La Mesa de los Culpables LA TERCERA PRUEBA
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LA TERCERA PRUEBA

SI LA RECUERDA, TODOS MORIRÉIS.

Las palabras permanecieron sobre la pared.

Kemper no podía apartar la vista de ellas.

Bundy fue el primero en romper el silencio.

—Entonces ya sabemos qué teme el anfitrión.

El Zodiaco lo miró.

—Que Kemper recuerde.

—Exacto.

El décimo hombre dio un paso hacia la pantalla.

—No le escuchéis.

Los tres se volvieron hacia él.

—¿Por qué? —preguntó Bundy—. ¿También vas a decirnos que intentas protegernos?

—Hay recuerdos que no deberían recuperarse.

Kemper apretó la fotografía que había encontrado debajo del tercer escalón.

—¿Quién es esta mujer?

El décimo hombre no respondió.

—La conocías —insistió Kemper—. Apareces junto a ella.

—Eso ocurrió hace mucho tiempo.

—¿Quién es?

En la pantalla volvió a aparecer Aileen.

Seguía sentada en la habitación oscura.

El recepcionista permanecía detrás de ella.

Una mano descansaba sobre su hombro.

—Pregúntaselo a Ed —dijo el recepcionista desde la televisión—. Él fue la última persona que la vio con vida.

Kemper retrocedió.

—No.

La imagen cambió.

Ahora mostraba una habitación blanca.

En el centro había una mujer tumbada sobre una mesa.

Era la misma que aparecía en la fotografía.

A su lado estaba Kemper.

Más joven.

Llevaba una llave negra en la mano.

—Eso nunca ocurrió —murmuró.

El décimo hombre se acercó a la televisión.

—Apágala.

El recepcionista sonrió.

—¿Tienes miedo de que recuerde?

—No sabes lo que estás haciendo.

—Lo sé perfectamente.

Las luces de la habitación comenzaron a parpadear.

La cuenta atrás apareció de nuevo.

00:14:59

00:14:58

00:14:57

Aileen levantó la mirada.

—¿Qué quieres de mí?

El recepcionista se inclinó hacia ella.

—Una elección.

—No pienso elegir nada.

—Todos elegís cuando llega el momento.

Delante de Aileen apareció una pequeña pantalla.

En ella había seis nombres.

Ted Bundy.

Richard Ramirez.

Jeffrey Dahmer.

Charles Manson.

Ed Kemper.

El Zodiaco.

Debajo podía leerse:

ELIGE A UNO.

Aileen negó con la cabeza.

—No.

—Si eliges al culpable, la puerta se abrirá.

—Todos son culpables.

—Pero solo uno me pertenece.

Aileen observó los nombres.

—¿Y si me niego?

El recepcionista sonrió.

—Entonces olvidaras por qué querías salir.

La imagen de la televisión comenzó a fallar.

Kemper golpeó la pantalla.

—¡Aileen, no elijas a nadie!

Ella levantó la cabeza, como si pudiera escucharlo.

—¡No le hagas caso! —gritó Kemper—. ¡Está intentando separarnos!

El décimo hombre lo agarró del brazo.

—No puede oírte.

Kemper se soltó.

—Tú dijiste que el hotel escucha todo.

—Escuchar no significa obedecer.

Bundy observaba al hombre de la máscara.

—Estás nervioso.

—No.

—Sí. Desde que apareció esa fotografía.

El Zodiaco se acercó también.

—Sabes quién es la mujer.

El décimo hombre retrocedió.

—No hay tiempo para esto.

Bundy sonrió.

—Precisamente por eso vas a hablar.

La cuenta continuaba.

00:12:31

00:12:30

00:12:29

Kemper cerró los ojos.

La habitación comenzó a desaparecer a su alrededor.

Durante un instante volvió a encontrarse en 1996.

Recordó una mesa metálica.

Una grabadora.

La mujer de la fotografía estaba sentada frente a él.

—Mi nombre es Eleanor Blackwood —dijo ella—. Este hotel perteneció a mi familia.

—¿Por qué me ha traído aquí?

—Porque usted entiende la mente de los hombres que necesito estudiar.

—Soy uno de ellos.

—Precisamente.

Eleanor colocó dos llaves sobre la mesa.

Una negra.

Otra de latón.

—Construimos Blackwood para observar la culpa —continuó—. Pero el experimento aprendió a alimentarse de ella.

Kemper miró hacia un espejo situado detrás de la mujer.

Al otro lado había un hombre con una máscara blanca.

—¿Quién es?

Eleanor bajó la voz.

—Nuestro primer sujeto.

—¿El número diez?

—No. Él mismo eligió ese número.

El hombre de la máscara golpeó el cristal.

Tres veces.

Toc.

Toc.

Toc.

—No debe salir —dijo Eleanor—. Ha aprendido a controlar las puertas, las grabaciones y las voces. Si consigue las dos llaves, volverá a reunir la mesa.

—¿Por qué no lo matan?

Eleanor miró hacia el espejo.

—Porque ya lo hicimos.

Kemper abrió los ojos.

Regresó a la habitación 309.

Respiraba con dificultad.

Bundy lo sujetó antes de que cayera.

—¿Qué has recordado?

Kemper miró al décimo hombre.

—Tú no eras un invitado.

La máscara permaneció inmóvil.

—Ed…

—Eras el primer sujeto.

—No sabes lo que viste.

—Eleanor Blackwood me pidió que te encerrara.

La voz del enmascarado cambió.

Ya no sonaba tranquila.

—Eleanor te utilizó.

—Dijo que estabas muerto.

—Ella mentía.

—Dijo que necesitabas las dos llaves para volver a reunir la mesa.

Todos miraron la llave negra que Kemper sostenía.

Después observaron la llave de latón del Zodiaco.

Bundy comprendió antes que los demás.

—Las invitaciones.

El Zodiaco levantó la cabeza.

—¿Qué pasa con ellas?

—Nunca pretendían reunirnos para juzgarnos —respondió Bundy—. Solo eran una forma de traer las dos llaves hasta el hotel.

Kemper señaló al enmascarado.

—Tú enviaste las cartas.

—No.

—Tú elegiste nuestros nombres.

—El hotel os eligió.

—Y entregaste la llave número uno al Zodiaco.

El hombre de la máscara retrocedió hacia la puerta.

El Zodiaco le cerró el paso.

—¿Por qué a mí?

—Porque no tienes rostro.

—Eso no responde.

—El hotel no podía reconocerte. Por eso podías llevar la llave sin que la encontrara.

Las luces se apagaron.

En la oscuridad se escuchó una carrera.

Después, un golpe.

Cuando regresó la iluminación, el décimo hombre había desaparecido.

La puerta permanecía cerrada.

Bundy miró alrededor.

—¿Dónde está?

Kemper comprobó su bolsillo.

La llave negra ya no estaba.

El Zodiaco abrió la mano.

La llave de latón también había desaparecido.

—Las tiene —dijo.

La voz del recepcionista sonó por toda la habitación.

—El décimo invitado ha recuperado las dos llaves.

La pantalla mostró un nuevo mensaje.

PROTOCOLO DE CONTENCIÓN DESACTIVADO.

Después otro:

LA MESA VOLVERÁ A REUNIRSE.

Kemper golpeó la puerta.

—¡AILEEN!

En la televisión, ella seguía mirando los nombres.

El tiempo se agotaba.

00:07:18

00:07:17

00:07:16

El recepcionista se inclinó sobre ella.

—Elige.

Aileen miró cada nombre.

Después levantó lentamente la mano.

Su dedo se acercó a la pantalla.

Kemper dejó de respirar.

Aileen tocó uno de los nombres.

ED KEMPER.

La habitación quedó en silencio.

Kemper cerró los ojos.

El recepcionista sonrió.

—Elección confirmada.

Pero Aileen mantuvo el dedo sobre la pantalla.

—No he dicho que sea el culpable.

La sonrisa desapareció.

—Has elegido su nombre.

—Sí.

—Entonces será eliminado.

—No. He elegido a la única persona que está intentando encontrarme.

Aileen golpeó la pantalla con el puño.

El cristal se rompió.

Las luces de su habitación se apagaron.

El recepcionista dio un paso atrás.

Por primera vez parecía sorprendido.

Aileen se levantó y agarró un fragmento de cristal.

No lo utilizó como arma.

Lo acercó a la pared.

En el reflejo apareció algo que no podía verse directamente.

Una puerta.

Estaba detrás de ella.

Aileen se volvió.

La pared parecía completamente lisa.

Miró de nuevo a través del cristal.

La puerta seguía allí.

Se acercó y apoyó la mano en el lugar indicado por el reflejo.

Sus dedos atravesaron la pared.

El recepcionista gritó.

—¡No!

Aileen empujó con todas sus fuerzas.

La falsa pared se abrió.

Al otro lado estaba Kemper.

—¡Aileen!

La agarró del brazo y tiró de ella.

Aileen cruzó justo cuando la abertura comenzaba a cerrarse.

Cayó al suelo.

Kemper se arrodilló a su lado.

—¿Estás bien?

Ella respiró profundamente.

—He estado mejor.

La pared se cerró por completo.

El recepcionista desapareció con ella.

La cuenta atrás se detuvo.

00:00:03

00:00:02

Y quedó inmóvil.

Bundy ayudó a Aileen a levantarse.

—¿Qué te ha mostrado?

—Cosas que todavía no han ocurrido.

—¿Como qué?

Aileen miró a Kemper.

—Te vi sentado en la décima silla.

Nadie respondió.

—También vi al hombre de la máscara —continuó—. Estaba de pie detrás de todos nosotros.

El Zodiaco observó la puerta.

—Ahora tiene las dos llaves.

—¿Qué puede abrir con ellas? —preguntó Aileen.

Kemper recordó las palabras de Eleanor Blackwood.

La respuesta llegó antes de que pudiera pronunciarla.

Todos los altavoces del hotel se encendieron.

La voz del décimo hombre llenó los pasillos.

—Las puertas están abiertas.

El suelo tembló.

Las paredes comenzaron a desplazarse.

La habitación 309 se partió en dos.

Delante de ellos apareció un corredor que conducía directamente a la biblioteca.

Al fondo se veía la gran mesa redonda.

Ramirez y Dahmer permanecían junto a ella.

Manson estaba sentado.

Sonriendo.

Y en la décima silla se encontraba el hombre de la máscara blanca.

Las dos llaves descansaban frente a él.

La negra.

Y la de latón.

Kemper avanzó por el pasillo.

Los demás lo siguieron.

Al entrar en la biblioteca, las puertas se cerraron.

El décimo hombre abrió los brazos.

—Bienvenidos de nuevo.

Kemper se acercó a la mesa.

—Esto termina ahora.

—Al contrario.

El enmascarado colocó ambas llaves en dos pequeñas cerraduras ocultas en la madera.

Las giró al mismo tiempo.

Un mecanismo comenzó a funcionar bajo la mesa.

Las nueve placas con sus nombres se hundieron.

Cuando volvieron a aparecer, una de ellas había cambiado.

Ya no mostraba el nombre de ninguno de los invitados.

Solo decía:

EL ASESINO QUE NUNCA EXISTIÓ.

Bundy observó la placa.

—¿Qué significa?

El décimo hombre levantó las manos y se quitó lentamente la máscara.

Debajo no había un rostro.

Solo una superficie oscura.

Vacía.

Como si alguien hubiera borrado todos sus rasgos.

Las luces se apagaron.

Su voz surgió desde todos los rincones de la biblioteca.

—La última prueba es sencilla.

La pantalla situada sobre la mesa se encendió.

ENCONTRAD AL ASESINO QUE NUNCA EXISTIÓ.

Debajo apareció una segunda frase:

ESTÁ SENTADO ENTRE VOSOTROS.