ESCUCHA AL ZODIACO #2
—Eso sí que es interesante.
La televisión se apagó.
Durante unos segundos la habitación quedó en silencio.
Después apareció una frase blanca sobre fondo negro.
DILE LA VERDAD A LOS DEMÁS.
El Zodiaco se acercó a la pantalla.
Debajo apareció otra frase.
O LO HARÉ YO.
Kemper cruzó los brazos.
—¿Qué verdad?
El Zodiaco permaneció inmóvil.
Bundy lo observó.
—Parece que Ed no es el único que se guarda cosas.
—No sabéis de qué habla.
La pantalla cambió.
MIENTES.
Kemper miró al Zodiaco.
—Empiezo a cansarme de esa palabra.
—Yo también.
Apareció una cuenta atrás.
00:02:00
Bundy soltó una carcajada.
—Otra vez relojes.
00:01:59
00:01:58
Kemper miró al Zodiaco.
—Habla.
—No.
—¿Qué sabes?
—Más de lo que debería.
—Eso ya lo sabemos.
La cuenta continuaba.
00:01:32
Bundy se acercó hasta quedar frente a él.
—Dilo.
El Zodiaco lo miró.
—Hace años recibí algo más que una fotografía.
Kemper frunció el ceño.
—¿Qué?
El Zodiaco tardó unos segundos.
—Una lista.
—¿De qué?
—De nombres.
Bundy perdió la sonrisa.
—¿Qué nombres?
El Zodiaco miró hacia la pantalla.
—Los vuestros.
Silencio.
Kemper dio un paso hacia él.
—¿Cuándo?
—Mucho antes de llegar aquí.
—¿Cuánto antes?
—Años.
Kemper lo agarró de la chaqueta.
—¿Y sabías que íbamos a estar aquí?
—No.
—¡Acabas de decir que tenías nuestros nombres!
—Tenía nombres. No sabía para qué.
—¿El mío estaba?
—Sí.
—¿Bundy?
—Sí.
Bundy dejó de sonreír por completo.
—¿Manson?
—También.
La cuenta regresiva marcó:
00:00:42
Kemper soltó al Zodiaco.
—¿Quién te envió la lista?
—No había remitente.
—¿Había algo más?
El Zodiaco miró al suelo.
—Una frase.
—¿Cuál?
La pantalla comenzó a parpadear.
00:00:25
—Decía que algún día nos reuniríamos todos.
Bundy susurró:
—¿Dónde?
El Zodiaco levantó la mirada.
—Aquí.
La televisión emitió un pitido.
00:00:10
00:00:09
Kemper miró alrededor.
—Tenemos que salir.
Corrieron hacia la puerta.
Bundy la abrió.
Pero el pasadizo ya no estaba iluminado.
Todo estaba oscuro.
Detrás de ellos, la cuenta llegó a cero.
00:00:00
La puerta metálica se cerró de golpe.
Las luces se apagaron.
Entonces escucharon un grito.
No procedía de aquella habitación.
Venía de la biblioteca.
Era Aileen.
—¡ED!
Kemper golpeó la puerta.
—¡AILEEN!
Otro grito.
Después un estruendo.
Y silencio.
Bundy comenzó a golpear también.
—¡AbrID!
Nada.
El Zodiaco permaneció quieto.
—No van a abrir.
Kemper se volvió hacia él.
—¿Cómo lo sabes?
Antes de que pudiera responder, la televisión volvió a encenderse.
Mostraba una imagen en directo de la biblioteca.
Ramirez estaba de pie junto a la mesa.
Manson miraba alrededor.
Dahmer permanecía contra una estantería.
Aileen ya no estaba.
Kemper se acercó a la pantalla.
—¿Dónde está?
La imagen cambió.
Apareció un pasillo.
Después una puerta.
309.
Y delante de ella estaba Aileen.
Inmóvil.
Mirando hacia alguien que la cámara no mostraba.
Kemper golpeó la pantalla.
—¡AILEEN!
Entonces una mano apareció desde dentro de la habitación 309.
Agarró a Aileen del brazo.
La arrastró hacia el interior.
La puerta se cerró.
La pantalla quedó negra.
Una frase apareció lentamente.
UNO MENOS.
Kemper retrocedió.
—Tenemos que sacarla de ahí.
Bundy miró al Zodiaco.
—¿Tú sabías que esto podía pasar?
—No.
—¿Seguro?
El Zodiaco no contestó.
Y Bundy comprendió algo.
—Sigues ocultando información.
El Zodiaco levantó la mirada.
—Sí.
Kemper se acercó.
—Pues empieza a hablar.
El Zodiaco observó a ambos.
Después dijo:
—La lista que recibí tenía diez nombres.
Bundy frunció el ceño.
—Somos nueve.
—Exacto.
Kemper quedó inmóvil.
—¿Quién era el décimo?
El Zodiaco respiró profundamente.
—Eso es lo que nunca he conseguido averiguar.
En ese momento, detrás de ellos, alguien golpeó la pared.
Tres veces.
Toc.
Toc.
Toc.
Y una voz susurró desde el otro lado:
—Yo.
Ninguno de los tres se movió.
La voz había sonado detrás de la pared.
No procedía de los altavoces.
Tampoco de la televisión.
Era una voz humana.
Kemper se acercó lentamente.
—¿Quién eres?
Silencio.
Después volvieron a escucharse los golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Una línea apareció en la pared blanca.
Al principio era apenas una grieta.
Después comenzó a ensancharse.
Bundy retrocedió.
Una parte de la pared se desplazó hacia un lado, dejando al descubierto un espacio oscuro.
Alguien permanecía de pie en su interior.
Era un hombre alto.
Vestía completamente de negro.
Su rostro estaba oculto tras una máscara blanca, lisa, sin expresión.
La misma máscara que aparecía en las fotografías del Archivo.
Kemper levantó los puños.
—Sal de ahí.
El hombre obedeció.
Avanzó despacio.
En su muñeca llevaba una correa de cuero.
Grabado sobre ella aparecía un número:
10.
Bundy fue el primero en comprenderlo.
—Tú eres el décimo.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—Lo fui.
El Zodiaco no apartaba los ojos de la máscara.
—Eres el Observador.
La figura se volvió hacia él.
—Así me llamaban.
—¿Quién?
—Los que construyeron este lugar.
Kemper se interpuso entre ambos.
—¿Dónde está Aileen?
—En la habitación 309.
—Eso ya lo sabemos.
—Entonces también sabéis que todavía está viva.
Kemper lo agarró de la chaqueta.
—La pantalla decía “uno menos”.
El Observador no intentó liberarse.
—Uno menos en la mesa. No uno menos con vida.
—Llévanos hasta ella.
—No puedo.
Kemper apretó con más fuerza.
—No te lo estoy pidiendo.
La máscara permaneció inmóvil frente a él.
—Si me obligas a cruzar esa puerta, Aileen morirá.
Kemper lo soltó.
Bundy se acercó.
—Explícate.
El Observador señaló la televisión.
La imagen volvió a encenderse.
Aileen apareció en la pantalla.
Estaba sentada en el suelo de la habitación 309.
Tenía sangre en la frente y respiraba con dificultad.
La puerta permanecía cerrada detrás de ella.
Frente a Aileen había alguien.
La cámara solo mostraba su sombra.
—¿Quién está con ella? —preguntó Kemper.
—No lo sé.
Bundy sonrió ligeramente.
—Mientes.
El Observador giró la máscara hacia él.
—Aquí todos mentís, Ted.
La sonrisa desapareció del rostro de Bundy.
El hombre se acercó a la pantalla.
—La habitación 309 fue la primera que se construyó. El resto del hotel creció alrededor de ella.
—Los hoteles no crecen —dijo Kemper.
—Blackwood sí.
Las luces parpadearon.
Durante un segundo, la máscara pareció cambiar de expresión.
Aunque aquello era imposible.
—Hace treinta años —continuó el Observador—, nueve personas se sentaron alrededor de esa misma mesa. También recibieron cartas. También creyeron que podían vencer al anfitrión.
—¿Qué ocurrió con ellas? —preguntó Bundy.
El Observador tardó en responder.
—Eligieron a un culpable.
—¿Y?
—Se equivocaron.
En la televisión, Aileen levantó la cabeza.
Miró directamente hacia la cámara.
Movió los labios.
Kemper se acercó a la pantalla.
—Está diciendo algo.
Bundy observó con atención.
Aileen volvió a repetirlo.
Esta vez más despacio.
NO CONFIÉIS EN ÉL.
Los tres miraron al Observador.
Él permaneció inmóvil.
—Parece que Aileen te conoce —dijo Bundy.
—Nunca me ha visto.
—Pues sabe que no debemos confiar en ti.
—Porque la persona que está con ella le ha dicho que yo soy el enemigo.
Kemper dio un paso hacia la abertura de la pared.
—Voy a buscarla.
El Observador le cerró el paso.
—El pasadizo no conduce directamente a la habitación.
—Apártate.
—No llegarás sin la llave.
Kemper se detuvo.
—¿Qué llave?
La máscara giró lentamente hacia el Zodiaco.
Él no respondió.
Bundy también lo miró.
—¿Qué estás ocultando ahora?
El Zodiaco metió una mano en el interior de su chaqueta.
Sacó una llave pequeña de latón.
En ella aparecía grabado el número uno.
Kemper la contempló.
—¿Desde cuándo la tienes?
—Desde antes de llegar al hotel.
—¿Por qué no nos lo dijiste?
—Porque no sabía qué abría.
El Observador extendió una mano.
—Abre la habitación 309.
El Zodiaco no le entregó la llave.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque esa llave fue mía.
El silencio cayó sobre la sala.
Bundy miró la correa marcada con el número diez.
Después observó la llave número uno.
—El décimo invitado tenía la primera llave.
—Yo llegué antes que todos —respondió el Observador—. Mucho antes.
Kemper señaló la abertura.
—Muéstranos el camino.
El Observador entró de nuevo en la oscuridad.
Los tres lo siguieron.
El pasadizo era diferente al anterior.
Las paredes no estaban cubiertas de madera.
Eran de piedra.
Había profundas marcas de uñas en algunos lugares.
Y frases grabadas por personas que habían recorrido aquel camino antes.
NO ESCUCHES LA VOZ.
LA MESA SIEMPRE NECESITA A UNO MÁS.
NO HAY SALIDA DESPUÉS DE LA TERCERA PRUEBA.
Bundy pasó los dedos por una de las inscripciones.
—¿Quién escribió esto?
—Los anteriores invitados.
—Dijiste que murieron.
—No todos.
Continuaron caminando.
Al fondo del pasadizo apareció una luz roja.
Sobre una puerta metálica brillaba un número.
309.
Kemper corrió hacia ella.
—¡Aileen!
Golpeó varias veces.
—¡AILEEN! ¿ME OYES?
Durante unos segundos no hubo respuesta.
Después escucharon una voz débil.
—Ed…
Kemper apoyó ambas manos contra la puerta.
—Voy a sacarte.
—No abras.
Los cuatro quedaron inmóviles.
—¿Qué has dicho? —preguntó Kemper.
—No abras la puerta.
—¿Quién está contigo?