Capítulo 3
Me llevó menos de media hora meter todas mis pertenencias en dos bolsos y una mochila.
Triste, lo sé . Kimmie-Jayne había vuelto a primera hora de la mañana siguiente para acompañarme a esa misteriosa academia sobrenatural.
Se sentó al pie de mi litera mientras me observaba en silencio.
De vez en cuando, hacía algún comentario sobre una camiseta bonita o unas botas que le gustaban.
No había duda de que se estaba esforzando, eso había que reconocerlo, porque no había nada bonito ni admirable en nada de lo que yo tenía.
Al menos, no en comparación con la ropa elegante que ella llevaba en Hitched .
Tenía la cabeza llena de preguntas, pero ni siquiera sabía por dónde empezar con mi nueva media hermana.
Me había pasado media noche despierta intentando asimilar todo lo que me había contado ayer.
Mi padre era un brujo; más que eso, era el maldito presidente.
Y yo era en parte sobrenatural: una mestiza, como le pasaba a un pequeño porcentaje de la población humana.
Estaba claro que mantener separados ambos mundos no había funcionado muy bien antes de la gran revelación sobrenatural.
—¿Por qué no tengo poderes?
La pregunta escapó de mis labios antes que cualquier otra.
Kimmie-Jayne se encogió de hombros.
—Por lo que tengo entendido, a veces la magia se salta una generación en los mestizos como nosotros —me dedicó una sonrisa irónica—. Otras veces, simplemente tarda un tiempo en manifestarse.
—¿Tienes alguna habilidad especial?
Su condición de mestiza nunca se había revelado en la serie. Para el resto del país, Kimmie-Jayne Starr era solo una humana normal que había caído en las redes de un sobrenatural muy guapo.
—No las tenía hasta hace aproximadamente un año. Justo cuando cumplí veintiún años empecé a tener visiones. También fue justo después de llegar a Azar. A veces me pregunto si eso fue lo que lo desencadenó.
—¿Entonces yo también podría tener visiones?
Por un instante me imaginé acertando los números de la lotería y ganando millones. ¿No sería genial?
—Quizá. Nuestro padre tiene muchos poderes distintos y nunca se sabe cuál podrías heredar.
—O quizá ninguno.
Me mordí el labio al darme cuenta de que la idea me decepcionaba más de lo que esperaba.
Cerré el último bolso y levanté la vista.
—Creo que ya está todo.
—A lo mejor necesitas ponerte un abrigo de invierno.
Miré el sol brillante al otro lado de la ventana. Fuera hacía más de veinte grados y yo acababa de sacar toda mi ropa de verano.
—¿Va a hacer frío en Azar?
Ella asintió.
—En la zona donde está la Academia Darkhen, sí.
—¿Y dónde es eso exactamente?
Vaciló un instante. Se notaba que estaba pensando cuidadosamente cómo responder. Siempre se me había dado bien leer a la gente y, hasta ahora, mi media hermana no me había dado motivos para desconfiar de ella.
—Está en el Reino Feérico. En la Corte de Invierno, para ser exactos.
¡Uf, otro invierno! Saqué mi único abrigo grueso del bolso y lo tiré encima de la mochila.
Más le valía a Darkhen ser un sitio increíble.
No podía creer que nunca más tuviera que volver al instituto Crestwood.
Kimmie-Jayne me había asegurado de que se encargarían de mi graduación y que no tendría que hacer los exámenes finales. ¡Genial! Jay se iba a morir de envidia.
Mierda, Jay . No podía irme sin despedirme de él. Nunca habría sobrevivido a cuatro años de instituto sin él.
—K.J., ¿puedo llamarte así? Kimmie-Jayne es demasiado largo.
Una gran sonrisa iluminó su rostro.
—Claro. De hecho, así es como me llama mi tío favorito.
—Genial. Bueno, ¿crees que podríamos pasar por la casa de mi amigo antes de irnos?
No tenía ni idea de cómo íbamos a llegar a la Academia Darkhen. Había oído algo sobre unos portales a Azar, pero su ubicación no era precisamente de dominio público. Ambos gobiernos controlaban muchísimo el tránsito entre los dos mundos.
Echó un vistazo al reloj que había sobre mi cama e hizo una mueca.
—Lo siento, Luna, pero andamos un poco justas de tiempo. Tenemos una reunión con el director de Darkhen dentro de una hora. Es un hombre muy ocupado, como te puedes imaginar, y no me gustaría hacerle esperar.
Me desanimé. No tenía ni idea de cuándo volvería a ver a Jay. Con lo estricta que era la seguridad entre los reinos, dudaba que me permitieran recibir visitas.
Los ojos de K.J. se iluminaron.
—Te diré una cosa: te prometo que, en cuanto te hayas instalado, yo misma te traeré aquí para que puedas ver a tu amigo.
—Está bien, gracias.
Me cargué un bolso en cada hombro, me eché el pesado abrigo al brazo y me sorprendí cuando Kimmie-Jayne llevó mi mochila. Desde luego que no se comportaba como la típica famosa.
—Fenix nos espera afuera. Él te puede llevar las cosas que más pesan.
Me guiñó un ojo y se me hizo un nudo en el estómago.
—¿F-Fenix Skyraider? ¿El Alfa de todos los dragones cambiaformas de Azar?
Me quedé paralizada en el último escalón de la escalera.
Empecé a sudar solo de pensar en él. Había obligado a Jay a ver todos y cada uno de los episodios conmigo.
El pobre tuvo que soportar verme suspirar por todos esos sobrenaturales tan atractivos.
Antes de que Kimmie-Jayne eligiera a los dos finalistas, yo era totalmente del equipo de Ryder, el demonio peligrosamente guapo del programa.
Pero después de ver a Kimmie-Jayne con Fenix, tuve que admitir que había elegido bien.
—Sí, mi marido —se rio ella.
Sentí cómo el calor me subía por el cuello y se instalaba en mis mejillas. Bien hecho, Luna . Nada como codiciar al marido de tu media hermana para que las cosas se pongan superincómodas. Me tragué la vergüenza, pero las palabras salieron solas mientras bajábamos por la vieja escalera chirriante.
—¡No puedo creer que hayas montado un dragón! Y que hayas volado con un ángel y pasado tiempo en la Corte de Invierno con el príncipe… Todo debió de ser increíble.
Ella esbozó una sonrisa irónica.
—Sí, supongo. Excepto por la parte en la que me secuestraron y casi me matan un par de veces.
Ay, por favor… ¿qué me pasaba? ¡Que alguien me ponga un bozal! K.J. había estado a punto de morir en numerosas ocasiones por culpa de unas fuerzas oscuras que intentaban sabotear el espectáculo.
—Lo siento. Acabo de decir una estupidez. Cuando me pongo nerviosa, hablo de más.
Me apretó el hombro al detenernos en la puerta.
—No tienes por qué disculparte. Me imagino lo que debes estar sintiendo ahora mismo. Te acabo de soltar una bomba.
Lo raro era que no estuviera perdiendo la cabeza.
Mi padre era un brujo. El maldito presidente de Estados Unidos.
Y yo estaba a punto de irme a una academia sobrenatural en un mundo mágico.
¿Por qué estaba tan normal? Me lo pregunté mientras mi media hermana abría la puerta.
Quizás era porque mi vida me parecía bastante patética y siempre había deseado que hubiera algo más ahí fuera para mí. Y ahora sí que había muchísimo más.
Salimos de la casa y apenas miré atrás. La señora Sanderson había salido a hacer compras, así que ni siquiera tuve la oportunidad de despedirme de ella.
Aunque dejé una nota. Nunca hubo demasiado cariño entre nosotras, pero podría haber sido mucho peor.
Muchísimo peor, por lo que había oído de otros chicos del sistema de acogida.
Y hablando de bombas, un hombre atractivo, moreno y alto, se plantó frente a la entrada cuando salimos del porche. ¡Por todos los dragones, qué belleza! Fenix era incluso más apuesto en persona que en la tele.
Sus iris dorados se clavaron en los míos; una mata de pelo oscuro le caía sobre la frente.
—Hola. Tú debes ser Luna.
Una sonrisa encantadora se dibujó en sus labios mientras me tendía la mano. El calor subió por mi cuerpo. ¡Por favor, basta ya ! Era mi cuñado, vamos; esto ya era demasiado.
Le estreché la mano y él me la apretó con tanta fuerza que mis nudillos crujieron. Intenté no hacer una mueca de dolor, pero la expresión de Fenix se ensombreció y rápidamente me soltó.
—Lo siento —se frotó la nuca, ligeramente avergonzado. Estaba aún más guapo—. Supongo que últimamente he pasado demasiado tiempo en Draeko. A veces olvido que tengo que controlar mejor mi fuerza con los humanos.
Sacudí la mano y la escondí detrás de la espalda.
—No te preocupes.
Tuve suerte de que mi cerebro aún fuera capaz de formular frases estando tan cerca de ese hombre tan atractivo.
—Ven, déjame llevar esos bolsos por ti.
Fenix cogió mis dos bolsos y se dirigió hacia la estación de tren.
—¿Te parece bien dar un pequeño paseo? —preguntó Kimmie-Jayne.
—¿Vamos a ir caminando hasta Azar?
Ambos se rieron.
—No, solo tenemos que coger un tren hacia la ciudad —explicó mi media hermana—. El portal más cercano está en la estación Grand Central.
—¿En serio?
Eso no es para nada lo que me habría esperado.
Fenix asintió y cogió a K.J. de la mano.
—Podríamos volar —dijo, y levantó la cabeza hacia el cielo—, pero no creo que a los humanos les guste mucho la idea.
Di un respingo.
—¡Oh, por favor, ¿podemos?
Él se rio y, al hacerlo, la camiseta negra ajustada se tensó en su amplio torso.
—No te preocupes, no faltará oportunidad en Darkhen. Conozco a un par de dragones cambiaformas que puedo presentarte.
La emoción recorrió mis venas como una descarga eléctrica.
¡No podía creer que esto estuviera pasando de verdad!
Estaba a punto de viajar a otro reino donde dragones, hadas, brujas y brujos deambulaban por las calles como si nada.
Más que eso, estaba a punto de vivir y estudiar con ellos.
No sabía mucho sobre Darkhen—lo añadí a la lista de un millón de preguntas que hacer—, pero supuse que aprendería a usar la magia con otros mestizos. Todo parecía irreal.
El viaje en tren pasó en un abrir y cerrar de ojos, con todos esos pensamientos descabellados dando vueltas en mi cabeza.
K.J. y Fenix me habían contado un poco sobre la Academia Darkhen, pero aún tenía muchas preguntas.
Al parecer, mi padre biológico, Garrix, era todo un misterio incluso para mi media hermana.
—Estamos intentando conocernos mejor —dijo Kimmie-Jayne—. Garrix no es precisamente una persona fácil.
Fenix le apretó la rodilla y le dedicó una sonrisa tranquilizadora. Madre mía. En persona eran tan adorables juntos como en la televisión. Una parte de mí había pensado que quizá todo era para las cámaras, pero verlos disipó la idea enseguida.
Todavía no podía creer que K.J. fuera mi media hermana. La miré de reojo desde el asiento de enfrente. Sin duda, teníamos un tono de rubio similar, pero sus ojos eran de un azul brillante mientras que los míos eran mucho más oscuros. Y además era guapa de verdad, como una supermodelo.
—Estoy segura de que Garrix vendrá a visitarte en cuanto tenga la oportunidad —dijo K.J., sacándome de mis pensamientos.
—Eh… sí, claro, seguro —me encogí de hombros con indiferencia.
Si a este tipo no le había importado venir a verme ni una sola vez en dieciocho años, yo tampoco lo necesitaba—.
El tipo ese es el presidente, así que estoy segura de que tiene cosas más importantes que hacer que reunirse con uno de sus tantos descendientes. ¿Cuántos éramos?
Kimmie-Jayne iba a contestar cuando el agudo chirrido de los frenos la interrumpió. El tren redujo la velocidad y entramos en el túnel; la oscuridad cubrió las ventanas.
—Esta es nuestra parada —dijo Fenix mientras se levantaba para coger mis bolsos del compartimento superior.
—Puedo llevarlos yo.
Me sentía mal dejándole cargar con todas mis cosas. No es que fueran muchas, pero, igualmente…
—Ni hablar, Luna. Yo me encargo de tus bolsos.
K.J. le pasó la mano por el abultado bíceps y sonrió con picardía.
—Sí, deja que el chico haga un poco de entrenamiento.
—Si tú lo dices… —Me eché la mochila al hombro y los seguí al salir del tren— ¿Y ahora adónde vamos? ¿Hay algún tren mágico que nos lleve a Azar? Me siento como si acabara de meterme en una película de Harry Potter.
—No exactamente.
Fenix nos guió por el andén, pero, en lugar de seguir a la multitud que subía hacia la salida, eligió el camino contrario.
Nos llevó por un pasillo mal iluminado hasta que llegamos a lo que parecía un callejón sin salida. Se detuvo frente a una pared de bloques grises de hormigón y susurró:
— Apertum .
Las piedras crujieron y gimieron antes de desplazarse y desprenderse. Me quedé boquiabierta.
—Después de ti.
Kimmie-Jayne me hizo un gesto para que avanzara, pero mis pies estaban clavados en el suelo.
Fenix asomó la cabeza por la puerta mágica.
—Quizá deberías pasar tú primero, tesoro.
—Claro, por supuesto.
Kimmie-Jayne cruzó primero y yo fui detrás, intentando no hacer el ridículo.
Al otro lado había otro andén, casi idéntico al anterior. El ruido de los trenes sobre nuestras cabezas rompía el silencio mientras seguíamos avanzando.
—Bueno, aquí estamos.
Fenix se detuvo y miró hacia el túnel oscuro. Un faro destelló a lo lejos, y el temblor de un tren que se acercaba me hizo temblar las rodillas.
—Deberías ponerte el abrigo ya —dijo Kimmie-Jayne, mirando la vieja chaqueta negra que llevaba colgada del brazo.
Me la eché por los hombros y miré hacia el túnel oscuro.
—Entonces… ¿solo tenemos que subir a ese tren?
K.J. negó con la cabeza.
—En realidad no viene ningún tren. Es una ilusión para mantener alejados a los intrusos.
Arqueé una ceja.
—Entonces, ¿cómo llegamos a Azar?
—Saltando.
Bajé la vista hacia las vías, a un par de metros más abajo. Una rata cruzó corriendo y me hizo estremecer.
—Estás de broma.
—Hay un portal oculto —explicó Kimmie-Jayne—. Cuando saltes, te absorberá. Es una sensación rara, como caer sobre gelatina, pero no duele.
Miré otra vez hacia el túnel oscuro. El silbido del tren resonó cada vez más cerca mientras sus luces atravesaban la negrura. Genial; iba a saltar y terminar aplastada por un maldito tren. Justo lo que me apetecía en ese momento.
—Eh, no sé qué pensar de esto, chicos —me ajusté las correas de la mochila y agarré las correas con fuerza.
K.J. me tendió la mano.
—Vamos. Saltamos juntas.
Me temblaban las rodillas; estaban a punto de ceder.
Cada nervio de mi cuerpo me gritaba que no le cogiera de la mano.
Esto era una locura: ¿saltar a las vías del tren con un tren acercándose?
Una auténtica locura. Pero, pensándolo bien, hasta hace un año, los dragones cambiaformas, los seres feéricos y los demonios eran cosas que solo existían en los cuentos de hadas.
Qué más da, ¿verdad? Le agarré la mano con fuerza. Para ser alguien que no confiaba en nadie así como así, K.J. conseguía tranquilizarme más de lo que esperaba.
—Bien, vamos allá.
—A la cuenta de tres —dijo Fenix—. Uno…
Contuve el aliento.
—Dos…
Apreté más la mano de K.J. El sonido del tren retumbaba por el túnel.
—¡Tres!
Cerré los ojos con fuerza y salté.