La mesa de los culpables #2
Habían sido tomadas durante décadas.
Desde distintos lugares del país.
Desde distintos ángulos.
Siempre a escondidas.
Todos comprendieron lo mismo al mismo tiempo.
Alguien los había seguido durante años.
No durante meses.
Ni siquiera durante unos pocos años.
Durante toda una vida.
El silencio era absoluto.
Entonces apareció una última fotografía en el fondo de cada carpeta.
Era reciente.
Muy reciente.
Mostraba el Hotel Blackwood.
La imagen había sido tomada aquella misma tarde.
En la fotografía aparecían los nueve invitados entrando al edificio.
Pero había algo más.
Al ampliar la imagen...
Todos distinguieron una figura.
Una silueta observándolos desde una ventana del tercer piso.
La habitación 309.
Nadie pudo reconocer el rostro.
Solo un detalle.
Llevaba unos guantes negros.
La pantalla del comedor volvió a iluminarse.
La voz regresó.
—Bien.
Ya habéis comprendido la primera lección.
No sois cazadores.
Nunca lo fuisteis.
Toda vuestra vida...
Habéis sido observados.
La pantalla cambió de nuevo.
Apareció una única frase.
"Uno de vosotros ya conoce mi identidad."
Los nueve levantaron lentamente la cabeza.
Las miradas comenzaron a cruzarse.
La desconfianza acababa de instalarse definitivamente en aquella mesa.
Porque si la frase era cierta...
...uno de ellos estaba mintiendo desde el principio.
El reloj marcaba las 21:17.
El contador seguía descendiendo.
02:42:58
Nadie había pronunciado una palabra desde el último mensaje.
Fue el recepcionista quien rompió el silencio.
Apareció en el umbral del comedor con la misma tranquilidad con la que los había recibido horas antes.
Vestía un impecable traje negro.
Llevaba unos guantes blancos.
—Sus habitaciones ya están preparadas.
Nadie respondió.
—Encontrarán todo lo necesario para pasar la noche.
—¿Quién demonios es usted? —preguntó uno de los invitados.
El recepcionista sonrió apenas unos milímetros.
—Solo soy un empleado.
—¿Quién ha organizado esto?
—No estoy autorizado a responder.
—¿Dónde está?
El hombre volvió a sonreír.
—Está mucho más cerca de lo que imaginan.
Se dio la vuelta y desapareció por el pasillo.
Ninguno intentó seguirlo.
Cuando salieron del comedor descubrieron que el hotel había cambiado.
O al menos eso parecía.
El largo pasillo por el que habían llegado ahora era distinto.
Las lámparas estaban en otras posiciones.
Los cuadros habían cambiado.
Incluso la alfombra era diferente.
Uno de ellos miró el plano que aparecía en la pantalla de su teléfono.
No coincidía.
—Esto es imposible...
Al final del corredor había nueve puertas.
Cada una tenía una placa de bronce.
303...
Hasta la 309.
Al acercarse a la puerta asignada a cada uno, una pequeña luz verde se encendía sobre la cerradura.
Solo entonces la llave funcionaba.
Como si el hotel reconociera quién estaba delante.
La habitación 304 era amplia.
Demasiado elegante para un hotel perdido en mitad de la nada.
La cama estaba perfectamente hecha.
Una botella de whisky descansaba sobre una mesa.
La chimenea ya estaba encendida.
Y sobre la almohada había un sobre negro.
El mismo sello del cuervo.
Lo abrió lentamente.
Solo contenía una hoja.
"No confíes en el hombre de las gafas."
Frunció el ceño.
Aquello podía ser una trampa.
O una advertencia.
La rompió en dos.
En ese mismo instante sonó una voz detrás de él.
—No deberías destruir mis cartas.
Se giró sobresaltado.
No había nadie.
La voz provenía del pequeño altavoz situado junto al reloj de la habitación.
—Cada carta destruida... tendrá un precio.
El papel roto comenzó a desprender un humo gris.
En pocos segundos desapareció por completo.
Como si nunca hubiera existido.
A la misma hora...
En las otras ocho habitaciones ocurría exactamente lo mismo.
Cada invitado recibía un mensaje distinto.
"No te sientes nunca de espaldas a una puerta."
"Uno de los presentes ya ha intentado matarte una vez."
"Alguien en esta mesa sabe tu mayor secreto."
"La fotografía del pasillo no estaba completa."
"Busca debajo del tercer escalón."
"No bebas nada que no hayas abierto tú."
"El huésped de la habitación 309 nunca hizo el registro."
"Cuando escuches tres golpes... no abras."
Todos pensaron lo mismo.
La carta que habían recibido era única.
Lo que ninguno imaginaba...
Era que las nueve cartas formaban un único mensaje.
Y solo podían entenderse cuando se reunieran todas.
Mientras tanto...
Desde algún lugar del hotel, oculto tras decenas de monitores de vigilancia, una figura observaba cada movimiento.
No se veía su rostro.
Solo una mano enguantada que anotaba algo en un viejo cuaderno de cuero.
Escribió una sola frase.
"Empiezan a desconfiar unos de otros. Exactamente como estaba previsto."
Cerró el cuaderno.
Sonrió.
Y pulsó un botón rojo.
En algún lugar del hotel...
Sonó un reloj.
Dong...
El juego acababa de comenzar.
22:03 horas
Un timbre resonó por todo el hotel.
Uno.
Dos.
Tres veces.
La voz volvió a escucharse por los altavoces.
—Señoras y señores...
La primera prueba comienza ahora.
Disponéis de diez minutos para reuniros en el Salón de los Espejos.
El último en llegar...
Perderá.
La comunicación terminó.
Las puertas de las habitaciones se desbloquearon con un chasquido metálico.
Uno tras otro salieron al pasillo.
Nadie caminaba junto a nadie.
Cada uno observaba al resto como si esperara un ataque.
Las cartas seguían en sus bolsillos.
Ninguno había contado lo que decía la suya.
El silencio solo era roto por el sonido de sus pasos sobre la vieja madera.
Llegaron al final del corredor.
Una doble puerta de roble estaba abierta.
Sobre ella había una placa de bronce.
SALÓN DE LOS ESPEJOS
Empujaron las puertas.
El salón era enorme.
Las paredes estaban completamente cubiertas por espejos antiguos.
Cientos de reflejos devolvían la imagen de los nueve invitados desde todos los ángulos posibles.
En el centro había un pedestal.
Encima descansaba una caja de cristal.
Dentro...
Un único reloj de bolsillo.
Y una tarjeta.
Uno de ellos leyó en voz alta.
—"La verdad siempre tiene un reflejo."
En ese instante...
Las puertas se cerraron de golpe.
¡BANG!
Los espejos comenzaron a iluminarse uno tras otro.
Primero uno.
Después otro.
Hasta que los nueve quedaron encendidos.
Pero había algo extraño.
Los reflejos no coincidían.
Uno de los invitados levantó la mano derecha.
En un espejo aparecía levantando la izquierda.
En otro...
No levantaba ninguna.
En un tercero...
Seguía completamente inmóvil.
Todos comenzaron a mirar nerviosos.
Los reflejos hacían cosas diferentes.
Algunos sonreían.
Otros permanecían con la cabeza agachada.
Uno incluso parecía observar directamente a los demás.
No a su dueño.
A los demás.
Una nueva voz inundó la sala.
—Los espejos nunca mienten.
Solo muestran aquello que no queréis ver.
Las luces parpadearon.
Durante apenas un segundo...
Los nueve reflejos desaparecieron.
En su lugar apareció la imagen de una décima persona.
Alta.
Vestida completamente de negro.
Con una máscara blanca sin expresión.
La figura permaneció inmóvil.
Nadie respiraba.
Cuando las luces volvieron...
La imagen había desaparecido.
Solo quedaban sus propios reflejos.
—¿Lo habéis visto...? —preguntó uno de ellos con la voz quebrada.
Todos asintieron.
Menos uno.
Permanecía inmóvil.
Mirando fijamente un espejo situado al fondo de la sala.
—¿Qué ocurre? —preguntó otro.
No respondió.
Levantó lentamente una mano.
Señaló el espejo.
Los demás giraron la cabeza.
En aquel espejo...
Solo aparecían ocho personas.
El lugar donde debería reflejarse el noveno asiento estaba vacío.
Como si uno de ellos...
...no existiera.
Y entonces, desde el interior del espejo, apareció una frase escrita lentamente con gotas rojas que descendían por el cristal.
"EL PRIMERO YA HA SIDO ELEGIDO."
Un segundo después...
Todos los espejos estallaron al mismo tiempo.