Capítulo 27
Los minutos pasaron y finalmente fue Wyatt el que rompió el silencio.
—Hoy voy a ir a las cuadras, quiero ver a Huracán.
Ya le había oído decir varias veces a lo largo de los días que tenía muchas ganas de ir a ver a su caballo, pero por las circunstancias que tenía no lo había podido hacer y eso lo tenía frustrado.
—¿No será mucho camino? —pregunté preocupada.
—No, la pierna casi ya no me duele. Y si me canso, paro y sigo.
Asentí.
—Bien. Pero espera que termine con mis cosas y te acompaño.
Él también asintió.
En los siguientes segundos algo raro pasó.
Nuestras miradas se encontraron al terminar de hablar y como siempre nos pasaba, sobre todo en los tres últimos tres días ninguno de los dos pudo apartarla del otro.
Era como si nos quedáramos enganchados, unidos por un hilo invisible e irrompible.
No sé si fue él o fui yo. El caso es que un segundo después nuestras bocas estaban unidas de nuevo. Ese beso sí que fue salvaje. No contenido. Fue puro fuego.
Subí una mano hasta su nuca para acariciarle y la otra a su pecho que estaba desnudo pues no se había vestido aun como había hecho yo. Sus manos también se movieron por mi cuerpo.
Una empezó a acariciarme el pecho por encima de la ropa.
En eso habíamos avanzado desde la primera vez que lo hizo y me tensé tanto, ya no lo hacía. Claro que no lo hacía, hacía todo lo contrario derretirme con su contacto.
Su otra mano subió despacio por una de mis piernas. Me acarició el muslo y subió hasta la cadera por debajo de mi vestido, lentamente como si quisiera grabarse todos los centímetros de mi piel en su mente.
Acercó su mano a mi centro y me lo acarició por encima de las braguitas. Me estremecí entera.
—¿Demasiado?
—No, sigue por favor —susurré contra su boca.
Siguió. Me volvió a acariciar un par de veces más por encima de la tela.
Subió la mano y agarró la cinturilla de la braguita para quitármela, pero antes de hacerlo se separó de mi boca para pedirme permiso con la mirada.
Que tuviera esa consideración y me preguntara en todo momento si podía seguir me desarmó por completo. Asentí sonriendo.
Me las quitó con una lentitud que me pareció agónica. El primer contacto de sus dedos en mi vagina fue… No tendría palabras para describirlo, la verdad.
Impresionante. Excitante. Y así podría estar diciendo palabras parecidas hasta cansarme.
Con dos de sus dedos me acarició el clítoris en círculos mientras que con su boca no dejaba de besarme y tragarse mis jadeos.
Metió un dedo en mi interior despacio, con delicadeza.
Primero lo movió en círculos provocándome un placer que en la vida pensé que se pudiera sentir, pero cuando fue un poco más allá y metió dentro de mí un segundo dedo y aceleró el ritmo ni tres minutos me pude contener.
Me dejé ir en su mano gritando su nombre sobre su boca. Apoyó su frente en la mía y me sonrió.
—¿Te ha gustado?
—Muchísimo.
—Bien.
—Quiero más.
Ni siquiera me paré a pensar lo descarada que sonó mi petición, estaba tan ciega por el deseo que estaba sintiendo que todo me dio igual.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Alma, puedo esperar el tiempo que haga falta hasta que estés preparada.
—No quiero esperar más, lo deseo ahora, te deseo ahora.
—Joder…
—Quiero que me hagas tuya.
Sus ojos al oírme decir eso pasaron de un azul claro a uno totalmente oscuro de lo mucho que se dilataron las pupilas por el deseo.
No me contestó con palabras en si estaba de acuerdo, lo hizo con hechos.
Se separó un poco de mí. Agarró el bajo de mi vestido y me lo quito por la cabeza con delicadeza al tener que incorporarme un poco aprovecho el momento y se deshizo también de mi sujetador.
Cuando me tuvo totalmente desnuda y tumbada en la cama se retiró hacía atrás para observarme bien.
—La hostia… eres preciosa. Eres pura tentación.
Sus palabras hicieron que me ruborizara y al verme, el muy capullo se rio bajito.
Se deshizo del pantalón corto que llevaba y se quedó completamente desnudo delante de mí.
Era la primera vez que tenía un hombre desnudo tan cerca. Tragué saliva. Porque joder, que era grande ya lo sabía, incluso más que Travis eso saltaba a la vista, pero es que todo lo de su cuerpo iba en consonancia porque su sexo era o a mí me lo pareció enorme.
Al verme mirarle con los ojos como platos soltó una risita.
—Tranquila, iré despacio.
—Vale —dije en voz demasiado baja.
Se inclinó para pegar su cuerpo al mío.
Volvió a besarme mientras que con una mano agarró su miembro y empezó a rozar mi entrada de arriba abajo con él.
La virgen santa, voy a morir de placer, pensé mientras me hacía eso.
—¿Bien?
—Más que bien —dije jadeante—. Sigue, sigue —añadí ansiosa.
Colocó su pene en mi entrada y me penetró muy lentamente hasta que llegó a la barrera de mi virginidad. Ahí empujó un poco más fuerte hasta que llegó hasta lo más hondo de mí.
¿Dolió? Pues no voy a mentir, porque sería una bobada hacerlo. Sí que dolió, pero fue un dolor muy leve y pasajero.
Wyatt se quedó dentro de mí, esperando a que el dolor pasara y a que mi interior se acostumbrara a él. Pero a mí me estaba pareciendo muy larga esa espera, porque quería más, necesitaba más. Así levanté un poco las caderas para pedirle con mi cuerpo y sin necesidad de palabras que se moviera.
Me encantó cómo me trató todo el tiempo. Lo hizo con mucha paciencia. Haciendo que mi primera vez fuera lo mejor posible y lo consiguió, porque no tenía ni idea cómo serían las siguientes, pero os aseguro que esa no la olvidaría en la vida.
Pasados unos minutos en los que se movió dentro de mi primero de forma lenta, creo que conteniéndose para no dañarme yo misma le pedí que acelerara, que no se contuviera.
Aceleró el ritmo.
—No puedo más voy a… voy a…
Ni las palabras me salían.
—Hazlo… hazlo y llévame contigo.
Ni un minuto después nos corrimos a la vez, chillando nuestros nombres en la boca del otro.
—¿Estás bien? —me preguntó preocupado.
—En la vida he estado mejor —le contesté sonriendo.
Salió de mi interior y me abrazó pegándome a su pecho.
Los minutos siguientes solo hubo silencio, uno muy necesario para que los dos asimiláramos lo que acaba de pasar.
A media mañana después de que yo hiciera todas las tareas, de que dejara a medio preparar la comida y de que en la isla de la cocina dejara reposando el flan que había hecho de postre ese día fui con Wyatt a las cuadras.
—¿Vas bien?
Llegábamos a mitad de camino y ya le había visto fruncir el ceño dos veces.
—Sí, tranquila.
—Wyatt…
—¿Qué?
—Que no me mientas, joder, que sé que te duele, no seas cabezota. Paramos un par de minutos y ya.
Resopló.
—No me duele, pero me molesta. Joder yo pensé que me recuperaría más rápido. Ha pasado más de un mes y mira cómo estoy, parezco un lisiado.
—¿Tu eres idiota o qué te pasa?
Mi voz salió muy dura. En tono enfadado. Y es que no era para menos, con la bobada tan gorda que acaba de soltar por le boca el muy idiota.
Fue a abrir la boca para contestarme, pero levanté la mano y se lo impedí.
—No vuelvas a decir nunca más una cosa así ¿me oyes?
—Alma…
—Ni Alma ni nada. No eres un lisiado, eres un hombre que ha sido herido en combate defendiendo a su país.
Resopló.
—Wyatt, ha pasado muy poco tiempo. El doctor está hasta sorprendido por lo rápido y bien que va todo, así que hazme el favor y ten un poco de paciencia.
—La pierna no me va a quedar bien —dijo lamentándose.
Se me encogió el corazón al oír con el dolor que lo dijo.
Que sí, que tenía que ser muy duro lo que le había pasado y más para él que había estado tanto tiempo enfrentándose a todo tipo de situaciones y en ese momento se sentía débil.
Y seguramente hasta inútil. Pero no dejaría que se machacara con eso y trataría de hacerle entender que todo podía mejorar.
—Puede que sí o puede que no eso no lo sabes.
—Lo sé.
—¿Eres adivino?
—No, pero he visto a muchos compañeros heridos y se cómo pueden ir las cosas.
Me crucé de brazos fingiendo estar enfadada.
—Y supongo que también has visto a muchos muertos. ¿No? Pues da gracias de que tú no eres uno de ellos.
Frunció el ceño ante mis palabras. Pensó unos segundos. Y finalmente negó con la cabeza.
—Tienes razón, en vez de lamentarme debería dar gracias por no haber vuelto en una caja.
Me acerqué a él y le di un pequeño beso en los labios.
—Eso mismo, aunque a mí me habría venido bien, ahora sería una viuda con la pensión de un capitán.
—Joder me la tenías guardada y la has soltado en cuanto has podido. ¿Eh?
Me encogí de hombros y dos segundos después me eché a reír a carcajadas haciéndole reír a él.
Volvimos a retomar el camino después de terminar las risas y en nada de tiempo llegamos a las cuadras.
En cuanto Nube me vio empezó a relinchar al igual que lo hizo Huracán.
Ya se habían acostumbrado a mí o más bien me adoraban nada más que me veían y no solo porque les solía dar terrones de azúcar sino porque iba todos los días a acariciarles y darles mimos.
—Les estas malacostumbrado.
—Se portan bien, hay que premiarles.
Wyatt me acorraló contra la pared del cubículo en el que estaba Huracán y pegó su cuerpo al mío.
—Yo también me he portado bien. ¿A mí me vas a premiar con algo?
Su voz sonó ronca y ahogada contra mi cuello, el que lamió con su lengua antes de dejarme un reguero de besos.
—Sí… claro. También te voy a premiar con dulces.
Siguió subiendo, besando mi mandíbula despacio hasta que llegó a mi boca. Me devoró literalmente.
Segundos, minutos, horas…
No sabría decir el tiempo que duró el beso, solo puedo decir que cuando nos separamos estábamos los dos en un estado de excitación impresionante.
Tardamos cinco minutos en recomponer nuestras ropas y respirar con normalidad.
Cuando por fin estábamos recuperados y después de despedirnos de los caballos, decidimos retomar el camino de vuelta a la casa.
Sin saber que nos esperaba una sorpresita al llegar.