La Mesa de los Culpables EL DÉCIMO HOMBRE QUIERE HABLARTE
83%

EL DÉCIMO HOMBRE QUIERE HABLARTE

Escanea el código QR y escucha su confesión.

Pero recuerda: en el Hotel Blackwood, ninguna voz cuenta toda la verdad.

LA MEMORIA DE KEMPER

La voz del décimo hombre dejó de sonar.

Durante varios segundos nadie habló.

El hombre de la máscara permanecía al otro lado de la abertura.

Quieto.

Observándolos.

Kemper fue el primero en reaccionar.

—Has dicho que uno de nosotros te encerró aquí.

El décimo hombre asintió.

—¿Quién?

La máscara giró lentamente hacia él.

—Tú ya lo sabes.

Kemper apretó los puños.

—No tengo ni idea de quién eres.

—Eso es lo que te hicieron creer.

Bundy se acercó.

—Qué conveniente. Apareces detrás de una pared, nos cuentas una historia y esperas que confiemos en ti.

—No necesito vuestra confianza.

—Entonces, ¿qué quieres?

El hombre levantó la muñeca.

En la correa de cuero aparecía grabado el número diez.

—Salir.

El Zodiaco observaba la máscara.

—Si llevas treinta años encerrado, ¿por qué la puerta se ha abierto ahora?

El décimo hombre se volvió hacia él.

—Porque alguien ha pronunciado mi nombre.

—Nadie lo conocía.

—El hotel sí.

La televisión volvió a encenderse.

La pantalla mostró una imagen de la biblioteca.

Ramirez caminaba de un lado a otro.

Dahmer permanecía junto a las estanterías.

Manson estaba sentado a la mesa.

Aileen seguía sin aparecer.

Kemper se acercó a la pantalla.

—Tenemos que encontrarla.

—Os quedan diecisiete minutos —dijo el décimo hombre.

—¿Para qué?

—Antes de que la habitación 309 se cierre.

—¿Y qué ocurrirá entonces?

El hombre no respondió.

Kemper lo agarró de la chaqueta.

—¿Qué le ocurrirá?

—El hotel le quitará aquello que más necesita para escapar.

—¿La vida?

—La memoria.

Kemper lo soltó.

En la pantalla apareció una cuenta atrás.

00:16:59

00:16:58

00:16:57

Bundy miró al décimo hombre.

—Llévanos hasta ella.

—La puerta no se abrirá para mí.

—¿Por qué?

—Porque la habitación 309 reconoce a sus prisioneros.

—Entonces dinos cómo entrar.

La máscara volvió a mirar a Kemper.

—Él tiene la llave.

Kemper retrocedió.

—Yo no tengo nada.

—Busca en tu bolsillo izquierdo.

—Ya lo vaciamos todo en la biblioteca.

—Busca.

Kemper introdujo la mano.

Sus dedos encontraron algo.

Lo sacó lentamente.

Era una pequeña llave negra.

En la cabeza aparecía grabado el número diez.

Bundy dejó de sonreír.

—Esa es la llave que apareció antes.

Kemper la observó.

—No estaba aquí.

—Sí —respondió el décimo hombre—. Siempre ha estado contigo.

—Alguien me la ha metido en el bolsillo.

—Eso mismo dijiste la primera vez.

El aire pareció desaparecer de la habitación.

Kemper levantó la mirada.

—¿La primera vez?

El décimo hombre avanzó hacia él.

—Hace treinta años.

Kemper negó con la cabeza.

—Eso es imposible.

—Estabas aquí.

—No.

—Abriste la puerta número diez.

—¡No!

—Y después volviste a cerrarla.

Kemper lanzó la llave al suelo.

El objeto rebotó una vez.

Después dos.

Terminó a los pies de Bundy.

Nadie se agachó a recogerlo.

El Zodiaco miró a Kemper.

—La fotografía.

Kemper se volvió hacia él.

—¿Qué fotografía?

—La que recibiste años antes de venir. La imagen del Hotel Blackwood.

Kemper palideció.

—No significa nada.

—Detrás ponía: “Te esperamos, Ed”.

—Ya lo sabemos.

—No te estaban invitando —continuó el Zodiaco—. Te estaban llamando para que regresaras.

Kemper se abalanzó sobre él.

Bundy se interpuso entre ambos.

—Basta.

Kemper respiraba con dificultad.

—No he estado nunca en este lugar.

El décimo hombre levantó una mano.

La televisión cambió de imagen.

Apareció una grabación antigua.

En blanco y negro.

La fecha parpadeaba en una esquina.

31 DE OCTUbrE DE 1996.

La cámara mostraba el pasillo del tercer piso.

Un hombre muy alto avanzaba hacia la habitación 309.

Llevaba algo en la mano.

Una llave negra.

Kemper se quedó inmóvil.

El hombre de la grabación se detuvo delante de la puerta.

Giró la cabeza hacia la cámara.

Era él.

Más joven.

Pero era él.

—Está manipulado —susurró Kemper.

La grabación continuó.

En la pantalla apareció una segunda figura.

El hombre de la máscara blanca.

Kemper abrió la puerta número diez y le indicó que entrara.

El enmascarado se resistió.

Kemper lo empujó hacia el interior.

Después cerró la puerta.

La grabación no tenía sonido.

Pero antes de desaparecer, el hombre de la máscara golpeó la pared desde dentro.

Tres veces.

Toc.

Toc.

Toc.

La imagen se congeló.

Kemper dio un paso atrás.

—No lo recuerdo.

El décimo hombre se acercó hasta quedar frente a él.

—Lo sé.

—¿Por qué te encerré?

—Porque descubriste quién controlaba el hotel.

—¿Quién?

—Todavía no estás preparado para recordarlo.

Kemper lo agarró por el cuello.

—¡Dímelo!

El décimo hombre no se defendió.

—Si te lo digo yo, volverán a borrarlo.

—¿Quiénes?

La máscara se inclinó hacia él.

—Los otros observadores.

Las luces se apagaron.

La oscuridad fue absoluta.

Desde algún lugar del hotel llegó el grito de Aileen.

—¡ED!

Kemper soltó al hombre.

—¡AILEEN!

La cuenta atrás apareció proyectada sobre la pared.

00:12:03

00:12:02

00:12:01

Cuando las luces regresaron, el décimo hombre ya estaba dentro del pasadizo.

—Seguidme.

Kemper recogió la llave.

Los tres fueron tras él.

El corredor descendía bajo el hotel.

Las paredes estaban cubiertas de fotografías.

En todas aparecía la misma mesa.

Nueve personas sentadas.

Un décimo hombre observándolas.

Las imágenes pertenecían a épocas diferentes.

Bundy se detuvo ante una fotografía.

—Estas personas no somos nosotros.

—No —respondió el décimo hombre—. Vosotros no fuisteis los primeros culpables.

—¿Qué les ocurrió?

—Eligieron a uno para morir.

—¿Acertaron?

El décimo hombre continuó caminando.

—Nunca.

En la siguiente fotografía todos los participantes aparecían muertos alrededor de la mesa.

Todos menos uno.

El hombre que ocupaba la décima silla.

El Zodiaco arrancó la imagen de la pared.

—El décimo sobrevive.

—El décimo observa —respondió el enmascarado—. No es lo mismo.

Llegaron a una escalera.

Debajo del tercer peldaño había una pequeña caja metálica.

Kemper se agachó.

—Una de las cartas decía que buscáramos aquí.

Abrió la caja.

Dentro encontró una cinta de casete y una fotografía doblada.

En la imagen aparecían dos hombres delante del Hotel Blackwood.

Uno era el décimo invitado.

El otro era Kemper.

Entre ambos había una mujer.

Kemper acercó la fotografía a la luz.

—¿Quién es ella?

El décimo hombre no respondió.

Kemper observó el rostro de la mujer.

Algo cambió en su expresión.

Una imagen atravesó su memoria.

Una habitación blanca.

Una mesa.

La mujer gritando.

Sus manos cubiertas de sangre.

Y una voz ordenándole que cerrara la puerta.

Kemper dejó caer la fotografía.

—Yo la conocía.

—Sí.

—¿La maté?

—No.

Kemper levantó la mirada.

—Entonces, ¿qué le ocurrió?

El décimo hombre señaló hacia el final del corredor.

Sobre una puerta metálica brillaba un número rojo.

309.

—Pregúntaselo tú mismo.

Desde el otro lado se escuchó la voz de Aileen.

—¡Sacadme de aquí!

Kemper corrió hacia la puerta e introdujo la llave negra.

La cerradura no giró.

—¡No se abre!

El décimo hombre se acercó.

—Porque falta otra llave.

Bundy cruzó los brazos.

—¿Quién la tiene?

La máscara se volvió hacia el Zodiaco.

Él introdujo lentamente la mano en su chaqueta.

Sacó una pequeña llave de latón.

En ella aparecía grabado el número uno.

Kemper lo miró con incredulidad.

—¿Desde cuándo la tienes?

—Desde antes de llegar a Blackwood.

La cuenta atrás continuaba.

00:05:17

00:05:16

00:05:15

—Las dos llaves deben girar al mismo tiempo —explicó el décimo hombre.

Kemper y el Zodiaco se colocaron frente a las cerraduras.

Introdujeron las llaves.

—Ahora —ordenó Bundy.

Ambos giraron.

Un fuerte golpe resonó dentro de la habitación.

La puerta comenzó a abrirse.

Muy despacio.

Kemper fue el primero en entrar.

—¡Aileen!

La habitación estaba vacía.

En el suelo encontraron las cuerdas con las que la habían atado.

Todavía estaban calientes.

—Estaba aquí —dijo Kemper.

La puerta se cerró detrás de ellos.

Bundy intentó abrirla.

No pudo.

La voz de Aileen volvió a escucharse.

Esta vez procedía de una de las paredes.

—Ed…

Kemper apoyó la oreja.

—¿Dónde estás?

—No lo sé.

—Voy a encontrarte.

Al otro lado, Aileen comenzó a llorar.

—No vengas.

—¿Por qué?

—Porque él está conmigo.

Kemper miró al décimo hombre.

Seguía junto a ellos.

—¿Quién está contigo?

Aileen tardó varios segundos en responder.

—El hombre que te obligó a encerrarlo.

Una pantalla descendió del techo.

La imagen mostraba a Aileen sentada en otra habitación.

Detrás de ella había una figura.

Vestía un traje oscuro.

Su rostro permanecía oculto entre las sombras.

La figura apoyó una mano sobre el hombro de Aileen.

Después levantó la cabeza.

Era el recepcionista del Hotel Blackwood.

Pero ahora sonreía.

Y sus ojos eran completamente negros.

—Buenas noches, Ed —dijo mirando hacia la cámara—. Me alegra comprobar que empiezas a recordarme.

La pantalla quedó negra.

Sobre la pared apareció un nuevo mensaje:

TERCERA PRUEBA

RECUPERAD A AILEEN ANTES DE QUE KEMPER RECUERDE LA VERDAD.

Debajo apareció una última frase:

SI LA RECUERDA, TODOS MORIRÉIS.