro apoyó una mano sobre el mostrador y añadió:

—Y porque así no tengo que estar preguntando cuál es cuál cada vez que alguien mueve algo. Almendra al extremo y todos tranquilos.

—Entonces no pruebes por equivocación —dijo Conchi.

—Esa es la idea.

El comentario quedó ahí, mientras Eva regresaba a las bolsas y Ramiro empezaba a envolver el tarro que Conchi había decidido llevarse.

Para ella, la tarjeta roja no era más que una precaución lógica en una mesa donde dos muestras podían parecerse lo suficiente como para confundirlas a simple vista.

De hecho, le pareció sensato que las hubieran identificado con claridad si una de ellas daba problemas al propio Ramiro.

Mientras buscaba dinero en el monedero, dos mujeres se acercaron al puesto y preguntaron a qué hora harían la degustación.

Eva les explicó que sería más tarde, dentro de las actividades de la mañana, y añadió que podían volver sin necesidad de apuntarse.

Ramiro entregó la bolsa a Conchi y le señaló el queso que asomaba de la tela.

—Ahora sí tienes desayuno para varios días.

—Como siga comprando a este ritmo, voy a necesitar que Lili me ayude a llevarlo a casa.

—Ella encantada.

Conchi guardó el cambio y se apartó para dejar sitio a las recién llegadas.

Antes de marcharse, echó un vistazo al conjunto del puesto.

Eva ya estaba explicando las diferencias entre dos tarros y Ramiro había abierto una caja para reponer los que faltaban.

La pequeña mesa de degustación permanecía a la derecha, ordenada, con la tarjeta roja de almendra en el extremo, y Conchi siguió su recorrido sin prestarle más atención.

Siguió hacia el resto de la muestra, deteniéndose aquí y allá cuando algo le llamaba la atención.

En el puesto de Marcos Ledesma había varias personas y apenas pudo saludarlo con la mano porque estaba ocupado atendiendo a un hombre que le preguntaba por los precios.

Marcos respondió al saludo con un gesto de cabeza y continuó con su explicación.

Aquella mañana, al menos de momento, la competencia entre él y Ramiro parecía quedarse donde estaba: cada uno detrás de su mesa intentando que los visitantes no pasaran de largo.

Cerca de la fuente, Conchi encontró a Carmen Vela contemplando unas plantas aromáticas con la seriedad de quien estuviera decidiendo una inversión importante.

—No sé para qué miro —dijo Carmen en cuanto la vio—. Si me llevo otra maceta, no tengo dónde ponerla.

—Eso mismo he dicho yo antes de comprar queso y miel.

—Entonces no eres la persona adecuada para aconsejarme.

—Hoy parece que nadie debería pedirme consejo.

Carmen levantó una maceta de romero, la dejó donde estaba y cogió otra prácticamente igual.

—Esta está mejor.

Conchi no preguntó en qué, porque sospechaba que la explicación podía prolongarse más de lo que estaba dispuesta a escuchar.

Permaneció con ella un rato mientras comentaban la cantidad de gente que empezaba a llegar y el buen tiempo que, por una vez, parecía dispuesto a colaborar con una actividad al aire libre.

La plaza había cambiado de ritmo sin que Conchi se diera cuenta.

Los pasillos entre puestos estaban más concurridos y desde la zona de actividades infantiles llegaban voces de quienes empezaban a prepararlo todo para las once.

Irene cruzó dos veces de un lado a otro sin verla, y Noelia reapareció junto a la zona de productores, ahora ocupada en comprobar que no se acumularan cajas detrás de las mesas.

Conchi consultó la hora y vio que pasaban unos minutos de las diez y cuarto.

Había conseguido comprar miel, queso y nada de lo que había pensado comprar antes de salir de casa, lo que convertía la visita en bastante representativa de sus mañanas desde que había vuelto al pueblo. Decidió marcharse antes de añadir alguna cosa más a la bolsa.

Al cruzar de nuevo junto a Mieles Leal, Ramiro estaba atendiendo a otra pareja y Eva anotaba algo en una libreta.

Noelia hablaba con un voluntario unos metros más allá.

Conchi no se detuvo; levantó una mano a modo de despedida y siguió hacia la calle Mayor, pensando que volvería más tarde si todavía le apetecía.