La Mesa de los Culpables EL ASESINO QUE NUNCA EXISTIÓ
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EL ASESINO QUE NUNCA EXISTIÓ

ESTÁ SENTADO ENTRE VOSOTROS.

Nadie se movió.

El décimo hombre permanecía en el centro de la mesa.

Sostenía la máscara blanca en una mano.

Donde debería haber estado su rostro solo había oscuridad.

Una superficie negra.

Vacía.

Sin ojos.

Sin boca.

Sin identidad.

Ramirez fue el primero en reaccionar.

—Estás hablando de ti.

La voz del Observador surgió desde todos los rincones de la biblioteca.

—Yo existí.

—No tienes cara.

—Porque el hotel me la quitó.

Manson sonrió.

—Qué tragedia.

El Observador giró la cabeza hacia él.

Aunque no tenía ojos, todos sintieron que lo estaba mirando.

—Tú sabes que no soy la respuesta.

La sonrisa de Manson desapareció.

Bundy se acercó a la mesa.

—Si el asesino está entre nosotros, necesitamos algo más que una adivinanza.

La madera comenzó a vibrar.

Las placas situadas delante de cada asiento se hundieron.

Cuando volvieron a aparecer, mostraban nombres completos.

THEODORE ROBERT BUNDY

JEFFREY LIONEL DAHMER

RICHARD LEYVA MUÑOZ RAMÍREZ

CHARLES MILLÉS MANSON

EDMUND EMIL KEMPER III

AILEEN CAROL WUORNOS

Todos miraron hacia el último asiento.

La placa no mostraba ningún nombre.

Solo decía:

EL ASESINO DEL ZODIACO

El silencio fue inmediato.

El Zodiaco permanecía de pie junto a una estantería.

No se movió.

Aileen observó las placas.

—Todos tenemos un nombre.

Nadie respondió.

—Todos menos él.

Ramirez sonrió.

—Parece que ya tenemos a nuestro hombre.

El Zodiaco dio un paso hacia la mesa.

—Un apodo no significa que no exista.

Bundy inclinó la cabeza.

—Entonces dinos cómo te llamas.

—No.

—No puedes.

—No quiero.

—No es lo mismo.

El Zodiaco apretó los puños.

—Mi nombre no importa.

Kemper lo observaba con atención.

—Eso mismo decías en la habitación blanca.

—Porque sigue siendo cierto.

—La puerta 309 te obligó a pronunciarlo.

—Y se abrió.

—Ninguno escuchamos lo que dijiste.

El Zodiaco no respondió.

Kemper comprendió algo.

—No dijiste ningún nombre.

Aileen lo miró.

—¿Entonces cómo abrió la puerta?

—El hotel quería que creyéramos que lo había hecho.

El Observador colocó la máscara sobre la mesa.

La pantalla se encendió.

Apareció una carta antigua.

En la parte inferior estaba dibujado el símbolo del Zodiaco.

La imagen cambió.

Otra carta.

Después otra.

Mensajes cifrados.

Fotografías.

Recortes de periódicos.

Retratos de sospechosos.

Decenas de rostros diferentes aparecieron en la pantalla.

Hombres jóvenes.

Ancianos.

Policías.

Militares.

Profesores.

Desconocidos.

Ninguno permanecía más de unos segundos.

Dahmer se acercó.

—¿Quiénes son?

—Todos los hombres que alguna vez fueron considerados sospechosos —respondió el Observador.

La pantalla mostró treinta y siete rostros al mismo tiempo.

Después comenzó a mezclarlos.

Los ojos de uno.

La nariz de otro.

La mandíbula de un tercero.

La frente.

La boca.

El cabello.

Poco a poco se formó un rostro nuevo.

No pertenecía a ninguna persona real.

Debajo apareció una frase:

IDENTIDAD CONSTRUIDA.

El Zodiaco retrocedió.

—Eso no demuestra nada.

La frase cambió.

SUJETO CREADO A PARTIR DE ARCHIVOS INCOMPLETOS.

—Apágalo —ordenó.

Nadie obedeció.

RECUERDOS PERSONALES: INEXISTENTES.

El Zodiaco sacó un arma que llevaba oculta bajo la chaqueta.

Apuntó hacia la pantalla.

—¡He dicho que lo apagues!

Kemper se colocó delante.

—¿Cuál es tu primer recuerdo?

—Apártate.

—Contesta.

—No tengo que demostrarte nada.

—¿Recuerdas a tu madre?

El Zodiaco no respondió.

—¿Tu casa?

Silencio.

—¿La escuela a la que fuiste?

El arma comenzó a temblar.

Bundy lo observaba.

—No recuerda nada anterior a sus cartas.

El Zodiaco giró el arma hacia él.

—Cállate.

—Tu vida comienza cuando aparece el primer mensaje.

—¡Cállate!

—No tienes infancia. No tienes familia. No tienes nombre.

El Zodiaco apretó el gatillo.

No ocurrió nada.

Volvió a intentarlo.

El arma estaba descargada.

La dejó caer.

—Yo recuerdo haber escrito las cartas.

El Observador se levantó.

—Porque esos recuerdos estaban en los expedientes.

—Recuerdo conducir.

—Había informes de testigos.

—Recuerdo observarlos.

—Había descripciones.

—¡Recuerdo matar!

—Había víctimas.

El Zodiaco quedó inmóvil.

El Observador se acercó.

—El Hotel Blackwood intentó reconstruir al hombre que se escondía detrás de las cartas. Buscó su rostro, su voz y su verdadero nombre.

—Yo soy ese hombre.

—No encontró nada.

—Mientes.

—Así que utilizó todo lo que el mundo imaginaba sobre él.

El Observador quedó frente al Zodiaco.

—No eres la copia de un asesino.

Levantó una mano y señaló su capucha.

—Eres la copia de una leyenda.

El Zodiaco retrocedió.

Su respiración se volvió irregular.

—Yo existo.

—Ahora sí.

—Siempre he existido.

—No.

La voz del Observador se hizo más grave.

—Despertaste en Blackwood nueve días antes de la reunión.

Las luces se apagaron.

Un único foco iluminó al Zodiaco.

La pared situada detrás de él se convirtió en un espejo.

Su reflejo apareció en el cristal.

Al principio llevaba la capucha.

Después la imagen comenzó a cambiar.

Un rostro.

Luego otro.

Y otro.

Cada vez más deprisa.

Ninguno era el suyo.

El Zodiaco levantó las manos y se quitó lentamente la capucha.

Todos intentaron verle la cara.

Pero las luces parpadearon.

Durante un segundo pareció un hombre joven.

Después uno mayor.

Luego alguien completamente distinto.

Sus facciones no permanecían quietas.

Era como si el hotel no pudiera decidir qué rostro debía tener.

Aileen dio un paso hacia él.

—Tú tampoco sabías la verdad.

El Zodiaco la miró.

—Aléjate.

—Creías que eras real.

—Lo soy.

—Puede que ahora lo seas.

Manson soltó una carcajada.

—Qué conmovedor. La mujer defendiendo a un fantasma.

Aileen se volvió hacia él.

—Tiene más miedo que tú. Al menos él no finge que le gusta.

La pantalla mostró una nueva pregunta.

¿HABÉIS ENCONTRADO AL ASESINO QUE NUNCA EXISTIÓ?

Debajo aparecieron dos opciones.

SÍ

NO

Bundy se acercó al botón marcado con la palabra “Sí”.

El Zodiaco lo agarró del brazo.

—No lo hagas.

—Es la respuesta correcta.

—No sabes qué ocurrirá.

—Por primera vez desde que hemos llegado, sí lo sé.

Kemper se interpuso.

—Espera.

Bundy lo miró.

—¿Todavía quieres pensar?

—El hotel quiere que lo señalemos.

—Porque es la prueba.

—Todas las pruebas anteriores intentaban enfrentarnos.

Ramirez se acercó.

—No necesitamos matarlo. Solo responder.

Dahmer negó lentamente.

—Aquí ninguna respuesta es solo una respuesta.

Todos miraron al Observador.

Continuaba de pie junto a la décima silla.

—¿Qué ocurrirá si lo identificamos? —preguntó Aileen.

El rostro vacío no se movió.

—La prueba terminará.

—Eso no es lo que te he preguntado.

—El hotel decidirá qué hacer con él.

El Zodiaco volvió a cubrirse el rostro.

—No voy a permitirlo.

Manson se levantó.

—No necesitas permitir nada.

Se abalanzó sobre el botón.

Kemper lo apartó antes de que pudiera pulsarlo.

Manson cayó contra la mesa.

Ramirez se echó a reír.

—Sabía que esto acabaría así.

Manson se levantó furioso.

—¡Es una cosa! ¡Ni siquiera es humano!

Aileen se colocó junto al Zodiaco.

—Puede sentir miedo.

—También una rata.

—Y tú puedes hablar. Eso no te convierte en humano.

Manson avanzó hacia ella.

Kemper volvió a interponerse.

—Se acabó.

Las luces de la biblioteca cambiaron a rojo.

Una alarma comenzó a sonar.

La pantalla escribió:

RESPUESTA OBLIGATORIA.

Después apareció una cuenta atrás.

00:05:00

00:04:59

00:04:58

Bundy miró al Zodiaco.

—Si no respondemos, el hotel elegirá por nosotros.

—Eso es lo que quiere —dijo Kemper.

—¿Y cuál es tu brillante alternativa?

Kemper contempló las placas.

Los nombres reales.

El alias.

La placa del Observador.

Entonces reparó en algo.

La placa situada frente al décimo hombre estaba vacía.

No decía “Observador”.

No mostraba ningún nombre.

—Hay dos personas sin identidad en esta mesa.

Todos se volvieron.

El Observador permaneció inmóvil.

Kemper señaló al Zodiaco.

—Él fue construido con recuerdos ajenos.

Después señaló al hombre sin rostro.

—Pero tú tampoco tienes nombre.

La biblioteca quedó en silencio.

La cuenta seguía descendiendo.

00:03:41

00:03:40

00:03:39

—Dijiste que el hotel te quitó la cara —continuó Kemper—. Nunca dijiste quién eras antes.

El Observador inclinó la cabeza.

—Eso no importa.

—Es exactamente lo que decía él.

El Zodiaco levantó la mirada.

Bundy sonrió lentamente.

—Interesante.

Aileen se apartó de la mesa.

—La prueba no quiere que encontremos a una persona.

Dahmer comprendió.

—Quiere que decidamos cuál de los dos merece existir.

Las luces parpadearon.

El Observador recogió la máscara blanca.

—Pulsad el botón.

Nadie se movió.

Su voz perdió la calma.

—Responded.

Kemper sonrió por primera vez.

—Tienes miedo.

—No.

—Sí. Porque si elegimos al Zodiaco, el hotel lo destruirá.

Dio un paso hacia el hombre sin rostro.

—Pero si te elegimos a ti…

El Observador retrocedió.

La pantalla comenzó a fallar.

00:02:11

00:02:10

00:02:09

El Zodiaco se acercó al botón.

Miró la palabra “Sí”.

Después contempló al hombre que lo había acusado de no existir.

—Yo sé cuál es la respuesta.

El Observador levantó una mano.

—No lo hagas.

El Zodiaco pulsó el botón.

La pantalla quedó negra.

Durante varios segundos no ocurrió nada.

Después apareció una pregunta:

IDENTIFIQUE AL ASESINO.

El Zodiaco se quitó la capucha.

Su rostro volvió a cambiar.

Pero esta vez no intentó ocultarlo.

Miró directamente al Observador.

—El asesino que nunca existió no soy yo.

La voz del hotel preguntó:

—¿A quién eliges?

El Zodiaco señaló la décima silla.

—A él.

Las luces se apagaron.

Un grito recorrió la biblioteca.

Cuando volvieron, la décima silla estaba vacía.

La máscara blanca descansaba sobre la mesa.

El Observador había desaparecido.

En la pantalla apareció una única frase:

RESPUESTA CORRECTA.

Nadie habló.

Entonces la máscara giró lentamente sobre sí misma.

Desde su interior surgió la voz del Observador.

—Habéis cometido un error.

Las puertas de la biblioteca comenzaron a abrirse.

Al otro lado no estaba el hotel.

Había cientos de personas inmóviles.

Hombres.

Mujeres.

Niños.

Todas las víctimas que habían intentado olvidar.

La voz continuó:

—Yo no era vuestro enemigo.

Las figuras levantaron la cabeza al mismo tiempo.

—Era lo único que las mantenía fuera.

La máscara se partió en dos.

Y todas las víctimas dieron un paso hacia la biblioteca.