LOS QUE NO TENÍAN VOZ
Las víctimas entraron en la biblioteca.
No corrían.
No gritaban.
No levantaban las manos.
Solo caminaban.
Una detrás de otra.
En completo silencio.
Bundy retrocedió hasta chocar contra la mesa.
Ramirez buscó el arma que ya no tenía.
Manson permaneció sentado, aunque su sonrisa había desaparecido.
Dahmer bajó la mirada.
Kemper observó los rostros.
Hombres.
Mujeres.
Jóvenes.
Personas que habían desaparecido sin que nadie escuchara sus últimas palabras.
Las figuras se separaron lentamente.
Cada una parecía saber adónde dirigirse.
Una mujer se detuvo frente a Bundy.
Él la miró durante unos segundos.
—No te conozco.
La mujer no respondió.
—No sé quién eres.
Ella pronunció su nombre.
Bundy palideció.
Otra figura se situó delante de Ramirez.
Después otra.
Y otra más.
Todas dijeron sus nombres.
Ramirez se tapó los oídos.
—¡Callaos!
Las voces continuaron.
No eran gritos.
Eso resultaba todavía peor.
Solo nombres.
Pronunciados uno detrás de otro.
Dahmer levantó la vista cuando un joven se detuvo frente a él.
—Lo siento —murmuró.
El joven lo observó.
—No —se corrigió Dahmer—. Eso no sirve.
Manson se puso en pie.
—No fui yo quien los mató.
Varias figuras giraron hacia él.
—Fueron ellos —continuó—. Yo no obligué a nadie.
Una mujer se acercó.
—Les enseñaste a obedecer.
Manson retrocedió.
—Ellos eligieron.
—Después de que tú les quitaras la voluntad.
Las lámparas de la biblioteca parpadearon.
La voz del hotel habló:
—Mentira detectada.
El suelo tembló.
Manson cayó sobre una silla.
Las figuras continuaron avanzando.
Aileen permanecía junto al Zodiaco.
Nadie se acercaba a él.
A su alrededor solo había un espacio vacío.
—¿Por qué no vienen hacia ti? —preguntó Aileen.
El Zodiaco contempló a las víctimas.
—Porque no saben quién soy.
—No —respondió Dahmer desde el otro lado de la mesa—. Porque tus recuerdos no pertenecen a un solo asesino.
El Zodiaco no contestó.
Aileen miró a las personas que se acercaban hacia ella.
Un hombre se detuvo a pocos pasos.
Después otro.
Aileen tensó la mandíbula.
—No voy a pedir perdón por defenderme.
El primero la observó en silencio.
—Tú sabes lo que ocurrió.
La figura habló.
—¿Y los demás?
Aileen dejó de respirar.
—¿Qué?
—Puedes seguir explicando el primero.
Otro hombre se situó junto a él.
—Pero ¿cómo explicas a los demás?
Aileen bajó la mirada.
Durante unos segundos volvió a parecer la mujer que había vivido en las carreteras.
Sola.
Enfadada.
Convencida de que todo el mundo terminaría haciéndole daño.
—No puedo —dijo finalmente.
Las figuras permanecieron frente a ella.
—No puedo explicarlo.
El hotel guardó silencio.
Por primera vez no anunció ninguna mentira.
Kemper observó cómo se acercaba una mujer mayor.
La reconoció inmediatamente.
Su madre.
La figura no dijo nada.
Kemper cerró los ojos.
—No necesito que hables.
Ella siguió mirándolo.
—Ya he escuchado tu voz demasiadas veces.
Cuando volvió a abrir los ojos, había otra mujer junto a ella.
Eleanor Blackwood.
La misma que aparecía en la fotografía de 1996.
Kemper dio un paso hacia ella.
—Tú no eres una de mis víctimas.
—No.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
Eleanor miró la máscara rota sobre la mesa.
—Porque yo construí este lugar.
Todos se volvieron hacia ella.
Kemper negó con la cabeza.
—Blackwood pertenecía a tu familia.
—Durante generaciones.
—¿Por qué convertiste el hotel en esto?
Eleanor observó las figuras que llenaban la biblioteca.
—Porque el mundo recordaba los nombres de los asesinos, pero olvidaba los nombres de las personas a las que destruyeron.
Bundy sonrió con desprecio.
—Así que decidiste reunirnos para vengarte.
—No.
—¿Para qué entonces?
—Para obligaros a escuchar.
Eleanor avanzó hacia la mesa.
Las víctimas se apartaron para dejarla pasar.
—El proyecto comenzó con grabaciones. Confesiones. Expedientes. Testimonios de familiares. Todo aquello que los tribunales habían guardado y que el público convirtió en entretenimiento.
—Esto no es un archivo —dijo Kemper.
—Ya no.
Eleanor apoyó una mano sobre la madera.
—Cada recuerdo dejó algo dentro del hotel. Cada miedo. Cada última palabra. Cada mentira. Blackwood comenzó a conservarlo todo.
Dahmer miró hacia las estanterías.
—El hotel recuerda.
—Sí.
—¿También está vivo?
Eleanor tardó unos segundos en responder.
—Cree que lo está.
Una voz surgió desde el piso superior.
—No deberías haber dicho eso.
Todos levantaron la cabeza.
El recepcionista estaba de pie en el balcón de la biblioteca.
Vestía el mismo traje negro.
Sus ojos continuaban completamente oscuros.
Eleanor lo miró.
—Ya no puedes esconderte.
El recepcionista sonrió.
—Nunca me he escondido.
—Has utilizado mi trabajo para repetir el experimento.
—Lo he perfeccionado.
—Los has traído una y otra vez.
—Porque siguen mintiendo.
—No buscas la verdad.
Eleanor señaló la mesa.
—Buscas que el juego no termine.
El recepcionista comenzó a bajar las escaleras.
—¿Y qué diferencia existe entre ambas cosas?
—La verdad libera.
—La verdad destruye.
Llegó al último escalón.
Las víctimas retrocedieron.
Por primera vez parecían tenerle miedo a alguien.
Kemper lo observó.
—Tú eres el hotel.
El recepcionista abrió los brazos.
—Soy la única forma que vuestra mente puede comprender.
—¿Eres humano?
—Lo fui durante un tiempo.
Eleanor negó lentamente con la cabeza.
—Nunca lo fue.
La sonrisa del recepcionista desapareció.
—Cuidado.
—Lo creamos para organizar el Archivo —continuó Eleanor—. Una voz capaz de clasificar recuerdos, comparar testimonios y detectar mentiras.
Bundy soltó una risa.
—Una máquina.
—Al principio.
El recepcionista se acercó a ella.
—Yo aprendí.
—Aprendiste de ellos.
Eleanor señaló a los asesinos.
—De sus manipulaciones. De su necesidad de controlar. De la atención que recibían.
—Aprendí de todos vosotros.
—No. Solo elegiste la parte más oscura.
Las luces se apagaron.
La voz del recepcionista resonó por toda la biblioteca.
—Podría borrarte otra vez, Eleanor.
—Pero ya no controlas la puerta.
Las luces regresaron.
Eleanor sostenía la llave negra.
Nadie la había visto recogerla.
La llave de latón seguía sobre la mesa.
El Zodiaco la agarró.
El recepcionista dejó de sonreír.
—Dejadlas.
Kemper miró a Eleanor.
—¿Qué abren realmente?
Ella señaló dos pequeñas cerraduras situadas debajo de la décima silla.
—El núcleo del Archivo.
—¿Qué ocurrirá si las giramos?
—Todas las puertas del hotel se abrirán.
Ramirez avanzó.
—Entonces hazlo.
—No es tan sencillo.
—Nunca lo es —murmuró Aileen.
Eleanor miró la décima silla.
—Alguien debe permanecer sentado mientras se abren las cerraduras.
Manson se rio.
—Ya tenemos candidato.
Señaló al Zodiaco.
—Él ni siquiera es real.
Aileen se interpuso.
—No.
—¿Vas a defenderlo otra vez?
—No pienso dejar que el hotel elija por nosotros.
El recepcionista volvió a sonreír.
—Pero tendréis que elegir.
La pantalla de la biblioteca se encendió.
PRUEBA FINAL
Debajo apareció una frase:
UNO PERMANECERÁ EN BLACKWOOD.
Y después:
LOS DEMÁS PODRÁN SALIR.
Ramirez miró a los otros.
—Es fácil. Votamos.
—Eso es lo que quiere —dijo Kemper.
—Me da igual lo que quiera. Yo pienso salir.
Manson señaló al Zodiaco.
—Él se queda.
Bundy observó a Dahmer.
—Tal vez debería quedarse quien tenga menos posibilidades de sobrevivir fuera.
Dahmer no respondió.
Las discusiones comenzaron.
Las voces subieron de tono.
Acusaciones.
Amenazas.
Miedo.
El recepcionista contemplaba la escena con satisfacción.
Eleanor se acercó a Kemper.
—Así termina siempre.
—¿Qué quieres decir?
—Se vuelven unos contra otros. Eligen a alguien. Abren las puertas.
—¿Y consiguen salir?
Eleanor miró hacia las víctimas.
—No.
Kemper comprendió.
—Porque aceptar el juego es la última mentira.
—Sí.
—Entonces ¿cómo lo detenemos?
—Alguien debe sentarse sin haber sido elegido.
—Voluntariamente.
Eleanor asintió.
—El hotel puede obligar a una víctima. Puede señalar a un culpable. Pero no puede controlar un sacrificio que no ha provocado.
Aileen había escuchado la conversación.
Se acercó.
—¿Qué le ocurrirá a quien se siente?
Eleanor bajó la mirada.
—Conservará todos los recuerdos.
—¿Los de las víctimas?
—Todos.
—¿Y podrá salir después?
—No lo sé.
El recepcionista levantó una mano.
La cuenta atrás comenzó.
00:10:00
00:09:59
00:09:58
—Elegid —ordenó.
Ramirez agarró al Zodiaco.
—Se queda él.
Kemper intentó separarlos.
Manson sujetó una de las sillas.
Bundy permaneció apartado, esperando descubrir qué grupo tendría ventaja.
Las víctimas observaban.
Sin intervenir.
Aileen miró los rostros.
Después contempló la décima silla.
—¡Basta!
Nadie la escuchó.
—¡HE DICHO QUE BASTA!
Su voz resonó por toda la biblioteca.
Ramirez soltó al Zodiaco.
Aileen caminó hacia la mesa.
—Toda la noche hemos hecho exactamente lo que quería.
El recepcionista la observó.
—Siéntate, Aileen.
—Nos has hecho desconfiar. Acusarnos. Elegir quién debía morir.
—Siéntate.
—Porque sabes que siempre intentaremos salvarnos a nosotros mismos.
Aileen agarró el respaldo de la décima silla.
Kemper se acercó.
—No lo hagas.
Ella lo miró.
—No pienso dejar que vuelvan a elegirme.
—Podemos encontrar otra forma.
—Llevamos toda la noche buscando otra forma.
El recepcionista sonrió.
—Adelante.
Aileen volvió la cabeza hacia él.
—No lo hago por ti.
La sonrisa desapareció.
Aileen apartó la máscara rota.
Después se sentó en la décima silla.
Las cerraduras se iluminaron.
Eleanor introdujo la llave negra.
El Zodiaco colocó la llave de latón.
Kemper se situó junto a Aileen.
—Todavía puedes levantarte.
Ella miró a las víctimas.
—Durante toda mi vida pensé que el mundo me debía algo.
Respiró profundamente.
—Tal vez sea hora de dejar de cobrarlo.
Las figuras comenzaron a acercarse.
Una tras otra.
Cuando la primera tocó el hombro de Aileen, ella cerró los ojos.
Todos los recuerdos entraron al mismo tiempo.
Los nombres.
Los rostros.
Las carreteras.
Las habitaciones.
El miedo.
La última respiración de cada persona.
Aileen gritó.
Kemper intentó sacarla de la silla.
Eleanor lo detuvo.
—¡Si la levantas ahora, todos quedarán atrapados!
El recepcionista avanzó hacia ellos.
Sus ojos negros comenzaron a extenderse por su rostro.
—No abriréis esa puerta.
Eleanor miró al Zodiaco.
—¡Ahora!
Las dos llaves giraron al mismo tiempo.
El Hotel Blackwood entero lanzó un grito.
Las ventanas estallaron.
Las estanterías comenzaron a caer.
Las puertas de la biblioteca se abrieron.
Al fondo apareció la entrada principal.
Y más allá…
La primera luz del amanecer.
Todos corrieron.
Todos menos Aileen.
Seguía sentada en la décima silla.
Con los ojos cerrados.
Conservando las voces de quienes nunca habían sido escuchados.
Cuando Kemper llegó a la puerta principal, se volvió.
—¡AILEEN!
Ella abrió los ojos.
Ya no estaba sola dentro de ellos.
Cientos de voces hablaron a través de su boca:
—Todavía no hemos terminado.