La Mesa de los Culpables BIBLIOTECA
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Y debajo, escrito con letras pequeñas:

"Las respuestas siempre han estado en los libros.

La puerta de la biblioteca permaneció abierta.

Nadie fue el primero en cruzarla.

Durante unos segundos solo se oía el leve tic-tac del reloj de bolsillo y el sonido de los cristales rompiéndose todavía en algún rincón del enorme salón.

La voz volvió a sonar, tranquila.

—¿Qué ocurre?

Silencio.

—Hace un momento estabais deseando escapar. Ahora que os abro una puerta... nadie se atreve a cruzarla.

Una breve risa.

—La naturaleza humana nunca deja de sorprenderme.

Uno de los nueve dio un paso.

Otro lo sujetó del brazo.

—Podría ser una trampa.

—Todo este hotel es una trampa.

Nadie respondió.

Finalmente comenzaron a caminar.

Los nueve abandonaron el Salón de los Espejos.

El pasillo era mucho más largo de lo que recordaban.

Las paredes estaban cubiertas por retratos antiguos.

Cientos de ojos parecían seguir cada movimiento.

No había ventanas.

Solo lámparas de gas que parpadeaban como si el aire respirara.

Nadie hablaba.

Hasta que uno de ellos se detuvo.

Había visto algo.

Una fotografía.

Era reciente.

No antigua.

La arrancó de la pared.

Su expresión cambió.

Era una imagen del mismo salón en el que acababan de estar.

La fecha aparecía escrita detrás.

Hace tres meses.

Sobre la mesa había nueve personas.

Pero no eran ellos.

Todos estaban muertos.

Alguien había escrito con tinta negra:

"Ellos también pensaron que saldrían."

Uno de los invitados dejó caer la fotografía.

Nadie quiso recogerla.

Continuaron andando.

La biblioteca ocupaba casi toda un ala del hotel.

Miles de libros.

Estanterías de cuatro pisos.

Escaleras móviles.

Polvo.

Silencio.

En el centro había una enorme mesa circular.

Sobre ella descansaban nueve libros.

Todos idénticos.

Negros.

Sin título.

Solo tenían grabado un número.

Uno.

Dos.

Tres.

Hasta el nueve.

Cada uno comprendió cuál debía coger.

Sin necesidad de decirlo.

La voz habló.

—No abráis todavía vuestro libro.

Los nueve obedecieron.

—Cada volumen contiene la historia completa de uno de vosotros.

Nadie respiró.

—No la historia que contáis.

La verdadera.

El silencio fue absoluto.

—Vuestras víctimas.

Los nombres que nunca aparecieron.

Las personas que nadie buscó.

Los errores.

Las mentiras.

Los cuerpos que jamás fueron encontrados.

Las miradas comenzaron a evitarse.

Incluso ellos.

Incluso asesinos capaces de las peores atrocidades.

Sentían un incómodo peso en el pecho.

—Hay algo más.

La pantalla situada sobre la pared se iluminó.

Apareció una cuenta atrás.

00:19:59

El tiempo comenzaba a correr.

—Tenéis veinte minutos para leer únicamente la primera página de vuestro libro.

Nada más.

Si alguien intenta leer una segunda...

...morirá.

Nadie dudó.

Los nueve abrieron sus libros.

El silencio de las páginas fue sustituido por respiraciones agitadas.

Algunos comenzaron a palidecer.

Otros cerraron el libro de golpe.

Uno empezó a sudar.

Otro murmuró:

—Eso... eso no puede saberlo nadie...

La voz respondió inmediatamente.

—Yo sí.

Un hombre levantó la vista.

—¿Quién eres?

No hubo respuesta.

Solo una nueva frase apareció en la pantalla.

"No soy vuestro juez."

Cinco segundos después.

La frase cambió.

"Soy vuestro décimo invitado."

El aire pareció desaparecer de la habitación.

—Eso es imposible —susurró uno.

—Éramos nueve.

La voz respondió con absoluta calma.

—No.

Siempre fuisteis diez.

Simplemente...

...uno de vosotros nunca se dio cuenta de que también estaba invitado.

Las luces de la biblioteca se apagaron durante un segundo.

Cuando regresaron...

uno de los nueve ya no estaba sentado en su sitio.

Su libro permanecía abierto.

Su silla seguía balanceándose lentamente.

Nadie lo había visto levantarse.

Nadie había oído un solo paso.

Solo encontraron una frase nueva escrita en la primera página del libro abandonado.

"El primer elegido ya ha sido apartado."

Entonces la voz pronunció las palabras que hicieron que todos comprendieran que aquello no era un juego.

—Dentro de una hora...

uno de vosotros tendrá que morir.

Y no seré yo quien elija.

Seréis vosotros.

Porque la única forma de abrir la siguiente puerta del Hotel Blackwood...

...es sentando a un muerto en la Mesa de los Culpables.

Uno de ellos rompió el silencio.

—¡No pienso elegir quién muere!

La voz respondió al instante.

—No hace falta que lo digas ahora.

Solo hace falta que llegue el momento.

El hombre golpeó la mesa con tanta fuerza que uno de los libros cayó al suelo.

El ruido retumbó por toda la biblioteca.

Entonces ocurrió algo extraño.

Las estanterías comenzaron a moverse.

Un chirrido de madera y hierro llenó la sala.

Las enormes librerías giraban lentamente sobre sí mismas.

Como si todo el edificio estuviera cambiando de forma.

—¿Qué demonios...?

Las luces parpadearon.

Cuando volvieron...

las puertas por las que habían entrado ya no estaban.

Solo había libros.

Miles de libros.

—Nos ha encerrado... —susurró una mujer.

—No...

dijo otro mientras miraba alrededor.

—El hotel nos está moviendo.

Una carcajada recorrió los altavoces.

—Bienvenidos al verdadero Hotel Blackwood.

Hasta ahora solo habíais visto la entrada.

Ahora empieza el juego.

En la pantalla apareció un nuevo mensaje.

PRUEBA 1

"Descubrid quién es el mentiroso."

Debajo apareció otra frase.

"Tenéis quince minutos."

"Si falláis..."

La frase desapareció.

Nadie necesitaba leer el final.

Uno de los hombres señaló al que había dicho conocer al anfitrión.

—Empieza por él.

—¿Por qué?

—Porque eres el único que ha admitido algo.

—¿Y eso me convierte en culpable?

—Te convierte en sospechoso.

El ambiente se volvió tenso.

Otro intervino.

—¡Basta! Eso es exactamente lo que quiere.

Que empecemos a matarnos antes de tiempo.

—¿Y tienes una idea mejor?

—Sí.

Pensar.

Uno de los más altos soltó una risa seca.

—¿Pensar?

¿Ahora?

Llevamos encerrados menos de una hora y ya ha desaparecido uno.

Otro dio un golpe sobre la mesa.

—¡Pues habla!

¡Si eres tan listo!

—No pienso perder mi única oportunidad respondiendo a gritos.

—¡Cobarde!

—¿Cobarde yo?

El hombre se levantó de golpe.

Las sillas salieron despedidas.

Los dos quedaron frente a frente.

Tan cerca que casi podían sentir la respiración del otro.

—Dilo otra vez.

—Cobarde.

El puñetazo llegó sin aviso.

El primero cayó contra una estantería.

Decenas de libros cayeron encima de él.

Antes de que pudiera levantarse, el otro fue a rematarlo.

Pero una voz metálica resonó por toda la biblioteca.

—Alto.

Los dos quedaron inmóviles.

Un sonido agudo llenó la sala.

Los relojes que llevaban en la muñeca comenzaron a emitir una luz roja.

—Regla número tres.

Las peleas entre invitados están permitidas.

Los asesinatos...

todavía no.

El reloj dejó de sonar.

Los dos retrocedieron lentamente.

Ninguno quería descubrir qué ocurría si desobedecía.

De repente...

una niña comenzó a cantar.

Muy lejos.

En algún lugar de la biblioteca.

Una canción antigua.

Su voz era dulce.

Pero resultaba imposible que hubiera una niña allí.

Todos levantaron la cabeza.

—¿Habéis oído eso?

—Sí...

—Viene de arriba.

—No.

Viene de detrás de las estanterías.

La canción cesó.

Entonces sonó una pelota botando.

Una vez.

Dos.

Tres.

Tac...

Tac...

Tac...

Los nueve comenzaron a girar lentamente sobre sí mismos.

No había nadie.

Solo libros.

La pelota dejó de botar.

Silencio.

Después...

una voz infantil susurró muy cerca de uno de ellos.

—No leas la página treinta y tres...

El hombre dio un grito y cayó hacia atrás.

—¡¿Quién ha dicho eso?!

Nadie respondió.

Los demás empezaron a retroceder.

La respiración se aceleró.

El miedo ya no era solo al anfitrión.

Había alguien más.

O algo más.

En ese instante, uno de los libros negros empezó a pasar páginas solo.

Una.

Otra.

Otra más.

Hasta detenerse en una hoja completamente blanca.

Poco a poco comenzaron a aparecer letras, como si una mano invisible estuviera escribiendo.

Todos se acercaron.

El mensaje se formó despacio.

"No confiéis en el hombre de la chaqueta gris."

Todos levantaron la vista al mismo tiempo.

Solo uno de ellos llevaba una chaqueta gris.

Él dio un paso atrás.

—Yo no he escrito eso.

—Claro que no —dijo otro con una sonrisa fría—. Pero alguien quiere que pensemos que sí.

—¡No os acerquéis!

—¿Por qué?

—¡Porque esto es una trampa!

—Todo es una trampa.

Los ocho comenzaron a rodearlo lentamente.

El hombre miró a un lado y a otro.

No tenía salida.

Respiraba cada vez más deprisa.

—Escuchadme... yo no soy vuestro enemigo.

La voz del anfitrión sonó una vez más, divertida.

—Eso es lo fascinante.

Todos creéis estar diciendo la verdad.

Pero uno de vosotros...

...lleva mintiendo desde antes incluso de entrar en el Hotel Blackwood.

A ti , lector, si, a tí que estás leyendo ahora,

"El hotel sabía que tarde o temprano llegarías hasta este punto."

"No importa cómo hayas llegado hasta aquí. Lo importante es que ya formas parte de la historia."

"Algunos leen este libro. Tú acabas de entrar en él."

"Si puedes oír mi voz... significa que has encontrado lo que los otros pasaron por alto."

"Desde este momento ya no eres un lector. Eres un testigo."

"Levanta la vista un instante. ¿Estás completamente seguro de que estás solo?"

El hombre de la chaqueta gris levantó lentamente las manos.

—Os está manipulando.

Nadie respondió.

Los ocho seguían observándolo.

Como si, de repente, todos hubieran olvidado que había alguien mucho más peligroso escondido en el hotel.

La voz volvió a sonar.

—Quedan doce minutos.

El cronómetro descendía lentamente.

00:11:58

00:11:57

00:11:56

El silencio se hizo insoportable.

Hasta que uno de ellos señaló el libro del hombre de la chaqueta gris.

—Ábrelo otra vez.

—¿Para qué?

—Quiero ver la primera página.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque es mi libro.

Otro dio un paso adelante.

—¿Qué pone?

—Nada que os importe.

—¡Eso no lo decides tú!

En un instante comenzaron los gritos.

—¡Está ocultando algo!