La mentira que cambió mi vida Capítulo 35
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Capítulo 35

Wyatt

Según caminaba con mi hermano a mi lado de vuelta a casa fui perdido en mis pensamientos ya que él iba hablando por teléfono dando instrucciones a uno de los chicos para que fueran adelantando trabajo mientras nosotros comíamos.

Mis pensamientos volaron en todas las direcciones.

Pensé en mi juventud en el rancho. En lo feliz que era allí, en lo mucho que me gustaba en su vida. Pero en como tuve que cambiarla porque era imposible que mi padre y yo nos entendiéramos.

¿Me equivoqué al irme? Puede que sí, o puede que no. Eso ya nunca lo sabría.

Pensé en los años que había pasado en el ejército. En todas las cosas que había vivido allí. En todas las atrocidades que había visto con las que todavía tenía pesadillas algunas noches.

En los buenos amigos que había hecho. Unos retirados ya, unos por decisión propia y otros como yo por obligación. Y otros que no tuvieron ni quisiera la oportunidad de elegir porque no volvieron a casa.

La imagen de la mujer con la que había pasado los últimos tres años de mi vida llegó a mi cabeza. Lainey.

Todo empezó poco a poco. Primero ese respeto al ser su superior. Luego las miradas. Las bromas. La complicidad. Las noches de sexo esporádico. Y cuando me quise dar cuenta, oficialmente ya éramos una pareja o así nos veían todos.

Nos entendíamos. Veíamos la vida de la misma manera. La relación era cómoda. Habíamos visto las mismas cosas. Sabíamos la mierda que esconde el mundo. Mierda que la gente normal ni podría llegarse a imaginar y eso al fin y al cabo une.

Pensé en si de verdad me había enamorado de ella o solo la quería por rutina. Porque si así era, ¿por qué no le había hablado a mi familia de ella?

La respuesta llegó con rapidez a mi cabeza. No, no estaba ni había estado enamorado de ella nunca. Y eso lo sabía porque en esos momentos estaba enamorado. Como un loco. Pero de otra mujer.

De una con la que no había empezado con muy buen pie porque llegó a mi vida en el peor momento.

Llegó cuando perdí mi carrera. Cuando estaba frustrado porque sabía que mi cuerpo no quedaría igual.

Y dolido porque a la que consideraba mi pareja y con la que me iba a casar, no porque se lo hubiera pedido sino porque acordamos en consenso que nos parecía el paso más lógico al llevar tiempo juntos, no me había puesto como su prioridad eligiendo su trabajo antes.

Así que cuando llegué a casa tan jodido y me enteré de la locura de plan que había tramado mi hermano casándome con la que en un principio me pareció una niña, me volví loco de rabia y lo pagué con ella.

Ella, Alma, mi niña.

A ella mi hermano la había mentido o engañado de la misma manera que a mí. Con la diferencia que a mí me usó y a ella la salvó.

Pero después de pasarse toda la noche contándome la historia de su vida, de por todo lo que había pasado y de lo mucho que había sufrido, me ablandé. Quién no lo haría ante una situación así.

Ahí me di cuenta de lo mal que me había portado con ella y lo cabrón que había sido diciéndola muchas de las cosas que le dije, barbaridades la mayoría.

Los días siguientes intenté hablar con ella, disculparme, acercarme y tener trato con ella. No me lo permitió.

Pero durante esos días podría asegurar que lo mucho que la observé, lo mucho que la deseé y lo mucho que anhelé que me tratara como lo hacía con mi hermano y con mi madre, hizo que la mirara de otra forma.

Ahí en esos días fue cuando empecé a sentir algo muy fuerte por ella. Algo que cuando conseguí que me dejara traspasar la línea de acercarme a ella, se hizo mucho más fuerte. Imparable. Enorme.

En conclusión, que esos sentimientos se intensificaron tanto que acabé total e irremediablemente enamorado de ella como un loco.

La quería. La adoraba. Y la amaba más que a nada ni a nadie.

El siguiente pensamiento que se me pasó por la cabeza, me hizo sonreír como un tonto. Tenía un plan. Sí, esta vez era yo el que lo tenía y no mi hermano.

Mi plan era que el día de Navidad le daría un regalo que esperaba que aceptara encantada, porque estaba seguro de que ella también me amaba.

No me lo había dicho con palabras. Yo a ella tampoco. Pero nuestras miradas y nuestros cuerpos nos lo gritábamos uno al otro todos los días.

Ese día de navidad le pediría que se casara conmigo. Que aceptara renovar los votos por la iglesia. Que tuviéramos una boda de verdad. No una estampando una firma sin saber lo que hacíamos.

Y esperaba que me dijera que sí, porque quería pasar el resto de mi vida con ella. Quería formar una familia con ella. Quería envejecer a su lado.

—¿Por qué sonríes tanto?

La pregunta de mi hermano me hizo pestañear y volver al presente.

—Nada, cosas mías.

—¿Cosas que tienen que ver con la mejor pastelera del mundo?

Resoplé. Tenía un hermano de lo más cotilla.

Pues esta vez se iba a quedar con las ganas de saber, porque no le contaría nada de mi plan. Era solo mío. Él ya hizo el suyo por su cuenta, pues esa vez me tocaba a mí.

Así que me encogí de hombros y no dije nada.

Cuando entramos en la cocina allí estaban las dos mujeres de mi vida. Mi madre y ella. Alma.

Me acerqué a darle un beso a cada una y a Alma la noté rara, llevaba así unos cuantos días. Solo esperaba que no cayera enferma y es que con las bajas temperaturas que teníamos no sería nada raro.

Lo dejé pasar y me prometí que esa noche cuando estuviéramos en la cama le preguntaría y si no me convencía su respuesta llamaría al médico para que viniera a revisarla.

Nos sentamos a comer y mi madre totalmente entusiasmada con contó la idea que había tenido Alma y los muchos planes que tenía para montar un invernadero.

Llamaron al timbre y fue Alma la que se ofreció a ir a abrir.

Unos minutos después volvió. Pero no lo hizo sola. Lo hizo con la persona al lado que yo menos me esperaba. Lainey.

No habíamos vuelto a hablar desde que yo había sido herido en combate. Y desde que le pedí en la cama del hospital que no se marchara a otra misión, que se quedara conmigo, porque la necesitaba.

No se quedó. Ni siquiera se lo pensó. Se marchó alegando que su trabajo iba por delante de cualquier cosa.

Ahí fue cuando me di cuenta de que no me quería. Que yo solo era una conveniencia. Una comodidad. Así que antes de que se fuera no le dije ni adiós. Ahí di por hecho que lo nuestro estaba acabado, terminado, zanjado.

Pero por lo que hizo nada más verme en la cocina, al parecer ella no pensaba lo mismo.

Se acercó sin que lo viera venir y me besó. Allí delante de mi hermano, de mi madre y lo peor de todo de Alma.

Alma… Estaba seguro de que algo le había dicho Lainey de quien era porque estaba apoyada en el marco de la puerta totalmente pálida y los ojos llenos de dolor.

Antes incluso de que me diera tiempo a reaccionar se marchó.

—¿Qué haces aquí?

—He venido a por ti.

Mi madre y Travis nos miraban alucinados. Mi madre además tenía un disgusto muy grande en su mirada y mi hermano un cabreo de tres pares de cojones. Normal.

Con el gesto de Lainey besándome habíamos hecho daño a Alma.

—¿Quién eres? —le preguntó mi hermano?

—Su prometida —le contestó sonriente.

Travis gruñó. Mi madre se llevó las manos al pecho y soltó un pequeño jadeo. Y yo me cagué en toda mi puta estampa. Porque ahí me di cuenta de que era de la manera en la que se habría presentado a Alma. Y tendría que estar pensando de todo y nada de ello bueno. Y con toda la razón del mundo.

—Vámonos de aquí, tenemos que hablar —dije levantándome de la silla.

—Tengo una habitación de hotel en Bozeman. Llegué anoche muy tarde y no quise venir a esas horas.

—Bien. Vamos. Hablaremos allí.

La agarré del brazo y tiré de ella hacía la salida de la cocina.

—¿Wyatt?

—Ahora no.

No podía pararme a darles explicaciones. Primero necesitaba cerrar de una vez por todas ese capítulo de mi vida, para poder seguir en paz con la vida que realmente deseaba al lado de Alma.

En el camino no dije ni una palabra por más que Lainey insistió en preguntar.

Llegamos al hotel. Entramos en la habitación y ella lo primero que hizo fue tirarse a mis brazos para volver a besarme. Me aparté. En casa me pilló desprevenido. Pero eso no se repetiría.

—¿Qué te pasa?

—¿Qué me pasa? ¿Qué te pasa a ti? Te presentas en mi casa después de meses sin vernos, sin hablar, sin una llamada. Me besas y le dices a mi familia que eres mi prometida después de dejarme tirado.

Paré para reírme, porque es que de verdad que estaba alucinando.

—Sabes que tenía que irme.

—No, no tenías que irte. Quisiste irte que es distinto. Pues si te fuiste ya no puedes volver.

—¿Qué significa eso? —preguntó frunciendo el ceño.

—Que lo nuestro se acabó en aquella habitación de hospital.

Frunció más el ceño y se cruzó de brazos. Lainey podía tener una cara que parecía que era una mujer clamada. Nada que ver con la realidad. Tenía una mala hostia cuando se enfadaba impresionante.

—Siéntate. Vamos a hablar y a dejar todo claro —le pedí.

Se sentó y hablamos. Mucho. Muchísimo en realidad.

Yo le conté cómo me sentí con su abandono. Lo que pensaba de la relación que habíamos tenido. De lo que había vivido esos meses. De mi decisión de dejar el ejército. Del rancho. De mi hermano y de mi madre.

Y de Alma, sobre todo de Alma. De cómo me había enamorado de ella, de lo mucho que la amaba y de los planes futuros que tenía con ella.

Lainey me habló por su parte de lo cansada que estaba, de que también quería dejarlo. De lo mucho que echaba de menos a su familia.

Esa tarde y durante la mitad de la noche hablamos más y con más sinceridad que en todo el tiempo que habíamos estado juntos.

Fue agotador, pero también muy satisfactorio. Quedamos como buenos amigos y con un recuerdo bonito de lo que fuimos. Dos personas unidas por las circunstancias pero que no estaban destinadas.

A mitad de la mañana volví al rancho. Estaba tan agotado, buen en realidad los dos lo estábamos de tanto hablar que acabamos quedándonos dormidos en la cama mientras hablábamos casi antes del alba.

Entré en la cocina y nada más entrar ya noté que algo pasaba. No olía a mantequilla, ni a azúcar, no olía a dulce. No olía a ella.

Mi madre y Travis estaban sentados muy serios en la isla de la cocina, con lo que parecía una infusión en las manos. Mi madre tenía los ojos rojos de haber llorado y la cara de desolación de Travis daba miedo.

—¿Qué ocurre?

Mi hermano no me contestó. Me tiró un sobre deslizándolo por la isla para que lo cogiera. Le miré extrañado.

—Ahí tienes lo que querías.

Fruncí el ceño. Abrí el sobre y al ver lo que era el aire dejó de entrar en los pulmones. Pasé las hojas hasta el final sin leer nada, solo quería comprobar que no era verdad. Que no lo había hecho.

Pero sí que lo había hecho. En la última hoja estaba estampada la firma de Alma.

—Solo falta tú firma. Hazlo y lo llevaré ahora al registro. Esta tarde serás un hombre libre de nuevo.

—¿Dónde está?

Se miraron y negaron con la cabeza.

—¡¿Dónde está?! —repetí.

—Y qué más te da.

—¿Cómo me va a dar igual? —dije indignado.

—Ya tienes lo que querías, déjala en paz.

—Dime dónde está —dije agarrándole por la camiseta, muy alterado.

Travis cerró los ojos un segundo. Y cuando los abrió vi que lo había hecho porque estaba aguantándose las lágrimas.

—Se ha ido —susurró mi madre.

Me giré de golpe hacía ella.

—¿Dónde?

—A Francia. No podía quedarse aquí. No quería quedarse aquí. No podría soportar verte casado con otra mujer.

—¡Ella es mi mujer! ¡La única que voy a tener!

—¡¿Qué?!

Cogí los papeles y del tirón los partí en mil pedazos.

—¡La amo joder! ¡La amo tanto que duele!

—La hostia…

—Una hostia te voy a dar o muchas, como no me lleves ahora mismo a buscar a mi mujer.

—Vámonos ya, joder. Su vuelo no saldrá hasta dentro de una hora. Lo he mirado cien veces y no he ido a por ella porque la quiero y no quería que sufriera más.

Sin decir nada más y a toda carrera, mi hermano y yo salimos de la casa para ir a buscar a la mujer que amaba y amaría toda la vida.