La mentira que cambió mi vida Capítulo 34
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Capítulo 34

Noté como una mano me tocaba el brazo con delicadeza.

Abrí los ojos y vi que había sido Lainey que me miraba un poco preocupada.

—¿Oye, estás bien? Parece que vas a desmayarte.

Pues mira eso no lo descartaba, desmayarme, morirme o teletransportarme si hubiera podido de allí a millones y millones de kilómetros de distancia.

Forcé una sonrisa.

—Sí, es que estoy un poco acatarrada.

Me soltó el brazo y asintió. Le pedí con un movimiento de la cabeza que me siguiera.

Caminó a mi lado hasta la cocina. Cuando abrí la puerta los tres seguían hablando del invernadero, pero al oírnos entrar giraron la cabeza a la vez hacía nosotras como si estuvieran sincronizados.

Lainey al ver a Wyatt no perdió el tiempo. Con pasos rápidos se acercó hasta él, le agarró la cara con las dos manos y lo beso en los labios. Y ahí ya quise morirme del todo.

No sé si le devolvió el beso porque no quise mirar demasiado, pero desde luego que no la retiró.

El silencio en la cocina se impuso de una manera aterradora. Nadie decía nada. Nadie se movía. Nadie era capaz de reaccionar ante lo que acababa de pasar. Desde la puerta miré a todos por turnos.

Primero a Helen. Su cara era un poema y en sus ojos había mucha confusión, pero también consternación.

El siguiente al que miré fue a Travis. Miraba a su hermano de una manera que… si le hubiera podido partir la cara allí mismo lo hubiera hecho. Sus ojos destilaban confusión, pero también enfado, mucho enfado.

A la siguiente a la que miré fue a Lainey.

Ella era ajena a las miradas de todos ya que solo tenía ojos para Wyatt que era al que tenía delante y al que miraba con amor.

Dios mío. Mi corazón cada vez iba más y más deprisa y un sudor frío me recorría el cuerpo. Aparte de que las náuseas habían vuelto y tenía más ganas de vomitar que nunca.

Los últimos ojos que busqué fueron los de Wyatt. Los encontré, pero solo dos décimas de segundo ya que me retiró la mirada.

Y eso ya me dijo todo lo que necesitaba saber. Lainey no había mentido, era de verdad su prometida. Por lo tanto, os podéis suponer quién sobraba en esa ecuación.

Así que hice lo que tenía que hacer, marcharme de allí.

Di dos pasos atrás y salí de la cocina cerrando la puerta a mi espalda. Como pude, porque me encontraba realmente mal, di un paso, luego otro y otro más hasta que llegué a las escaleras.

Me agarré al pasamanos con las manos temblorosas y subí hasta mi habitación.

Me senté en la cama totalmente abatida. Sin pedir permiso las primeras lágrimas empezaron a caer por mis mejillas sin control.

Me llevé las manos a la cara y me la tapé con ellas. Cerré los ojos con fuerza, el dolor que estaba sintiendo en ese momento no se podía describir con palabras.

Pero al haber cerrado los ojos fue todavía peor, porque cientos de imágenes empezaron a pasar por mi cabeza a toda velocidad.

El primer día que nos conocimos. La discusión. Sus duras palabras. Cómo me pidió una y otra vez que lo arreglara, ahora ya sabía por qué.

Los días posteriores esquivándole. El día que nos quedamos solos. El primer beso. Mi primera vez y todas las que habían venido después. El cómo me miraba. Lo bien que me trataba.

Todo. Todo se me vino a la mente.

¿Qué había sido yo para él? Me pregunté. Un entretenimiento hasta que retomara su vida. Hasta que sanara del todo. Hasta que ella volviera.

Ella… Con ella era con la que de verdad quería casarse. A la que sí que se lo había pedido. Yo solo era un plan. Una imposición. Una carga.

Me llevé las manos al vientre y el llanto se intensificó. Dios mío ¿qué iba yo a hacer ahora en el estado que estaba? ¿Dónde iría?

Porque desde luego allí no podría quedarme viéndole hacer su vida con otra mujer, aparte de que el primero que no me dejaría quedarme sería él. La amante y la mujer no pueden convivir bajo el mismo techo, eso estaba claro.

Camille… En ella fue en la que pensé.

Estaba segura de que me tendería su mano y me ayudaría en lo que hiciera falta. Ella seguía siendo mi amiga. Ella una vez más sería mi gran apoyo.

— Sí, me iré con ella, nos iremos con ella —susurré hablándole a mi hijo.

Llamaron a la puerta. Con prisas me limpié las lágrimas de la cara. No quería que nadie me viera llorar, no quería que me vieran rota, no quería volver a dar pena a nadie.

Di paso. La puerta se abrió y por ella aparecieron Travis y Helen. Ambos traían una cara que era para hacerles una foto y enmarcarla.

— Macaron , ¿estás bien?

Una risa amarga se me escapó sola.

—Sí, claro.

—Tú eres tonto, ¿qué pregunta es esa? Pues claro que no está bien.

—Joder es que no sé ni qué decir —dijo pasándose las manos por la cara, muy nervioso.

Helen se sentó a mi lado en la cama y me agarró la mano. Travis hizo lo mismo por el lado contrario.

—Vaya sorpresas que te de la vida. ¿Verdad?

Travis gruñó. Helen suspiró.

—Su prometida —dije riéndome.

Al oírme reír los dos me miraron como si me hubieran salido cuernos. Porque el panorama no era para reírse ni mucho menos. Pero solo había dos opciones: o me reía de mi propia desgracia o me echaba a llorar hasta que se me secaran los ojos.

Y sinceramente estaba harta de llorar. Muy harta.

Los dos seguían callados sin saber qué decir o qué hacer. Supuse que estarían igual de impactados que yo o más.

Porque que a mí no me hubiera dicho que se iba a casar con otra mujer, pase. Pero que no se lo hubiera dicho ni a su madre ni a su hermano, era increíble.

—Esos eran los planes que tenía, los que nos dijo el día que llegó.

—Eso parece —murmuró Travis entre dientes.

—Es que no entiendo cómo no ha dicho nada. Cómo ha podido estar conti…

No dejé que Helen terminara la frase. No quería hablar más de ello. No quería torturarme más. Solo quería que todo terminara. Que el dolor que tenía en el pecho parara. Solo quería desaparecer.

Así que cambia de tema. O más bien hice una pregunta para salir del paso y que Helen no hablara de la no relación que había tenido con su hijo.

—¿Siguen abajo?

Los dos cruzaron una mirada y vi como dudaban si contestar con la verdad o no.

—¿Siguen en la cocina? —volví a preguntar.

—No —susurró Helen.

—Se han ido al hotel que ella había reservado en Bozeman. Para hablar, ha dicho mi hermano —añadió Travis entre dientes.

¿A hablar a un hotel? Me dieron ganas de echarme a reír a carcajadas. A hablar. Claro que sí. Y yo era modelo de pasarela, vamos.

Me levanté de la cama soltándoles las manos.

—¿Dónde vas?

—A comer. Soy la única que no lo ha hecho —dije encogiéndome de hombros

Travis me miró alucinado.

—¿Cómo puedes estar tan tranquila? Sé que le quieres.

Cerré los ojos mientras negaba con la cabeza.

¿Tranquila? No, no estaba tranquila ni mucho menos, aunque intentara aparentar que sí lo estaba. Pero no quería preocuparles más de lo que ya parecían estar.

—Pero él a mí no, y nunca lo hará. Creo que eso ha quedado bastante claro hoy. Que le atraigo pues sí, que me desea pues también. Pero nada más.

—No digas eso, sé que mi hermano siente algo por ti. Joder tiene que sentirlo —dijo cabreado.

—Travis, déjalo por favor. Lo que fuera que hubiera entre nosotros se ha terminado. El seguirá con sus planes y yo con mi vida.

—¿Y cómo crees que sea eso? Seguís casados.

No por mucho tiempo quise contestarle, pero callé.

—Lo arreglaremos. Esto nunca debió de pasar y lo sabes.

Los dos se levantaron de la cama y se acercaron a mí.

—Vamos a la cocina, estás muy pálida necesitas comer.

Asentí y los tres bajamos juntos a la cocina.

Cuando entramos encima de la isla vi que ellos tampoco habían terminado de comer. El plato de Helen estaba apenas empezado. El de Travis todavía le quedaba una buena parte y el de Wyatt estaba parecido.

Allí había dejado el plato y la comida olvidada. Como a mí, pensé.

Alguien podría preguntarse si en algún momento tuve la esperanza de que me eligiera a mí. Pues sí, sí que se me había pasado por la cabeza, o más bien lo había deseado con todas mis fuerzas.

Y esa esperanza estuvo ahí en un rincón. Latente. Pequeña. No visible. Pero estuvo. Pero solo hasta el momento en el que Travis había dicho que se habían ido a un hotel. Ahí se esfumó radicalmente.

Porque si me hubiera querido elegir a mí. Antes de irse con ella a hablar me hubiera dicho algo, lo que fuera. Pero no lo había hecho. Solo me había retirado la mirada. Ese gesto fue el único que recibí por su parte. Ese gesto fue más que suficiente para sacarme de su vida.

Nos sentamos en silencio a comer. Ellos ni idea qué pensarían. Yo, la manera en la que me marcharía de allí cuanto antes.

Porque irme, tenía que irme. Tenía que marcharme y encontrar mi verdadero lugar. Porque al parecer el que yo había creído que lo era, no lo era en realidad. Solo había sido un sitio para sanar, para recuperarme de una perdida.

Y ahora tendría que buscar otro. Esperaba que el definitivo. Uno en el que sanar. Reconstruir mi roto corazón y sacar adelante a mi hijo.