El hombre que no sabía estar solo
Milwaukee,
Jeffrey Dahmer se despertó antes de que sonara el despertador.
Se quedó tumbado, mirando el techo. El apartamento estaba en silencio. Durante unos minutos intentó recordar qué día era.
Miércoles.
Tenía que trabajar.
Se levantó, se vistió y abrió la nevera. Había varias cervezas, un trozo de queso y un recipiente que apartó sin mirarlo demasiado.
Cogió una cerveza.
Mientras bebía, encendió la televisión. No prestaba atención a las noticias. Solo necesitaba escuchar a alguien hablando. Cuando apagaba el aparato, el silencio parecía llenar todas las habitaciones.
Llamaron a la puerta.
Era la vecina del apartamento de al lado.
—Buenos días, Jeffrey.
—Hola.
—Perdona que te moleste, pero vuelve a oler raro en el
pasillo.
Dahmer mantuvo la puerta casi cerrada.
—Será la comida.
—Pues deberías tirar lo que esté estropeado.
—Lo haré.
La mujer intentó mirar por encima de su hombro.
—¿Estás bien? Tienes mala cara.
—He dormido poco.
—Deberías salir más. Conocer gente.
Dahmer la miró sin saber qué respuesta esperaba.
—Sí —dijo finalmente—. Puede ser.
La vecina sonrió.
—Que tengas un buen día.
—Tú también.
Esperó a que entrara en su apartamento y cerró la puerta.
En el trabajo apenas hablaba con nadie. Cumplía sus tareas, obedecía las órdenes y procuraba pasar desapercibido. A sus compañeros les parecía un hombre extraño, pero tranquilo.
Durante el descanso, uno de ellos se sentó a su lado.
—Vamos a tomar algo esta noche. ¿Quieres venir?
Dahmer siguió comiendo.
—No lo sé.
—Siempre dices lo mismo.
—Puede que vaya.
—¿Tienes novia?
—No.
—¿Familia en la ciudad?
—No.
—Entonces, ¿qué haces cuando sales de aquí?
Dahmer levantó la mirada.
—Cosas.
Su compañero soltó una carcajada.
—Eres un tipo raro, Jeff.
Dahmer sonrió porque entendió que debía hacerlo.
No le molestaba que lo llamaran raro. Le molestaba que hicieran preguntas.
Después del trabajo fue a un bar.
Se sentó en un rincón desde donde podía ver la entrada. Observaba a la gente sin participar en sus conversaciones. Le gustaba intentar averiguar quién estaba solo, quién fingía divertirse y quién necesitaba que alguien le prestara atención.
Un hombre se sentó cerca de él.
—¿Esperas a alguien?
—No.
—¿Quieres que te invite a una copa?
Dahmer lo miró con atención.
—¿Por qué?
El hombre se rio.
—Porque estás solo.
La respuesta le gustó.
Hablaron durante unos minutos. En realidad, el desconocido fue quien habló. Dahmer se limitó a escuchar y a hacer alguna pregunta cuando la conversación estaba a punto de terminar.
—No dices mucho —comentó el hombre.
—Prefiero escuchar.
—Eso no está mal.
Dahmer pensó que escuchar era fácil. La gente contaba demasiadas cosas cuando creía que alguien estaba interesado. Después pensaba que existía una conexión entre ellos.
Para Dahmer no era una conexión.
Era información.
El hombre terminó su copa y miró el reloj.
—Tengo que marcharme.
La expresión de Dahmer cambió.
—Quédate otra.
—Mañana trabajo temprano.
—Solo una.
—Otro día.
Dahmer apretó la botella.
No le gustaba escuchar esas palabras.
Tengo que marcharme.
Todo el mundo terminaba diciendo lo mismo.
—Claro —respondió—. Otro día.
El hombre se despidió y salió del bar.
Dahmer lo observó hasta que desapareció.
Regresó a casa pasada la medianoche.
Dejó las llaves sobre la mesa y encendió la televisión. Emitían una comedia. Varias personas hablaban y reían dentro de un apartamento mucho más bonito que el suyo.
Dahmer se sentó con otra cerveza.
No entendía por qué la gente necesitaba amigos. Los amigos preguntaban, opinaban y se marchaban cuando querían.
Él no deseaba tener amigos.
Deseaba tener a alguien que no pudiera abandonarlo.
La televisión perdió la señal.
Dahmer golpeó el aparato, pero la imagen no regresó. La pantalla quedó negra.
Entonces aparecieron unas palabras blancas:
AHORA PUEDES DEJAR DE FINGIR, JEFFREY.
Dahmer se levantó.
Intentó cambiar de canal.
Apareció una segunda frase:
CON NOSOTROS NO TENDRÁS QUE ESTAR SOLO.
El televisor se apagó.
Tres golpes sonaron en la puerta.
Dahmer miró hacia el pasillo. No esperaba a nadie y ya era demasiado tarde para que fuera la vecina.
—¿Quién es?
No recibió respuesta.
Abrió con cuidado.
No había nadie.
En el suelo encontró un sobre negro con su nombre completo escrito en letras blancas.
Dahmer lo recogió y volvió a entrar.
Dentro había una fotografía del Hotel Blackwood y una tarjeta.
31 de octubre. Once de la noche.
Ven solo.
Allí nadie podrá abandonarte.
Dahmer leyó la última frase varias veces.
Después miró su apartamento.
La televisión se encendió sola.
En la pantalla aparecieron nueve sillas alrededor de una mesa. Ocho estaban vacías. En la novena había un hombre sentado de espaldas.
El hombre giró lentamente la cabeza hacia la cámara.
Era Ted Bundy.
Dahmer dejó caer la tarjeta.
Ted Bundy llevaba muerto más de un año.
En la pantalla apareció una última frase:
ÉL YA HA ACEPTADO.
La imagen desapareció.
Dahmer volvió a mirar la invitación.
Por primera vez en mucho tiempo, la idea de conocer a otra persona le pareció interesante.