EPÍLOGO
EL ÚLTIMO OYENTE
Meses después, las autoridades llegaron al lugar donde se había levantado el Hotel Blackwood.
No encontraron habitaciones.
Tampoco pasillos, cámaras ni puertas numeradas.
Solo quedaban los muros calcinados de la fachada y, bajo los escombros de la biblioteca, una marca circular en el suelo. Alrededor de ella aparecieron diez tornillos oxidados, como si allí hubiese estado fijada una enorme mesa.
No había cadáveres.
No había documentos.
Y nadie consiguió explicar por qué todos los relojes encontrados entre las ruinas se habían detenido a las tres y nueve minutos.
El terreno fue declarado peligroso y quedó abandonado.
Con el tiempo, la vegetación cubrió las piedras y el nombre de Blackwood desapareció de los mapas. Los habitantes de los pueblos cercanos dejaron de hablar del hotel.
Parecía que todo había terminado.
Hasta que llegó el paquete.
No tenía remitente ni sello postal.
En su interior había un libro de tapas negras, una fotografía y dos llaves.
En la fotografía aparecía la biblioteca del hotel. La mesa continuaba en el centro de la sala, pero sus diez sillas estaban vacías.
En el reverso alguien había escrito:
“No recuerdes a los culpables.
Recuerda a quienes no pudieron hablar.”
Una de las llaves era de latón y llevaba grabado el número uno.
La otra era negra.
En ella podía leerse el número diez.
Aquella noche, el nuevo propietario del libro viajó hasta las ruinas del Hotel Blackwood. Se instaló en la antigua casa del guardabosques, situada frente al edificio, y colocó el libro y las llaves sobre un escritorio.
Afuera llovía.
La silueta del hotel se alzaba detrás de la ventana como el esqueleto de un animal muerto.
El lector abrió el libro.
Leyó los nombres.
Conoció las pruebas.
Descubrió lo ocurrido en la habitación 309 y comprendió por qué Aileen había ocupado voluntariamente la última silla.
También supo que el Zodiaco, el único hombre de aquella mesa cuyo verdadero rostro nunca había sido conocido, había elegido quedarse.
No como prisionero.
No como verdugo.
Sino como guardián de las voces que el hotel había intentado devorar.
Cuando terminó la última página, el teléfono que descansaba sobre el escritorio se encendió solo.
En la pantalla apareció un archivo de audio.
ÚLTIMO TESTIMONIO
El lector miró las dos llaves.
Durante unos segundos creyó escuchar un ruido procedente del exterior. Se acercó a la ventana y observó las ruinas.
No había nadie.
Pero en el cristal apareció el reflejo de un hombre alto, vestido con un traje negro.
Su rostro era pálido, liso y completamente vacío.
El nuevo Observador permanecía detrás de él.
El lector no se volvió.
Comprendió que aquella figura no había venido para reclamar una nueva víctima.
La mesa ya no necesitaba otro culpable.
Necesitaba un último testigo.
Alguien que escuchara.
Alguien que recordara.
En la distancia, una parte de la torre del Hotel Blackwood se derrumbó. Una nube de polvo se elevó sobre los árboles y desapareció lentamente bajo la lluvia.
No hubo tres golpes.
Ninguna puerta volvió a abrirse.
Nadie pidió otro nombre.
El juego había terminado.
El lector se sentó frente al libro, se colocó los auriculares y apoyó un dedo sobre la pantalla.
Antes de pulsar, miró nuevamente el cristal.
El Observador ya no estaba.
Solo quedaba su propia imagen reflejada en la oscuridad.
Entonces guardó las dos llaves dentro del libro.
Y pulsó reproducir.