Capítulo 33
Estaba batiendo claras tan concentrada o perdida en mis pensamientos que no escuché cómo la puerta de la cocina se había abierto y había dejado de estar sola en la cocina.
Solo me di cuenta de ello cuando delante de mi vista en la isla de la cocina apareció de repente una cesta con varias verduras.
Me sobresalté un poco y levanté la vista de golpe.
—Alma, hija, ¿qué te pasa? Llevas unos días que parece que estás en la inopia.
Pues toda la razón le tenía que dar a Helen que era la que me acaba de preguntar eso.
Porque llevaba dos días, justo los que sabía que estaba embarazada que no parecía ni yo. Estaba distraída. Tanto que hasta dos postres se habían arruinado y eso jamás me había pasado, ni siquiera siendo niña se me había quemado nada. Y me daba una rabia…
Y no solo distraída, también seguía muy revuelta y pensativa a todas horas.
No había podido dejar de darle vueltas a la cabeza el cómo le diría a Wyatt que estaba esperando un hijo suyo, ni tampoco había podido dejar de martirizarme pensando en cómo se lo tomaría.
Dos días desde que lo sabía y no me había atrevido todavía a decírselo. Ni a él ni a nadie.
Me parecía justo que fuera él el primero en enterarse, y como no me había atrevido a decírselo porque estaba aterrada pues a los demás tampoco.
Que sabía de sobra que si se lo contaba a Travis me guardaría el secreto hasta que reuniera el valor necesario para hablar con su hermano, pero tampoco había hablado con él.
Tanto Travis como Wyatt llevaban tres días a tope de trabajo en los campos preparando todo para la tormenta de nieve que habían pronosticado que llegaría en dos días, y no había querido molestarle, o más bien preocuparle.
—Estoy bien, solo un poco revuelta, creo que he cogido frío y estoy incubando un catarro.
Le dije lo primero que se me ocurrió, a ver que me daba mucha cosa mentirle. Helen era como una madre para mí y la adoraba, pero es que de verdad que esa situación me estaba desbordando y no sabía ni qué hacer ni qué decir.
—Es que hace malísimo. Hay verduras que estaban todas llenas de escarcha —dije con pesar—. Al final se echarán a perder.
Me quedé pensando unos segundos y una idea genial me llegó de pronto a la cabeza.
—Deberías mandar construir un invernadero.
Me miró con los ojos brillantes.
—¿Un invernadero?
—Claro. En verano protegerá a las verduras más delicadas del sol directo y en invierno no se echarán a perder las que no aguantan estas bajas temperaturas.
—Dios mío Alma, es una idea fantástica.
La miré sonriendo y ella hizo lo mismo.
—Se lo comentaré a los chicos a la hora de la comida. Desde luego sitio tenemos y en hacerlo apenas se tardará nada.
—Puedes tener las dos cosas, el huerto y el invernadero y repartir la plantación según las necesidades.
Asintió. El resto del tiempo hasta que llegaron los chicos a comer lo pasamos las dos juntas en la cocina.
Yo terminando la comida, un guiso de carne con patatas y otras verduras, y un bizcocho mármol que era lo que tenía pensado hacer ese día desde que me había levantado.
Y ella, libreta en mano, dibujando un diseño del invernadero que quería. Así como una lista de las verduras, hortalizas, frutas y especias que debían ir en un sitio u en otro.
Sonreí varias veces al verla tan emocionada con el proyecto, ya que parecía una niña chica, haciendo la lista de regalos para navidad.
Al menos esa charla me sirvió para dejar de pensar por un rato en el problema que tenía encima.
La puerta de la cocina se abrió. Wyatt y Travis entraron con pasos cansados y después de saludarnos a las dos con un beso cada uno, se sentaron en los taburetes, o más bien se desplomaron en ellos.
—Parece que venís de la guerra —les dijo Helen.
—Había días allí que no eran tan agotadores, te lo aseguro —contestó Wyatt.
—Mierda de tiempo, nos está jodiendo bien. Vamos a contrarreloj. Es que cambiar a todo el ganado de sitio en solo tres días es una locura y encima nos queda reforzar las cuadras.
—Travis, vamos bien, no te agobies.
—No puedo evitarlo, no podemos permitirnos que le pase algo al ganado cuando llegue la tormenta.
Mientras estaban hablando yo le había ido poniendo un plato de comida delante a cada uno que les hizo suspirar y sin demorarse ni un segundo los dos atacaron el guiso como si llevaran semanas sin probar bocado.
—Todo irá bien, los chicos y Liam saben lo que hacen sin necesidad de decírselo —dijo Wyatt para intentar tranquilizarlo.
Travis asintió un poco más relajado.
—¿Qué tienes ahí en esa libreta?
Helen y yo nos miramos y sonreímos. Le hice un gesto con la cabeza para decirle venga díselo así se olvidarán un poco del ganado y estarán distraídos pensando en otra cosa.
Helen le pasó la libreta a Travis para que viera todo lo que había dibujado y apuntado en ella.
Un par de minutos después levantó la cabeza y sonrió satisfecho.
—Es una idea magnífica.
—¿Qué es? —preguntó Wyatt.
—Un invernadero, mira, ha diseñado como iría todo y está fenomenal.
Wyatt hizo lo mismo que su hermano y estudió minuciosamente todo lo que Helen había apuntado.
—Estoy de acuerdo, es una buenísima idea.
—La idea ha sido de Alma.
— Macaron , pues has tenido una idea cojonuda. En cuanto pase la tormenta nos pondremos a ello.
Wyatt me miró sonriendo y me guiñó un ojo.
Mi idea hacía feliz a su madre y por consiguiente a él, que era un hombre muy protector con su familia como ya había demostrado cuando pasó lo de Savannah con su hermano.
En eso me recordaba mucho a mi padre.
Él tenía ese mismo instinto protector conmigo y siempre a todas horas o por cualquier cosa estaba pendiente de que no me faltara de nada o de que estuviera bien en todo momento.
Mi padre.... Seguía echándole muchísimo de menos.
Pensaba en él a diario. Siempre recordando los buenos momentos de toda nuestra vida. En casa viendo películas. Los paseos por la orilla del lago. Pero sobre todo en la pastelería que era donde más horas habíamos pasado juntos.
Era imposible no pensar en él cuando hacía todos los días los distintos dulces.
A la cabeza se me venían el momento en el que le hice por primera vez, o como me iba diciendo las medidas exactas. Explicándome siempre todo con esa paciencia infinita que le caracterizaba.
Desde que me había enterado de que estaba embarazada estaba más melancólica de lo normal. Cuánto me hubiera gustado compartir ese momento con él.
En mi mente imaginaba cuánto le hubiera gustado sujetar en sus brazos a su nieto. Y cómo pasado el tiempo le sentaría a su lado y le pondría como había hecho conmigo a batir o a decorar de mil maneras todos los dulces.
Sacudí un poco la cabeza para sacar otra vez esos pensamientos de mi mente, esos que hacían que mis ojos se llenaran de lágrimas ya que solo eran pensamientos que nunca podrían hacerse realidad.
Serví otro plato lleno de guiso y se lo puse a Helen delante. Los tres seguían hablando entusiasmados del proyecto del invernadero.
Sonreí. Verlos así compartiendo como una verdadera familia esas charlas tan amenas a la hora de la comida o en cualquier otro momento me encantaba.
Y lo mejor era que a mí también me consideraban ya parte de esa familia y siempre me incluían en todo.
Me di la vuelta otra vez hacía los fogones con un plato en la mano para servirme mi plato. No es que tuviera mucha hambre ya que seguía con el estómago fatal, pero comer tenía que comer, así que haría un esfuerzo.
Dejé el plato en la isla, que era donde solíamos comer siempre y justo cuando me iba a sentar, el timbre de la puerta de la calle sonó.
Travis hizo el amago de levantarse.
—Sigue comiendo, voy yo.
—No me importa de verdad, siéntate tú que no has empezado.
—Travis termina que ya voy yo, por favor.
—Gracias, macaron .
Asentí sonriendo.
Me quité el mandil que tenía puesto antes de salir y lo dejé apoyado en la silla en la que al volver me sentaría.
El timbre volvió a sonar justo cuando llegué a la puerta. Me di prisa en abrir para que quien fuera no tuviera que volver a hacerlo o esperar más.
Cuando me fijé en la persona que estaba en el umbral de la puerta un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.
Era una mujer. Una mujer vestida de uniforme. Nada más verla supe que venía a buscar a Wyatt y algo en mi interior me dijo que para mí no sería nada buena esa visita.
—Hola.
Fue lo único que pude decir por lo impactada que estaba.
—Hola, quería ver a Wyatt, vive aquí ¿verdad?
—Así es.
Me moría de curiosidad por saber quién era, o que venía de decirle a Wyatt. Pequé de meterme donde no me llamaban, puede, pero es que no me pude resistir.
—Voy a avisarle. ¿Quién le digo que le busca?
—Es verdad, que ni me he presentado. Perdona es que estoy un poco nerviosa.
Y era cierto. Sus ojos, su gesto y el movimiento de su cuerpo la delataban. Estaba nerviosa, bastante diría yo.
—No pasa nada. Yo soy Alma —dije alargando la mano.
—Encantada. Yo soy Lainey—contestó estrechándome la mano.
—Pasa, estábamos comiendo —le dije con un gesto de la mano.
—No sé…
La vi dudar, pero finalmente dio un paso al frente y cruzó el umbral.
—¿Erais compañeros?
—Sí, hasta que le pasó lo del accidente. Pero también soy mucho más.
¿Mucho más? Madre mía… Tragué saliva o lo intenté.
—¿Más?
—Soy su prometida. Hace meses que no nos vemos porque he estado de misión, debería haber vuelto el mes que viene, pero las cosas se han adelantado. Pero él no lo sabe. He venido a darle una sorpresa.
Me quedé congelada en el sitio. Y hasta el color de la cara se me tuvo que ir, porque el aire no me llegaba a los pulmones y él corazón se me había parado, además de roto.
Sí, así lo sentía. El corazón roto, destrozado y totalmente partido en mil pedazos.
Su prometida…
Cerré los ojos un segundo y los flashes del día que nos conocimos llegaron a mi mente a toda velocidad.
Sus frases, lo enfadado que estaba. Cómo le dijo a Travis que le había jodido la vida. Cómo dijo bien claro que él tenía planes.
Bien… Pues ya sabemos cuáles eran esos planes. Casarse con su pareja, esos eran.