Capítulo 21
Habían pasado dos días desde que Ryder se marchó, y lo echaba de menos más de lo que quería admitir.
Cada vez que cerraba los ojos, mi mente se llenaba de imágenes de aquel demonio problemático: sus ojos oscuros, sin fondo, sus abdominales marcados y cubiertos de tatuajes, y esos labios carnosos y besables que todavía lograba ponerme el corazón a mil por hora.
Esperaba que un poco de distancia apaciguara los sentimientos que estaban brotando hacia mi instructor prohibido, pero ocurrió todo lo contrario: su ausencia solo conseguía aumentar mi enamoramiento.
Pensaba en él constantemente: ¿Estaría bien? ¿Habría encontrado al demonio que me había marcado? ¿Estaría pasando el rato con papá Lucifer?
—¿Hola? ¿Piensas regresar al planeta Tierra o qué?
La voz molesta de Scarlett me arrancó de golpe de mis pensamientos.
—Lo siento. No dormí bien anoche y estoy funcionando a medias —dije con un gran bostezo—. Patético, lo sé.
Entramos en el salón de banquetes y todas las miradas se posaron en mí cuando entré con Scarlett.
Y empeoró todavía más cuando Drake levantó la mano y me hizo una seña para que me sentara con ellos.
Perfecto. Justo lo que necesitaba: sentir a medio campus observándome como si fuera el nuevo chisme sobrenatural del momento.
Caminé hasta la mesa de Los Siete fingiendo que no me importaba.
—Creo que hoy me voy a sentar con Cinder —le dije a Drake. Triston y Ash estaban sentados a su lado, comiendo hamburguesas—. Dudo mucho que un demonio vaya a atacarme en medio de un comedor lleno de gente.
—Lo que prefieras.
Pero Drake lo dijo como si no le pareciera bien.
—¿Qué?
—No lo haces porque todo el mundo te está mirando, ¿verdad?
Fruncí el ceño.
—No. No me importa lo que piensen los demás. Solo quiero sentarme con mi mejor amiga y mi compañera de cuarto, a quien prácticamente no veo desde que me secuestraron en la séptima planta.
Raine y Aeria aparecieron justo entonces, con una actitud soberbia.
Ambas me dedicaron sonrisas exageradamente falsas, lo cual, viniendo de ellas, la verdad ya contaba como progreso.
Todavía me daba miedo preguntarle a Aeria cómo sabía que era en parte bruja.
En realidad no lo era; era una bruja, según me lo había explicado Cillian.
Y tenía muchas ganas de saber a qué se refería con eso de que tenía magia oscura.
Ojalá pudiera confiarle esto a Cinder, pero no quería asustarla.
Quería hablar con Ryder más que con cualquier otra persona, pero él no estaba allí.
—No te olvides del entrenamiento después de comer —dijo Drake cuando me di la vuelta para marcharme.
—Claro. ¿Dónde quedamos?
—En mi habitación.
A Raine se le hinchó una vena de la frente, pero no dijo nada y, en su lugar, se dejó caer en el asiento junto a Drake.
—Bien, nos vemos luego.
Crucé el comedor otra vez, sintiendo cientos de ojos siguiéndome hasta la mesa de los dragones cambiaformas. Me dejé caer junto a Cinder con un suspiro cansado, esperando a que las cosas volvieran a su normalidad en unos minutos.
—Qué amable de tu parte honrarnos con tu presencia —dijo Maxi, con un tono sarcástico.
—No pensé que te molestara tener menos gente peleando por el baño.
Desenvolví el bocadillo que había agarrado de camino y empecé a comer.
Cinder apoyó la mano sobre mi brazo, con sus ojos dorados fijos en mí.
—Solo estamos preocupadas por ti, Luna, eso es todo.
—Es como si te hubieran secuestrado Los Siete —dijo Alissa, mirando rápidamente hacia la otra mesa. Luego me volvió a mirar a mí.
Odiaba mentir a mis amigos, especialmente a Cinder. Me prometí que se lo contaría todo en cuanto estuviéramos a solas. El problema era que eso parecía imposible últimamente. No cuando tenía a media academia vigilándome día y noche como si fuera una bomba sobrenatural a punto de explotar.
—Te prometo que no me tienen secuestrada. Cillian quería que entrenara más con Drake y Raine por todo el tema de mis habilidades de bruja. Algunas sesiones terminan tardísimo, así que simplemente ha sido más fácil quedarme allá.
—¿En la habitación de Drake o en la de Raine?
Las cejas oscuras de Cinder se arquearon. Me puse roja.
—En realidad, en la de Scarlett.
Las tres chicas pusieron cara de no entender nada.
—En realidad es muy simpática, chicas —dije, y bajé la voz—. Muchísimo más que Raine y Aeria. Aunque… honestamente, ellas también se han portado mejor de lo que esperaba. Empiezo a pensar que Cillian les paga para tolerarme.
—¿Y al menos el entrenamiento está funcionando? —preguntó Cinder.
El recuerdo de aquella explosión de poder atravesándome durante la pelea con el demonio volvió a recorrerme la piel como electricidad.
—Sí —respondí más despacio—. Creo que sí estoy mejorando.
No estaba lista para hablarles de la magia oscura ni de lo que Aeria había insinuado. Apenas podía procesarlo yo misma, aparte de que debía averiguar más cosas. Y después de todo lo que sabía sobre los cambiaformas, bastante ligados a una magia mucho más limpia, no quería arriesgarme a asustarlas.
El almuerzo pasó demasiado rápido mientras nos poníamos al día con chismes, clases y cualquier cosa relacionada con dragones. Había extrañado muchísimo a Cinder esos días.
Entonces sentí una mirada clavada sobre mí. Giré levemente la cabeza y vi a Drake observándome desde la otra mesa. El príncipe feérico inclinó la cabeza y me hizo una seña con un dedo para que me acercara.
Gruñí por lo bajo y me terminé el último trozo de bocadillo.
—Es un mandón, ¿verdad?
Los labios de Cinder se curvaron en una sonrisa burlona.
—No tienes ni idea —murmuré, con la boca llena de pan—. Lo siento, pero tengo que irme a entrenar.
—¿Nos vemos en Vuelo y Desplazamiento? —preguntó Cinder— Hoy toca práctica con los unipegs.
Puse los ojos en blanco al pensar en Zeus y en cómo me trataría.
—Sí, nos vemos allí.
Agarré mi mochila, me despedí con la mano y crucé el comedor hasta donde me esperaba Drake. Apenas llegué a su lado, echó un vistazo al reloj sobre la salida.
—Tenemos exactamente una hora antes de la siguiente clase, así que más vale que hoy sí des algo de pelea.
—Madre mía, qué presión.
Caminamos por los pasillos en un silencio extrañamente cómodo mientras subíamos hasta el séptimo piso. No podía decir que Drake y yo fuéramos amigos, pero sí había empezado a conocer partes de él que dudaba que los demás vieran.
Incluyendo su habitación.
Una enorme cama con dosel presidía el centro de la lujosa habitación.
Todo estaba decorado con madera oscura y detalles dorados, mezclados aquí y allá con azul pálido: los colores de la Corte de Invierno.
No había desorden; ni ropa sucia ni libros tirados por el suelo, ni el típico caos de residencia universitaria.
Había un marco de fotos sobre su mesita de noche, pero estaba demasiado lejos como para distinguir los detalles.
Algunos paisajes enmarcados decoraban las paredes, pero fuera de eso, la habitación se sentía…
vacía y fría, muy distinta al cuarto de Scarlett lleno de pósters, guitarras y desorden.
—¿Vives solo? —pregunté tras recorrer la habitación con la mirada.
—Privilegios de estar en el último curso.
—Ah, pensé que era un privilegio de príncipe feérico.
Se encogió de hombros.
—Eso también —dijo Drake. Dejó caer la mochila sobre la cama y se volvió hacia mí con su característico rostro inexpresivo—. ¿Qué quieres practicar hoy?
Me mordí el labio. Lo que quería eran respuestas sobre mi magia oscura y, por alguna razón, pensé que él podría dármelas. Me armé de valor y lo solté.
—¿Te contaron Raine y Aeria lo que pasó con ese demonio?
—Por supuesto que sí —contestó Drake, como si nada. ¿Pero le habían contado todo o se habían saltado los detalles, como con Cillian? Se me quedó mirando y seguidamente frunció el ceño—. ¿Qué me intentas decir, Luna?
—Quiero hacer lo que hicimos esa noche. Pero no tengo idea de cómo pasó.
—Vale.
Drake cogió su libro de hechizos y hojeó unas páginas. Se paró en una.
—Creo que utilizaste el hechizo de destierro —dijo, tendiéndome el libro. Me mostró un párrafo marcado con el dedo.
Parecía similar, pero no eran exactamente las palabras que habíamos usado. Esas poderosas palabras seguían grabadas en mi memoria como fuego.
—No, era: « toree fuocum celis demoniom ».
Abrió mucho los ojos y cerró el libro de golpe.
—Ya veo.
Me crucé de brazos y empecé a mover el pie frenéticamente contra la moqueta. Me preguntaba si Drake de verdad entendía a lo que me refería.
—Eso explicaría lo de las cenizas —murmuró Drake para sí mismo.
Entonces empezó a caminar lentamente hacia mí. Sus ojos lila parecían más brillantes que de costumbre, casi iluminados desde dentro. Me dio la impresión de que hacía una mueca retorcida mientras me miraba.
—Raine me dijo que vosotras, las chicas, acabasteis con el demonio marai. Pero se le olvidó comentarme los detalles. Ahora entiendo por qué.
Drake inclinó apenas la cabeza y aspiró el aire cerca de mí. Su aliento helado casi se mezclaba con el mío. Reprimí el impulso de dar un paso atrás, obligando a mis piernas temblorosas a mantenerse firmes. Sus orejas puntiagudas se agitaron.
—Tu mitad no humana… —murmuró Drake— ¿qué era exactamente?
—Nunca te lo he dicho.
Sus labios se tensaron y no apartaba la mirada de mí.
—Bruja —dijo—. Eres una sangre oscura, Luna, como nosotros.
Tragué saliva. Otra vez esa expresión; otra vez esas palabras.
—¿Qué demonios significa eso?
—No la llaman Academia Darkblood por nada. ¿Cillian y Ryder no te explicaron nada?
—Pues parece que no lo suficiente —contesté.
Recordaba fragmentos de conversaciones sobre sangre oscura desde mi primer día en la academia, pero todo había sido confuso en ese momento.
—Ven, sentémonos.
Levanté una ceja. Él soltó un suspiro y señaló el sofá frente a la chimenea.
—¿O podríamos sentarnos aquí?
—Me parece bien.
—Qué desconfiada eres, Luna. Créeme, si quisiera llevarte a la cama, sería mucho más encantador.
Me quedé boquiabierta. ¿Acababa de coquetear conmigo el príncipe de hielo?
Se dejó caer en el sofá y yo me senté en la silla frente a él.
—Bien. Primero necesitas una explicación básica sobre cómo funciona el mundo sobrenatural.
Todos los seres sobrenaturales tienen luz y oscuridad en su interior; ninguna de las casas es intrínsecamente buena o mala, pero algunas tienen tendencias más oscuras, mientras que otras se inclinan más hacia la luz.
Todo depende de la fuente de su magia. Los cambiaformas, como tu compañera de habitación, provienen de magia luminosa, mientras que las brujas, brujos, hechiceros y demás, como tú y los seres feéricos, tendemos a vivir en medio del espectro.
En el gris. Podemos inclinarnos hacia cualquiera de los dos lados.
Nuestro director Cillian y mi amigo Raf, junto con todos los demás Hijos del Cielo, provienen de la luz blanca más pura.
Son los más «bondadosos» de todos nosotros.
Ahora bien, los vampiros reales como Scarlett, y los del Inframundo como Ryder, son descendientes de la magia oscura.
La llevan en las venas y, por lo que sé, siempre luchan por reprimir sus impulsos más oscuros.
No podía imaginarme vivir así. Ya era bastante difícil controlar tu propia magia, pero ¿tener que reprimirla? Había visto el lado demoníaco de Ryder intentando salir a la superficie en algunas ocasiones. Un escalofrío me recorrió la espalda. Pensé en los ojos de Ryder tornándose amarillos.
—Si tu padre realmente era un brujo… y considerando lo que pasó con el demonio marai…
diría que hay muchas probabilidades de que tú también te inclines hacia el lado oscuro, pequeña bruja —dijo Drake.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios—.
Debo decir, humana, que cada día me sorprendes más.
No sabía si sentirme halagada o insultada. Decidí ignorarlo.
—Bueno, supongamos que sí tengo esa magia oscura. ¿Qué significa eso exactamente?
—Que podrías llegar a ser mucho más poderosa que varios sangre pura. Si tu poder, combinado con el de Raine y Aeria, fue suficiente para descomponer a un demonio marai, eso significa que los ocho juntos podríamos ser imparables.
Sentí un nudo en el pecho; el peso de sus palabras me oprimía los pulmones. ¿Magia negra, demonios, imparable? No creía estar preparada para nada de eso.
Se inclinó hacia delante, estirándose por encima de la mesa que nos separaba, y me levantó la barbilla.
—No hay nada que temer, Luna. La magia negra no es mala ni perversa. Los siete tenemos algo de oscuridad dentro. Incluso Raf. Y créeme, no somos terribles.
Una sonrisa burlona apareció en su boca y me guiñó un ojo. Solté una risa nerviosa. Sí, claro. Solo daban miedo a toda la academia. Drake retiró la mano.
—Entonces… ¿empezamos?
Asentí, pero el nudo en mi estómago seguía ahí, porque, sinceramente, ¿en qué me estaba metiendo?