La Mesa de los Culpables El hombre sin rostro
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El hombre sin rostro

San Francisco,

Nadie conocía al hombre que se hacía llamar el Zodiaco.

Sus vecinos lo saludaban cuando salía de casa. Algunos conocían su nombre, su trabajo y el coche que conducía. Tal vez lo habían invitado alguna vez a tomar café.

Pero ninguno sabía quién era cuando cerraba la puerta.

Aquella mañana salió a la misma hora de siempre.

Recogió el periódico del escalón, saludó a una mujer que paseaba a su perro y caminó hasta una cafetería cercana. Ocupó una mesa junto a la ventana y pidió café.

—¿Algo para comer? —preguntó la camarera.

—No.

—Siempre dices que no y después me robas una tostada.

El hombre sonrió.

—Entonces ya sabes lo que voy a hacer.

La camarera dejó una tostada junto al café.

—Hoy invita la casa.

—Eres demasiado amable.

—Y tú demasiado serio.

Ella se alejó.

El hombre abrió el periódico.

No leyó las noticias políticas ni los resultados deportivos. Buscó su nombre.

Lo encontró en la tercera página.

LA POLICÍA ESTUDIA UNA NUEVA CARTA DEL ZODIACO

Leyó el artículo lentamente.

El periodista había dedicado más espacio a la policía que a la carta. También afirmaba que el autor buscaba atención.

El hombre sacó un bolígrafo y rodeó aquella frase.

Busca atención.

No era así.

La atención la buscaban los actores, los políticos y las personas que hablaban demasiado alto en los bares.

Él buscaba algo diferente.

Quería ocupar la mente de los demás.

Quería que cerraran las puertas por su culpa. Que miraran el asiento trasero antes de entrar en el coche. Que cualquier hombre callado pudiera ser él.

No necesitaba que conocieran su cara.

Le bastaba con que recordaran su nombre.

Después del desayuno siguió con su vida normal.

Habló con varias personas. Realizó su trabajo. Escuchó conversaciones que no le interesaban y respondió cuando esperaban que lo hiciera.

Nadie lo miró dos veces.

Eso era lo que más le gustaba.

La gente imaginaba que un asesino debía parecer diferente. Esperaban una mirada extraña, una voz desagradable o algún gesto capaz de descubrirlo.

No entendían que alguien podía aprender a parecer normal.

Bastaba con observar.

Si una persona sonreía, él sonreía.

Si contaba algo triste, bajaba la voz.

Si esperaba una broma, se reía.

Las emociones de los demás eran un idioma. Él no necesitaba sentirlas para aprender a hablarlo.

Al anochecer regresó a casa.

Esperó a que las luces de los vecinos se apagaran y entró en una habitación que siempre mantenía cerrada.

Dentro había una mesa, varios periódicos y cajas llenas de recortes. Las paredes estaban cubiertas con mapas, símbolos y letras.

Se sentó frente a una hoja en blanco.

Escribir una carta podía ocuparle varias horas.

No por las palabras.

Por el efecto.

Imaginaba a un periodista abriendo el sobre. Después pensaba en los policías inclinados sobre la mesa, intentando descifrar cada frase. Sabía que discutirían sobre él y que aparecería otra vez en los periódicos.

Cogió un rotulador negro.

Escribió:

AQUÍ HABLA EL ZODIACO.

Se quedó mirando la frase.

Le gustaba cómo sonaba.

El teléfono sonó en el salón.

No respondió.

Nadie llamaba a aquella hora.

El aparato sonó por segunda vez.

Después, una tercera.

El hombre dejó el rotulador y salió de la habitación.

—¿Sí?

Al otro lado solo escuchó interferencias.

—¿Quién es?

Una voz masculina respondió:

—Aquí habla el Zodiaco.

El hombre apretó el auricular.

—¿Qué has dicho?

—No eres el único que puede utilizar ese nombre.

—No sabes con quién estás hablando.

—Sé exactamente con quién hablo.

—Entonces dime mi nombre.

La voz dijo algo.

El hombre dejó de respirar.

Nadie conocía ese nombre relacionado con las cartas. Nadie podía relacionarlo con el símbolo, los códigos ni los periódicos.

—¿Quién eres?

—La persona que ha conseguido encontrarte.

—La policía no sabe nada.

—Yo no soy policía.

—¿Qué quieres?

—Completar mi colección.

La llamada se cortó.

El hombre comprobó las ventanas y salió al jardín trasero.

No encontró a nadie.

Cuando regresó a la habitación cerrada, vio un sobre negro sobre la mesa.

Estaba colocado encima de la carta que acababa de escribir.

El símbolo del Zodiaco aparecía dibujado en el centro.

Abrió el sobre.

Dentro encontró la fotografía de un hotel. Ocho figuras estaban sentadas alrededor de una larga mesa. Solo quedaba una silla vacía.

En el reverso no había una dirección.

Había un código.

El hombre acercó una silla y comenzó a trabajar. Copió los símbolos, buscó repeticiones y separó las posibles palabras.

Tardó cuarenta y siete minutos en descifrar el mensaje.

HOTEL BLACKWOOD, VERMONT.

31 DE OCTUbrE. ONCE DE LA NOCHE.

VEN SOLO.

TRAE TU VERDADERO NOMbrE.

Debajo aparecía otra frase:

LOS OTROS OCHO YA TE ESTÁN ESPERANDO.

El hombre rompió la hoja.

Un sonido comenzó detrás de él.

Sobre una estantería había un magnetófono que no recordaba haber colocado allí. Las bobinas empezaron a girar.

—Ted Bundy —dijo la grabación—. Jeffrey Dahmer. John Wayne Gacy. Richard Ramirez. Aileen Wuornos. Edmund Kemper. Ed Gein. Charles Manson.

El hombre escuchó los nombres.

Algunos no significaban nada para él. Otros pertenecían a personas que todavía no eran conocidas.

—Todos recibieron una llave —continuó la voz—. Tú recibirás la última.

El cajón de la mesa se abrió solo.

Dentro había una llave con el número uno.

El hombre no la tocó.

—¿Por qué yo?

—Porque eres el único al que no pude mostrarle su propio rostro.

—Nadie puede.

—Yo lo he visto.

El televisor del salón se encendió.

El hombre se acercó.

En la pantalla aparecían los ocho invitados sentados alrededor de una mesa. Discutían entre ellos.

Gacy golpeó la mesa.

—No pienso sentarme junto a un hombre que oculta la cara.

—Tal vez sea el único inteligente —dijo Kemper.

Manson se rio.

—El que esconde el rostro tiene miedo de que lo vean.

El hombre permaneció frente al televisor.

—Yo no tengo miedo.

Bundy miró hacia la cámara.

—Entonces que venga sin máscara.

La voz del anfitrión volvió a escucharse.

—¿Irás sin ella?

El hombre regresó a la habitación y abrió un armario.

En su interior colgaba una capucha oscura.

—No.

—Entonces los otros pensarán que eres un cobarde.

—No me importa lo que piensen.

—Eso es mentira. Todo lo que haces depende de lo que piensen los demás.

El hombre arrancó el cable del televisor.

La imagen continuó.

Aileen miró hacia la silla vacía.

—¿Cómo sabemos que el verdadero Zodiaco va a venir?

—No lo sabéis —respondió la voz—. Podría presentarse cualquier hombre y utilizar su nombre.

Ramirez sonrió.

—Entonces tendremos que descubrir si es auténtico.

La pantalla se apagó.

El hombre regresó a su mesa.

Recogió la llave número uno y la guardó en el bolsillo.

Después terminó la carta que había comenzado. Debajo de la frase inicial dibujó su símbolo.

La dobló, la metió en un sobre y escribió la dirección de un periódico.

Antes de marcharse, se detuvo delante del espejo.

Durante el día era un hombre corriente.

En el hotel sería otra persona.

Se colocó la capucha y contempló su reflejo.

—Aquí habla el Zodiaco —dijo.

Las luces se apagaron.

Cuando volvieron a encenderse, el hombre ya no estaba.

Sobre la mesa solo quedaron el periódico, la carta y una fotografía del Hotel Blackwood.

En la ventana del edificio podían verse nueve figuras.

La reunión estaba completa.