El que caminaba de noche
Los Ángeles,
Richard Ramirez dormía durante el día.
La luz entraba por las rendijas de las persianas del pequeño motel, pero él apenas la notaba. La habitación olía a tabaco, ropa usada y comida de varios días.
En el suelo había periódicos, latas vacías y revistas de música. Sobre la mesilla descansaba un radiocasete que casi nunca apagaba.
Richard se despertó cerca de las cinco de la tarde.
Permaneció tumbado mientras escuchaba el ruido de los coches. Después encendió un cigarrillo y buscó entre los periódicos.
En una de las portadas hablaban de un hombre que entraba en casas durante la noche. La policía todavía no conocía su identidad.
Richard leyó el artículo completo.
El periodista lo describía como desorganizado, cobarde y poco inteligente.
Aquella última palabra le molestó.
Rodeó el nombre del periodista con un bolígrafo.
Luego dobló el periódico y se lo guardó.
Salió del motel cuando empezó a oscurecer.
Llevaba una camiseta negra, pantalones oscuros y unas gafas de sol que no se quitó a pesar de que apenas quedaba luz.
En la recepción, el encargado levantó la cabeza.
—Debes dos noches.
Richard siguió caminando.
—¿Me has oído?
Se detuvo.
Giró lentamente y miró al hombre.
—Te he oído.
—Entonces paga.
—Mañana.
—Eso dijiste ayer.
Richard se acercó al mostrador.
El encargado intentó mantener la mirada, pero terminó bajándola hacia el libro de registros.
—Mañana —repitió Richard.
Esta vez el hombre no discutió.
Richard salió sonriendo.
No necesitaba levantar la voz. Había aprendido que el silencio podía asustar más que un grito, sobre todo si miraba a la persona como si ya hubiera decidido algo sobre ella.
Caminó durante horas.
Le gustaba Los Ángeles por la noche. Con el sol, la ciudad parecía sucia y agotada. En la oscuridad era diferente. Las ventanas iluminadas mostraban pequeñas partes de la vida de los demás.
Una familia cenando.
Una mujer viendo la televisión.
Un hombre quedándose dormido en el sofá.
Richard observaba aquellas escenas desde la acera. Le sorprendía la tranquilidad con la que vivía la gente. Cerraban las cortinas y creían que el mundo desaparecía al otro lado.
Para él, una casa no era un hogar.
Solo era un lugar en el que alguien se sentía seguro.
Y la seguridad era una mentira.
Entró en un bar cerca de la medianoche.
Se sentó al fondo y pidió una cerveza. La camarera dejó la botella delante de él.
—Tienes que pagar primero.
Richard colocó unas monedas sobre la barra.
La mujer las contó.
—Falta dinero.
—Pues sirve menos cerveza.
—No funciona así.
Richard la miró por encima de las gafas.
—Todo funciona como alguien decide que funcione.
La camarera negó con la cabeza.
—No quiero problemas.
—Yo tampoco.
—Entonces paga o márchate.
Un hombre sentado cerca intervino.
—La señora te ha dicho que te vayas.
Richard giró la cabeza.
El desconocido era más grande que él. Llevaba una chaqueta vaquera y parecía convencido de que aquello sería suficiente para intimidarlo.
Richard sonrió.
—¿Siempre te metes en conversaciones ajenas?
—Cuando alguien molesta a una mujer, sí.
—Entonces debes de tener una vida muy ocupada.
El hombre se levantó.
La camarera se interpuso.
—Déjalo. No merece la pena.
Richard mantuvo la sonrisa. No apartó los ojos del desconocido hasta que este volvió a sentarse.
Después dejó otra moneda sobre la barra.
—Ahora está completo.
La camarera le dio la cerveza.
—Eres un tipo raro.
Richard bebió un trago.
—Eso dicen.
Cerca de las dos de la madrugada regresó al motel.
El encargado ya no estaba en recepción. En su lugar había un joven dormido detrás del mostrador.
Richard subió las escaleras.
La puerta de su habitación estaba abierta.
Se detuvo en el pasillo.
Estaba seguro de haberla cerrado.
Empujó la puerta con el pie.
No parecía faltar nada. Las revistas seguían en el suelo, el radiocasete continuaba encendido y el dinero que había escondido permanecía en su sitio.
Pero alguien había ordenado los periódicos.
Todos estaban apilados encima de la cama.
Sobre ellos había un sobre negro.
Richard entró y cerró la puerta.
En el centro del sobre aparecía su nombre:
RICARDO LEYVA MUÑOZ RAMÍREZ
Hacía mucho tiempo que nadie utilizaba su nombre completo.
Lo abrió.
Dentro encontró una fotografía del Hotel Blackwood. Frente al edificio había tres coches. En una de las ventanas se distinguían las figuras de tres hombres.
Richard dio la vuelta a la imagen.
Hotel Blackwood, Vermont.
31 de octubre. Once de la noche.
Ven solo.
Trae un nombre.
Debajo habían escrito:
La noche te conoce, Richard. Pronto también te conocerá el mundo.
El radiocasete se detuvo.
Una voz comenzó a salir por los altavoces.
—El cuarto invitado ha recibido su carta.
Richard miró el aparato.
—¿Quién eres?
—Alguien que sabe lo que buscas.
—Yo no busco nada.
—Buscas que te recuerden.
Richard se quitó las gafas.
—Sal y dímelo a la cara.
—No estoy en tu habitación.
—Entonces, ¿dónde?
—En un lugar al que todavía no has llegado.
Las luces parpadearon.
La pared situada frente a la cama desapareció. En su lugar apareció una habitación oscura con una mesa larga.
Bundy, Dahmer y Gacy estaban sentados alrededor de ella.
Los tres parecían reales, como si solo hubiera un cristal separándolos de Richard.
Bundy fue el primero en hablar.
—¿Ese es el cuarto?
Gacy lo miró con desprecio.
—Parece un crío.
Richard se acercó a la pared.
—¿Quién ha dicho eso?
Gacy sonrió.
—También parece que puede oírnos.
Dahmer permaneció callado.
Richard golpeó la pared. Su mano chocó contra una superficie fría que no podía ver.
Bundy se levantó y se acercó desde el otro lado.
—¿Cómo te llamas?
—Richard.
—¿Richard qué?
—No te importa.
Bundy sonrió.
—Entonces todavía no eres nadie.
La habitación volvió a la normalidad.
Richard se quedó mirando la pared.
No sabía quiénes eran Dahmer ni Gacy, pero había reconocido a Bundy. Ted Bundy estaba encerrado y esperando su ejecución.
No podía encontrarse en aquel hotel.
Sobre la cama apareció una llave con el número seis.
Richard la cogió.
En el espejo vio que había alguien detrás de él.
Era una figura alta, completamente vestida de negro.
Se volvió.
No había nadie.
La voz regresó a través del radiocasete.
—¿Tienes miedo, Richard?
Él observó el reflejo vacío.
—No creo en el miedo.
—Sí crees. Por eso te gusta tanto verlo en los demás.
La grabación terminó.
Richard guardó la llave en el bolsillo. Luego miró la fotografía del hotel y las tres siluetas de la ventana.
Gacy lo había llamado crío.
Bundy había dicho que todavía no era nadie.
Aquello le molestaba más que la aparición del sobre, la voz o la figura del espejo.
—Ya veremos quién recuerda a quién —murmuró.
Cogió una mochila y empezó a llenarla.
Fuera, la ciudad seguía durmiendo.
Pero la noche todavía no había terminado.