La mentira que cambió mi vida Capítulo 32
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Capítulo 32

Cerré los ojos con fuerza a la vez que intentaba respirar. No lo conseguí.

Otra arcada subió por mi garganta. Ahí supe que en esa ocasión sería incapaz de retener lo poco que tenía en el estómago.

Un zumo eso era lo que había bebido, o intentado porque en realidad más de la mitad se había quedado en el vaso solo medía hora antes.

Salí corriendo de la cocina y a duras penas llegué al baño que estaba nada más salir en la puerta de al lado.

Bueno, más que un baño era un aseo. Que solo tenía un lavabo y una taza, que hacía el servicio perfecto cuando lo necesitábamos y no queríamos subir a la planta de arriba.

Me arrodillé con esfuerzo en el frío suelo y sin poder contenerme más dejé que mi estomago se vaciara.

Un par de minutos después y agotada por el esfuerzo me quedé sentada en el suelo y apoyé la espalda en la pared.

Suspiré. Una vez. Dos.

— No puedes seguir sin saberlo —susurré hablando conmigo misma.

Llevaba más de diez días así. Los primeros dos días pensé que algo me había sentado mal, pero cuando el cuarto día volvió a pasarme lo mismo que los días anteriores por la mañana.

Me dije a mí misma que eso ya no era normal. Y no lo era. O sí lo era, si mis sospechas se confirmaban.

Era una cría de veinte años, sí, pero no era tan inexperta en la vida para no saber o sospechar más bien que algo pasaba dentro de mi cuerpo.

Y no solo porque llevara con nauseas por la mañana todos esos días sino porque el último mes no me había venido el periodo.

La verdad es que estaba muerta de miedo. No porque no quisiera ser madre, porque eso siempre lo había tenido claro. Desde que era una cría le había dicho a mi padre que me gustaría tener una gran familia.

Hombre, no con diez hijos, pero sí al menos con tres o cuatro. Pues mira lo mismo el primero está en camino, me dijo una voz en mi cabeza.

El miedo que sentía era porque si de verdad lo estaba no tenía ni siquiera una ligera sospecha de cómo se lo tomaría Wyatt.

Que estábamos bien, pues sí. Que estaba viviendo un sueño junto a él, pues sí. Y que estaba enamorada de él como nunca en la vida pensé que lo estaría de un hombre y que lo quería con locura, pues también.

¿Él también me amaba? Pues sinceramente, no lo sabía. Yo pensaba o esperaba más bien que así fuera.

Con palabras no me lo había dicho, ni yo a él tampoco que conste, pero eso era por miedo a ver en sus ojos que él no podía contestarme de la misma manera.

Aunque su manera de comportarse conmigo, me gritaban casa día que sí, que sí que me quería.

Hacía cinco meses que había llegado al rancho. Solo cinco meses y a mí me parecía toda una vida. Me había adaptado tan bien y tan rápido a esa vida que era como si mi corazón hubiera encontrado por fin su lugar y por eso estaba en paz.

Ya no me pesaban los recuerdos de mi vida en Annecy. Todos ellos en los que siempre estaba mi padre me hacían sonreír y no tener ese nudo en el pecho que al principio no me dejaba ni respirar.

Ya cinco meses que estaba allí y Wyatt poco más tres desde que había regresado herido al que un día fue su hogar y según sus palabras ahora lo volvía a ser.

Y desde que Travis ideó ese plan absurdo para dejarnos solos en la casa y que limáramos asperezas casi tres meses atrás, estábamos juntos.

Ni una sola noche desde entonces habíamos dormido separados. Y durante el día poco lo hacíamos también.

Wyatt estaba recuperado casi al cien por cien. Solo le quedaban dos semanas de rehabilitación en el brazo, que el médico se lo había mandado más por prevención de futuras recaídas que porque realmente lo necesitara.

Y la herida de la pierna había curado del todo. Pero como vaticinó, le había quedado una ligera cojera, apenas perceptible a la vista.

Mucho te tenías que fijar al verle caminar para darte cuenta de que el paso con la pierna derecha, que era la dañada, lo daba un poco distinto al de la izquierda.

Tan bien estaba que ya llevaba los últimos quince días acompañando a Travis a los campos montado a caballo para ayudarle con el ganado.

Mientras ellos dos trabajaban en los campos, Helen se ocupaba de su querido huerto y de las tareas de la casa.

A esas tareas me unía yo para ayudarla en cuanto terminaba de hacer la comida y la ración de dulce diario, ese nunca faltaba. Pues menudos eran mi cuñado y mi marido, como para dejarles sin su dosis diaria.

Mi marido… Aún sonreía al pensar en ello. Y es que mira que a Travis no se le podía haber ocurrido una idea más descabellada que como él no podía hacerlo porque no era libre, que casarnos sin el consentimiento de ninguno, lo hizo con su hermano.

Ese tema no lo habíamos vuelto a tocar. Wyatt no me había vuelto a pedir que lo arreglara como hizo el primer día que nos conocimos y yo sinceramente tampoco había hecho nada. Simplemente eso se había quedado ahí como algo que pasó y ya está.

Aunque sí que era verdad que como esos días posteriores a cuando nos conocimos y al estar tan perdida y dolida por todo lo que me dijo, como sabéis había pedido a un abogado que me redactara los papeles necesarios para divorciarnos.

Pues esos papeles me llegaron. Pero no dije nada a nadie, los guardé en una de las maletas que traje el día que llegué y que estaban en el altillo del armario de la habitación que había usado antes de mudarme a la de Wyatt, y allí seguían.

Tenía la esperanza de no tener que usarlos nunca, pero quien sabe lo mismo las cosas se torcían y no me quedaría más remedio que retomar mi plan de marcharme.

Que no quería hacerlo por nada del mundo. Pero en esta vida nada es seguro. Bueno, eso no era del todo cierto porque había dos excepciones, una era nacer y otra morir.

Esas eran las dos únicas cosas de las que pueden estar seguras todas las personas de este mundo. De que nacíamos y moríamos.

Lo demás era puro azar, suerte o destino, que puede cambiar en cualquier momento, quiera uno o no. Y si alguien dudaba de mis palabras que se lo preguntaran a mi querido Travis, que ese si sabía lo que era llevarse un buen palo en el corazón por amor.

Todavía me estremecía cuando se me venían algunos días los recuerdos de Savannah y de todo lo que había hecho. No me entraba en la cabeza cómo había tirado su vida por la borda de una manera tan tonta, o al menos así lo veía yo.

Lo tenía todo. Un hombre que la adoraba por encima de todo, eso me lo había dicho el mismo Travis. Pero cualquiera del rancho al que le preguntaras, sobre todo a los veteranos, te lo decían igual.

Pues eso, tenía a Travis a sus pies, a unos padres magníficos y una vida en el rancho que era de ensueño. Pues no a ella eso no la pareció suficiente quiso más.

Y por su ambición había terminado de una manera que era como poco para echarse las manos a la cabeza.

En Las Vegas. Sola. Debiendo dinero. Enganchada a las drogas. Prostituyéndose y robando para pagar tanto ese vicio como el de vivir a todo tren que era lo que le gustaba.

Sinceramente era para sentir lástima por ella o eso pensaba yo.

Al menos Travis con esa amenaza que la hizo el día que se presentó en la casa y que lo único que quería de él era enredarle pensado que aun la seguía amando, consiguió que firmara los papeles del divorcio de una santa ver.

Lo hizo al día siguiente de la bronca y de que descubriéramos todo, ella no, pero su padre se acercó a la casa y le dio a Travis en sobre donde estaban todos los papeles firmados.

Y de paso le dijo que se quedara tranquilo que su hija no le volvería a molestar, que de eso se encargaba él.

Así que ahora Travis tenía el camino libre por si en un futuro él quería rehacer su vida y casarse con otra mujer. Aunque sinceramente al menos de momento no le veía yo mucho por esa labor.

Habíamos hablado muchas veces del tema y él siempre me decía que no volvería a enamorarse ni a casarse nunca con otra mujer.

Yo en esas conversaciones me reía mientras él me miraba indignado y le decía que eso al menos lo de enamorarse no estaba en sus manos.

Si estaba de pasar, pasaría y él no podría evitarlo, igual que me había pasado a mí con su hermano. Y mira que se comportó como un borde y un cabrón conmigo cuando nos conocimos pues aun así no había podido evitarlo.

Me había enamorado de él como una loca. Y es que el corazón no entiende de peticiones solo de sentimientos y contra esos no se puede luchar, solo se acepta.

Suspiré por ni sabía cuántas veces esa mañana desde que me había levantado al alba para hacer el desayuno para todos y me levanté del suelo.

Me acerqué al lavabo y me lavé la cara y los dientes. Me quedé dudando unos segundos y antes de pensármelo más porque si no, no lo haría alargué la mano y cogí una pequeña bolsita que había puesto encima de un armarito que había en una esquina donde estaban las toallas.

En ella había una prueba de embarazo que había comprado en Bozeman tres días atrás cuando fui con Helen a comprar algo de ropa de más abrigo que me haría falta.

Estábamos ya en diciembre y no es que hiciera un frío polar, pero sí que apretaba con fuerza sobre todo a primera hora de la mañana.

Mientras ella entraba en el banco cuando salimos de unas de las tiendas de ropa, yo le dije que iba a mirar a la floristería que estaba enfrente unos esquejes de especias, y ahí entré en la farmacia que estaba solo a dos locales de distancia.

Me apoyé en el lavabo y leí las instrucciones dos veces para estar segura de hacerlo bien.

Lo hice. Dejé la prueba encima del lavabo y me senté en la taza a esperar a que pasaran los cinco minutos que ponía en el papel que había que esperar.

Cinco minutos que de verdad que me parecieron cinco horas de lo largos que se me hicieron, y eso era debido a los nervios que tenía dentro, esos nervios que me estaban destrozando más que las náuseas.

Terminado el tiempo de tortura cogí la prueba y soltando el aire que estaba conteniendo la miré. Y menos mal que seguía sentada sino me habría caído redonda.

Positivo. Bien clarito se veía.

Estupendo Alma, ahora a ver cómo se lo dices al capitán, guapa, me dije mientras negaba con la cabeza.

Salí del baño. Entré en la cocina otra vez sintiéndome mejor que cuando había salido. Al menos con respecto a lo físico. Porque mentalmente estaba que no estaba. Tenía la cabeza tan llena de pensamiento que parecía una olla a presión a punto de explotar.