Capítulo 26
Abrí los ojos y la sonrisa me salió sola en la cara incluso antes de ser realmente consciente de que estaba despierta.
Y en cuanto los recuerdos de los últimos tres días llegaron a mi cabeza, la sonrisa se hizo todavía más grande.
Porque me sentía feliz. Muy feliz en realidad. Como si estuviera flotando en una nube de la que no quería bajar nunca.
Desde aquel beso en la cocina, Wyatt y yo prácticamente no nos habíamos separado. Solo por las noches. Y porque Wyatt me había dicho que quería respetar mis tiempos y que quería que me acostumbrara a él.
Pero el resto del tiempo, había sido mágico. Casi irreal, al menos para mí, porque nunca había vivido algo igual, ni siquiera parecido.
Habíamos pasado horas enteras juntos en la cocina. Él sentado en una silla apoyado en la isla mientras yo preparaba dulces. O intentando ayudarme.
Aunque aquello de ayudar era bastante discutible. Desde luego era digno hijo de su madre porque era un completo negado en la cocina.
Solo de recordar su cara dos días atrás intentando montar claras a punto de nieve tuve que taparme la boca para no echarme a reír.
Había batido tan fuerte y tan mal que terminó salpicando media cocina. Y cuando por fin conseguimos parar la batidora, las claras parecían una sopa sin sustancia.
— ¿Por qué no suben? —preguntó totalmente indignado.
Yo ahí ya estaba llorando de la risa.
— Porque las estás torturando, Wyatt.
— Pues en las películas parece fácil.
— Claro, y disparar también y yo no sería capaz de hacerlo.
Aquello le hizo reír tanto que acabó salpicándome de harina la cara y eso hizo que se desatara una guerra, al final acabamos como si fuéramos dos muñecos de nieve completamente blancos de la cabeza a los pies.
Sonriendo todavía por el recuerdo, me incorporé despacio en la cama.
También habíamos pasado horas tumbados en el sofá viendo películas antiguas, que sorprendentemente eran las que más nos gustaban a los dos.
O sentados en el porche compartiendo una limonada mientras mirábamos como el atardecer dejaba un color mágico en los campos.
Pero lo que más habíamos hecho era hablar.
Hablamos mucho, muchísimo. Yo le había contado cosas de mi padre. De Camile. De mi sueño frustrado de estudiar. De la pastelería. De Francia. De todo. Incluso de Travis.
Y todavía sonreía recordando cómo Wyatt había fruncido mucho el ceño cuando le confesé que al principio me sentí atraída por su hermano.
— ¿Te gustó Travis? —preguntó mirándome mal.
— Solo unos días.
—¿Unos días?
— Wyatt, no pongas esa cara. Como he dicho fueron solo unos días.
—¿Qué cara estoy poniendo?
— Cara de asesino. Uno muy peligroso.
Al decirle eso resopló, pero un segundo después me susurró en los labios que me perdonaba mi falta de cordura porque me hubiera gustado su hermano y se lanzó a mis labios para demostrarme que el que tenía que gustarme para siempre era él.
Él también me habló de su vida. Pero mucho menos que yo.
Se le veía que era un hombre más reservado en ese sentido, y había ciertos temas de los que le costaba hablar.
Me habló de los países y ciudades en las que había estado durante los once años que llevaba en el ejército. Se abrió un poco más cuando me contó lo duros que fueron los inicios cuando llegó a la base con tan solo dieciocho años, y es que era un crío.
Un crío que fue allí obligado por las circunstancias.
Cuando fue a hablarme del motivo por el que se había marchado del rancho, le dije que Travis ya me había puesto más o menos en antecedentes.
Ahí respiró tranquilo y me dijo que, si ya lo sabía mejor, porque así se ahorra hablarme de esa época de su vida de la que no le gustaba ni hablar ni recordar lo que pasó.
Noté como, aunque no lo dijo todavía le guardaba algo de rencor a su padre por lo que pasó y por los años en los que apenas le dejaba respirar llamándole la atención a todas horas porque no seguía sus órdenes al pie de la letra.
De todo lo que me contó o le pregunté hubo algo en lo que fue muy parco en palabras y con lo que me di cuenta de que no estaba dispuesto a decir nada.
Eso fue cuando le pregunté si había tenido pareja. Dijo simplemente.
— Sí, la hubo, pero ya no.
Esa fue su corta contestación y rápidamente él mismo cambió de tema así que tragué mi curiosidad y lo dejé pasar.
Tenía la esperanza de que cuando pasara el tiempo y tuviéramos más confianza me lo contara por sí mismo. Pero hasta entonces respetaría sus tiempos y su intimidad como él estaba respetando mis tiempos con otras cosas.
También me confesó que esos años que había estado fuera le hubiera gustado haber venido a casa, que sobre todo los siete años que no piso el rancho lo echó muchísimo de menos.
Me levanté de la cama llena de energía y dispuesta a pasar otro día estupendo con él a solas. Y digo a solas, porque ya sabía que sería el último que estaríamos los dos solos en la casa.
La noche anterior Travis y Helen nos llamaron para avisar de que volverían al día siguiente más o menos a la hora de comer.
Travis me pidió o me rogó que el día de su vuelta le tuviera preparado algo que tuviera altas dosis de azúcar, que el viaje había sido agotador y necesitaba reponer fuerzas. Todo pamplinas por su parte.
Lo que le pasaba es que había tenido que mal comer donde había pillado y él ya se había acostumbrado a tener el plato lleno hasta los topes y a mis raciones diarias de dulces y lo echaba de menos.
Salí de la ducha con la toalla envuelta en el cuerpo y fui directamente al armario.
Repasé las prendas que tenía y decidí ponerme un vestido fresquito de tirantes que todavía no había estrenado.
Era una de las muchas prendas, más de las que necesitaba, pero que Helen insistió en regalarme uno de los días que bajé con ella de compras hasta el centro de Bozeman.
Me miré en el espejo y me gustó mucho el resultado, el vestido me quedaba estupendo y no solo el vestido sino la trenza que me había hecho me quedaba muy bien también.
Me perfumé un poco y por último me puse unas sandalias planas para completar el look.
Miré de reojo la ventana y vi como el sol ya empezaba a asomar. Un nuevo amanecer se abría paso en el rancho. Eso me hizo sonreír. Porque también se abría paso un nuevo día para mí. Uno que no sabía todavía que sería inolvidable.
Salí de la habitación intentando hacer el menor ruido, sabía que Wyatt seguiría dormido, porque los días anteriores se había levantado cuando yo ya tenía el desayuno hecho.
Caminé por el pasillo con sigilo, pero al llegar a la altura de la puerta de la habitación de Wyatt esta se abrió de un tirón.
Sin darme tiempo a reaccionar me agarró de la mano y me metió dentro pegándome a su cuerpo.
—¿Qué haces despierto tan temprano?
—Llevo un rato esperando que salieras, he oído el ruido del agua de la ducha y sabía que lo harías en cualquier momento.
—Ah, ¿sí?
—Sí.
—¿Y para qué querías que saliera?
—Para darte los buenos días.
Le miré con la ceja alzada sin entenderlo bien. No me lo explicó con palabras. Me pegó totalmente a su cuerpo y me besó.
No fue un beso como todos los anteriores que nos habíamos dado los días anteriores, no, ese no tuvo nada que ver.
Los otros fueron lentos, pausados, fueron como si nos saboreáramos. Pero este fue mucho más intenso. Más pasional. Más duro. Como más hambriento.
Cuando nos separamos los dos teníamos la respiración agitada, mucho. Y aparte de eso, yo tenía un calor por todo el cuerpo sobre todo en la zona baja que me abrasaba.
—Tengo que bajar a preparar el desayuno —dije todavía con los labios pegados a los suyos.
—El desayuno puede esperar, quédate un rato aquí conmigo.
Me lo pidió de una manera, que me fue imposible negarme. Me llevó de la mano hasta su cama y allí nos tumbamos los dos juntos uno al lado del otro.
La situación al estar en su cama, en su espació, podía imponer mucho, pero sorprendentemente eso no pasó.
Me sentí muy a gusto allí con él. Era como si estuviera en el lugar en el que debería estar. En el que quería estar. Nos quedamos unos segundos en silencio, simplemente disfrutando del momento, de nuestra compañía y del calor del cuerpo del otro.