Nueve días antes
Seattle,
Ted Bundy practicaba sonrisas delante del espejo.
Tenía una para las mujeres mayores. Educada, tranquila, casi tímida.
Otra para los policías. Respetuosa, pero segura.
Y una tercera para las jóvenes. Esa era la que mejor le salía.
—Puedes confiar en mí —dijo a su reflejo.
Sonrió.
—No voy a hacerte daño.
Cambió ligeramente la expresión. La primera sonrisa había parecido demasiado preparada. La segunda resultó más natural.
Perfecta.
Llamaron a la puerta.
Ted dejó de sonreír.
No esperaba a nadie.
Se acercó sin hacer ruido y miró por la mirilla. El pasillo estaba vacío. Abrió y encontró un sobre negro en el suelo.
No tenía sello ni remitente.
Solo aparecía su nombre completo:
THEODORE ROBERT BUNDY
Lo recogió y volvió a entrar.
Dentro había una fotografía del Hotel Blackwood. En la imagen se veía un edificio antiguo rodeado de árboles. En una de las ventanas aparecía una figura humana.
Ted acercó la fotografía a la lámpara.
La figura no tenía rostro.
Detrás de la imagen había una frase escrita a mano:
Sé lo que eres cuando nadie te está mirando.
Ted leyó la frase dos veces.
Después abrió la tarjeta que acompañaba la fotografía.
Hotel Blackwood, Vermont.
31 de octubre. Once de la noche.
Ven solo.
Trae el nombre de la persona que más te gustaría matar.
Ted no se asustó.
Lo primero que sintió fue curiosidad.
Lo segundo, enfado.
No le gustaba que alguien creyera conocerlo. Mucho menos que entrara en su juego sin haber sido invitado.
Volvieron a llamar.
Esta vez era la vecina.
—Perdona, Ted. ¿Tienes un poco de azúcar?
Él ocultó la carta detrás de la espalda y abrió la puerta con una sonrisa.
—Claro. Pasa.
—No quiero molestarte.
—Tú nunca molestas.
La mujer entró en la cocina. Ted le sirvió el azúcar y escuchó mientras ella hablaba de su trabajo, del tiempo y de una noticia que había visto en televisión.
—Dicen que ha desaparecido otra chica —comentó—. Da miedo pensar que pueda haber alguien peligroso por aquí.
Ted puso cara de preocupación.
—Deberías tener cuidado.
—Lo tengo.
—No deberías entrar en casa de un hombre cuando está solo.
Ella se rio.
—Pero tú no eres peligroso.
Ted la miró durante un segundo más de lo normal.
Después volvió a sonreír.
—Claro que no.
La acompañó hasta la puerta y esperó a que entrara en su apartamento. Cuando se quedó solo, regresó a la mesa.
La invitación seguía allí.
Cogió un bolígrafo y escribió un nombre en la parte posterior de la tarjeta. Luego lo tachó y escribió otro.
Tampoco le convenció.
Había demasiados entre los que elegir.
Guardó la fotografía en un cajón y se sirvió una copa. Mientras bebía, volvió a mirar su reflejo en la ventana.
—¿Quién eres? —preguntó, pensando en la persona que había enviado la carta.
Su reflejo parecía sonreírle.
Entonces se dio cuenta de algo.
En la esquina inferior de la fotografía había un pequeño código QR. En 1974 aquello no debería existir. Ted no sabía qué era ni para qué servía.
Debajo aparecía una fecha:
31 de octubre.
Ted contempló el número durante un buen rato.
Después soltó una carcajada.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien había conseguido sorprenderlo.
Y Ted Bundy quería conocerlo.
Ted dejó la copa sobre la mesa.
Volvió a sacar la fotografía del cajón. El código de la esquina parecía una mancha formada por pequeños cuadrados. No entendía qué significaba, pero estaba seguro de que no lo habían puesto allí por casualidad.
El teléfono sonó.
Ted miró el reloj. Eran casi las doce.
Descolgó.
—¿Sí?
Al otro lado no respondió nadie.
—Si esto es una broma, te aconsejo que no vuelvas a llamar.
Escuchó una respiración. Después, una voz masculina.
—Sabía que aceptarías.
Ted apretó el teléfono.
—¿Quién eres?
—La persona que te conoce mejor que nadie.
—Lo dudo.
—Ahora mismo estás junto a la ventana. Tienes una copa en la mano y la invitación está sobre la mesa.
Ted se apartó rápidamente de la ventana.
Miró hacia el edificio de enfrente. La mayoría de las luces estaban apagadas. No vio a nadie observándolo.
—¿Dónde estás?
—Eso no importa.
—Si sabes tanto sobre mí, también sabrás que no me gusta perder el tiempo.
La voz soltó una pequeña risa.
—No. Lo que no soportas es no tener el control.
Ted no contestó.
—Te gusta decidir lo que los demás ven —continuó el desconocido—. El estudiante educado. El hombre atento. El vecino simpático. Has creado tantas versiones de ti mismo que ya ni siquiera recuerdas cuál fue la primera.
—No sabes nada de mí.
—Sé que mientes incluso cuando nadie te está escuchando.
Ted miró hacia la puerta de su apartamento.
—¿Qué quieres?
—Que vengas al hotel.
—La fecha de la fotografía todavía está muy lejos.
—Para ti.
—¿Qué significa eso?
—Lo entenderás cuando llegues.
Ted intentó que su voz sonara tranquila.
—Supongamos que acepto. ¿Qué gano yo?
—Conocerás a personas como tú.
—No existe nadie como yo.
La respuesta salió demasiado rápido.
Hubo unos segundos de silencio.
—Eso es exactamente lo que dirán los otros ocho.
La llamada se cortó.
Ted mantuvo el auricular pegado a la oreja. Ya no sonreía.
Dejó el teléfono en su sitio y recorrió el apartamento. Comprobó la cocina, el dormitorio y el armario. Después bajó a la calle y miró dentro de los coches estacionados.
No encontró a nadie.
Cuando regresó, había un segundo sobre negro junto al teléfono.
Ted se quedó parado en la entrada.
Había cerrado la puerta con llave.
Esta vez no sonrió.
Abrió el sobre y encontró un billete de avión para la mañana siguiente. El vuelo salía de Seattle y aterrizaba en Burlington. También había una llave pequeña con el número nueve grabado.
Debajo aparecía otra nota.
No llegues tarde. Los demás quieren conocerte.
Ted rompió la nota en cuatro trozos.
Después guardó el billete y la llave.
A la mañana siguiente salió de casa con una pequeña maleta.
Su vecina estaba en el pasillo.
—¿Te vas de viaje?
—Un asunto de la universidad —respondió.
—¿Cuándo volverás?
Ted le sonrió.
—Muy pronto.
Mentir le salía de manera natural. No necesitaba preparar las respuestas. Bastaba con averiguar qué quería escuchar la otra persona y ofrecérselo.
Durante el vuelo habló con una mujer sentada a su lado. En menos de una hora consiguió que le contara dónde vivía, en qué trabajaba y por qué había terminado su matrimonio.
Ted apenas dijo nada sobre sí mismo.
Cuando el avión aterrizó, la mujer creía conocerlo perfectamente.
—Ha sido un placer hablar contigo —le dijo.
—También para mí.
—Tal vez podamos volver a vernos.
Ted anotó un número falso en una servilleta.
—Llámame.
La mujer guardó la servilleta con una sonrisa.
Ted se alejó sin mirar atrás.
En el aeropuerto encontró un coche reservado a su nombre. Nadie le pidió dinero ni documentación. Las llaves estaban puestas y en el asiento del acompañante había un mapa.
Una línea roja marcaba el camino hasta el Hotel Blackwood.
Ted condujo durante horas.
Cuando dejó atrás el último pueblo, empezó a llover. La carretera se estrechó y los árboles taparon casi toda la luz.
Encendió la radio.
Solo encontró ruido.
Movió el dial hasta escuchar la voz de un locutor.
—Continúan los preparativos para las elecciones de noviembre de 2026…
Ted apartó la mirada de la carretera.
Pensó que había escuchado mal.
Cambió de emisora.
—Domingo, treinta y uno de octubre de 2026…
Apagó la radio.
El reloj del coche comenzó a moverse. Las agujas giraron cada vez más deprisa. Primero avanzaron una hora. Después dos. Luego dieron varias vueltas completas.
Ted frenó.
Bajó del coche y miró la carretera por la que acababa de pasar.
Ya no estaba.
Detrás de él solo había árboles.
Regresó al vehículo y comprobó el mapa. La línea roja terminaba unos kilómetros más adelante.
Por primera vez desde que había recibido la carta, pensó en dar la vuelta.
No lo hizo.
Aquello lo asustaba, pero también despertaba algo mucho más fuerte que el miedo: la necesidad de saber.
Siguió conduciendo.
Media hora después distinguió una verja abierta. Detrás se levantaba el Hotel Blackwood.
Era exactamente igual que en la fotografía.
Ted aparcó frente a la entrada. No había otros coches.
Sacó la llave con el número nueve y la introdujo en la cerradura principal.
Encajó perfectamente.
El vestíbulo estaba vacío. Había polvo sobre los muebles, pero se escuchaba música en algún lugar del edificio.
Una canción antigua.
Ted dejó la maleta junto a la puerta.
—Ya estoy aquí —dijo.
La música se detuvo.
Al fondo del pasillo apareció un hombre vestido con uniforme de botones. Parecía tener unos veinte años. Mantenía la cabeza inclinada, de modo que Ted no podía verle bien la cara.
—Señor Bundy —dijo—. Es usted el primero.
—¿Dónde está el anfitrión?
—Preparándose.
—Quiero hablar con él.
El botones levantó lentamente la cabeza.
No tenía ojos. En su lugar había dos zonas oscuras, como si alguien las hubiera borrado de su rostro.
Ted retrocedió.
—Todavía no puede verlo —respondió el joven—. Pero él lleva mucho tiempo observándolo a usted.
Las luces del hotel se apagaron.
Ted oyó unos pasos detrás de él.
Se volvió.
La puerta había desaparecido.
Sobre la pared solo quedaba una frase escrita con letras negras:
AQUÍ NO PODRÁS FINGIR.
Ted pasó los dedos por las palabras.
La pintura todavía estaba húmeda.
Entonces se oyó un coche acercándose al hotel.
El segundo invitado acababa de llegar.