La Mesa de los Culpables El hombre que necesitaba seguidores
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El hombre que necesitaba seguidores

California,

Charles Manson se despertó rodeado de personas.

Unos dormían en el suelo. Otros compartían colchones viejos. Las ventanas del rancho estaban abiertas y el calor de la mañana ya empezaba a entrar.

Charlie se levantó sin hacer ruido.

Una joven que dormía junto a la pared abrió los ojos.

—Buenos días, Charlie.

—¿Es un buen día?

Ella dudó.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué lo preguntas?

—No lo he preguntado.

Manson sonrió.

—Tu voz sí.

La joven se incorporó, confusa.

—Lo siento.

—No tienes que pedirme perdón. Tienes que dejar de sentir que has hecho algo malo.

—De acuerdo.

—Pero lo has hecho.

La muchacha volvió a bajar la cabeza.

Charlie le acarició el pelo.

—No pasa nada. Yo te quiero igualmente.

Ella sonrió, aliviada.

Manson sabía hacerlo bien. Primero confundía a las personas. Después las perdonaba por algo que no habían hecho. Así terminaban sintiéndose agradecidas.

Después del desayuno se sentó fuera con una guitarra.

Varias personas formaron un círculo a su alrededor. Charlie tocó una canción y todos escucharon en silencio.

Cuando terminó, uno de los hombres aplaudió.

—Es increíble.

Manson miró a una joven que no había aplaudido.

—¿No te ha gustado?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué no has hecho lo mismo que los demás?

—Estaba escuchando.

—Todos estaban escuchando.

La joven bajó la mirada.

—Me ha gustado, Charlie.

—No quiero que me digas lo que crees que quiero oír.

—Es la verdad.

—Ya no sabes cuál es tu verdad.

La joven comenzó a llorar.

Manson dejó la guitarra y se acercó a ella.

—Eh, mírame.

Ella obedeció.

—Eso es bueno. Estás rompiendo la persona que eras antes de venir aquí. Esa persona estaba llena de miedo y mentiras.

—No quiero volver a ser como antes.

—Entonces no dudes de mí.

La abrazó.

Los demás observaron la escena sin decir nada.

—Somos una familia —dijo Manson—. En una familia no existen secretos.

Nadie se atrevió a recordarle que él nunca hablaba de los suyos.

Por la tarde viajó a Los Ángeles para reunirse con un productor musical.

Charlie estaba convencido de que sus canciones podían hacerlo famoso. No quería actuar en pequeños bares ni tocar para un grupo de personas en el rancho. Quería que todo el país escuchara su voz.

El productor lo recibió durante unos minutos.

—Tienes algo —le dijo después de oír una canción—. Pero no sé si es suficiente.

Manson mantuvo la sonrisa.

—¿Suficiente para qué?

—Para vender discos.

—La música no se vende. Se siente.

—Las compañías venden discos, Charlie.

—No has escuchado lo que te estaba diciendo.

—He escuchado la canción.

—No hablo de la canción.

El productor miró el reloj.

—Tengo otra reunión.

Charlie guardó la guitarra.

—Algún día dirás que me conociste.

—Puede ser.

—Contarás que estuve sentado en esta habitación y que no supiste reconocerme.

—Estoy seguro de que sí.

El productor abrió la puerta.

Charlie salió sin despedirse.

En el coche mantuvo las manos apretadas alrededor del volante.

No soportaba que lo ignoraran.

El rechazo no le dolía porque dudara de sí mismo. Le dolía porque estaba convencido de que los demás eran demasiado estúpidos para comprenderlo.

Regresó al rancho al anochecer.

Todos salieron a recibirlo.

—¿Cómo ha ido? —preguntó uno de los jóvenes.

Charlie sonrió.

—Exactamente como tenía que ir.

—¿Van a grabarte?

—Cuando estén preparados.

Nadie preguntó qué significaba aquello.

Una muchacha tomó la guitarra para guardarla. Al abrir el estuche encontró un sobre negro.

—Charlie, esto estaba dentro.

Manson se lo quitó de las manos.

—¿Quién lo ha puesto?

—No lo sé.

—Tú llevabas la guitarra.

—No la he abierto.

—No te he preguntado eso.

La joven empezó a ponerse nerviosa.

—Te prometo que no he sido yo.

Charlie observó los rostros que lo rodeaban.

—Alguien está mintiendo.

Todos negaron con la cabeza.

Manson dejó pasar varios segundos. Le gustaba ver cómo intentaban recordar si habían hecho algo que pudiera enfadarlo.

Finalmente sonrió.

—Estoy jugando.

Algunos rieron.

Otros tardaron un poco más.

Charlie se llevó el sobre a una habitación vacía.

En el centro aparecía su nombre completo:

CHARLES MILLÉS MADDox MANSON

No le gustaba ver el apellido con el que había nacido. Casi nadie lo conocía.

Dentro encontró la fotografía de un hotel. Siete figuras estaban reunidas detrás de una ventana.

En el reverso había una invitación:

Hotel Blackwood, Vermont.

31 de octubre. Once de la noche.

Ven solo.

Trae un nombre.

Debajo aparecía otra frase:

Esta vez no podrás llevar a tu familia.

Manson soltó una carcajada.

—Yo no necesito a nadie.

Una voz respondió desde un rincón.

—Sin ellos, no eres nadie.

Charlie se volvió.

No había ninguna persona en la habitación.

—Sal.

—¿Para qué? ¿Para que intentes convencerme de que soy especial?

—No sé quién eres.

—Pero ya estás pensando en lo que necesito escuchar.

Manson miró debajo de la cama y detrás de la puerta.

—¿Qué quieres de mí?

—Comprobar si puedes controlar a alguien que no te ama.

—Puedo controlar a cualquiera.

—Eso mismo dice Ted Bundy.

La pared comenzó a temblar.

Una luz blanca apareció sobre ella, como la imagen de un proyector. Manson vio una mesa con siete personas sentadas.

Bundy hablaba con Kemper. Gacy parecía impaciente. Ramirez jugueteaba con algo entre los dedos. Aileen estaba apartada. Dahmer no levantaba la mirada. Gein observaba la habitación como si escuchara una voz.

—¿Quiénes son? —preguntó Charlie.

—Personas que no necesitan un líder.

—Todo el mundo necesita uno.

La imagen mostró a Gacy.

—¿Este es el músico? —preguntó—. Esperaba a alguien más alto.

Ramirez se rio.

Charlie se acercó a la pared.

—Diles que me lo digan a la cara.

Bundy miró en su dirección.

—¿Puede escucharnos?

—Sí —respondió el anfitrión.

Bundy sonrió.

—Entonces dile que aquí ya hay demasiados hombres que creen ser importantes.

Manson apoyó una mano contra la imagen.

—Cuando llegue, tú serás el primero en escucharme.

Bundy pareció oírlo.

Su sonrisa desapareció.

La proyección se apagó.

Sobre el estuche de la guitarra apareció una llave con el número dos.

—Siete han aceptado —dijo la voz—. Tú eres el octavo.

—¿Y quién es el noveno?

—El único que nunca necesitó mostrar su rostro.

Manson recogió la llave.

—¿Qué tengo que hacer cuando llegue?

—Conseguir que te sigan.

Charlie sonrió.

—Eso será fácil.

—No lo creo.

La voz desapareció.

Manson salió de la habitación.

Sus seguidores lo esperaban fuera.

—¿Quién había enviado la carta? —preguntó una joven.

Charlie levantó las manos y todos guardaron silencio.

—Tengo que hacer un viaje.

—¿Podemos ir contigo?

—No.

Los rostros cambiaron. Algunos parecían asustados. Otros, decepcionados.

Charlie los contempló y sintió que volvía a tener el control.

—No os preocupéis —dijo—. Regresaré.

—¿Cuándo?

Guardó la llave número dos en el bolsillo.

—Cuando los demás hayan aprendido a escucharme.