La Mesa de los Culpables El gigante amable
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El gigante amable

Santa Cruz, California,

Ed Kemper tenía que agachar la cabeza para entrar en algunas habitaciones.

Medía más de dos metros y pesaba lo suficiente como para que las sillas parecieran pequeñas cuando se sentaba. La gente se fijaba en él antes de escucharle hablar.

Después de escucharlo, solían relajarse.

Ed sabía cómo conseguirlo.

Hablaba despacio, utilizaba un tono tranquilo y sonreía lo justo. Nunca hacía movimientos bruscos. Había aprendido que un hombre de su tamaño debía parecer amable si quería que los demás bajaran la guardia.

Aquella mañana desayunaba frente a su madre.

Ella fumaba junto a la ventana mientras él preparaba café.

—Haces demasiado ruido —dijo.

Ed dejó la taza sobre la mesa.

—Solo estoy preparando el desayuno.

—No hace falta golpearlo todo.

—No he golpeado nada.

Su madre apagó el cigarrillo.

—Siempre tienes una respuesta.

Ed se sentó.

—Me has hecho una observación. Yo te he respondido.

—Hablas como si fueras más inteligente que todo el mundo.

—No he dicho eso.

—No hace falta que lo digas. Se te nota.

Ed removió el café.

Sabía que discutir con ella no servía de nada. Su madre no quería una respuesta. Quería ganar.

—Tienes razón —dijo.

Ella lo miró con desconfianza.

—No me des la razón como si estuviera loca.

Ed sonrió ligeramente.

—No lo estaba haciendo.

—¿Vas a salir esta noche?

—Puede.

—No sé para qué. Las mujeres normales no quieren estar con un hombre como tú.

La sonrisa permaneció en el rostro de Ed.

Solo apretó un poco más la cuchara.

—Lo tendré en cuenta.

Su madre se levantó y salió de la cocina.

Cuando se quedó solo, Ed observó la puerta durante varios segundos. Después colocó la cuchara junto a la taza con mucho cuidado.

No estaba enfadado.

Eso se dijo.

Él no se enfadaba como los demás. Analizaba lo que sentía, lo separaba en partes y lo guardaba en algún lugar de su cabeza.

El problema era que siempre terminaba encontrándolo de nuevo.

Por la tarde condujo por Santa Cruz.

Le gustaban los viajes largos. Dentro del coche nadie le hacía preguntas y podía ordenar sus pensamientos. Escuchaba la radio, memorizaba matrículas y observaba a las personas que esperaban en las paradas.

A veces imaginaba sus vidas.

La mujer con bolsas de comida debía de tener hijos.

El hombre del traje probablemente mentía a su esposa.

La joven que hacía autostop confiaba demasiado en los desconocidos.

Ed no necesitaba hablar con alguien para encontrar sus puntos débiles. Bastaba con observar cuánto miraba alrededor, qué hacía con las manos o cómo reaccionaba cuando un extraño se acercaba.

Todo el mundo contaba cosas sin abrir la boca.Al anochecer entró en el Jury Room, un bar frecuentado por policías.

Varios agentes lo saludaron.

—¡Big Ed! —gritó uno—. Pensábamos que no vendrías.

Ed ocupó su lugar habitual junto a la barra.

—Mi madre tenía ganas de conversar.

Los hombres rieron.

—¿Sigues viviendo con ella?

—Por desgracia para los dos.

El camarero le sirvió una bebida.

Los policías hablaban de un caso reciente. Ed escuchó durante un rato sin interrumpir.

—Quien lo hizo conocía la zona —comentó uno de los agentes—. Seguramente vive cerca.

—No necesariamente —dijo Ed.

Todos lo miraron.

—¿Qué quieres decir?

—Puede que solo haya pasado mucho tiempo observando. Conocer un lugar no significa vivir en él.

—¿Y tú cómo sabes eso?

Ed se encogió de hombros.

—Me interesa cómo piensa la gente.

Uno de los policías dejó su vaso sobre la barra.

—Entonces dinos cómo piensa ese tipo.

Ed se tomó unos segundos antes de responder.

Le gustaba que le preguntaran.

—Quiere sentirse más inteligente que vosotros. Probablemente lee los periódicos y escucha cualquier noticia sobre el caso. Cada vez que alguien se equivoca al describirlo, se siente superior.

Los agentes guardaron silencio.

—¿Crees que volverá a hacerlo? —preguntó uno.

Ed miró su bebida.

—Si lo que busca es atención, sí.

—Hablas como si lo conocieras.

Ed sonrió.

—Tal vez todos conocemos a alguien así.

Los policías se rieron y cambiaron de tema.

Para ellos, Ed era el gigante simpático del bar. Un hombre inteligente, algo extraño, que sabía escuchar.

Ninguno le preguntó por qué parecía entender tan bien a las personas que perseguían.

Cerca de la medianoche, el camarero se acercó con un sobre negro.

—Han dejado esto para ti.

Ed lo cogió.

—¿Quién?

—Un hombre.

—¿Cómo era?

—Normal.

—Eso no significa nada.

—Traje oscuro. Más o menos de tu edad. No le vi bien la cara.

—¿Cuándo lo dejó?

El camarero miró hacia la puerta.

—Hace un minuto.

Ed salió inmediatamente.

La calle estaba vacía.

No había coches alejándose ni personas caminando. Solo escuchó el ruido del mar y una sirena a varias calles de distancia.

Regresó al bar.

—¿Por dónde se ha ido?

—No lo sé.

—Has dicho que salió hace un minuto.

El camarero frunció el ceño.

—Yo no he dicho eso.

—Acabas de hacerlo.

—Ed, ese sobre estaba encima de la barra cuando llegaste.

Los policías confirmaron la historia.

Según ellos, Ed había entrado con el sobre en la mano.

Él miró el objeto.

No recordaba haberlo visto antes.

Esperó a llegar al coche para abrirlo.

Dentro encontró la fotografía de un hotel. Cinco personas aparecían sentadas alrededor de una mesa.

En el reverso había una invitación.

Hotel Blackwood, Vermont.

31 de octubre. Once de la noche.

Ven solo.

Trae un nombre.

Debajo habían escrito:

Eres el único que comprenderá el verdadero motivo de la reunión.

Ed leyó la frase varias veces.

Aquello era un intento de manipulación evidente. El autor quería despertar su orgullo y hacerle creer que era diferente de los demás.

Lo interesante era que estaba funcionando.

Encendió el coche.

La radio se activó sola.

—Buenas noches, Edmund.

Ed no mostró sorpresa.

—Prefiero Ed.

—Lo sé.

—¿Quién eres?

—Alguien interesado en tu forma de pensar.

—Eso tampoco significa nada.

—Has analizado la carta, el papel y la fotografía. Ya has entendido que pertenecen a años diferentes.

Ed miró de nuevo la imagen.

La ropa de algunas personas parecía extraña. También los coches estacionados frente al hotel pertenecían a épocas distintas.

—¿Quiénes son?

—Los otros invitados.

—No los conozco.

—Todavía no son famosos en tu época.

—¿Y en la tuya?

—Todos lo seréis.

Ed apoyó las manos en el volante.

—¿Por qué nueve?

—Porque necesitaba nueve formas distintas de hacer la misma cosa.

—¿Qué cosa?

—Convertir a una persona en un objeto.

Ed dejó de sonreír.

—No sé de qué estás hablando.

—Sí lo sabes. La diferencia es que tú eres capaz de explicarlo.

—¿Dónde has conseguido mi nombre?

—Tu madre me lo dio.

Ed giró la cabeza hacia la casa.

La luz de la cocina estaba encendida.

—Eso es imposible.

—Pregúntaselo.

La radio se apagó.

Ed entró en casa.

Su madre estaba sentada en la cocina, fumando.

—¿Ha venido alguien a buscarme?

—No.

—¿Has hablado con un hombre esta noche?

—No sé de qué hablas.

Ed dejó la fotografía sobre la mesa.

Su madre palideció.

—¿Dónde has conseguido eso?

—Me la han dado en el bar.

—Tírala.

—¿La habías visto antes?

—He dicho que la tires.

Ed se sentó frente a ella.

—¿Quién te la dio?

—No era un hombre.

—¿Qué era?

Su madre apagó el cigarrillo con una mano temblorosa.

—Tenía tu cara.

Las luces se apagaron.

Durante unos segundos quedaron en completa oscuridad.

Cuando regresó la electricidad, su madre ya no estaba en la cocina.

En su silla había una llave con el número cuatro.

—¿Mamá?

Ed recorrió la casa.

La encontró dormida en su habitación. Cuando la despertó, no recordaba la conversación, la fotografía ni haber bajado a la cocina.

Ed regresó al salón.

El televisor se encendió.

Cinco personas estaban sentadas alrededor de una mesa. Bundy hablaba. Gacy parecía enfadado. Ramirez no dejaba de moverse. Aileen discutía con todos. Dahmer permanecía apartado.

Ed los observó con atención.

No conocía sus nombres, pero empezó a analizarlos.

El del traje necesitaba dominar la conversación.

El hombre corpulento quería que lo respetaran.

La mujer reaccionaba antes de pensar.

El joven vestido de negro deseaba ser temido.

El de las gafas evitaba mirar a los demás.

Cinco personalidades distintas.

Cinco debilidades fáciles de reconocer.

En la pantalla apareció una frase.

¿CUÁNTO TARDARÁS EN DESCUbrIR QUIÉN MIENTE?

Ed cogió la llave.

Por primera vez en toda la noche, sonrió de verdad.