La mentira que cambió mi vida Capítulo 29
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Capítulo 29

El resto del día intentamos dejar que la conversación y el encontronazo con Savannah no nos afectara, pero solo lo conseguimos a medias.

Comimos en silencio. Cada uno perdido en sus propios pensamientos.

Después de comer Wyatt tenía la pierna bastante cansada por el paseo de la mañana.

Así que se tumbó en el sofá y a los diez minutos se quedó dormido.

En ese tiempo en el que descansaba me metí en la cocina a preparar algunos dulces.

Si Savannah volvía al día siguiente como había dicho y trataba a Travis con esa actitud, desde luego que mi amigo iba a necesitar bastante dosis de azúcar.

Saqué todos los ingredientes. Ya tenía en la cabeza que hacer desde que habíamos comido, eso fue en lo que pensé entre otras muchas cosas.

Lo primero que preparé fue una tarta Ópera. Estaba segura de que a Travis, bueno, y a los demás, les gustaría mucho por su finura y su sabor. Estaba hecha con capas de bizcocho, almendras, café y chocolate.

La segunda cosa que hice fue una bandeja enorme con más de cincuenta macarons , de varios colores y con tres tipos de relleno distintos. Unos de mermelada. Otros de crema de mantequilla. Y los últimos de ganache de chocolate.

Y lo último que hice antes de que Wyatt se despertara fue una docena de Palmier o cómo se las conocían en otros sitios palmeras de hojaldre caramelizadas.

Estaba colocando la última palmera en forma de corazón en la bandeja cuando un carraspeo me hizo levantar la vista.

Wyatt estaba apoyado en el marco de la puerta de brazos cruzados mirándome muy sonriente.

Se acercó con pasos lentos hasta la isla. Sus ojos brillaron al ver todo lo que había encima de la mesa.

Se pasó la lengua por su labio inferior como si ya estuviera degustando el sabor de cualquiera de los dulces que había allí.

Verle hacer ese gesto con la lengua hizo que mi cuerpo reaccionara. Me removí en el mismo sitio y Wyatt al verme sonrió de una manera lobuna.

—¿Estás bien?

—Sí…

Se acercó a mí y me encajó de la misma manera contra la isla que lo hizo días atrás.

Me di la vuelta para mirarle a los ojos y en ese momento nuestras miradas se engancharon como siempre nos pasaba cuando estábamos tan cerca. Fue él el primero en pestañear y romper el contacto.

Se inclinó hacía mí y pensé que me iba a besar, pero me equivoqué por completo.

Alargó la mano y cogió uno de los macarones que estaba en la bandeja y con rapidez se lo metió en la boca.

Cerró los ojos mientras se lo comía de una manera que hizo que el calor de mi cuerpo aumentara de forma inmediata.

—Un macaron delicioso.

Se relamió los labios sin dejar de mirarme.

Sin verlo venir apartó un poco las bandejas a un lado y sin apenas esfuerzo me agarró por las caderas y con una agilidad pasmosa me sentó en la isla de la cocina.

—¿Qué…? ¿Qué haces?

—Me he comido un macaron y estaba buenísimo, ahora me voy a comer el más grande de todos, necesito saber si está tan delicioso como me lo imagino.

—Wyatt…

Solo pude pronunciar su nombre porque solo con pensar en lo que estaba a punto de hacerme hasta sin palabras me quedé.

—Shhh… relájate, tú solo disfruta.

Relájate, decía. Para relajarme estaba yo, vamos.

Sí tenía una acelerada en el cuerpo que ni una moto de las de grandes cilindradas.

Me puso una mano en el pecho y me empujó suavemente para que me reclinara hacía atrás.

Me agarró por las caderas y tiró de mi para que mi sexo quedara justo al ras de la isla, sin perder al tiempo y teniéndome ya es esa posición tiró hacía abajo de mis braguitas y las dejó caer al suelo.

Me levantó el vestido y me lo enroscó en la cintura. En ningún momento mientras me hacía todo eso puede apartar la vista de él.

Con cada mano en una de mis rodillas hizo que abriera las piernas y me quedara totalmente expuesta.

Acercó una mano y pasó dos dedos por mi apertura que ya estaba totalmente húmeda. Para después llevárselos a la boca y lamerlos.

Os juro que solo con verle hacer eso estuve a punto de dejarme ir.

—Deliciosa —dijo mientras se relamía los labios en los que con los dedos se había dejado parte de mis fluidos.

Ni tiempo a respirar me dio siquiera. Se agachó y hundió la cabeza entre mis piernas.

Con la primera pasada de su lengua en mi clítoris y la succión de sus labios después me arrancó un jadeo que menos mal que estábamos solos en la casa sino me hubiera muerto de la vergüenza.

No me dejo descansar ni un solo segundo. Me lamió. Me saboreó. Me penetró con su lengua. Y recorrió todos mis pliegues sin descanso hasta que me acabé corriendo en su boca mientras gritaba su nombre.

Cuando se levantó y me miró aún seguía tan excitada que tiré de su camisa para besarle. Probarme en sus labios fue súper excitante.

Bajé mis manos y sin dificultad porque llevaba unos pantalones de deporte se los bajé. No llevaba ropa interior así que un impedimento menos.

Con la mano temblorosa agarré su miembro. Nunca había hecho una cosa así, pero vamos que tonta no era y al menos la teoría sí que me la sabía.

Empecé a moverlo de arriba abajo con movimientos suaves pero firmes. Mientras lo hacía, Wyatt agarró de los tirantes de mi vestido y me lo bajó hasta la cintura e hizo lo mismo con mi sujetador.

Dejó de besarme y bajó su boca hasta uno de mis pechos. Se metió el pezón en la boca y lo succionó con fuerza. Con la otra mano me masajeó el otro pecho con movimientos firmes pero delicados.

Lo comparé a como hacía yo cuando amasaba para hacer algún dulce.

—Dios… Alma me estas matando —dijo separando un poco su boca y jadear al mismo tiempo.

Seguimos dándonos placer un rato más hasta que llegó un punto que los dos necesitábamos más. Necesitábamos unirnos.

Me agarró con las dos manos por las caderas y acercó las suyas. Me penetró de una sola estocada. Y ya no dolió, solo sentí placer. Uno indescriptible.

Vi cómo se contenía. Y no quería que lo hiciera.

—Más… dame más.

—No… no quiero hacerte daño.

—No me lo haces, más rápido, más fuerte por favor —le rogué.

Me agarró más fuerte y empezó a bombear dentro de mí, con estocadas fuertes y certeras.

Y joder, si lo de por la mañana que fue más pausado había disfrutado, con ese ritmo ya fue la leche.

—Voy a…

—Yo también…

Y lo hicimos. Llegamos juntos al clímax mientras jadeábamos tan alto que el sonido rebotaba por toda la cocina.

—Joder ha sido… —dije sin poder acabar la frase porque ya lo hizo el por mí.

—La hostia.

El resto del día lo pasamos prácticamente sin salir de casa.

El calor fuera era totalmente insoportable, el verano estaba en todo su apogeo. Wyatt estaba acostumbrado a ese tipo de temperaturas al haber pasado allí parte de su vida o cerca en otras ciudades donde el calor era parecido.

Pero yo no me había hecho todavía a ese calor pegajoso y asfixiante, lo acabaría haciendo supongo, pero hasta entonces procuraba salir lo menos posible cuando el sol más apretaba.

Esa tarde antes de cenar mientras veíamos el atardecer en el porche, me contó lo que había querido decir de lo de enseñar el culo de Savannah.

Eso no me lo había contado Helen. Y seguramente era porque no lo sabía.

Pero Wyatt sí que estaba al tanto de ello ¿Por qué? pues la verdad es que ni idea, supuse que era porque, aunque fuera en la distancia le gustaba estar enterado de todo lo que pasaba para proteger a los suyos.

El caso era que Savannah y el veterinario no habían durado mucho, ella solo le había enredado para tener la oportunidad de largarse del rancho que era lo que quería desde el principio ya que esa vida nunca le gustó.

A Travis según me contó le dijo que quería que se fueran a vivir a otro sitio cuando se casaron, pero él se negó en redondo, el rancho era su vida.

En las Vegas al no poder vivir ya a costa del veterinario había tenido que buscar un trabajo y los dos últimos años había terminado trabajando en un local de esos en los que las mujeres bailan desnudas.

Me quedé a cuadros con esa información. Le pregunté a Wyatt si Travis conocía esa información y me contestó que estaba seguro de que no.

Lo que sí que nos preguntamos los dos y varias veces era que con qué intenciones habría venido Savannah. Ninguna buena, de eso era de lo único de lo que estábamos seguros.

Porque si no, habría firmado los papeles del divorcio y hubiera seguido con su vida y por fin y de una vez por todas hubiera dejado a Travis seguir con la suya.

Esa noche fue distinta a las demás.

Wyatt no me permitió irme a mi habitación. Dijo “tú conmigo a mi cama que es donde tienes que estar, que para eso eres mi mujer”. Lo dijo en broma, pero lo dijo.

Y la noche fue…

Impresionante, increíble, alucinante y así podría estar horas. Porque una vez que pasamos de la puerta ya no hubo contención por parte de ninguno de los dos. Fue una noche de sexo sin freno, sin prisas, fue un no parar.