Epílogo.
Diez años después…
Oí las risas mucho antes de llegar a la cocina.
Muchas risas. Risas de adultos mezcladas con las de los niños.
Caminé despacio y me asomé sin entrar en la cocina. Al ver la que había formada dentro cerré los ojos y cogí aire.
Cuando los abrí volví a mirar y no pude no sonreír, aunque también quisiera matar a todos los que estaban allí dentro al ver la que estaban formando en mi cocina. En mi territorio. En mi zona de paz. En mi santuario.
Me apoyé un poco en el marco de la puerta en una posición en la que no podían verme y observé a todos los que estaban allí dentro.
Dos adultos. O al menos eso deberían ser. Y siete niños.
Los fui mirando uno a uno. Primero a mi hijo mayor, Henry. Él ya tenía diez años y llevaba el nombre de mi padre. Elección que estuvo tomada antes incluso de que naciera. Sonreí más al mirarle cómo interactuaba con su padre.
Eran dos gotas de agua. Mismo pelo, mismos ojos, mismos gestos y mismo carácter. Era sin duda un mini Wyatt.
A su lado y dando órdenes, como siempre, estaba su hermana. Mi segunda hija de ocho años, Hazel. Ella había salido completamente a mi imagen y semejanza, al menos en el físico. Porque ese carácter autoritario, mío no era.
Wyatt solía llamarla mi generala y ella, lejos de enfadarse, le encantaba y más se crecía.
En una esquina de la isla subidos de rodillas en dos sillas estaban mis hijos de seis años Isla y Jack. Nuestros gemelos y los terremotos de la familia. Si había un problema ellos estaban detrás siempre. Si una trastada se iba de madre, ellos también.
Eran los revolucionarios que traían a Hazel de cabeza porque se quejaba a todas horas de que eran los únicos que no la hacían caso.
Físicamente Jack se parecía a Travis e Isla era una mezcla entre su padre y yo.
Sentado encima de la isla bajo la atenta mirada de su padre estaba nuestro pequeño de tres años Oliver. Otro que era un calco de mi marido, pero solo en el físico. Porque en carácter era igualito a mí.
Oliver era nuestro pequeño, pero solo por un par de meses más. El tiempo justo en el que naciera nuestra hija Emma que estaba en mi vientre durmiendo tan ricamente en esos momentos.
Seis hijos. Seis tesoros. Y seis amores que tenía aparte de mi marido.
La carcajada escandalosa de mi sobrina mayor me hizo girar la cabeza inmediatamente hacía ella.
Lucy. Esa fue la elección de su nombre al nacer hacía ya siete años.
Qué bonita era y qué alegre. Siempre sonriendo, siempre diciendo alguna tontería para hacer reír a los demás. Pero vamos, con los padres que tenía a nadie le sorprendía que fuera así. Era una mezcla perfecta de los dos.
A su lado estaba partiéndose de la risa su hermano, él único que tenía y que así sería para siempre ya que su madre no podía concebir más hijos desde su nacimiento ya que hubo complicaciones y se quedó sin la posibilidad de volver a concebir.
Mi sobrino pequeño se llamaba Cash, tenía cinco años y era una fotocopia en miniatura de Travis. En todo se parecía, en todo.
Repasados los niños, mi mirada se fue a Travis, que no dejaba de reírse más incluso que los niños.
Travis… Mi amigo, mi vaquero, mi salvador. El que siempre estuvo, el que seguía estando y al que tendría que agradecer toda la vida el que hubiera cruzado medio mundo para ir a buscarme. Y el que mediante un engaño necesario como él solía decir, me trajo al rancho.
A mi hogar, a mi lugar y al sitio en el que encontré el amor y en el que cada día que pasaba era más feliz.
Sonreí al pensar en lo que tantas veces me dijo de “Yo no voy a volver a enamorarme” “Yo no voy a volver a casarme”
Pues mira tú por dónde. Estaba casado desde hacía ocho años. Se casó justo un año después de que lo hiciéramos Wyatt y yo por segunda vez.
Pero no podríais ni imaginaros con quién.
Ahí va… Con Camille.
Sí, con mi querida amiga del alma. Con mi hermana de corazón.
De ella se enamoró como un loco igual que ella de él y acabaron casándose en Francia de la misma manera que yo lo hice con Wyatt. Solo que ellos fueron muy conscientes los dos de lo que hacían.
¿Cómo llegó a pasar esto? Pues cuando yo me casé con Wyatt y sin que lo supiera, Travis y sus planes, cómo no, ideó que ella fuera mi dama de honor.
Travis se encargó de todo. De los billetes de avión, de ir a buscarla al aeropuerto el día que llegó y de guardar el secreto hasta el final.
Pero previo a ese día mientras preparaban el viaje se pasaron las horas muertas hablando.
Él del rancho, ella del restaurante. Travis de su pasado con Savannah y Camille de lo jodida que había estado por la ruptura meses antes con el camarero con el que empezó a salir.
Una conversación llevó a otra y así, poquito a poco, se fueron enamorando y el mes que Camille pasó en el rancho de vacaciones y para asistir a mi boda fue el punto que les faltaba para dar el paso.
Ella se tuvo que volver a Francia y Travis quedarse. Siguieron la relación a distancia unos meses, pero era duro estar separados por ocho mil kilómetros.
Así que el rey de los planes se lio la manta a la cabeza y sin pensarlo ni dudar se largó a por ella. Hicieron en Francia lo mismo que yo, para que ella pudiera vivir en el rancho. Se casaron.
Un par de meses después de estar ya en casa celebraron como nosotros una segunda boda, esta vez de corazón como la llamaba mi marido. Y ahí seguían mis amigos, muy enamorados y felices y yo más por verlos así y por tenerlos a mi lado.
Al último que miré fue a mi marido. No lo había dejado para el final porque fuera el menos importante sino porque sabía que en el momento que lo mirara todo lo demás desaparecería durante unos minutos porque no sería capaz de apartar mi mirada de él.
Wyatt seguía igual de guapo o incluso más, igual de imponente e igual de maravilloso que siempre. Era el mejor marido y también el mejor padre.
Como me propuso en el aeropuerto, nos casamos un par de meses después de esa pedida en el rancho rodeados de los nuestros en una boda íntima, pero preciosa.
Nosotros seguíamos queriéndonos como el primer día, aunque tardáramos en decírnoslo. Ese amor siempre estuvo ahí y fue, era y siempre será el que nos ayuda a superar los baches que se nos presentan.
Juntos contra todo, como solía decirme Wyatt.
Unos pasos a mi espalda me hicieron girarme y sonreír. Camile y Helen acababan de llegar del huerto.
Desde que Camille lo vio por primera vez se enamoró de él y desde que vivía en el rancho ayudaba a Helen tanto ahí como en el enorme invernadero que teníamos.
—¿Qué haces ahí en la puerta? ¿Por qué no entras?
Me aparté un poco.
—Compruébalo por ti misma.
—No sé si es buena idea mirar. Y si no lo es menos lo será entrar.
Camille se asomó por la misma rendija por la que lo había hecho yo e hizo un barrido visual a la cocina.
Se retiró de golpe para atrás y me miró con los ojos como platos.
—¿Qué cojones están haciendo?
—Una tarta, creo —le contesté riéndome.
—¿Una tarta? Pues parece que Wyatt se los ha llevado al frente.
Y tenía toda la razón del mundo. Era para grabarles a los nueve. Estaban manchados de harina y chocolate de la cabeza a los pies. Unos con el pelo blanco, otros con berretes de chocolate que se extendía hasta sus camisetas y otros batiendo crema que había más fuera que dentro del recipiente.
—No será para tanto —dijo Helen acercándose para mirar.
Tres segundos fueron los que tardó en separarse marcha atrás y alejarse de la puerta.
—Yo ahí no entro ni bajo tortura.
—Cobardica.
—Cobardica y todo lo que tú quieras, pero no entro. La última vez que estuvieron todos de inventos en la cocina necesité una semana para quitarme los pegotes de masa del pelo.
Camille y yo nos echamos a reír.
Al oírnos reír, Henry, que era el que más cerca estaba de la puerta, la abrió dejándonos al descubierto.
La dos nos miramos y después de encogernos de hombros entramos ya sabiendo que aquello acabaría en desastre.
— Macaron , mira todos los pequeños pasteleros que tenemos.
¿Pequeños pasteleros? Una leche para él. Eran pequeños demonios, y él el demonio mayor que los dirigía.
—¿Quién va a limpiar luego todo esto?
—Papá.
—El tío Travis.
Me eché a reír ante la contestación de todos al igual que lo hacía Wyatt al ver la cara de indignación de su hermano.
—Será posible —dijo ante de resoplar.
—Resopla todo lo que quieras, pero quiero ver esto limpio antes de irme a la cama esta noche.
Mientras hablaba me había ido acercando como el imán que era hacía Wyatt cada vez que lo tenía cerca.
—¿Y tú no vas a ayudarlo?
—No —me contestó Wyatt riéndose—. Ha sido uno de sus planes, así que, que apechugue.
—Si a ti te encantan sus planes.
—Solo cuando tienen que ver contigo.
Nos echamos a reír antes de besarnos.
—Gracias a su plan y su mentira eres mía —susurró en mi boca.
—Y tú mío.