La Mestiza (Academia Darkblood 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Por supuesto, a la mañana siguiente la clase de Ryder tenía que ser la primera. Y, por supuesto, casi me choco con él cuando salí de mi habitación, todavía medio dormida.

—¿Aún estás aquí? —murmuré mientras me apoyaba en la pared de enfrente.

—Te dije que me quedaría, ¿no?

Por una vez, no era la única que tenía un aspecto horrible. Ni siquiera creía que eso fuera posible para un demonio tan increíblemente atractivo. Tenía ojeras y su camisa de botones estaba toda arrugada de haber pasado la noche en el suelo.

Una pequeña chispa cálida se agitó en mi pecho, pero la aplasté inmediatamente porque seguía sin querer estar conmigo y porque seguía enamorado de mi media hermana.

Sus ojos me recorrieron de arriba abajo y yo resistí el impulso de retorcerme bajo su intensa mirada.

—¿Te has duchado hoy? —preguntó por fin, rompiendo el silencio.

Me quedé boquiabierta. ¿Qué clase de pregunta era esa?

—Por supuesto que sí, pero la verdad es que no es asunto tuyo.

Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios mientras negaba con la cabeza.

—Lo siento, ha sonado fatal. Quería decir, ¿has notado algo al cambiarte? ¿Eh, cuando estabas desnuda?

A Ryder se le sonrojaron las mejillas. Y sinceramente no creía que existiera nada capaz de hacer sonrojar al demonio más guapo de la escuela.

—No que yo haya notado —logré articular—. ¿Por qué?

Echó un vistazo a su reloj.

—Acompáñame. Tenemos que hablar.

—Me parece que no.

Hablar con él era lo último que quería hacer.

—No es una pregunta, Luna —dijo Ryder.

Abrí la boca para seguir protestando, pero había algo en la mirada que me dedicó él que me detuvo.

Caminé de mala gana detrás de Ryder mientras nos dirigíamos a la residencia de los profesores.

Mi cuerpo se tensó al acercarnos al pasillo donde me habían atacado.

Él me abrió la puerta y yo me quedé paralizada.

—No te preocupes. Seguridad ya ha revisado el campus. El demonio se ha ido —dijo Ryder. Intentó ponerme la mano en el hombro, pero me aparté de un salto y choqué con la pared. Le lancé una mirada fulminante—. Luna…

Levanté la mano.

—No —dije. No iba a volver a meterme en un lío parecido, no ahora que por fin había dejado de llorar—. ¿Y de qué querías hablar exactamente?

Exhaló mientras me guio por el pasillo. Se pegó a mi lado.

—Los demonios Relix, los que te atacaron, tienen un propósito muy concreto. Son demonios menores. Normalmente trabajan para entidades mucho más poderosas. Se les suele enviar a marcar a su presa.

—¿Perdón?

—Quería decírtelo anoche, pero...

Volví a levantar la mano para interrumpirlo.

—Lo recuerdo; yo estaba allí. ¿Y eso qué significa?

Nos detuvimos frente a una puerta con su nombre grabado en una placa dorada.

—Significa que, si lo ha conseguido, cualquier demonio podrá rastrearte gracias a la marca.

—Genial. ¿Así que es como una especie de dispositivo de rastreo sobrenatural?

Ryder asintió con la cabeza mientras me hacía pasar a su habitación.

—Por eso te pregunté si habías notado algo. Es una marca bastante distintiva, pero a veces no se ve a primera vista.

Bajé la mirada hacia mi uniforme y aparté el cuello de la camisa para mirar debajo. No, nada inusual.

—Tú eres un demonio. ¿No deberías saber si me han marcado?

—Técnicamente, solo soy medio demonio, pero sí, debería poder sentirlo.

Volvió a fijarse en mi blusa y yo crucé los brazos sobre el pecho; su mirada penetrante me provocaba un calor indeseado que me recorría la piel.

—Entonces… ¿quizá no funcionó?

Eché un vistazo a la habitación; solo entonces caí en la cuenta de que estaba en el dormitorio de Ryder.

Se parecía mucho al nuestro, con madera de caoba oscura y adornos elegantes.

Solo que, en lugar de dos camas dobles, una cama extragrande ocupaba la mayor parte de la habitación.

Frente a la chimenea había un sofá de tamaño generoso, y en la esquina una pequeña cocina americana le daba el toque acogedor final. No estaba nada mal el sitio.

—Quizá —dijo, antes de desaparecer en lo que supuse que era su cuarto de baño.

Mi mente no pudo evitar divagar hacia pensamientos traviesos: Ryder desnudándose a solo unos metros de mí.

Sus tatuajes en espiral sobre sus abdominales marcados, su amplio pecho y esos hombros grandes rozando las típicas camisetas ajustadas.

Apreté los dientes mientras el calor me subía por el cuello. ¡ Basta ya !

Un segundo después reapareció con una camiseta nueva y vaqueros. Llevaba el pelo peinado hacia atrás y había vuelto a ser el mismo tipo atractivo de siempre. Incluso la barba de tres días, que le oscurecía la mandíbula, no hacía más que realzar su atractivo de chico malo.

Uf. Lo odiaba.

—¿Y qué hago si aparece esa misteriosa marca?

Levantó la vista mientras se ataba los cordones de los zapatos.

—Dímelo inmediatamente.

—Sí, señor.

Ryder se puso de pie y se acercó lentamente. Mi pulso empezó a golpearme las costillas como si quisiera escapar.

—Luna, esto es serio —dijo. Me levantó la barbilla, obligándome a mirarle a los ojos—. Lo que pasó anoche, no podemos dejar que se interponga entre nosotros, ¿de acuerdo?

Apreté la mandíbula para no decir ninguna tontería.

—Tu seguridad es mi prioridad número uno. No puedes alejarme de ti, nunca. Pase lo que pase. ¿Lo prometes?

Tragué saliva con dificultad, con un nudo de emociones atascado en la garganta. Asentí y él soltó mi barbilla, pasando las manos por mis hombros.

—Necesito que lo digas.

Ryder me miraba fijamente, esperando una respuesta. Esos ojos malditos, tan oscuros e impenetrables, me traspasaban.

—Lo prometo —murmuré.

—Bien. Ahora vamos a clase antes de que llegues tarde.

Se dio la vuelta y salió disparado hacia la puerta.

Mi cuerpo se desinfló sin su contacto. Sí, lo odio. Corrí tras él, alargando la zancada para seguirle el ritmo. Parecía que mi larga tradición de enamorarme de los chicos equivocados estaba destinada a continuar.

Llegamos al gimnasio con solo unos minutos de retraso gracias a la vertiginosa velocidad demoníaca de Ryder. Prácticamente había corrido a toda velocidad para seguirle el ritmo. Algunas chicas me lanzaron miradas de reojo cuando me vieron entrar con el profesor. Y un chico: Drake.

Qué raro. Quizás renunciar a todos los hombres por un tiempo fuera lo mejor. Estos chicos sobrenaturales eran diez veces más confusos que los humanos. Y muchísimo más atractivos también…

Un pensamiento horrible se abrió paso en mi cabeza mientras varias chicas me fulminaban con la mirada desde el otro lado del gimnasio. ¿A cuántas de estas chicas habría besado Ryder para luego rechazarlas? Por las miradas maliciosas que me lanzaban, no podía ser la única.

Sacudí ese pensamiento deprimente y me dirigí al vestuario para cambiarme. Scarlett, la vampira callada de Los Siete, estaba junto a mi taquilla quitándose la camiseta. Al parecer, no era la única que solía llegar tarde a clase.

Sus fosas nasales se ensancharon y los ojos rojizos se clavaron en mí.

—Hoy hueles diferente —dijo mientras metía su uniforme en la taquilla.

Eran las primeras palabras que esa chica me había dirigido jamás. Por supuesto que tenían que ser extrañas.

—Eh, ¿perdón?

Scarlett inclinó apenas la cabeza mientras seguía observándome como si intentara resolver un rompecabezas.

—No sé qué es exactamente —murmuró—. Pero hueles distinta.

Cerró su taquilla y se marchó.

Perfecto. Supernormal todo.

El resto de la clase pasó volando, por suerte. Quizás lo único que necesitaba era una buena pelea cara a cara para empezar a sentirme normal de nuevo. Por suerte, Raine estaba más que dispuesta a complacerme.

Mientras salía cojeando de la clase de gimnasia, Drake corrió a mi lado.

—Hola. ¿Estás bien? Ryder nos contó... me contó lo que pasó.

—Ah, ¿sí? Qué curioso, pensaba que la administración querría mantener en secreto el ataque de un demonio en el campus.

—Pues sí, pero yo soy una excepción —dijo Drake, sonriendo con aire burlón. Noté que él se creía sus propias mentiras—. De todos modos, el demonio se ha ido, así que ya no tienes que preocuparte por él.

—Gracias.

¿Y cómo sabía que se había ido? Y lo que es más importante, ¿sabía lo de la marca? Pero Drake siguió a lo suyo. Seguidamente me preguntó:

—¿Querrías practicar hoy después de clase?

—Hoy no puedo. Tengo mi sesión individual con Ryder —contesté, reteniendo un pequeño gemido de mal humor. —¿Pero qué tal mañana, antes de la clase de Magia Defensiva?

—Me parece bien.

El sonido de unos tacones acercándose me hizo tensarme incluso antes de escuchar la voz de Raine.

—Hola, Drakey.

Se pegó a él como si llevara toda la vida haciéndolo, rodeándole la cintura con un brazo mientras apoyaba la cabeza en su hombro.

¿Ahora estaban juntos?

Él se puso tenso a mi lado y se apartó del abrazo de Raine. Ella hizo puchero, pero no se apartó ni un centímetro de él. Se volvió hacia mí y me mostró sus grandes dientes blancos.

—Me alegro de ver que estás viva, humana. Esos demonios relix no se andan con tonterías.

Drake gruñó.

—Déjala ya, Raine. Después del vino feérico y el demonio, que siga en pie ya es mucho.

Vaya, ¿eso fue un cumplido del mismísimo príncipe de hielo?

—Hasta luego, Luna.

Drake se alejó a zancadas mientras Raine lo seguía como un cachorro perdido. De todas las chicas del instituto, ¿tenía que elegirla a ella para salir?

Eché un vistazo al reloj que había en la pared. Uf. El día acababa de empezar y ya estaba deseando que terminara. Si hubiera estado en casa, habría sacado a Jay de clase y me habría saltado el resto del día.

Echaba de menos a mi amigo. Desde que estaba en Darkhen nos habíamos enviado algunos mensajes, pero a ninguno de los dos se nos daba muy bien mantenernos en contacto.

El resto de las clases pasaron sin que apenas me enterara y, antes de darme cuenta, ya era hora de reunirme con Ryder en el gimnasio. Solo pensarlo me revolvía el estómago. Porque lo último que necesitaba era quedarme a solas con él después de todo lo que había pasado entre nosotros.