El hombre que hacía reír
Illinois,
John Wayne Gacy se levantaba temprano incluso los domingos.
A las siete ya estaba en la cocina, tomando café y revisando una carpeta llena de facturas. Dirigía una empresa de construcción y siempre decía que el trabajo no esperaba a nadie.
Le gustaba sentirse ocupado.
Pero le gustaba todavía más que los demás supieran lo ocupado que estaba.
Aquella mañana llamó a uno de sus empleados.
—Llegas tarde.
El joven miró su reloj.
—Son las siete y cincuenta y cinco.
—Habíamos quedado a las ocho.
—Todavía faltan cinco minutos.
Gacy dejó la taza sobre la mesa.
—Si llegas a la hora, ya llegas tarde. Eso lo sabe cualquiera que quiera conservar un empleo.
El muchacho bajó la mirada.
—Lo siento, señor Gacy.
John sonrió.
—No pasa nada. Yo también cometía errores a tu edad. Lo importante es aprender.
Le dio una palmada en el hombro, algo más fuerte de lo necesario, y le entregó una lista de tareas.
—Quiero que termines antes de las cinco.
—Es demasiado trabajo para un solo día.
La sonrisa desapareció.
—Entonces tendrás que esforzarte más.
El joven cogió la lista sin protestar.
John volvió a sonreír.
—Sabía que podía confiar en ti.
Le gustaba hacer eso. Primero presionaba a la gente. Después se mostraba amable. Así terminaban agradeciéndole que dejara de tratarlos mal.
A media mañana visitó una obra.
Nada más llegar, dos trabajadores dejaron de hablar y se pusieron en movimiento. Gacy lo notó.
Le gustó.
Revisó las paredes, se quejó del material y encontró varios fallos que nadie más había visto. Algunos eran reales. Otros no tenían importancia, pero él necesitaba demostrar que seguía siendo quien mandaba.
—Este trabajo es una chapuza —dijo.
—Lo hemos hecho como pediste —respondió uno de los empleados.
—¿Me estás llamando mentiroso?
—No, señor Gacy.
—Eso me ha parecido.
Se acercó al trabajador y lo miró fijamente. Después soltó una carcajada.
—Tranquilo. Solo estoy jugando contigo.
Los demás rieron.
No porque tuviera gracia.
Rieron porque él esperaba que lo hicieran.Por la tarde tenía que asistir a una fiesta organizada por varias familias del barrio.
En ocasiones como aquella no era John Wayne Gacy, el empresario. Se convertía en Pogo el Payaso.
Extendió el maquillaje blanco sobre su cara y pintó una gran sonrisa roja alrededor de la boca. Después se colocó la peluca y se miró en el espejo.
Le gustaba el maquillaje.
Cuando lo llevaba, podía acercarse demasiado a la gente, hacer preguntas incómodas o quedarse observando en silencio. Nadie desconfiaba de un payaso.
Los niños corrieron hacia él cuando llegó a la fiesta.
—¡Pogo! ¡Pogo!
Gacy abrió los brazos.
—¿Quién quiere ver un truco?
Los padres sonrieron y sacaron fotografías. Para ellos, John era un vecino generoso. Un hombre trabajador que encontraba tiempo para colaborar en actos benéficos y entretener a los niños.
Se dejó fotografiar varias veces.
—No sé cómo consigues hacer tantas cosas —le dijo una mujer.
—Cuando uno quiere ayudar, siempre encuentra tiempo.
—Debería haber más personas como tú.
Gacy mantuvo la sonrisa.
—El mundo sería un lugar mejor.
Un niño se quedó mirando las líneas rojas de su boca.
—Tu sonrisa da miedo.
Los adultos rieron.
Gacy se agachó hasta quedar a su altura.
—Las sonrisas no dan miedo.
—La tuya sí.
El niño salió corriendo.
Gacy lo siguió con la mirada.
Uno de los padres le ofreció una bebida.
—No le hagas caso. Tiene demasiada imaginación.
—Los niños siempre dicen lo que piensan —respondió Gacy.
Seguía sonriendo, pero ya no parecía divertido.
La fiesta terminó al anochecer.
Gacy regresó a casa y dejó la caja con el disfraz sobre la mesa. Estaba cansado, pero satisfecho. Varias personas le habían dado las gracias. También le habían pedido que acudiera a otro evento la semana siguiente.
Se quitó la peluca, aunque mantuvo el maquillaje.
El teléfono sonó.
—¿Diga?
—¿Hablo con el señor Gacy?
—Depende de quién pregunte.
—Alguien que ha visto su actuación.
John miró hacia la ventana.
—¿Estabas en la fiesta?
—No.
—Entonces no has podido verme.
—Lo he visto muchas veces, John.
Gacy se puso serio.
—¿Quién eres?
—Un admirador.
—No tengo tiempo para bromas.
—Claro que sí. Te pasas la vida bromeando.
John apretó el auricular.
—Si vuelves a llamar, avisaré a la policía.
—Te llevas bien con ellos. Eso podría resultar incómodo.
—No sé qué quieres decir.
—Sí lo sabes.
Gacy miró su reflejo en el espejo del pasillo. La sonrisa roja seguía pintada alrededor de su boca.
—¿Qué quieres?
—Invitarte a una reunión.
—¿Qué clase de reunión?
—Una muy exclusiva. Solo acudirán nueve personas.
—No me interesa.
—Ted Bundy ha aceptado.
Gacy guardó silencio.
—También Jeffrey Dahmer.
—Nunca he oído hablar de él.
—Todavía no.
—Estás loco.
—Eso mismo pensará el mundo de ti algún día.
John dejó de respirar durante unos segundos.
—Escúchame bien. No sé quién eres ni qué crees saber, pero estás cometiendo un error.
—El error es creer que el maquillaje consigue ocultarte.
La llamada se cortó.
Gacy comprobó todas las habitaciones.
No encontró a nadie.
Volvió al baño y comenzó a quitarse el maquillaje. Cuando pasó la toalla por su boca, descubrió que la pintura roja no desaparecía.
Frotó con más fuerza.
La sonrisa continuó allí.
—¿Qué demonios…?
Escuchó un ruido en la cocina.
Sobre la mesa había aparecido un sobre negro.
Gacy se acercó sin tocarlo. Su nombre completo figuraba en el centro.
JOHN WAYNE GACY
Abrió el sobre.
Dentro había una fotografía del Hotel Blackwood. Frente a la entrada aparecían dos hombres. Reconoció inmediatamente a Ted Bundy.
Al otro no lo había visto nunca.
En el reverso encontró la invitación.
Hotel Blackwood, Vermont.
31 de octubre. Once de la noche.
Ven solo.
Trae un nombre.
Debajo había una frase escrita con tinta roja:
Pogo puede quedarse en casa. Queremos conocer al hombre que hay debajo.
Gacy rompió la tarjeta.
Los pedazos cayeron sobre la mesa.
Unos segundos después comenzaron a moverse solos. Lentamente, volvieron a unirse hasta formar la invitación completa.
John retrocedió.
El televisor se encendió.
En la pantalla aparecieron Bundy y Dahmer sentados en una habitación oscura. Ninguno hablaba. Entre ellos había siete sillas vacías.
Bundy miró directamente hacia la cámara.
—El tercero está tardando demasiado —dijo.
Dahmer no apartó la vista de la mesa.
—Vendrá.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque necesita que lo vean.
Gacy lanzó un cenicero contra el televisor.
La pantalla se rompió, pero la imagen continuó.
Dahmer levantó lentamente la cabeza.
—Ya está mirando.
La televisión se apagó.
Gacy permaneció inmóvil.
No estaba asustado, se dijo.
Estaba enfadado.
Alguien había entrado en su casa. Alguien conocía su nombre, su negocio y aquello que se escondía detrás de la cara de Pogo.
Sobre la mesa apareció una pequeña llave con el número siete grabado.
Gacy la recogió.
Después miró su reflejo.
La pintura había desaparecido casi por completo, excepto en los labios. Allí seguía dibujando una sonrisa.
—Queréis conocerme —murmuró.
Guardó la llave en el bolsillo.
—Pues vais a conocerme.