La mentira que cambió mi vida Capítulo 28
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Capítulo 28

La vuelta a la casa estuvo bastante entretenida.

No hizo falta que nos paramos para que Wyatt descansara y no porque no le hiciera falta sino porque lo hicieron varios trabajadores del rancho que se pararon a saludarle y preguntarle como estaba.

—Te aprecian.

—Yo a ellos también, a la mayoría los conozco desde que era un niño.

—Sí, Travis me lo dijo y a muchos de ellos ya los conocía de cuando he ido al huerto o a las cuadras.

—¿Conoces a Liam y a Violet?

—A Violet aún no, pero a Liam sí que lo he visto unas cuantas veces, tu madre me lo presentó.

—Es un buen hombre que ayuda mucho a Travis.

—Sí, además es muy simpático, me he reído mucho con él cuando hemos coincidido en el gallinero.

—Ya me han contado que las gallinas te adoran —dijo conteniéndose la risa.

—Bichos del demonio, me tiene frita, apenas me dejan moverme cuando entro, vienen todas a por mí como locas.

Al ver lo indignada que estaba soltó una carcajada.

—Eso es porque huelen el dulce en ti.

—¿Tú también?

—Yo también, ¿qué?

—Tu hermano dice lo mismo. No se dé dónde os sacáis eso de que huelo a dulce porque no es así.

Se acercó un poco más de lo que ya estaba ya que me llevaba agarrada de la cintura y metió la cabeza en mi cuello.

Aspiró y ronroneó a la vez. Y yo me estremecí sin poder evitarlo.

—Hueles dulce… muy dulce.

—Wyatt…

—¿Y sabes qué?

—¿Qué? —pregunté intrigada.

—Que estoy deseando probarte, quiero saber si sabes también como hueles.

La leche, qué calor me entró de repente al oírle decir eso.

Cerré los ojos un segundo. Y se me vino la imagen de él entre mis piernas.

Joder Alma, para haber sido virgen hasta hace solo unas horas, estás desatada, pensé riñéndome a mí misma.

—¿Te lo has imaginado?

Mierda…

—¡¿Qué?! ¡No, claro que no!

Otra carcajada.

—Mentirosa…

Iba a decirle que no estaba mintiendo, aunque los dos sabíamos de sobra que no, pero me quede con las palabras en la punta de la lengua.

Wyatt no había visto lo mismo que yo porque estaba agarrándome, con la cabeza pegada aún a mi cuello y de espaldas a la casa.

Al ver que me había quedado parada y con la boca abierta me miró interrogante.

—Hay una mujer en la puerta de la casa.

Y qué mujer… Madre del amor hermoso, pensé. En la vida había visto una mujer vestida de esa manera y tan guapa.

Bueno, decir que era guapa era quedarse corta, la verdad es que era preciosa. De esas mujeres que llaman la atención sin pretenderlo y que tan solo con su sola presencia eclipsan a todo lo que las rodea.

Tenía el pelo moreno, brillante y rizado que le llegaba casi hasta el borde del trasero. Y su cuerpo… Dios del cielo, era un cuerpo perfecto.

Sí, esa era la palabra.

Justo en ese momento en el que la estábamos mirando porque Wyatt al decirle que había una mujer se giró, ella se dio la vuelta y pude verle la cara.

El color de ojos desde la distancia que estábamos aun no podía distinguírselos bien, pero estaba por apostar que eran claros, o verdes o azules.

Pero la cara sí que se la veía perfectamente. Era la cara de un ángel.

—¿Quién es? —le pregunté susurrando a Wyatt.

—Problemas.

Fruncí el ceño.

—¿Problemas?

—Y de los gordos.

En lo que le preguntaba a Wyatt habíamos caminado hasta la casa y ya estábamos solo a dos pasos de la mujer.

—Vaya, vaya… El capitán Wyatt Hunter en persona.

Le miró de arriba abajo de una manera que no me gustó ni un pelo. Era una descarada.

—Los años en el ejército cada vez te sientan mejor. Estás aquí de visita, supongo. Porque no creo que seas tan tonto como para volver a este sitio a morirte del asco ¿no?

¿Pero qué decía esta mujer? ¿Morirse del asco aquí? Pero si era el paraíso.

Mientras me preguntaba eso y más cosas, noté cómo Wyatt apretaba los puños y los dientes con fuerza.

Estaba claro que no le había gustado lo que estaba diciendo.

—¿Qué cojones haces aquí Savannah?

Me quedé helada al oírle decir su nombre. Sí que había pensado alguna vez cómo sería la mujer con la que Travis estaba casado. Pero desde luego que no me esperaba que fuera una mujer como la que tenía delante.

Explosiva. Descarada. Y un poco dañina. O mucho. Y no por lo que había dicho o lo que sabía que había hecho, sino porque me lo decían sus ojos.

Los tenía llenos de malicia. Se quedó mirando a Wyatt y chasqueó la lengua.

—He venido a ver a mi marido.

Wyatt soltó una risa amarga.

—¿Tu marido?

—Sí.

—Travis ya no es tu marido desde hace mucho tiempo, tú te encargaste de romper ese matrimonio. ¿O es que no te acuerdas?

—Legalmente seguimos siéndolo —contestó con chulería.

Yo seguía muda de la impresión y lo único que hacía era mirar a uno y al otro mientras hablaban.

—Pues espero que eso cambie pronto y que tu presencia aquí sea porque le traes los papeles firmados.

El cuerpo de Savannah se puso rígido y a la defensiva.

—Lo que yo haga aquí no es de tu incumbencia.

Wyatt dio un paso amenazante hacía ella.

—Todo, y escúchame bien, todo lo que tenga que ver con mi hermano es de mi incumbencia.

—Wyatt no te metas —dijo mientras también daba un paso hacía él con los puños apretados y los ojos llenos de ira.

—Me meto en lo que me sale de los huevos.

—En esto no. Esto es entre Travis y yo.

—Ni que se te pase por la imaginación que te voy a permitir que le vuelvas a hacer daño. Así que por tu bien te aconsejo que firmes esos papeles y te largues antes de que me cabrees más.

—¿Me estás amenazando?

—No. De momento solo es una advertencia.

—Pues te puedes meter tus advertencias por donde te quepan.

La madre que la parió. Es que no se callaba. No se achantaba ni un poquito, esta mujer sudaba chulería y soberbia por todos los poros de su piel.

La miré de arriba abajo y sinceramente me dio pena. Porque con lo bonita que era por fuera por dentro era totalmente opuesta. Era fea. O más bien era su alma la que lo era.

Al ver que movía mi cabeza y la recorría con la mirada fue cuando reparó en mi o cuando decidió cambiar de objetivo para seguir soltando veneno.

—¿Y esta quién es? ¿Has contratado una niña a la que ni le han salido los dientes para que te cuide mientras te recuperas?

—Esta tiene nombre ¿sabes?

—Ah ¿sí, niña? ¿Y cuál es?

—Soy Alma, el tuyo ni te molestes en decírmelo, ya lo sé.

—¿Así que te han hablado de mí?

—Sí, y demasiado bien diría yo.

Wyatt soltó una risita.

—Pues yo de ti no había oído hablar.

—Es que no tenías porque, ya no perteneces a esta familia, así que todo lo relacionado con ella, no te incumbe —le dijo Wyatt.

—Me incumbe si vive bajo el mismo techo que mi marido o tiene una relación con él.

Wyatt y yo nos miramos y nos echamos a reír. Esto era alucinar. Cómo podía tener el cuajo de querer saber. De querer pedir explicaciones. O de querer inmiscuirse en la vida de Travis después de lo que le había hecho.

—¿De qué os reís? Yo no le veo la gracia por ningún lado.

Se acercó dos pasos para ponerse justo delante nuestra en modo amenazante, pero más cerca de mí que de Wyatt. Al verla hacer eso Wyatt se tensó al instante.

—Ni te le acerques —dijo señalándola con el dedo.

—Vaya, la defiendes como si fuera algo tuyo.

No me esperaba para nada que Wyatt le contestara como lo hizo y me quedé totalmente alucinada.

—Porque lo es. Es mi mujer.

Savannah abrió los ojos como platos.

—¿Tu mujer?

—Eso he dicho.

—¿Desde cuándo?

Wyatt resopló. Y no solo eso. Porque el estado en el que se estaba poniendo ya le conocía muy bien, era el mismo en el que estaba el día en el que nos conocimos. Totalmente a punto de perder la paciencia.

Al ver que ninguno de los dos la contestamos volvió a la carga con Travis.

—¿Dónde está tú hermano?

—Trabajando.

Puso los ojos en blanco.

—Eso lo supongo, digo ¿en qué parte?

—No está en el rancho.

—¿Cuándo vuelve?

Nada, que no se cansaba.

—Savannah, no te voy a decir una mierda. Firma los papeles, déjaselos a tus padres y vuélvete a Las Vegas a seguir enseñando el culo.

Miré alucinada a Wyatt y con la mirada me dijo “Luego te cuento”. Asentí.

—Volveré mañana —dijo finalmente antes de irse enfadada.

Wyatt me agarró de la cintura y entramos en la casa bastante tensos.