La mujer de la carretera
Florida,
Aileen Wuornos se despertó con alguien golpeando la puerta del motel.
—¡Son más de las once! —gritó el encargado desde fuera—. O pagas otra noche o tienes que marcharte.
Aileen abrió los ojos.
Había dormido vestida, encima de la cama. La televisión seguía encendida, aunque ya no emitía nada. En el suelo descansaban una bolsa de ropa y dos botellas vacías.
—¡Ya voy! —respondió.
—Eso dijiste hace media hora.
—¡Pues deja de llamar y podré vestirme!
—Ya estás vestida.
Aileen se levantó y abrió la puerta de golpe.
El encargado retrocedió.
—¿Me estás espiando?
—Te vi entrar anoche.
—Eso no significa que sepas cómo duermo.
—Solo quiero el dinero de la habitación.
Aileen buscó en sus bolsillos y sacó varios billetes arrugados.
—Toma.
El hombre los contó.
—Faltan cinco dólares.
—Te los daré esta tarde.
—Siempre falta algo contigo.
Aileen le quitó los billetes de la mano.
—Entonces no te doy nada.
—Llamaré a la policía.
—Llámala. Les contaremos que entras en las habitaciones cuando las mujeres están durmiendo.
—Eso es mentira.
—¿Y a quién van a creer?
Los dos se miraron.
El encargado extendió la mano.
—Dame lo que tengas y paga el resto esta noche.
Aileen volvió a entregarle el dinero.
—Eso pensaba.
Cerró la puerta antes de que él pudiera responder.
Pasó varios minutos contando las monedas que quedaban en su bolso.
No eran suficientes.
Casi nunca lo eran.
Se preparó un café con agua del lavabo y se sentó junto a la ventana. En el aparcamiento había familias cargando maletas, parejas discutiendo y vendedores que conducían coches mejores que el suyo.
Aileen observaba a la gente como si todos escondieran algo.
No confiaba en nadie.
Para ella, una sonrisa siempre iba seguida de una petición. Una mano amable terminaba buscando algo a cambio. Había aprendido demasiado pronto que las personas podían fingir bondad cuando querían utilizarte.
Una mujer salió de la habitación de enfrente con una niña de la mano. La pequeña miró a Aileen y la saludó.
Aileen levantó la mano.
La madre tiró de la niña y aceleró el paso.
—Como si yo fuera a hacerle algo —murmuró.
Apartó la cortina.
Por la tarde condujo hasta un bar junto a la carretera.
El coche hacía un ruido extraño, pero todavía funcionaba. Eso era suficiente.
Aileen entró y ocupó su lugar habitual. La camarera dejó una cerveza frente a ella.
—Hoy tienes que pagarla.
—Siempre pago.
—A veces.
Aileen dejó unas monedas sobre la barra.
—¿Contenta?
—Muchísimo.
En el otro extremo, dos hombres se volvieron para mirarla. Uno dijo algo al oído del otro y ambos rieron.
Aileen apretó la botella.
—¿Tenéis algún problema?
Los hombres fingieron no escucharla.
—Os estoy hablando.
La camarera se acercó.
—Déjalo, Lee.
—Se están riendo de mí.
—Ni siquiera sabes de qué hablaban.
—Claro que lo sé.
Uno de los hombres levantó las manos.
—Tranquila. Nadie te ha dicho nada.
Aileen bajó del taburete.
—No me digas que me tranquilice.
—Está bien.
—¿Qué está bien?
—Nada.
—Eso pensaba.
Los hombres pagaron y se marcharon.
Aileen regresó a su asiento.
—Siempre haces lo mismo —dijo la camarera.
—¿El qué?
—Crees que todo el mundo quiere hacerte daño.
—Porque es verdad.
—No todo el mundo es tu enemigo.
Aileen bebió un trago.
—Dales tiempo.
Al salir del bar encontró un perro junto a su coche.
Era pequeño, estaba sucio y llevaba un collar roto. El animal retrocedió cuando ella intentó acariciarlo.
—Tranquilo. No voy a hacerte nada.
Sacó un trozo de pan del bolso y lo dejó en el suelo.
El perro se acercó con cuidado.
—Tú tampoco confías en nadie, ¿eh?
Se sentó en el bordillo mientras el animal comía.
—Haces bien.
Durante unos minutos permanecieron juntos. Cuando Aileen se levantó, el perro comenzó a seguirla.
—No puedes venir conmigo.
El animal movió la cola.
—He dicho que no.
Abrió el coche y se sentó al volante. El perro se quedó fuera, mirándola.
Aileen arrancó.
Al llegar al final del aparcamiento, miró por el retrovisor.
El perro seguía allí.
Golpeó el volante.
—Mierda.
Dio la vuelta, compró otra bolsa de comida y pidió a la camarera que llamara a una protectora. Después regresó al coche sin despedirse.
En el parabrisas había un sobre negro.
Aileen se quedó quieta.
Miró alrededor.
El aparcamiento estaba casi vacío.
Arrancó el sobre del cristal y lo abrió.
Dentro encontró una fotografía de un hotel. Frente a la entrada había cuatro coches y, en una ventana, aparecían las siluetas de cuatro hombres.
En el reverso habían escrito:
Hotel Blackwood, Vermont.
31 de octubre. Once de la noche.
Ven sola.
Trae un nombre.
Debajo aparecía otra frase:
Ellos creen que no perteneces a su grupo.
Aileen rompió la fotografía.
—Que se vayan a la mierda.
Los trozos cayeron sobre el asiento.
La radio se encendió.
—Eso mismo dijeron ellos.
Aileen miró el aparato.
—¿Quién eres?
—La persona que te ha invitado.
—No voy a ninguna parte.
—Ted Bundy, Jeffrey Dahmer, John Wayne Gacy y Richard Ramirez ya están esperando.
—No conozco a esos tipos.
—A algunos todavía no.
—Busca a otra persona.
—Te he elegido a ti.
Aileen soltó una carcajada.
—Nadie me elige nunca.
—Por eso sé que vendrás.
Arrancó el cable de la radio.
La voz continuó saliendo por los altavoces.
—Los otros creen que eres diferente.
—Lo soy.
—Dicen que no eres tan inteligente como ellos. Que solo eres una mujer enfadada que culpa al mundo de todo lo que le ocurre.
Aileen golpeó el salpicadero.
—¡No saben nada de mí!
—Entonces ven y cuéntaselo.
—¿Dónde estás?
—En el hotel.
—Cuando te encuentre, vas a arrepentirte.
—Eso espero.
La radio se apagó.
Aileen regresó al motel.
Los pedazos de la fotografía estaban otra vez unidos sobre el asiento. Junto a ellos había una llave con el número cinco.
Entró en su habitación y cerró con pestillo.
El televisor se encendió.
En la pantalla aparecieron cuatro hombres sentados alrededor de una mesa. Había cinco sillas vacías.
Gacy fue el primero en hablar.
—¿De verdad viene una mujer?
Ramirez se rio.
—No durará ni diez minutos.
Aileen se acercó al televisor.
—Repite eso delante de mí.
Ramirez dejó de reír.
Miró directamente hacia la pantalla, como si hubiera podido escucharla.
Bundy permanecía sentado con las manos cruzadas.
—Vendrá —dijo—. El anfitrión sabe cómo provocar a cada uno.
Dahmer no parecía interesado.
—¿Y si no viene?
Bundy sonrió.
—Entonces no era una de nosotros.
La imagen desapareció.
Aileen lanzó la botella contra la televisión.
El cristal no se rompió.
En la pantalla apareció una última frase:
DEMUESTRA QUE SE EQUIVOCAN.
Aileen miró la llave que tenía en la mano.
Sabía que era una trampa.
Toda su vida había estado llena de trampas: personas que prometían ayudarla, hombres que fingían respetarla y oportunidades que desaparecían en cuanto empezaba a creer en ellas.
Pero aquellos cuatro hombres se habían reído de ella.
Creían que era débil.
Creían que no acudiría.
Aileen guardó la llave en el bolsillo.
—Ningún hombre vuelve a reírse de mí.
Cogió su bolsa y salió de la habitación.
La puerta se cerró sola.
Desde el televisor apagado, una voz susurró:
—Ya somos cinco.