La Mesa de los Culpables LA ÚLTIMA SILLA
97%

LA ÚLTIMA SILLA

—Todavía no hemos terminado.

La voz salió de la boca de Aileen.

Pero no era únicamente la suya.

Cientos de personas hablaron al mismo tiempo.

Hombres.

Mujeres.

Jóvenes.

Voces que llevaban años atrapadas en el Hotel Blackwood.

El recepcionista retrocedió.

—No podéis salir.

Las víctimas avanzaron hacia la décima silla.

Cada vez que una tocaba a Aileen, su cuerpo se estremecía.

Un nuevo recuerdo entraba en ella.

Un rostro.

Una fecha.

Una última imagen.

Aileen apretó los brazos de la silla.

—Los recuerdo.

El recepcionista levantó una mano.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Kemper corrió hacia la entrada principal e intentó detenerlas.

—¡Ayúdame!

Dahmer se colocó junto a él.

Después el Zodiaco.

Entre los tres lograron frenar las enormes hojas de madera.

La luz del amanecer seguía entrando por la abertura.

Ramirez fue el primero en correr hacia ella.

—¡Apartaos!

Empujó a Dahmer y cruzó la puerta.

Durante un segundo pareció que había escapado.

Después se escuchó un grito.

Más allá de la entrada ya no había un bosque.

Había una celda.

Ramirez estaba tumbado sobre una cama de hospital.

Viejo.

Enfermo.

Solo.

La puerta se cerró delante de él.

Su figura desapareció.

Manson observó la entrada.

—Eso no es una salida.

Eleanor Blackwood negó lentamente.

—Cada puerta conduce al último lugar al que pertenecéis.

Bundy palideció.

—¿Qué significa eso?

La entrada cambió.

Ahora mostraba una habitación iluminada por tubos fluorescentes.

Una camilla.

Correas.

Personas esperando detrás de un cristal.

Bundy retrocedió.

—No.

La voz del hotel habló:

—Theodore Robert Bundy.

La puerta te está esperando.

—No pienso entrar.

Varias víctimas se acercaron.

Bundy intentó sonreír.

—Vosotras sabéis que no soy el hombre que buscáis.

Nadie respondió.

—Os están manipulando.

Las figuras continuaron avanzando.

Bundy miró a los demás.

—¡Haced algo!

Kemper no se movió.

Aileen levantó la cabeza.

—Durante toda tu vida conseguiste que los demás vieran lo que tú querías.

Las voces de las víctimas volvieron a hablar a través de ella.

—Ahora te toca mirar.

Bundy corrió hacia otra puerta.

La abrió.

Detrás estaba la misma habitación.

La camilla.

Las correas.

El cristal.

Cerró de golpe.

Abrió una segunda.

Después una tercera.

Todas conducían al mismo lugar.

—¡NO!

Las luces se apagaron.

Cuando regresaron, Bundy había desaparecido.

Su placa cayó de la mesa.

El nombre quedó boca abajo.

Dahmer contempló la puerta que apareció frente a él.

No intentó escapar.

Al otro lado había un pasillo de prisión.

Miró al joven que lo había acompañado desde que las víctimas entraron.

—No espero que me perdones.

La figura guardó silencio.

—Pero esta vez recordaré tu nombre.

Dahmer cruzó.

La puerta se cerró.

Su placa también cayó.

Manson comenzó a retroceder.

—Yo no maté a nadie.

La voz del hotel respondió:

—Mentira detectada.

—¡No con mis propias manos!

—Mentira detectada.

Las figuras lo rodearon.

Manson gritó.

Amenazó.

Intentó ordenarles que se apartaran.

Ninguna obedeció.

Por primera vez, sus palabras no controlaban a nadie.

La oscuridad lo cubrió.

Cuando desapareció, solo quedó su silla vacía.

Kemper miró alrededor.

Quedaban Aileen.

El Zodiaco.

Eleanor.

Y él.

El recepcionista seguía junto a la entrada.

Su rostro estaba cambiando.

La oscuridad de sus ojos se extendía por la piel.

—Todos volveréis —dijo—. El Archivo puede reconstruirlos.

Eleanor sostuvo la llave negra.

—No si lo cerramos.

—Si cierras Blackwood, también desaparecerán ellos.

Señaló a las víctimas.

Las figuras comenzaron a desvanecerse.

Primero sus manos.

Después sus rostros.

Aileen gritó.

Cientos de voces salieron de su interior.

—¡No!

El recepcionista sonrió.

—Sin el hotel nadie podrá conservarlas.

Eleanor miró hacia la décima silla.

—Tiene razón.

Kemper se volvió hacia ella.

—¿Qué debemos hacer?

—Alguien tiene que llevarse el Archivo.

—Aileen ya lo está haciendo.

—Su mente no puede contenerlo durante mucho tiempo.

Aileen comenzó a temblar.

De su nariz cayó una gota de sangre.

Kemper intentó acercarse.

Las víctimas se lo impidieron.

—¿Cómo la liberamos?

Eleanor señaló la máscara rota.

—Necesitamos un nuevo Observador.

El Zodiaco permanecía junto a la puerta.

—No.

Eleanor lo miró.

—Tú eres el único que puede hacerlo.

—No pienso volver a esa mesa.

—No tienes un pasado al que regresar.

El Zodiaco observó las puertas.

Ninguna se había abierto para él.

—El hotel me creó.

—Sí.

—Si Blackwood desaparece, yo también.

—Sí.

La respuesta cayó sobre él como una sentencia.

Kemper miró a Eleanor.

—Tiene que existir otra forma.

—No la hay.

El recepcionista se acercó al Zodiaco.

—No la escuches.

Su voz se volvió tranquila.

Casi amable.

—Puedo darte un rostro.

El Zodiaco levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Un nombre verdadero. Una infancia. Una vida fuera de estas paredes.

La imagen de una casa apareció en la pantalla.

Una mujer esperaba junto a la puerta.

Dos niños jugaban en el jardín.

Sobre un buzón había un apellido.

El Zodiaco intentó leerlo.

Las letras cambiaban constantemente.

—Todo eso puede ser tuyo —continuó el recepcionista—. Solo tienes que dejarla en la silla.

Aileen abrió los ojos.

Durante un instante su voz volvió a ser únicamente suya.

—Hazlo.

Kemper la miró.

—Aileen…

—Yo elegí sentarme.

El Zodiaco se acercó.

—No sabes lo que me está ofreciendo.

—Una mentira.

—Para ti es fácil decirlo. Tú sabes quién eres.

Aileen soltó una risa débil.

—He pasado toda mi vida intentando descubrirlo.

Las víctimas volvieron a hablar a través de ella.

—Un nombre no te convierte en real.

El Zodiaco observó su reflejo en uno de los cristales.

Su rostro seguía cambiando.

—Entonces ¿qué lo hace?

Aileen extendió una mano.

—Elegir cuando nadie puede obligarte.

El recepcionista levantó la voz.

—Siéntate y desaparecerás.

El Zodiaco miró la casa de la pantalla.

La mujer.

Los niños.

La vida que nunca había tenido.

Después miró las figuras que comenzaban a borrarse.

Se quitó la capucha.

Su rostro cambió una vez más.

Pero ya no intentó esconderlo.

Caminó hacia Aileen.

—Levántate.

—No.

—He dicho que te levantes.

—No voy a dejar que el hotel elija a otro.

—No me ha elegido.

El Zodiaco la agarró de las manos.

—Yo sí.

Las víctimas se apartaron.

Kemper ayudó a levantar a Aileen.

En cuanto abandonó la silla, todas las voces salieron de su cuerpo.

Una corriente de aire atravesó la biblioteca.

Los recuerdos quedaron suspendidos alrededor de la mesa.

El Zodiaco se sentó.

Las figuras lo rodearon.

Una tras otra apoyaron las manos sobre él.

Su rostro dejó de cambiar.

No adoptó una identidad.

Se volvió completamente liso.

Sin rasgos.

Como la cara del antiguo Observador.

El recepcionista gritó.

—¡NO!

El Zodiaco recogió la mitad de la máscara blanca.

La contempló.

—Dijiste que podías darme un nombre.

—Todavía puedo hacerlo.

—Ya tengo uno.

—Ese nombre nunca perteneció a nadie.

El Zodiaco colocó la máscara sobre la mesa.

—Ahora me pertenece a mí.

Las voces entraron en su cuerpo.

Miles de nombres.

Miles de recuerdos.

El símbolo de su pecho comenzó a desaparecer.

Primero el círculo.

Después la cruz.

Hasta no quedar nada.

Eleanor entregó la llave negra a Kemper.

—Tenemos que girarlas en sentido contrario.

Kemper tomó una cerradura.

Eleanor ocupó la otra.

El recepcionista corrió hacia ellos.

Aileen se interpuso.

Él la agarró del cuello.

Pero sus dedos atravesaron su piel como humo.

Su forma humana estaba desapareciendo.

—¡Blackwood me pertenece!

Aileen lo miró sin miedo.

—No. Tú perteneces a Blackwood.

Kemper y Eleanor giraron las llaves.

El mecanismo cambió de dirección.

Las paredes comenzaron a agrietarse.

Los archivadores se abrieron.

Miles de documentos salieron volando.

Las páginas que contenían los nombres de los asesinos ardieron.

Las de las víctimas permanecieron intactas.

El recepcionista cayó de rodillas.

Su cuerpo se llenó de grietas negras.

—Sin mí nadie recordará esta historia.

Aileen recogió una de las hojas.

En ella aparecía el nombre de una víctima.

—Recordaremos la suya.

El cuerpo del recepcionista se deshizo.

No dejó huesos.

Ni sangre.

Solo un traje negro vacío sobre el suelo.

La voz del hotel se apagó.

Las lámparas dejaron de parpadear.

Los relojes se detuvieron.

En la pantalla apareció un último mensaje:

ARCHIVO TRANSFERIDO.

Después:

NUEVO OBSERVADOR: IDENTIDAD DESCONOCIDA.

El Zodiaco permanecía sentado.

Las víctimas entraban en él.

Ya no parecían asustadas.

Una a una pronunciaban sus nombres antes de desaparecer.

Kemper se acercó.

—¿Qué te ocurrirá?

La voz que respondió no era únicamente la del Zodiaco.

—Las recordaré.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Mientras alguien escuche.

Aileen comprendió.

—El audio.

El Zodiaco asintió.

—Las voces no pueden quedarse encerradas aquí. Alguien tendrá que llevarlas fuera.

Eleanor señaló la entrada.

La luz del amanecer llenaba el vestíbulo.

—Es hora de marcharse.

Kemper se acercó a su puerta.

Al otro lado estaba su celda.

No parecía sorprendido.

—Supongo que no había otro lugar para mí.

Aileen lo detuvo.

—Ed.

Él se volvió.

—Gracias por volver a buscarme.

Kemper asintió.

Después cruzó la puerta.

La entrada se cerró detrás de él.

Eleanor comenzó a desvanecerse junto con el hotel.

—¿Y tú? —preguntó Aileen.

—Yo llevo demasiado tiempo aquí.

—¿Estás muerta?

Eleanor sonrió.

—Desde antes de que comenzara la segunda reunión.

Su cuerpo se convirtió en polvo iluminado por el amanecer.

Aileen quedó sola frente a la salida.

Detrás de ella, el Zodiaco seguía sentado en la décima silla.

—¿Adónde conduce mi puerta? —preguntó.

—A la última carretera.

Aileen contempló la luz.

Escuchó el ruido de un coche.

El viento entre los árboles.

Una vida que conocía demasiado bien.

—¿Volveré a morir?

—Todos lo hacen.

—Entonces ¿qué ha cambiado?

El Zodiaco respondió con las voces de todas las víctimas:

—Esta vez no irás sola.

Aileen cruzó la puerta.

El Hotel Blackwood comenzó a derrumbarse.

Las paredes desaparecieron.

Las habitaciones se cerraron.

La biblioteca quedó envuelta en oscuridad.

Antes de que la última luz se apagara, el nuevo Observador levantó la cabeza.

En algún lugar, al otro lado de la historia, alguien estaba escuchando.

El Zodiaco habló directamente hacia él.

—Ahora ya conoces la verdad.

Hizo una pausa.

—Pero conocerla también te convierte en responsable de recordarla.

La pantalla se apagó.

Y la puerta del Hotel Blackwood se cerró por última vez.