La Mesa de los Culpables ESCUCHA AL ZODIACO
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ESCUCHA AL ZODIACO

El Zodiaco terminó de hablar.

Nadie respondió.

Durante unos segundos, el único sonido en la biblioteca fue el leve crujido de la madera bajo sus pies.

El Zodiaco permanecía de pie al otro lado de la mesa.

Quieto.

Observándolos.

ccionar.

—Así que uno de nosotros ya conocía este lugar.

El Zodiaco no respondió.

Bundy sonrió ligeramente.

—¿Y esperas que empecemos a acusarnos?

—No necesito esperar nada —contestó el Zodiaco—. Ya lo estáis haciendo.

Richard Ramirez soltó una carcajada.

—Me gusta este tipo.

Aileen giró la cabeza hacia él.

—Pues a mí me gustaría saber por qué demonios está aquí con nosotros.

El Zodiaco la miró.

—Estoy aquí por la misma razón que vosotros.

—No —respondió Aileen—. Tú sabes lo que está pasando.

—Sé más que vosotros.

—Eso no responde a mi pregunta.

Charles Manson comenzó a caminar lentamente alrededor de la mesa.

No apartaba los ojos del Zodiaco.

—Qué curioso.

—¿El qué? —preguntó Kemper.

Manson señaló al Zodiaco.

—Nos conoce. Sabe cosas de nosotros. Nos ha traído hasta aquí. Y, sin embargo, sigue sentado en la misma jaula.

El Zodiaco sonrió.

—¿Quién te ha dicho que esta sea mi jaula?

La sonrisa de Manson desapareció.

Jeffrey Dahmer permanecía apartado.

Callado.

Mirando a los demás.

Bundy se dio cuenta.

—¿Qué pasa, Jeffrey?

—Nada.

—Llevas un rato mirando a Ed.

Kemper levantó la cabeza.

Dahmer dudó antes de hablar.

—Cuando el Zodiaco ha dicho que uno de nosotros había visto antes Blackwood… Ed ha cambiado de expresión.

Todas las miradas se dirigieron hacia Kemper.

—No he cambiado ninguna expresión —respondió.

Ramirez se acercó.

—Sí que lo has hecho.

—Cállate.

—Estás nervioso.

Kemper dio un paso hacia él.

—He dicho que te calles.

Ramirez sonrió.

—Ya tenemos al mentiroso.

—No sabéis de qué estáis hablando.

Bundy se acercó también.

—Entonces explícalo.

Kemper miró al Zodiaco.

Él continuaba inmóvil.

Observándolo.

—¿Por qué me miras así? —preguntó Kemper.

—Porque estás empezando a recordar.

Kemper frunció el ceño.

—Yo no tengo nada que recordar.

—Eso es lo que llevas diciéndote muchos años.

El ambiente cambió.

Aileen miró al Zodiaco.

—¿Qué sabes de él?

—Preguntádselo.

Bundy volvió hacia Kemper.

—Ed.

—No.

—¿Conocías Blackwood?

—Nunca he estado aquí.

El Zodiaco habló desde el otro lado de la mesa.

—Esa no ha sido la pregunta.

Kemper lo miró.

—¿Qué quieres de mí?

El Zodiaco dio lentamente un paso hacia él.

—La verdad.

Kemper apretó la mandíbula.

Manson sonrió.

—Esto se está poniendo interesante.

—Hace años —dijo Kemper finalmente— recibí una carta.

Todos quedaron en silencio.

Bundy fue el primero en preguntar.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Qué decía?

—Nada.

Ramirez se rio.

—Una carta que no decía nada.

Kemper lo ignoró.

—Dentro había una fotografía.

—¿De qué? —preguntó Aileen.

Kemper tardó unos segundos en contestar.

—De este hotel.

La expresión de todos cambió.

Dahmer levantó lentamente la cabeza.

Bundy dejó de sonreír.

—¿Del Hotel Blackwood?

Kemper asintió.

—Sí.

Aileen se acercó.

—¿Y eso no te pareció importante cuando llegamos aquí?

—No recordé la fotografía hasta ahora.

El Zodiaco volvió a hablar.

—Mientes.

Kemper se giró violentamente.

—No.

—La recordaste en cuanto viste el hotel.

—¡No!

—La recordaste al entrar.

Kemper avanzó hacia él.

—Tú no sabes lo que recuerdo.

El Zodiaco no retrocedió.

—También recuerdo lo que había escrito detrás.

Kemper se quedó inmóvil.

Bundy miró a uno y a otro.

—¿Qué había escrito?

Kemper no respondió.

El Zodiaco sí.

—Tres palabras.

Aileen se acercó un poco más.

—¿Cuáles?

El Zodiaco mantuvo los ojos clavados en Kemper.

—Te esperamos, Ed.

La biblioteca quedó en silencio.

Kemper palideció.

—¿Cómo sabes eso?

El Zodiaco sonrió ligeramente.

—Porque yo también recibí una.

Nadie esperaba aquella respuesta.

Ramirez dejó de sonreír.

Manson se acercó despacio.

—Espera.

Miró al Zodiaco.

—¿Tú también recibiste una fotografía de Blackwood?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Mucho antes de que cualquiera de vosotros supiera que este lugar existía.

Bundy negó con la cabeza.

—Entonces tú tampoco organizaste todo esto.

El Zodiaco lo miró.

—Nunca he dicho que lo hiciera.

Nadie habló.

Aquella frase cayó sobre ellos con mucho más peso que cualquier amenaza.

Aileen dio un paso hacia atrás.

—Entonces… si tú no nos has traído aquí…

Miró alrededor de la biblioteca.

—¿Quién lo ha hecho?

El Zodiaco levantó lentamente la vista hacia las estanterías.

—Esa es la pregunta que llevo intentando responder desde que llegué.

Entonces se oyó algo.

Un pequeño golpe.

Toc.

Venía del fondo de la biblioteca.

Todos se giraron.

Otro golpe.

Toc.

Esta vez más fuerte.

Ramirez miró al Zodiaco.

—¿Eso también forma parte de tu espectáculo?

Por primera vez, el Zodiaco parecía desconcertado.

—No.

Otro golpe.

TOC.

Una de las estanterías comenzó a moverse.

Muy lentamente.

Separándose de la pared.

Nadie se acercó.

Detrás apareció una abertura negra.

Un pasadizo.

Y en el suelo, justo delante de la entrada, había una pequeña tarjeta blanca.

Kemper se agachó.

—No la toques —dijo el Zodiaco.

Kemper se detuvo.

En la tarjeta había escrito un único mensaje:

ZODIACO, TU TURNO.

Todos lo miraron.

Esta vez fue él quien dejó de sonreír.

El Zodiaco no apartó la vista de la tarjeta.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Richard Ramirez fue el primero en romper el silencio.

—Parece que alguien te conoce bastante bien.

El Zodiaco levantó lentamente la cabeza.

—Eso parece.

—¿Y ahora qué? —preguntó Aileen—. ¿Vas a entrar ahí?

Miró hacia el pasadizo.

La oscuridad del interior parecía absorber la poca luz de la biblioteca.

—No sabemos qué hay —añadió Dahmer.

Charles Manson sonrió.

—Precisamente por eso debería entrar.

El Zodiaco lo miró.

—Qué considerado.

Manson abrió los brazos.

—Han escrito tu nombre, no el mío.

Ted Bundy se acercó a la abertura.

No llegó a cruzarla.

—Aquí hay algo raro.

Kemper se situó a su lado.

—Todo aquí es raro.

—No. Mira.

Bundy señaló el suelo.

Había polvo acumulado junto a la estantería.

Pero en el interior del pasadizo no había polvo.

Ni suciedad.

Ni telarañas.

Estaba limpio.

Como si alguien pasara por allí con frecuencia.

Aileen se inclinó ligeramente.

—Entonces no es un pasadizo abandonado.

—No —respondió Kemper—. Alguien lo utiliza.

El Zodiaco recogió la tarjeta del suelo.

La observó por ambos lados.

—No hay nada más.

—Pues ya sabes qué hacer —dijo Ramirez.

El Zodiaco dobló la tarjeta y se la guardó en el bolsillo.

—Voy a entrar.

Kemper lo agarró del brazo antes de que pudiera avanzar.

—No solo.

El Zodiaco miró la mano de Kemper.

—¿Te preocupa que me ocurra algo?

—Me preocupa que desaparezcas y luego tengamos que averiguar qué demonios te ha pasado.

—Qué conmovedor.

Kemper lo soltó.

—Voy contigo.

Bundy dio un paso.

—Yo también.

Aileen negó con la cabeza.

—No.

Todos la miraron.

—Si entráis todos, dejamos la biblioteca vacía. Y si alguien cierra esa estantería, nos quedamos atrapados.

Manson señaló hacia ella.

—La mujer tiene razón.

Aileen lo miró con desprecio.

—No vuelvas a llamarme así.

Manson sonrió.

—Aileen tiene razón.

Kemper respiró profundamente.

—Entonces entramos tres.

El Zodiaco.

Kemper.

Bundy.

Los demás permanecerían en la biblioteca.

Ramirez se apoyó contra una estantería.

—Si tardáis demasiado, iremos a buscaros.

—No lo hagáis —respondió el Zodiaco.

—¿Por qué?

El Zodiaco miró hacia la oscuridad.

—Porque si esto está preparado para mí, probablemente también haya algo preparado para vosotros.

Nadie respondió.

Los tres entraron.

El pasadizo era estrecho.

Las paredes estaban cubiertas de madera negra.

Cada pocos metros había pequeñas lámparas amarillas.

No parecían antiguas.

Aquello no pertenecía al hotel original.

Alguien lo había construido después.

Bundy pasó la mano por una de las paredes.

—Esto es reciente.

—¿Cuánto? —preguntó Kemper.

—No lo sé. Pero no tiene cien años.

Continuaron.

Tras ellos, la biblioteca quedó cada vez más lejos.

Hasta que ya no pudieron ver a los demás.

Entonces escucharon un sonido.

Una voz.

Muy débil.

Bundy se detuvo.

—¿Habéis oído eso?

Kemper asintió.

El Zodiaco permaneció quieto.

La voz volvió a escucharse.

Era una grabación.

Una voz masculina.

Distorsionada.

—Sigue caminando.

Bundy miró al Zodiaco.

—¿Es para ti?

—Supongo.

—Pues adelante.

Continuaron.

Al final del pasillo encontraron una puerta metálica.

Sobre ella había pintado el símbolo del Zodiaco.

El círculo.

La cruz.

El Zodiaco se detuvo.

Por primera vez desde que había aparecido ante ellos parecía realmente incómodo.

Kemper lo observó.

—¿Qué pasa?

—Ese símbolo.

—Es el tuyo.

—Precisamente.

Bundy sonrió ligeramente.

—¿No te gusta que alguien utilice tu firma?

El Zodiaco no respondió.

Empujó la puerta.

Se abrió.

Al otro lado había una habitación pequeña.

Completamente blanca.

En el centro había una silla.

Y frente a ella, una televisión antigua.

Nada más.

—Esto parece preparado para un interrogatorio —dijo Kemper.

La televisión se encendió sola.

La pantalla mostró interferencias.

Después apareció una imagen.

Un periódico.

Un titular.

Luego otro.

Después fotografías.

Cartas.

Símbolos.

Mensajes cifrados.

Todo relacionado con el Zodiaco.

Bundy miró la pantalla.

—Alguien ha hecho los deberes.

El Zodiaco no se movió.

Entonces apareció una fotografía diferente.

No era un periódico.

Era una fotografía del Hotel Blackwood.

La misma fachada.

La misma entrada.

Pero había alguien delante.

Un hombre.

Su rostro estaba cubierto por una mancha negra.

Debajo aparecía una fecha.

1969.

Kemper se acercó.

—¿Quién es?

El Zodiaco negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé.

La imagen cambió.

Otra fotografía.

La habitación 309.

Sobre la cama había varias cartas.

Una de ellas tenía dibujado el símbolo del Zodiaco.

La siguiente imagen mostraba una pared.

En ella aparecía escrito:

NO FUISTE EL PRIMERO.

Bundy dejó de sonreír.