La Mesa de los Culpables
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PRÓLOGO
La reunión
Nueve coches llegaron al mismo hotel aquella noche.
El edificio estaba cerrado desde hacía años. Se encontraba en mitad de un bosque de Vermont, lejos de cualquier pueblo. No había empleados, huéspedes ni cámaras de seguridad.
Solo una mesa preparada para nueve personas.
El primero en entrar fue Ted Bundy. Llevaba un traje oscuro y una sonrisa tranquila. Miró el comedor como si estuviera a punto de asistir a una cena importante.
Después llegó Jeffrey Dahmer. No saludó. Se sentó en un extremo de la mesa y mantuvo la mirada baja.
John Wayne Gacy apareció unos minutos más tarde. Dejó su abrigo sobre una silla y observó a los otros dos.
—Parece que la noche va a ser interesante —dijo.
Ninguno respondió.
El cuarto fue Richard Ramirez. Entró completamente vestido de negro y ocupó la silla más alejada de la puerta.
La quinta persona fue Aileen Wuornos. Nada más entrar, miró a todos con desconfianza.
—Como alguno se acerque demasiado, tendremos un problema.
Ed Kemper tuvo que agachar la cabeza para cruzar la puerta. Saludó con educación y se sentó junto a Bundy.
Después llegó Ed Gein, un hombre callado que no dejaba de mirar sus propias manos.
El octavo fue Charles Manson. Entró sonriendo, como si ya supiera por qué estaban allí.
Solo faltaba uno.
A las once en punto, un hombre encapuchado cruzó la puerta. Nadie pudo verle la cara. Dejó una tarjeta sobre la mesa antes de sentarse.
En ella aparecía un nombre:
EL ASESINO DEL ZODIACO.
Los nueve se miraron.
Aquella reunión era imposible. Pertenecían a épocas diferentes. Algunos nunca se habían conocido. Otros ni siquiera deberían estar vivos.
Sin embargo, estaban allí.
—¿Quién nos ha traído? —preguntó Aileen.
—Eso mismo quiero saber yo —contestó Bundy.
Sobre la mesa había nueve sobres negros. Cada uno llevaba escrito uno de sus nombres.
Dahmer abrió el suyo. Dentro encontró la fotografía de un desconocido.
Los demás hicieron lo mismo.
Cada sobre contenía un rostro distinto.
—¿Son nuestras próximas víctimas? —preguntó Manson.
En aquel momento, las puertas del comedor se cerraron.
Ramirez intentó abrirlas, pero estaban bloqueadas. Kemper golpeó una de las ventanas. El cristal no se rompió.
Entonces se apagaron las luces.
Cuando volvieron a encenderse, había un teléfono móvil en el centro de la mesa.
La pantalla mostraba un código QR.
Debajo aparecía una frase:
Escaneadlo. La reunión está a punto de comenzar.
Bundy sacó su teléfono y apuntó la cámara hacia el código.
Se abrió un vídeo.
En la pantalla apareció una persona sentada en una habitación oscura. Su rostro no podía verse.
—Buenas noches —dijo una voz—. He reunido a los nueve asesinos más famosos de América por una razón. Antes de que salga el sol, tendréis que cometer un crimen juntos.
Los nueve miraron las fotografías.
—Solo hay una regla —continuó la voz—. La víctima debe morir antes del amanecer. Si os negáis, vuestros secretos saldrán a la luz.
Manson se echó a reír.
—Nuestros secretos ya los conoce todo el mundo.
La persona del vídeo acercó el rostro a la cámara.
—No me refiero a los crímenes por los que os hicisteis famosos.
Manson dejó de reír.
El vídeo terminó.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Entonces el hombre encapuchado se levantó lentamente.
Todos miraron al supuesto Asesino del Zodiaco.
Él se quitó la capucha.
La silla cayó al suelo.
—Yo no soy el Zodiaco —dijo—. Y uno de vosotros tampoco es quien dice ser.