La Mestiza (Academia Darkblood 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

—¡Vamos, Jay! —grité mientras trepaba la valla metálica destartalada—. Nos meteremos en problemas si el director Greenfield nos ve.

Me agarré de la barra superior de aluminio y salté al otro lado.

Mis Converse golpearon el asfalto y el impacto me sacudió las piernas, pero los tobillos aguantaron. Lo último que necesitaba era torcerme algo justo antes de la graduación.

Inspiré hondo para calmar los latidos desbocados de mi corazón. Una brisa cálida rozó mi piel y apartó varios mechones rubios de la cara. Con solo cruzar la verja de Crestwood High ya me sentía libre.

—¿A dónde vas con tanta prisa, Luna? —preguntó Jay cuando cayó a mi lado.

—No lo sé. ¿Nunca has sentido que necesitas salir corriendo? Como si fueras a explotar si no haces algo.

Me miró como si estuviera loca.

—Vale, es solo cosa mía.

Me acomodé la mochila y empecé a caminar hacia la estación.

—Debe de ser cosa del último año— Jay se pasó la mano por los rizos pelirrojos—. Entonces, ¿a dónde vamos?

Un revoloteo nervioso me llenó el estómago.

—Estaba pensando que podríamos ir a ver esa nueva cafetería de la que te hablé.

—¿El Supe⁠ 1 Café?

Asentí rápidamente, mordiéndome el labio inferior.

Había pasado un año desde que el mundo sobrenatural se había dado a conocer, revelando su existencia nada menos que por televisión y en horario de máxima audiencia.

Yo, igual que otros millones de estadounidenses, me quedé atónita ante la revelación.

Pero incluso ahora, un año después, los seres sobrenaturales no eran tan comunes.

Al menos no en las zonas residenciales en las afueras de la ciudad.

No solía ir a Manhattan muy a menudo y, según las noticias, la mayoría se había instalado en el Lower East Side y en Alphabet City, que quedaban bastante lejos de nuestro pequeño pueblo de Crestwood.

—No lo entiendo, Hallows —dijo Jay, confundido—. ¿Por qué estás tan obsesionada con conocer a uno de esos seres?

Me encogí de hombros. Porque me parecían fascinantes, porque la idea de escapar a un mundo mágico y dejar el hogar de acogida en el que había estado atrapada durante cuatro años parecía un sueño, porque, porque, porque…

Dejé esos pensamientos a un lado y puse cara de inocencia.

—¿Qué pasa? Jay McMasters… ¿ahora le tiene miedo a los monstruos?

Frunció el ceño y cruzó los brazos.

—¡Claro que no! Es que no entiendo a qué viene tanto jaleo.

Fingí no escucharlo y aceleré el paso hacia la estación de tren.

La cafetería estaba en el pueblo vecino, y pensaba ir con o sin él.

Escaparme de la sala de estudio en el momento justo no había sido fácil, y no iba a desperdiciar la oportunidad.

Hoy cumplía dieciocho años, y probablemente ese sería el único regalo que recibiría.

Ni siquiera Jay lo sabía. Mis cumpleaños nunca habían salido muy bien, así que prefería no hablar de ellos.

—Lo que tú digas; me da igual ir sola.

Los pasos de Jay solo se ralentizaron un instante antes de acelerar y aparecer a mi lado una vez más.

—Como si fuera a dejar que vayas sola. ¿Y si te come una de esas cosas?

Me reí, entrelazando mi brazo con el suyo.

—El presidente Lazaris no deja entrar a cualquier ser sobrenatural en el mundo humano. Les hacen revisiones de todo tipo. Es incluso más estricto que las políticas migratorias que hubo después del 11-S.

William Lazaris acababa de convertirse en presidente cuando el mundo humano y el sobrenatural entraron en contacto y, aunque estaba totalmente a favor de la unificación, había mantenido un control estricto sobre la convivencia entre ambos.

La medida más reciente exigía que cualquier humano con sangre sobrenatural, los llamados «mestizos», fuera enviado a academias especiales en Azar, el reino sobrenatural donde vivían los demás supes.

La Agencia de Inteligencia Sobrenatural (SIA) había enviado agentes desde Azar para echar un vistazo a las escuelas, una por una.

Todos los estudiantes humanos tenían que hacerse análisis de sangre para saber si tenían algo paranormal corriendo por sus venas.

Incluso los niños con solo un poco de sangre de demonio, hada, bruja o cambiaformas tenían que irse.

Algunos ni siquiera tenían poderes mágicos.

Y aunque la SIA aún no había llegado a Crestwood, yo ya estaba deseando saber quién tenía sangre sobrenatural. Una locura.

—No lo sé—dijo Jay—. Sigo pensando que algunos se están colando a través de los escudos. Mi padre dice que últimamente ha habido más ataques de animales extraños. Todos sabemos lo que eso significa en realidad.

El padre de Jay era el comisario de nuestro tranquilo pueblecito y, en mi opinión, últimamente estaba un tanto paranoico.

—Da igual. Dudo que un sobrenatural nos ataque a plena luz del día en una cafetería.

—Vale —refunfuñó mientras apresuraba el paso para alcanzarme.

El rápido trayecto en el Metro North nos llevó a las afueras de la ciudad en un santiamén. Cuando el tren salió de la estación, eché un vistazo al GPS de mi teléfono. Solo cinco minutos a pie hasta el Supe Café.

—¿Ya has decidido qué vas a hacer después de graduarte? —preguntó Jay.

Le lancé una mirada fulminante y resistí el impulso de gruñir.

—Ya te lo he dicho un millón de veces. No voy a ir a ninguna universidad comunitaria de segunda a sacarme un título de dos años que no sirve para nada. Ahora que por fin tengo dieciocho años, puedo conseguir un trabajo a tiempo completo y ahorrar para mudarme. Salir de Astor Home es mi prioridad.

—Siempre puedes apuntarte a algunas clases extra. Y no hay nada de malo en ir a un centro de formación profesional.

Uf. ¿Por qué nunca podía callarme? De pronto, me dieron unas ganas enormes de meterme las Converse rojas en la boca. Jay empezaba en la universidad comunitaria en otoño. Sus padres estaban encantados de que lo hubieran admitido.

Me detuve y lo miré, jugueteando con la correa de mi mochila.

—Lo siento. No es lo que quería decir. Es solo que no es para mí. Ya sabes que estudiar no es lo mío.

—Claro, ¿y a mí me va genial? —Sonrió con aire burlón.

Nos pusimos en marcha otra vez.

—Vamos, creo que ya estamos cerca —señaló una hilera de tiendas que se desviaba de la calle principal.

Al final, un letrero de neón colgaba en el escaparate de un edificio de ladrillo rojo. Las cortinas estaban corridas, pero al leer las palabras «Supe Café» sentí un cosquilleo en la barriga. Corrí los últimos metros a toda velocidad mientras Jay jadeaba para seguirme el ritmo.

Giré el viejo pomo de la puerta, pero no se movía. Lo intenté un par de veces más, pero nada, estaba bloqueado. Se me encogió el corazón.

—¿Qué demonios?

Jay se asomó por la ventana, pero no veía nada a través de la gruesa cortina carmesí.

—Supongo que está cerrado.

Eché un vistazo al cartel de la puerta y resoplé.

—No puede ser; dice que está abierto hasta medianoche.

Acerqué los nudillos a la madera oscura y llamé suavemente. No pasó nada.

Jay se encogió de hombros y se dio la vuelta hacia donde habíamos venido.

—Pues nada, vámonos. Ya lo intentaremos otro día.

—Ni hablar.

Si la señora Sanderson, la cuidadora de Astor Home, se enteraba de que me había saltado las clases, me castigaría sin salir hasta la graduación.

No podía rendirme tan fácilmente. Volví a llamar, esta vez más fuerte.

Jay parecía inquieto a mi lado, moviéndose de un pie al otro.

No entendía por qué los supes le ponían tan nervioso.

Por lo que había visto en la tele, parecían bastante simpáticos.

De repente, oímos unos pasos arrastrándose hacia la puerta. El corazón me dio un vuelco. Jay y yo nos miramos con los ojos grandes como platos hasta que, al momento siguiente, una rendija oculta se abrió en la madera oscura.

—¿Qué quieren? —preguntó una voz ronca. Luego, asomaron un par de ojos carmesí.

—Eh, nosotros… —dije, con la garganta seca. Apreté los puños y me armé de valor. ¿Qué me pasaba? No les tengo miedo —. Solo queríamos entrar a echar un vistazo al nuevo local.

Aquella mirada penetrante me escudriñó, y un resplandor sobrenatural iluminó sus iris color rubí. Los ojos del hombre se desviaron hacia Jay por un instante, antes de volver a posarse en mí.

—¿Sois solo vosotros dos?

Asentí con la cabeza y Jay me dio un codazo en el estómago.

—Bueno, a lo mejor algunos amigos vienen más tarde. Saben que estamos aquí —me mordí el labio inferior. Sonaba estúpida.

La cerradura hizo clic y la puerta se abrió con un chirrido.

Jay miró dentro atemorizado y quiso irse, pero le agarré del brazo para impedírselo.

Al entrar, flotaba en el aire un aroma a granos de café tostados.

El local estaba en penumbra. Olía a algo más, ahumado y dulce, pero no lograba identificar qué era.

A medida que mis ojos se acostumbraban a la tenue luz, la pintoresca cafetería cobró vida.

Había sillas y mesas bonitas dispuestas en el pequeño espacio, con paredes de ladrillo en los cuatro lados.

Las paredes estaban llenas de paisajes enmarcados, cada uno de los cuales parecía sacado de un cuento de hadas: castillos de hielo, fortalezas de piedra y torres flotando sobre las nubes.

Una gran barra con taburetes sostenía la elegante máquina de café donde el barista preparaba una mezcla espumosa.

No fue hasta que me volví hacia Jay que me di cuenta de que había una docena de ojos clavados en nosotros.

Estaba tan ensimismada fijándome en todos los detalles que no me había dado cuenta de las miradas de los clientes.

Ojos de todas las formas y colores extraños me escudriñaban, y se me puso la piel de gallina.

—¿Y ahora qué? —susurró Jay.

Eché un vistazo a la sala y mis ojos se posaron en el barista.

Me dedicó una cálida sonrisa y mis pies se dirigieron hacia él.

Era atractivo y joven, quizá solo unos años mayor que nosotros.

Al acercarme, me saludó con la mano y luego se colocó un mechón largo de pelo negro detrás de la oreja —una oreja muy puntiaguda⁠—.