La Mesa de los Culpables La casa que no cambiaba
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La casa que no cambiaba

Plainfield, Wisconsin,

Ed Gein se despertó al escuchar a su madre llamándolo.

—Edward.

Abrió los ojos.

La habitación estaba oscura. Fuera, el viento golpeaba las ramas contra el tejado de la vieja granja.

—Ya voy, mamá —respondió.

Se levantó, se puso los pantalones y salió al pasillo.

La puerta de la habitación de su madre continuaba cerrada. Ed apoyó la mano en el pomo, pero no entró.

Su madre llevaba muerta varios años.

Aun así, algunas mañanas seguía escuchando su voz.

La granja estaba lejos del pueblo y rodeada de campos. El edificio necesitaba reparaciones. Había goteras, tablones sueltos y ventanas por las que entraba el frío.

A Ed no le preocupaba.

Mantenía limpia la cocina, su dormitorio y la habitación de su madre. El resto de la casa podía esperar.

Preparó café y un par de huevos. Antes de sentarse, colocó otro plato al otro lado de la mesa.

Lo hacía por costumbre.

—Hoy tengo que ir al pueblo —dijo.

La silla permaneció vacía.

—El señor Harris quiere que le arregle la valla.

Ed bebió un poco de café.

—No tardaré mucho.

El silencio llenó la cocina.

Ed miró el plato que había colocado frente a él y pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo. Lo retiró rápidamente.

—Una tontería —murmuró.

En el pueblo todos conocían a Ed.

Lo consideraban extraño, pero inofensivo. Era educado, trabajaba por poco dinero y nunca se quejaba. Si alguien necesitaba reparar una puerta, limpiar un cobertizo o cargar algo pesado, podía llamarlo.

Aquella mañana trabajó en la valla de una familia.

El dueño de la casa se acercó mientras Ed clavaba un tablón.

—¿Cómo va todo por la granja?

—Bien.

—Debe de ser difícil vivir solo.

Ed siguió trabajando.

—Uno se acostumbra.

—¿Nunca has pensado en casarte?

El martillo se detuvo.

—No.

—Una mujer pondría un poco de orden en aquella casa.

Ed levantó la cabeza.

—La casa está ordenada.

—No quería decir…

—Mi madre la mantenía muy limpia.

—Claro. Tu madre era una mujer muy trabajadora.

Ed volvió a clavar el tablón.

—Era una buena mujer.

El hombre no parecía estar de acuerdo, pero sonrió.

—Eso dicen.

Ed golpeó el clavo con más fuerza de la necesaria.

—¿Quién dice lo contrario?

—Nadie, Ed.

—Ha dicho “eso dicen”.

—Es solo una forma de hablar.

Ed lo miró durante unos segundos.

Después sonrió con timidez.

—Sí. Claro.

El hombre regresó a la casa.

Ed continuó trabajando.

No le gustaba que hablaran de su madre.

La mayoría no la había entendido. Decían que era demasiado estricta, que veía pecado en todas partes y que había criado a sus hijos con miedo.

Ed sabía que solo había intentado protegerlo.

Eso era lo que se repetía.

Al mediodía entró en la tienda del pueblo.

La dependienta lo saludó.

—Hola, Ed. ¿Lo de siempre?

—Sí, por favor.

Compró café, conservas y varios periódicos. También cogió una revista femenina.

La dependienta la miró.

—No sabía que te interesaba la moda.

Ed bajó la vista hacia la portada.

—Es para una amiga.

—¿Qué amiga?

—No la conoces.

La mujer sonrió.

—Así que tienes un secreto.

Ed pagó rápidamente.

—Todo el mundo tiene secretos.

—Eso es verdad.

La dependienta guardó los productos en una bolsa.

—Nos vemos la semana que viene.

—Si Dios quiere.

Cuando salió, la mujer se quedó observándolo desde el escaparate.

Ed caminó hasta su camioneta sin mirar atrás.

Regresó a la granja antes de que anocheciera.

Dejó las compras en la cocina y subió al piso superior. Al final del pasillo había una habitación cerrada con llave.

Dentro guardaba cajas, libros y objetos que no enseñaba a nadie. Algunas cosas las había encontrado. Otras las había fabricado él mismo.

En aquel cuarto podía trabajar sin escuchar preguntas.

Abrió la revista y recortó cuidadosamente varios vestidos. Después los colocó encima de una mesa, junto a diferentes patrones y dibujos.

Durante un rato estuvo completamente concentrado.

Hasta que escuchó pasos en el pasillo.

Ed levantó la cabeza.

—¿Mamá?

Los pasos se detuvieron frente a la puerta.

—¿Eres tú?

Alguien llamó tres veces.

Ed abrió.

El pasillo estaba vacío.

Al fondo, la puerta de la habitación de su madre se encontraba abierta.

Eso era imposible.

Siempre la mantenía cerrada.

Caminó despacio hasta ella.

Nada había cambiado desde su muerte. La cama estaba hecha, las cortinas permanecían cerradas y una Biblia descansaba sobre la mesilla.

En el centro de la almohada había un sobre negro.

Ed no quiso tocarlo.

—¿Quién ha estado aquí?

Las luces parpadearon.

La puerta se cerró detrás de él.

Ed intentó abrirla, pero el pomo no giró.

Entonces escuchó la voz de su madre.

—Edward.

Procedía de la radio que había sobre una cómoda.

—Mamá…

—Acércate.

Ed obedeció.

La radio llevaba años sin funcionar. Ni siquiera estaba conectada.

—¿Dónde estás?

—Esperándote.

—¿En el cielo?

La voz tardó unos segundos en responder.

—En el Hotel Blackwood.

Ed miró el sobre.

—No conozco ese lugar.

—Abre la carta.

—Tú decías que no debía leer cartas de desconocidos.

El tono de la voz cambió.

—He dicho que la abras.

Ed bajó la cabeza.

—Sí, mamá.

Rompió el sobre.

Dentro encontró la fotografía de un hotel. Seis figuras aparecían sentadas alrededor de una mesa.

En el reverso estaba escrita la invitación.

Hotel Blackwood, Vermont.

31 de octubre. Once de la noche.

Ven solo.

Trae un nombre.

Debajo aparecía otra frase:

Tu madre te da permiso.

Ed acarició las palabras con un dedo.

—¿De verdad estás allí?

La voz de la radio respondió:

—Ella no está aquí.

Ya no sonaba como su madre.

Era una voz masculina.

Ed retrocedió.

—La has imitado.

—Necesitaba que escucharas.

—No vuelvas a hablar como ella.

—¿Por qué? Tú lo haces continuamente.

Ed miró hacia la puerta.

—Déjame salir.

—Primero acepta la invitación.

—No quiero conocer a esas personas.

—Ellos tampoco quieren conocerte.

—Entonces no tengo que ir.

—Saben lo que guardas en la habitación del final del pasillo.

Ed dejó de respirar.

La radio continuó:

—Saben lo que haces cuando todo el pueblo duerme.

—No he hecho nada.

—¿Se lo preguntamos a tu madre?

—Está muerta.

—Por fin lo has dicho.

Ed golpeó la radio contra el suelo.

El aparato se rompió.

La voz siguió sonando desde todas partes.

—Seis invitados esperan. Faltan tres.

El espejo de la habitación comenzó a oscurecerse. La imagen de Ed desapareció y fue sustituida por una mesa.

Bundy, Dahmer, Gacy, Ramirez, Aileen y Kemper estaban sentados alrededor.

Kemper observaba a los demás en silencio.

Gacy miró hacia el espejo.

—¿Quién viene ahora?

—Se llama Ed —respondió la voz del anfitrión.

Kemper levantó la cabeza.

—Ya hay un Ed.

—Este es diferente.

En el espejo apareció durante un instante el reflejo de Gein.

Aileen frunció el ceño.

—Ese hombre me da mala espina.

Gacy se rio.

—Míralo. Parece incapaz de matar una mosca.

Ed Gein se acercó al cristal.

—No deberían hablar de mí.

Nadie pareció escucharlo.

Kemper continuó observando su imagen.

—No es inofensivo —dijo—. Solo necesita que todos crean que lo es.

El espejo volvió a la normalidad.

Sobre la Biblia apareció una pequeña llave con el número tres.

La puerta de la habitación se abrió.

Ed cogió la llave y salió al pasillo.

La voz de su madre volvió a escucharse desde la planta baja.

—Edward, no hagas esperar a los demás.

Ed cerró los ojos.

Sabía que no era ella.

Pero se parecía tanto a su voz que quiso creerlo.

—No tardaré, mamá —respondió.

Guardó la llave en el bolsillo.

En el dormitorio, la fotografía del hotel cambió. Las seis figuras de la ventana se apartaron para dejar sitio a una séptima.

La suya.