La Mesa de los Culpables ESCUCHA
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ESCUCHA

El estruendo de los espejos rompiéndose tardó varios segundos en desaparecer.

Miles de fragmentos cubrían el suelo del salón.

Nadie se movía.

El polvo de cristal flotaba lentamente en el aire.

El reloj de bolsillo, protegido por la urna de cristal del centro de la sala, seguía marcando la hora.

22:17

Entonces...

La voz volvió.

—Perfecto.

Los nueve seguís con vida.

Por ahora.

Uno de los presentes apretó los puños.

—¡Sal de una vez! —gritó—. ¡Deja de esconderte!

Solo obtuvo una risa breve.

Una risa tranquila.

Como la de alguien que disfrutaba observándolos.

—¿De verdad creéis que soy tan ingenuo?

Una pausa.

—Si estuviera en esta habitación... ya me habríais buscado.

Si estuviera fuera del hotel... ya habríais intentado escapar.

La única ventaja que tengo...

...es que ninguno sabe dónde mirar.

La comunicación se interrumpió unos segundos.

Después, la pantalla situada sobre la urna se iluminó.

Aparecieron nueve nombres.

Uno debajo del otro.

Los nueve invitados.

Todos permanecieron en silencio.

Sin previo aviso, uno de los nombres comenzó a parpadear.

Cinco segundos.

Después otro.

Y otro.

Hasta que todos parpadearon.

Finalmente quedaron inmóviles.

Debajo apareció una nueva frase.

"Todos sois culpables."

Un segundo mensaje sustituyó al primero.

"Pero uno de vosotros oculta un crimen que los demás desconocen."

Las miradas cambiaron de inmediato.

El ambiente se volvió irrespirable.

Nadie quería ser el primero en hablar.

La voz regresó.

—Vuestra primera prueba es sencilla.

Durante los próximos treinta minutos podéis haceros una única pregunta entre vosotros.

Solo una.

Elegidla bien.

Las respuestas...

...podrían salvaros.

O condenaros.

Uno de los hombres dio un paso adelante.

—¿Y si nadie responde?

—Entonces asumiré que tiene miedo.

—¿Y si mentimos?

La respuesta llegó sin vacilar.

—Ya sabéis lo que ocurre cuando alguien miente.

El silencio volvió a instalarse.

Uno de los invitados se acercó lentamente a la mesa.

Apoyó las manos sobre la madera.

Miró al resto.

—Empiezo yo.

Todos lo observaron.

Respiró hondo.

—¿Hay alguien aquí que conociera al anfitrión antes de recibir la carta?

Nadie contestó.

Cinco segundos.

Diez.

Quince.

Hasta que, desde el fondo de la sala...

...una voz respondió.

—Sí.

Todos giraron la cabeza al mismo tiempo.

La persona que acababa de hablar permanecía inmóvil.

Su rostro no mostraba miedo.

Solo una extraña serenidad.

—No sé quién es...

Pero estoy convencido de que él sí sabe perfectamente quién soy.

La sala quedó en silencio.

El anfitrión habló una última vez.

—Interesante.

Al menos uno de vosotros ha decidido dejar de mentir.

Los demás...

Todavía no.

En ese instante, las puertas del Salón de los Espejos se abrieron lentamente.

El pasillo estaba completamente oscuro.

Solo una luz permanecía encendida al fondo.

Una placa dorada brillaba sobre una puerta.