La mentira que cambió mi vida Capítulo 36
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Capítulo 36

Alma

Pasé una tarde malísima. Pero la noche fue todavía peor.

No pegué ojo. Ni cinco minutos siquiera. Nada. Absolutamente nada. Solo estuve tumbada en la cama mirando el techo y por la ventana el reflejo de la luna.

Cuando el amanecer hizo acto de presencia, ya tenía decidido que hacer y cómo.

Bajé la maleta del altillo del armario. La abrí y saqué el sobre con los papeles redactados del divorcio.

No pensé. No dude. Solo firmé.

Hacer eso fue fácil. Doloroso pero fácil. Lo que no lo fue tanto fue escribir una carta a Travis y a Helen. Tardé en hacerlo casi una hora entera. Pero lo hice.

En ella les decía que me entendieran, que por favor me dejaran marchar. Que lo necesitaba y les pedía que no me odiaran por hacerlo.

Les dije que los quería, que los echaría de menos pero que era necesario que siguiera en otro lugar no en uno que me había dado paz y felicidad pero que si me quedaba con los nuevos cambios solo me traerían sufrimiento y dolor.

En la carta les decía que me iba a Francia con Camille. Que los llamaría cuando llegara y que me gustaría que siguieran formando parte de mi vida.

Por último y después de decirles unas cuantas cosas más. A Travis le pedí que le entregara el sobre a su hermano.

Terminada la carta. Cogí una mochila y metí algunas prendas de ropa. Dejé allí mucha, pero en poco tiempo no me valdría así que era absurdo llevármela.

Bajé a la cocina y encima de la isla dejé el sobre y la carta encima.

Antes de salir sonreí entre lágrimas al recordar todos los buenos momentos que había vivido allí mismo. Las charlas. Las risas. Todos los dulces que había hecho. Pero el mejor de todos sin duda era el primer beso que Wyatt me dio.

Con el corazón encogido salí de la casa sin mirar atrás. No, no lo hice. Porque sabía que si lo hacía no tendría el valor para marcharme.

Caminé hasta los campos. El frío de la mañana y la niebla que flotaba en el ambiente se me metía hasta las entrañas, pero aun así no me detuve.

Busqué con la mirada a los hombres que sabía que estarían ya por allí trabajando y cuando localicé a uno con el que ya había hablado varias veces le pedí por favor que me llevara al aeropuerto que tenía una urgencia familiar.

No me preguntó nada. Me llevó sin más y no tendría vida para agradecérselo.

Entré en el aeropuerto y allí me hice lo que pretendía. Invisible.

La gente iba a lo suyo, sin fijarse en los demás. Unos con cara de sueño arrastrando maletas como si pesaran cien kilos. Otros con vasos de café en la mano, imaginé que para intentar que la cafeína les despertara del todo.

Me acerqué al mostrador y pregunté a la chica la mejor combinación para ir a Francia.

Fue muy amable y me explicó todas las opciones que tenía. Me quedé con la más barata, aunque tardara un poco más. Aún me quedaban unos pocos ahorros, pero cuando pagué los billetes mi cuenta se quedó temblando.

En cuanto llegara a Francia buscaría un trabajo con urgencia.

Aún quedaban un par de horas para embarcar así que me pasé por una cafetería y pedí algo de desayuno. Ese día parecía que las náuseas me estaban dando un poco de tregua y necesitaba alimentarme bien.

Una hora y media después ya había pasado los controles y estaba sentada mirando al vacío en una silla de la terminal de mi vuelo cuando la voz de un hombre me sobresalto.

—Buenos días. ¿Es usted Alma Hunter?

Cuando me fijé en que eran de la seguridad del aeropuerto me entró de todo por el cuerpo. Pensé en qué decirle.

En si decir si era Alma Hunter o Alma Moreau. Me decidí por lo primero porque seguramente lo seguía siendo, a Travis no le habría dado tiempo a llevar los papeles al registro, aunque Wyatt los hubiera firmado si ya había llegado a casa.

Era muy temprano y no estaría abierto.

—Sí, lo soy —contesté a media voz.

—Acompáñenos, por favor.

Se me encogió el estómago. ¿Qué estaba pasando?

Miré de reojo alrededor y quise morirme de la vergüenza allí mismo. Toda la gente que estaba allí me miraba. Nos miraba. Me juzgaban.

Me levanté despacio. Cogí mi mochila que la tenía apoyada en el suelo y me la colgué al hombro. Agaché la mirada. Y Asentí. ¿Qué otra cosa podía hacer?

El hombre de seguridad me pidió con la mano que lo siguiera. Y lo hice. Caminé a su lado. Salimos de la terminal y seguimos andando en silencio por un pasillo frío y oscuro por el solo podía entrar el personal del aeropuerto.

Cada segundo que pasaba era peor que el anterior. Mis nervios aumentaban. Al igual que las miles de preguntas que se me pasaban por la cabeza.

Abrió una puerta y me cedió el paso. Entré arrastrando los pies y sin levantar la mirada del suelo.

—Esperé aquí, ahora vendrán a hablar con usted.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué estoy aquí?

—No lo sé. Yo solo cumplo órdenes de arriba.

Asentí, porque no me había mentido. Sus palabras fueron totalmente sinceras. Se marchó y me quedé sola.

Repasé con la mirada el lugar. Era una especie de despacho. Tenía una mesa escritorio, con sillas a ambos lados. Un sofá de dos plazas pegado a la única ventana pequeña y cuadrada que había y una estantería con los que parecían libros de viajes.

Dejé la mochila en el suelo, pero no me senté.

Los nervios que me recorrían todo el cuerpo no me dejaron así que paseé en círculos. Pensando en todo y en nada. Pensé en Travis, en Helen, en mi padre, en Camille y en él, sobre todo pensé en él. En Wyatt.

Los minutos pasaban y nadie venía. Y mis nervios fueron en aumento.

Miré el reloj diez veces en quince minutos. Resoplé la menos veinte veces y me aguanté las lágrimas otras tantas.

Estaba de espaldas a la puerta cuando se abrió. Me giré despacio. Y cuando vi a la persona que estaba allí delante, mirándome, tuve que agarrarme al respaldo de la silla que tenía al lado para no caerme. Wyatt.

Había levantado la mirada al girarme, pero en cuanto vi que era él, la bajé automáticamente.

No quería ver sus ojos. No quería ver cómo me miraba. No podía ver esos ojos que me enamoraron desde la primera vez que los vi. Si los miraba me rompía más. Si los miraba dejaría de respirar. Así que los evité.

—Alma…

No por favor, no digas mi nombre de esa manera. No lo digas como si fuera alguien. No lo digas como si siguiera habiendo algo. Quise gritárselo, pero no pude. De mi boca no salió nada.

Dio dos pasos adelante. Yo uno atrás. Verme hacer eso le hizo detenerse.

—¿Tú has hecho que me traigan aquí? —me atreví a preguntarle.

—Sí.

—¿Por qué?

—Necesitaba hablar contigo.

Su voz parecía rota. ¿Por qué parecía así?

—Ya firmé. Todo estaba bien redactado. ¿Hay algún problema?

Resopló.

—¿Crees que estoy aquí por los papeles del divorcio?

¿Y por qué más podría estar? Me pregunté.

—No habría otro motivo.

—Sí lo hay.

Fruncí el ceño.

—El abogado dijo que no era necesario que fuera al registro, que con firmarlo era suficiente.

Negó con la cabeza a la vez que daba dos pasos más. Yo no pude dar ninguno, la mesa a mi espalda me lo impedía.

—Esos papeles no van a llegar al registro.

Me tensé entera.

—¿Por qué?

—Los he roto.

—¿Qué? —susurré.

—Los he roto —repitió—. Alma, mírame…

Dios mío. No fue una orden. No fue una petición. Fue un ruego.

Un ruego con la voz rota. Con la voz tomada. Con la voz suave. Esa que usaba cuando me susurraba cosas al oído en la cama después de hacer el amor.

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Sin pedir permiso. Sin poder evitarlo.

Cogí aire, ese que apenas me llegaba a los pulmones y lo hice, levanté la mirada y me quedé congelada. Sus ojos, esos azules que tanto quería también estaban aguados.

Dio otro paso. Cerca. Ya estaba cerca. Tanto que podía sentir el calor que desprendía su cuerpo. Podía oler ese olor tan característico suyo que tenía tan grabado en mi mente que lo reconocería sin abrir los ojos entre miles de personas.

—Wyatt…

Oírme decir su nombre acabó de romperlo.

Sin pensarlo me envolvió entre sus brazos. No me moví. No pude hacerlo. Solo apoyé la cabeza en su pecho y me dejé abrazar.

—No te vayas. Quédate conmigo. Ámame como yo te amo a ti.

Se me cortó la respiración y mi corazón se saltó un latido. Mis manos se movieron solas, estaba segura de ello, porque mi cerebro estaba tan bloqueado que no era capaz ni de pensar, mucho menos de dar órdenes. Agarré con fuerza su camisa.

—Pero…

—No hay peros.

—¿Ella? —me atreví a preguntar.

—Ella fue alguien. Alguien que estuvo. Pero alguien que nunca tuvo ni tendrá mi corazón. Ese solo es tuyo. Lo es desde que mis ojos se cruzaron con los tuyos.

Dios mío de mi vida.

—Quédate Alma, si no me quieres no me importa, yo nos querré por los dos. Pero quédate conmigo por favor.

Se acabó, pensé. No pude seguir callada. No pude dejarle seguir pensando que no lo amaba.

—No te quiero…

Vi cómo cerraba los ojos y negaba con la cabeza con pesar.

—Querer es una palabra muy pequeña para describir lo que siento por ti. Te amo. Te amo con cada fibra de mi ser. Te amé sin conocerte. Te amo ahora. Y te amaré el resto de mi vida.

Sus lágrimas corrían por sus mejillas sin control al igual que lo hacían las mías.

—Quiero que seas mi mujer.

—Ya lo soy.

—No. Lo eres por un plan, no por elección.

Me soltó y dio un paso atrás. Se metió la mano en el bolsillo y sacó algo que dejó dentro de su puño.

Carraspeó.

—Tenía un plan. Iba hacerlo el día de Navidad. Pero el de los planes que salen como los planea, es mi hermano. Así que yo voy a improvisar.

Se arrodilló y abrió la mano mostrándome un anillo precioso. Y al verle hacer eso me llevé las manos a la boca.

—Alma, ¿quieres casarte conmigo? ¿Quieres ser mi mujer no solo en papel sino también en el corazón? ¿Quieres formar una familia conmigo? ¿Quieres que mi lugar sea el tuyo?

No dudé. ¿Quién lo haría?

—Sí, sí, sí y sí —contesté afirmativamente a todas sus preguntas antes de arrodillarme frente a él y lanzarme a sus labios.

El beso fue… El mejor que nos habíamos dado. Cargado de sentimiento. Lento. De reencuentro. De Promesas. Pero sobre todo de amor, de mucho amor.

—Vámonos a casa —me pidió.

—Vámonos.

Dimos unos pasos hasta la puerta, pero antes de llegar me paré en seco. No podía salir de allí sin decirle lo que guardaba en mi interior.

—¿Qué pasa? —me preguntó extrañado.

—¿Lo de formar una familia te gustaría que fuera pronto?

Sonreí., y Wyatt sonrío de una manera y con un brillo en los ojos que me hizo soltar el aire que estaba conteniendo.

—Me encantaría. Siempre he querido ser padre. Y si es contigo, cuanto antes mejor. Así tendremos tiempo de tener muchos.

Solté una risita baja.

—En unos siete meses, entonces.

Me miró extrañado.

—En siete meses, ¿qué?

—Llegará el primero.

Se me quedó mirando unos segundos, los justos en los que procesó mis palabras.

—¿De verdad? —preguntó con la voz temblorosa.

Asentí sonriendo.

—Dios, Alma, soy el hombre más feliz del mundo —dijo antes de volver a abrazarme.

Y yo la mujer más feliz del mundo, pensé.

Porque no solo había encontrado mi lugar al haber aceptado aquel plan descabellado de Travis, sino que habían encontrado al amor de mi vida.

Porque Wyatt lo era, era el amor de mi vida. Y también fue mi marido antes de ser mi todo.