La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 1
3%
La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3)

La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3)

Por Irene Valmora Cerezo

© inepub.com

Capítulo 1

A las cinco de la tarde, la Plaza de los Castaños parecía haber decidido que todo Valdecerezos necesitaba colocar una mesa en el mismo sitio.

Había tableros apoyados contra los soportales, cajas junto a los bancos, rollos de cable que alguien intentaba llevar hasta el Ayuntamiento sin enredarse con ellos y un grupo de voluntarios discutiendo, con más paciencia que acuerdo, dónde debía empezar exactamente la zona de la muestra de productores.

Conchi había salido a dar una vuelta con Lili y pensaba cruzar la plaza sin detenerse demasiado. La perrita, sin embargo, se interesó por una caja de cartón que olía a algo mucho más atractivo que la Semana Cultural, y aquella pausa bastó para que Irene Montalvo la viera desde el otro lado.

—Conchi, no te escapes.

—Ni siquiera había llegado —protestó ella.

Irene avanzó hacia allí con una carpeta bajo el brazo y un bolígrafo sujeto entre los dedos. Llevaba el pelo recogido deprisa y esa expresión de quien había pasado buena parte de la tarde resolviendo problemas que no figuraban en ningún programa.

—Precisamente. Así te pillo antes de que se te ocurra dar media vuelta.

—Eso suena a que necesitas algo.

—Necesito tres mesas, dos alargadores y que la gente lea los carteles antes de preguntarme dónde está cada cosa. Pero como no creo que lleves nada de eso en el bolso, me conformo con una opinión.

Conchi sonrió y dejó que Lili terminara de olisquear la caja antes de acortar un poco la correa.

Desde que habían anunciado la Semana Cultural de Primavera, Irene parecía vivir entre el centro cultural, la biblioteca y el Ayuntamiento.

Había charlas, talleres, una exposición de fotografías antiguas, actividades para los niños y, durante el fin de semana, una muestra de productores de la zona que ocuparía buena parte de la plaza.

El montaje había empezado aquella tarde y, por lo que se veía, todavía quedaban unas cuantas decisiones por tomar.

—¿Opinión sobre qué?

Irene señaló dos carteles colocados junto a uno de los accesos.

—Dime si desde aquí se entiende que la muestra abre mañana a las nueve y que las actividades infantiles empiezan a las once. No te acerques. Quiero saber si se lee a distancia.

Conchi entrecerró ligeramente los ojos y dejó que la vista recorriera el cartel desde la distancia que Irene había marcado.

—La hora de apertura sí. Lo de los niños, si no sabes que está ahí, cuesta un poco.

—Eso mismo he dicho yo.

—Entonces no necesitabas mi opinión.

—Necesitaba ganar una discusión.

Noelia Campos, que estaba a unos metros moviendo una silla para dejar libre el paso, oyó la última frase.

—No le hagas caso. Lleva toda la tarde buscando aliados.

—Porque llevo toda la tarde teniendo razón —replicó Irene.

Noelia dejó la silla junto a una mesa y se acercó con una cinta métrica colgándole de una mano.

Conchi la conocía de verla en actividades de la asociación de productores, aunque no había tratado mucho con ella.

Tenía la clase de eficacia que se notaba precisamente porque no parecía necesitar hacer ruido: comprobaba un espacio, daba una indicación y seguía con lo siguiente.

—Mañana, cuando esto esté lleno, nadie va a mirar un cartel durante más de dos segundos —dijo—. Si queremos que se entienda, tiene que verse sin esfuerzo.

—Gracias —respondió Irene, satisfecha—. Ya somos tres.

—Yo no he dicho que estuviera de tu parte —se defendió Conchi.

Noelia soltó una risa y regresó a la zona de mesas antes de que Irene pudiera reclutarla para algo más.

Conchi aprovechó para mirar alrededor con calma, porque la plaza no tenía nada que ver con la imagen ordenada que ofrecería al día siguiente.

Frente a los soportales se levantaban puestos todavía a medio vestir, algunos con manteles doblados y otros con cajas abiertas de las que asomaban frascos, folletos o pequeños expositores.

Las terrazas de La Parra habían reducido parte de su espacio para dejar paso, y alrededor de la fuente de piedra se movía gente que cargaba cosas de un lado a otro mientras los castaños empezaban a llenarse de hojas nuevas.

A Lili, por supuesto, lo que más le interesaba de todo aquello eran los olores.

—Ni se te ocurra —murmuró Conchi cuando la vio inclinarse hacia una bolsa apoyada junto a una mesa.

—Déjala, que todavía no hay nada que pueda robar —dijo una voz cercana.

Conchi se volvió y reconoció a Ramiro Leal, que acababa de dejar sobre el mostrador de su puesto una caja de tarros.

Lo había visto muchas veces por el pueblo y alguna vez había comprado miel de los Leal, pero su relación no pasaba de saludarse y hablar unos minutos si coincidían.

Era un hombre de trato directo, con esa forma de hablar de quienes preferían explicar una cosa una vez y darla por entendida.

—No te fíes —respondió Conchi—. Tiene bastante imaginación cuando hay comida cerca.

Ramiro miró a Lili, que seguía pendiente de las cajas con una concentración poco compatible con las buenas intenciones.

—Pues mañana la vas a tener entretenida.

El puesto de Mieles Leal estaba ya bastante más avanzado que otros.

Una tela clara cubría la mesa principal y, detrás, un panel mostraba el nombre del negocio junto a varias fotografías de colmenares y tarros de distintos tamaños.

Había cajas todavía cerradas bajo la mesa, pero la parte que vería el público empezaba a tener un aspecto ordenado.

—Eso es porque Eva lleva una hora cambiando cosas de sitio —dijo Ramiro.

—Y seguiré hasta que dejes de ponerme los tarros grandes delante de los pequeños —contestó una mujer desde el otro extremo.

Eva Leal estaba colocando pequeñas cartelas junto a una hilera de productos.

Se movía con soltura entre cajas, cinta adhesiva, folletos y etiquetas, como si aquel desorden provisional formara parte de una rutina conocida.

Cuando terminó de fijar una de las cartelas, dio un paso atrás, comprobó el conjunto y cambió de sitio un expositor apenas unos centímetros.

—Si lo grande va delante, desde fuera parece que solo vendemos dos cosas —añadió.

—Vendemos miel, Eva.

—Sí, Ramiro. Y la gente tiene la extraña costumbre de querer saber cuál antes de comprarla.

No había enfado en la respuesta, sino la familiaridad de una discusión repetida muchas veces. Ramiro resopló, aunque apartó uno de los tarros como ella había pedido.

Eva terminó de alinear dos cartelas antes de volverse hacia Conchi y saludarla con naturalidad.

—Buenas tardes. Mañana estará más presentable, lo prometo.

—Ya está mejor que mi cocina cuando intento ordenar un armario.

—Eso es porque aquí puedo echar a Ramiro si estorba.

—Puedes intentarlo —dijo él.

A Conchi le hizo gracia el intercambio, y le resultó fácil entender cómo se repartían el trabajo.

Ramiro se ocupaba del producto con la seguridad de quien conocía cada fase desde las colmenas hasta el envasado, mientras Eva parecía controlar todo lo que ocurría después: la presentación, los folletos, las etiquetas y la manera de colocar el puesto para que quien pasara por delante se detuviera.

No hacía falta que nadie se lo explicara; bastaba con verlos trabajar durante unos minutos.

Irene, que seguía a su lado, consultó la carpeta.

—Eva, cuando acabes con esa mesa necesito que me confirmes cuánto espacio vais a usar mañana para la cata.

—Lo tengo apuntado. En diez minutos voy.

—Dijiste lo mismo hace veinte.

—Porque hace veinte minutos Ramiro había colocado tres cajas donde tenía que ir el material de degustación.

—No estaban en medio —protestó él.

—Estaban exactamente en medio.

Irene negó con la cabeza, divertida, y se alejó hacia otro puesto. Conchi habría seguido su camino si en ese momento Lili no hubiera decidido sentarse al lado de la mesa como si acabara de encontrar el lugar más interesante del pueblo.

—No vas a conseguir nada —le advirtió.

—Déjala que espere —dijo Ramiro—. Al menos ella tiene fe.

Desde el puesto contiguo llegó una carcajada, seguida de una voz que Conchi reconoció antes de volverse.

—La fe se le va a quitar cuando pruebe la tuya.

Marcos Ledesma apareció con un pequeño expositor de madera entre las manos.

Conchi lo conocía de las ferias y de haberlo visto más de una vez en La Parra.

También era apicultor y llevaba años coincidiendo con Ramiro en mercados de la comarca.

Entre ambos existía una competencia que nadie en el pueblo habría llamado amistad, aunque tampoco parecía, aquella tarde, algo más serio que una rivalidad alimentada por demasiados años comparando cosechas, precios y clientes.

Ramiro ni siquiera se volvió del todo y siguió colocando un par de tarros mientras contestaba.

—Tú preocúpate de que alguien llegue a tu puesto después de pasar por el mío.

—Por eso he pedido estar al otro lado de la plaza.

—Pues te han colocado cerca. Mala suerte.

Marcos dejó el expositor sobre su mesa y lo miró con una media sonrisa.

—Mañana veremos quién se queja de la ubicación.

—Mañana tú te quejarás de cualquier cosa. Como todos los años.

—Y tú dirás que todo te va estupendamente. Como todos los años.

Eva levantó la vista de las etiquetas y esperó a que los dos terminaran de medirse con la mirada.

—Si vais a empezar ya, avisad y le pido a Irene que lo incluya en el programa.

Marcos soltó otra risa y volvió a su puesto. Ramiro negó con la cabeza, pero tampoco parecía molesto de verdad.

—Mucho hablar y luego siempre acaba viniendo a pedirme cinta.

—Porque tú te llevas media ferretería a las ferias —dijo Eva.

—Eso se llama estar preparado.

Conchi acarició a Lili entre las orejas y decidió que era un buen momento para continuar.

Había algo agradable en ver la plaza a medio hacer, antes de que los puestos estuvieran llenos y todo pareciera haber surgido de forma sencilla durante la noche.

Durante años, cuando vivía en Madrid y regresaba a Valdecerezos unos días, muchas de esas actividades le habían llegado ya terminadas: las mesas colocadas, las sillas en filas, los carteles colgados, la gente ocupando su sitio.

Ahora empezaba a reconocer también la parte anterior, hecha de cables que no llegaban, cajas que sobraban y vecinos que discutían cinco minutos por una mesa para terminar moviéndola entre todos.

—Conchi —la llamó Noelia desde la zona central.

Al oír su nombre, ella se volvió hacia las mesas que estaban organizando.

—¿Qué?

—Ven un momento. Tú que te fijas en todo, dime si desde ahí queda paso suficiente entre estas dos filas.

La frase hizo que Conchi tardara un instante más de lo normal en contestar.

Unos meses atrás, nadie habría añadido aquello de que se fijaba en todo.

Después de los dos casos en los que se había visto envuelta, había empezado a notar pequeños cambios difíciles de señalar: comentarios que antes no se habrían hecho, personas que esperaban su opinión sobre detalles que nada tenían que ver con ella o silencios breves cuando aparecía en mitad de una conversación.

No era exactamente incómodo, pero tampoco terminaba de gustarle.

—Tengo ojos, Noelia. Nada más.

—Pues úsalos desde ahí, que yo llevo toda la tarde midiendo y ya no sé ni lo que veo.

Conchi calculó el espacio entre las mesas sin moverse de donde estaba. Dos personas podían cruzarse sin problema, pero si alguien se detenía con una silla de ruedas o un carrito, el paso podía estrecharse demasiado.

—Yo separaría un poco esa de la izquierda.

Noelia comprobó la distancia una vez más y asintió, como si la respuesta le hubiera servido sobre todo para confirmar una duda que ya traía de antes.

—Eso pensaba.

—Entonces hoy todo el mundo me pide opinión para confirmar lo que ya sabe.

—Es el trabajo más cómodo de la plaza —dijo Noelia.

Noelia llamó a uno de los voluntarios y entre los dos desplazaron la mesa apenas lo necesario, sin tocar el material de los puestos que había a ambos lados. Lili observó la operación desde una prudente distancia y, en cuanto acabaron, volvió a interesarse por una bolsa de papel.

Conchi se despidió antes de que alguien encontrara otra cosa que medir.

Dio una vuelta corta por la plaza mientras Irene seguía repartiendo indicaciones y los últimos puestos empezaban a tomar forma.

En un extremo, dos voluntarios colgaban una banderola de la Semana Cultural; cerca de la fuente, una pareja discutía si una mesa estaba torcida o era el suelo el que engañaba.

Eva seguía colocando material en el puesto de Mieles Leal y Ramiro abrió otra caja para revisar varios tarros antes de guardarlos bajo el mostrador.

Marcos, a pocos metros, había conseguido por fin dejar derecho su expositor de madera.

Cuando Conchi regresó hacia la salida de la plaza, el sol ya había bajado lo suficiente para alargar las sombras de los soportales.

Se notaba el aire más fresco de abril, aunque todavía quedaba luz y los castaños recién brotados daban al centro del pueblo un aspecto distinto al del invierno que acababan de dejar atrás.

Irene la alcanzó cerca de la calle Mayor.

—Mañana vienes, ¿no?

—Si no me prohíbes la entrada después de no haberte conseguido las mesas.

—Las mesas han aparecido. Los alargadores también.

—Entonces ya solo te queda conseguir que la gente lea los carteles.

Irene miró hacia la plaza y suspiró con una paciencia resignada.

—Eso lo doy por perdido.

Conchi se echó a reír y se despidió. Lili arrancó calle adelante con renovado entusiasmo, como si llevara toda la tarde esperando precisamente ese momento.

Al llegar a la esquina, Conchi miró una vez hacia atrás.

La plaza seguía llena de movimiento, pero empezaba a parecerse a la que encontrarían al día siguiente: los puestos alineados, los carteles en su sitio y la fuente de piedra rodeada por un espacio que, con unas horas más de trabajo, estaría listo para recibir a medio pueblo.

Pensó que volvería por la mañana, aunque solo fuera a dar una vuelta y comprar algo antes de que se llenara demasiado. Después siguió a Lili hacia la calle de las Moreras, ocupada en decidir qué prepararía para cenar y en si todavía le quedaba pan suficiente para no pasar por La Tahona.

Al día siguiente volvería con más calma; quizá entonces podría disfrutar de la feria sin que nadie le pidiera medir mesas con los ojos.