Capítulo 18 #2
Me recogí el pelo en una coleta alta y me colé dentro, con la esperanza de que, de alguna manera, se hubiera olvidado de nuestra sesión.
Mis ojos se fijaron en la figura masculina más perfecta que colgaba de la barra de dominadas.
El sudor brillaba en su pecho desnudo, y los tatuajes negros que se enroscaban alrededor de sus pectorales y abdominales eran aún más increíbles de lo que había imaginado.
Unos pantalones de chándal negros y holgados le colgaban de las caderas, acentuando el músculo en forma de V, que desaparecía bajo la cintura.
Tragué saliva. Madre mía. Sus ojos encontraron los míos justo cuando se soltaba de la barra y aterrizaba sobre la colchoneta.
—Llegas temprano, fierecilla júnior, eso es lo que me gusta ver.
Le lancé una mirada fulminante, pero una pequeña parte de mí sonrió ante ese apodo que tanto odiaba. Ryder se frotó la camiseta sobre el pecho y los abdominales relucientes antes de pasársela por la cabeza.
—¿Estás lista?
Dejé caer mi mochila al suelo y me uní a él en la colchoneta.
—Supongo.
—Ahora más que nunca necesitamos que aprendas a defenderte bien. Hasta que tu magia despierte del todo, tendrás que confiar en tus habilidades físicas.
—Claro.
La única destreza física en la que podía concentrarme en ese momento era la suya. Sus anchos hombros desnudos y sus enormes bíceps seguían a la vista.
Se acercó, me entregó los guantes y me ayudó a ponérmelos. Su aroma salado y almizclado me envolvió, y me costaba respirar sin inhalarlo.
Cuando terminó, di un paso atrás y mi ritmo cardíaco se ralentizó al tener por fin ese espacio tan necesario entre nosotros.
—La mayoría de tus enemigos serán más rápidos y más fuertes que tú. Como yo —dijo, sonriendo con aire burlón—. No te lo voy a poner fácil.
Me balanceé de un pie a otro.
—Qué motivador todo.
—Ven a por mí. Esta vez no hay límites, ¿entendido?
Arqueé las cejas sin darme cuenta. Quizá esto iba a ser más divertido de lo que pensaba. Después de que él me pisoteara el corazón, al menos podría devolverle unos buenos golpes.
Solté un pequeño grito de guerra y me lancé sobre él. Mis puños volaron hacia su pecho. Ryder me dejó acertarle exactamente una vez, un golpe bastante digno en el estómago. Después de eso, fue humillante.
Cada vez que atacaba, él ya no estaba allí. Le lancé un gancho y lo esquivó. Le di patadas, puñetazos y, no me avergüenza admitirlo, incluso intenté morderle cuando lo derribé al suelo. Pero era tan rápido y fuerte que los únicos golpes que le asesté fueron los que él me permitió.
Me senté a horcajadas sobre él en la colchoneta, respirando con dificultad y rapidez, y él estaba fresco como una lechuga.
Me agarró por debajo del muslo y me dio la vuelta tan rápido que me mareé.
Golpeé la colchoneta y se me escapó todo el aire de los pulmones.
Se cernió sobre mí, con sus grandes brazos rodeándome.
—¿Qué vas a hacer ahora? —se burló.
Me retorcí debajo de él, pero todo su cuerpo me tenía clavada en el suelo.
Si no hubiera estado tan frustrada, la situación habría sido muy excitante.
Hice fuerza contra su pecho, duro como una roca, pero no se movió ni un milímetro.
Mi respiración salió entrecortada mientras intentaba apartarlo y, con cada inhalación, nuestros cuerpos rozaban un poco más.
—Vamos, pequeña. Si yo fuera un enemigo de verdad, ya te habría atrapado. Tu alma sería mía. —dijo Ryder. Me presionó con más fuerza y un destello amarillo brilló en sus ojos oscuros. Mi mirada cayó automáticamente sobre su cuello y él emitió un gruñido grave—. ¿Sabes lo fácil que me resultaría…?
Se acercó un poco más, con los labios a milímetros de los míos. El mínimo espacio entre nosotros parecía cargado de electricidad. Contuve el aliento. El corazón me golpeaba tan fuerte las costillas que estaba segura de que él también podía sentirlo.
Ryder apretó los ojos con fuerza y se incorporó.
Me dolían los músculos de la última media hora de entrenamiento, pero sobre todo echaba de menos la sensación de su cuerpo encima del mío.
Cuando Ryder volvió a abrir los párpados, el amarillo había desaparecido, y solo quedaba el negro sin fondo.
—Creo que por hoy ya es suficiente —dijo. Extendió la mano y me ayudó a levantarme, pero estaba tan mareada que me tambaleé. Los brazos de Ryder me rodearon antes de enderezarme—. ¿Estás bien?
Lo preguntó mientras me soltaba lentamente.
—Sí, estoy bien —dije—. Gracias.
Su mirada recorrió mi cuerpo, y esa mirada tan penetrante me calentó la piel. Su atención se clavó justo debajo de mi clavícula.
—¿Qué? —me tapé el pecho con la mano.
Se inclinó hacia mí, estirando el cuello.
—¿Tienes una marca de nacimiento o algo así debajo de la clavícula?
—No…
Ryder me apartó la mano del pecho y murmuró.
—Mierda, Luna. Te han marcado.
Soltó unas palabrotas mientras rozaba la zona con los dedos. El simple contacto me erizó la piel. Corrí hacia el vestuario antes de que pudiera detenerme.
—Tengo que verlo —dije. Corrí hacia el vestuario mientras Ryder me seguía por detrás.
Irrumpí por la puerta y me abalancé hacia el espejo.
Justo encima del pecho derecho había una marca rojiza e inflamada grabada en mi piel.
Me puse de puntillas y me incliné para distinguir los detalles.
Tres seises entrelazados formaban un círculo completo. El estómago se me revolvió.
—¿Qué demonios es eso?
Ryder apretó los dientes.
—Es la marca del diablo —murmuró—, el símbolo del Inframundo.
Tracé el dibujo con los dedos y tuve que contener una mueca de dolor.
—¿Y eso qué significa? ¿Que ahora soy un objetivo oficial de los demonios?
—Significa que tú y yo vamos a pasar mucho más tiempo juntos.
Yupi.