BIBLIOTECA #2
—¡No pienso enseñaros nada!
—¡Entonces está mintiendo!
—¡Todos hemos mentido alguna vez!
La discusión crecía.
Cada frase era más alta que la anterior.
Hasta que...
¡PUM!
Algo cayó desde el techo.
Todos dieron un salto.
Era un libro.
Había aterrizado justo en el centro de la mesa.
No era negro.
Era rojo.
Muy rojo.
Como si la cubierta estuviera manchada de sangre.
En la portada solo había una palabra.
VERDAD
Nadie se atrevió a tocarlo.
La voz habló.
—Interesante.
No recordaba haber dejado ese libro ahí.
Los nueve levantaron la cabeza.
—¿Qué significa eso? —preguntó uno.
La respuesta tardó unos segundos.
—Significa...
...que no estoy solo.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué...?
—Hay alguien más en el hotel.
Y lleva aquí mucho más tiempo que vosotros.
Un escalofrío recorrió la sala.
Uno de los hombres empezó a mirar entre las estanterías.
—¡Deja de jugar con nosotros!
—No estoy jugando.
—¡Enséñate!
—Ya me habéis visto.
Los nueve se quedaron inmóviles.
—¿Qué has dicho?
—Ya me habéis visto.
Solo que todavía no os habéis dado cuenta.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Entonces...
una estantería se cerró sola.
Después otra.
Y otra.
El sonido era ensordecedor.
¡CLAC!
¡CLAC!
¡CLAC!
Las filas de libros comenzaron a formar un pasillo estrecho.
Muy estrecho.
Al fondo apareció una puerta que antes no estaba.
Era de hierro.
Oxidada.
En ella había grabado un número.
10
Uno de los presentes tragó saliva.
—No había ninguna puerta ahí...
—Porque todavía no era el momento de verla.
La voz sonó más cercana que nunca.
Como si estuviera detrás de ellos.
—Esa puerta solo se abre cuando el hotel decide que alguien está preparado.
—¿Preparado para qué?
No hubo respuesta.
En cambio...
la puerta emitió un golpe seco desde el otro lado.
¡BANG!
Todos retrocedieron.
Otro golpe.
Más fuerte.
¡BANG!
Y otro.
¡BANG!
Parecía que alguien intentaba salir.
—¿Hay alguien ahí? —gritó uno.
Silencio.
Después...
una voz apagada respondió desde detrás del hierro.
—Por favor...
...no la abráis.
Los nueve quedaron helados.
Aquella no era la voz del misterioso.
Era otra persona.
Una voz cansada.
Desesperada.
Como la de alguien que llevaba mucho tiempo encerrado.
—¡¿Quién eres?! —gritó uno de ellos.
Pasaron varios segundos.
La respiración al otro lado era cada vez más rápida.
Finalmente respondió.
—Fui...
...el invitado número diez.
Nadie se movió.
Las miradas pasaban de la puerta al cronómetro.
00:08:41
00:08:40
La voz del anfitrión rompió el silencio.
Esta vez ya no sonaba tranquila.
Sonaba... molesta.
—No le escuchéis.
Está dispuesto a decir cualquier cosa con tal de salir.
Desde el otro lado de la puerta llegó un grito desesperado.
—¡Miente!
¡Todo lo que os ha contado es mentira!
¡No tenéis que matar a nadie!
¡Eso es exactamente lo que él quiere!
El silencio fue absoluto.
Y entonces ocurrió algo que hizo que todos sintieran un nudo en el estómago.
La pantalla de la biblioteca cambió una vez más.
Las letras aparecieron lentamente, una tras otra.
"¿A quién vais a creer?"
"¿A la voz que os ha traído hasta aquí..."
"...o al hombre que lleva años intentando escapar?"
Nadie apartaba la vista de la puerta número diez.
El hombre que estaba detrás comenzó a golpear de nuevo.
¡BANG!
¡BANG!
¡BANG!
—¡Sacadme de aquí!
Uno de los invitados dio un paso hacia delante.
Otro lo sujetó del brazo.
—¡No!
—¿Y si dice la verdad?
—¿Y si no?
—¡No podemos dejarlo ahí!
La voz del anfitrión volvió a sonar.
—Adelante.
Abrid la puerta.
Yo no os lo impediré.
Hubo una pausa.
—Pero recordad una cosa...
La cerradura nunca se abre gratis.
Todos miraron el enorme cerrojo.
Colgaba de él una pequeña placa de latón.
Hasta ese momento nadie se había fijado.
Uno de ellos se acercó lentamente.
Leyó las palabras en voz alta.
—«Una vida... por otra.»
La biblioteca quedó en silencio.
—¿Qué significa eso?
El anfitrión respondió.
—Significa exactamente lo que dice.
Si queréis abrir la puerta...
...alguien tendrá que quedarse en su lugar.
Las caras cambiaron de inmediato.
—¡Estás loco!
—Puede que sí.
—¡No vamos a sacrificar a nadie!
—Todavía os quedan siete minutos.
El cronómetro siguió descendiendo.
00:07:18
00:07:17
Uno de los hombres comenzó a caminar de un lado a otro.
Cada vez más deprisa.
—¡Está jugando con nosotros!
—¡Piensa!
—¡No puedo pensar!
Se agarró la cabeza con las dos manos.
—¡No puedo!
De repente se detuvo.
Miró fijamente una estantería.
Su respiración cambió.
—¿Lo veis?
Nadie respondió.
—¿No lo veis?
Los demás siguieron la dirección de su mirada.
No había nada.
—Hay una mujer...
Está ahí.
Vestida de blanco.
Silencio.
—No hay nadie.
—¡Sí que está!
Comenzó a señalar desesperadamente.
—¡Está sonriendo!
Uno de los presentes dio un paso atrás.
—Se está volviendo loco.
El hombre empezó a gritar.
—¡No te acerques!
¡No te acerques!
Corrió hacia la estantería y empujó decenas de libros.
Los volúmenes cayeron al suelo levantando una nube de polvo.
Pero detrás...
...no había nadie.
Solo una pared de piedra.
Respiraba con dificultad.
—Estaba aquí...
Os juro que estaba aquí...
La voz del anfitrión sonó con absoluta calma.
—El Hotel Blackwood no crea alucinaciones.
Solo os obliga a mirar aquello que lleváis años intentando olvidar.
El hombre cayó de rodillas.
Temblaba.
No volvió a decir una palabra.
Entonces...
el libro rojo se abrió solo.
Sus páginas comenzaron a pasar a toda velocidad.
Una...
Dos...
Diez...
Cincuenta...
Hasta detenerse.
Las letras aparecieron lentamente.
Como si alguien las escribiera con una pluma invisible.
"Uno de vosotros ha entrado en esta biblioteca con un objeto que no apareció durante el registro."
Todos se quedaron inmóviles.
La frase continuó escribiéndose.
"Encontradlo antes de que el tiempo termine."
Las miradas empezaron a recorrer la sala.
Después...
se clavaron unas en otras.
—Vacíaos los bolsillos.
—¿Qué?
—¡Todos!
Uno tras otro comenzaron a dejar sus pertenencias sobre la mesa.
Un reloj.
Un mechero.
Una cartera.
Una llave antigua.
Un pañuelo.
Nada parecía extraño.
Hasta que uno de ellos dudó.
Solo un segundo.
Pero todos lo vieron.
—¿Por qué no sacas las manos?
—No llevo nada.
—Entonces enséñalas.
—He dicho que no llevo nada.
Otro se acercó.
—Enséñalas.
—¡Atrás!
Retrocedió dos pasos.
La tensión estalló.
Tres hombres fueron hacia él al mismo tiempo.
Hubo empujones.
Un puñetazo.
Una silla cayó al suelo.
En medio del forcejeo, algo metálico salió despedido del bolsillo de su chaqueta.
Rodó por la mesa.
Giró sobre sí mismo.
Y quedó inmóvil.
Era una pequeña llave negra.
No medía más de cinco centímetros.
En su cabeza estaba grabado el mismo número que había en la puerta de hierro.
10.
Nadie respiró.
El hombre miró la llave en el suelo.
Después levantó lentamente la cabeza.
Su rostro había perdido el color.
—Yo...
Yo nunca había visto esa llave.
La voz del anfitrión dejó escapar una risa muy baja.
—Acabas de cometer el peor error posible.
—¡No es mía!
—Tal vez no.
—¡Te lo juro!
—El problema...
—¿Cuál?
Hubo un silencio tan profundo que podía oírse el tictac del reloj de bolsillo, en algún lugar del hotel.
Entonces la voz respondió.
—Es que esa llave...
...abre una puerta que yo llevo veinte años intentando mantener cerrada.
La llave permanecía sobre la mesa.
Nadie se atrevía a tocarla.
Parecía un objeto cualquiera.
Y, sin embargo...
todos retrocedían un paso.
La voz del anfitrión rompió el silencio.
—Recogedla.
Nadie obedeció.
—He dicho...
...que la recojáis.
El hombre al que había caído del bolsillo negó con la cabeza.
—No.
—¿No?
—No pienso tocarla.
La risa volvió a escucharse.
—Curioso.
Hace unos minutos todos queríais respuestas.
Ahora tenéis la primera delante de vosotros... y os da miedo.
El cronómetro seguía descendiendo.
00:05:02
00:05:01
00:05:00
Un hombre de barba canosa dio un paso al frente.
—Aparta.
Se agachó lentamente.
Su mano quedó a pocos centímetros de la llave.
Todos contuvieron la respiración.
Cuando sus dedos la tocaron...
la biblioteca entera tembló.
Las lámparas comenzaron a balancearse.
Los libros vibraban en las estanterías.
Y la puerta marcada con el número diez...
emitió un largo crujido.
Creeeeec...
La cerradura acababa de girar sola.
Solo unos milímetros.
Pero era suficiente.
Desde el otro lado se escuchó una respiración.
Lenta.
Profunda.
Como la de alguien que llevaba años esperando.
Entonces...
una mano apareció por la rendija.
Delgada.
Pálida.
Con las uñas completamente negras.
Se aferró al borde de la puerta.
Uno de los invitados gritó.
—¡Está saliendo!
El hombre de la barba soltó la llave inmediatamente.
La puerta dejó de moverse.
La mano permanecía inmóvil.
Como si estuviera esperando algo.
Después...
unos nudillos comenzaron a golpear la madera.
Tac...
Tac...
Tac...
Tres golpes.
Siempre tres.
La voz del anfitrión ya no sonaba divertida.
Por primera vez...
parecía nerviosa.
—No volváis a tocar esa llave.
Todos levantaron la cabeza.
—¿Qué?
—Alejaos de la puerta.
—¿Por qué?
Silencio.
—Porque todavía no está preparado.
Uno de los invitados sonrió.
—Pensaba que tú controlabas este lugar.
No hubo respuesta.
—¿Lo controlas... o tienes miedo?
Pasaron varios segundos.
La respuesta llegó muy despacio.
—Hay cosas...
...que ni siquiera yo debería haber despertado.
Aquellas palabras cambiaron el ambiente.
Hasta ese momento todos habían creído que el misterioso dominaba el hotel.
Ahora ya no estaban tan seguros.
Entonces, una voz distinta habló desde detrás de la puerta.
No era la del hombre que pedía ayuda.
Era otra.
Más grave.
Más lenta.
Como un susurro imposible.
—Ha mentido...
Los nueve se quedaron paralizados.
—Siempre miente...
La respiración se aceleró en toda la sala.
—¿Quién eres? —gritó uno.
No hubo respuesta.
Solo una risa apagada.
Y después...
silencio.