Capítulo 25
Media hora después de terminar el desayuno Travis y Helen estaban en la puerta de la casa con una pequeña bolsa con equipaje para varios días.
Wyatt ya se había despedido de ellos en el piso de arriba antes de irse a su habitación, a leer, mirar a la pared o vete tú a saber el qué era lo que estaba haciendo, no sería yo la que subiera a comprobarlo.
Era verdad que ya estaba mucho mejor. El cabestrillo que traía el primer día había desaparecido, aunque debajo de su camiseta se le veía la venda que todavía llevaba a la altura del codo.
Y aunque andaba, lo hacía con dificultad y con una ligera cojera.
Por eso pasaba bastantes horas en su habitación descansando y otras muchas en el salón sentado en el sofá viendo la televisión.
Aunque por los gestos de su cara, los resoplidos constantes y sus quejas se veía claro que estaba harto de estar tan ocioso.
Y lo entendía porque si fuera yo la que tuviera que estar así sin hacer nada la mayor parte del día me moriría de puro aburrimiento.
Antes de salir, Helen se acercó a mí.
—¿Necesitas que te traigamos algo de la ciudad?
—Sí, espera. Casi se me olvida.
Saqué rápidamente un papel del bolsillo trasero de mi pantalón, en el que había apuntado una lista de cosas.
—Son ingredientes para algunas recetas que quiero probar.
Travis miró el papel como si fuera una misión de vida o muerte.
—Aunque tenga que recorrer medio estado te los consigo. Seguro que con ellos vas a crear arte y yo seré el primero en disfrutar de él.
Me eché a reír.
—Eres imposible.
—Y tú haces magia con harina y azúcar, así que estamos en paz.
Después de despedirse dándome un beso y un abrazo cada uno, se marcharon. Y ahí fue cuando la casa se quedó en completo silencio.
Uno incómodo. Peligroso.
Suspiré y entré en la casa para seguir con las tareas del día. Intenté mantenerme ocupada y fuera del radar de Wyatt toda la mañana.
Limpié. Preparé masa. Ordené la despensa. Di de comer a las gallinas. Regué el huerto de Helen y recogí algunas verduras. Cociné un estofado para la comida. Y por último me puse a decorar una tarta que había estado horneando entre tarea y tarea.
Estaba tan concentrada colocando unas fresas sobre la crema que ni siquiera escuché pasos acercándose. Hasta que sentí algo detrás de mí.
Muy cerca. Demasiado cerca.
El cuerpo entero se me tensó. Antes incluso de girarme, unas manos que nada más verlas ya supe de quién eran porque las había observado en algunas ocasiones más de lo que estaría dispuesta a reconocer, aparecieron a ambos lados de mi cintura apoyándose sobre la encimera. Encerrándome.
Mi respiración se cortó de golpe. Cerré los ojos solo un segundo para reunir el valor necesario para girarme y enfrentarle. Y cuando lo hice me encontré cara a cara con Wyatt.
Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. Tan cerca que podía oler su perfume mezclado con ese aroma masculino tan suyo, tan a hombre.
—¿Qué haces? —susurré.
Sus ojazos azules recorrieron mi cara despacio hasta que se detuvieron en mis ojos.
—Hoy ya no tienes escapatoria.
Tragué saliva.
—No tenemos nada de qué hablar.
—Tú no tendrás nada que decir, pero yo sí.
Había algo distinto en él. Ese que tenía delante no tenía nada que ver con el hombre frío y borde de semanas atrás, era otro. Parecía nervioso. Incluso vulnerable.
Me quedé mirándole. O más bien enganchada a sus ojos, esos ojos que me tenían fascinada incluso antes de verlos de verdad, justamente desde que los vi en esa fotografía que estaba en el pasillo de las habitaciones.
Esperé a que hablara. Porque yo, aunque hubiera querido habría sido incapaz de pronunciar palabra por lo nerviosa que estaba.
—Alma…lo siento.
Parpadeé sorprendida.
—Todo lo que te dije estuvo mal. Muy mal.
No dije nada. Él bajó la mirada un segundo como si estuviera avergonzado antes de volver a mirarme a los ojos otra vez.
—Se que no es excusa, pero estaba enfadado y frustrado. Acababa de perder mi carrera, mi vida entera cambió en un segundo y llegué aquí encontrándome de golpe con el plan de Travis.
Su voz sonó rota al final.
—Y lo pagué contigo.
Mi pecho se encogió un poco.
—Sé que tú no tienes la culpa de nada. Todo esto fue idea de Travis.
Asentí lentamente. Wyatt al verme asentir soltó el aire lentamente.
—No quiero que estemos así.
Su voz bajó todavía más.
—Quiero hablar contigo. Quiero llevarme bien contigo. Quiero que me sonrías igual que sonríes cuando miras o hablas con mi hermano.
Dios… Aquello sí que no me lo esperaba.
—Y no quiero que sigas evitándome.
Esa frase sonó más a un ruego que a una petición y eso hizo que algo dentro de mí se aflojara poco a poco. Como si el muro que había construido a mi alrededor para protegerme no de él, sino de lo que me hacía sentir, se resquebrajara.
Suspiré despacio.
—Vale.
Sus ojos se abrieron ligeramente por la sorpresa al ver que había cedido.
—¿Vale? —preguntó para asegurarse.
Asentí.
—Vale.
El silencio entre ambos se impuso. Nos quedamos mirándonos. Quietos. Sin pestañear siquiera. Pero el aire entre nosotros cambió por completo.
Wyatt bajó lentamente la mirada hasta mi boca. Y yo hice exactamente lo mismo.
Mi corazón empezó a latir tan fuerte que os juro que hasta podía escucharlo. Bum… bum… bum.
Wyatt dio un paso y se acercó un poco más. Todavía más. Nuestras piernas se rozaron y nuestros pechos estaban casi a punto. Estábamos tan cerca que pude notar su respiración peligrosamente cerca de mi boca.
—Dime que no lo haga —susurró con voz ronca.
Sí, para hablar estaba yo, no te jode. Apenas podía respirar como para hacer el esfuerzo de que alguna palabra saliera de mi boca.
—Porque llevo queriendo hacer esto desde el día que te conocí —añadió.
Abrí la boca para responder algo, lo que fuera. Pero no fui capaz. Y eso que tenía varias cosas en mi cabeza que sí que quería decirle.
Las que más se imponían eran: Hazlo… hazlo… bésame.
Pero nada, estaba tan bloqueada por su cercanía que no pude hacerlo.
Wyatt pasó una mano lentamente por mi cintura y cuando me pegó del todo a su cuerpo sentí que iba a derretirme ahí mismo.
—Después puedes matarme, chillarme o pegarme sí quieres —murmuró—. Pero ni puedo ni quiero resistirme más.
Dios… Solo fui capaz de asentir muy despacio para decirle que sí, que lo hiciera que yo tampoco podía resistirme más a él.
Y lo hizo. Por fin lo hizo. Me besó. Y el mundo desapareció.
Porque no fue un beso brusco, ni salvaje, ni dominante como yo había imaginado mil veces en mi cabeza que sería. Fue lento. Suave. Como si estuviera saboreándome.
Como sí llevara muchos días imaginando ese momento y quisiera disfrutar cada segundo.
Sus labios se movieron despacio sobre los míos. Reconociéndome. Probándome. Y cuando su lengua entró en contacto con la mía pensé que me moriría allí mismo porque fue la mejor sensación del mundo.
Mis manos por instinto terminaron agarrándole la camiseta para que no se separara, para que no acabara ese momento, como sí quisiera tenerlo pegado a mí el resto de mi vida.
El beso se hizo un poco más profundo. Más intenso. Pero seguía siendo increíblemente delicado y delicioso.
Era como si Wyatt no quisiera dañarme si iba un poco más allá y volvía el beso más salvaje. Era como si a través del beso quisiera cuidarme. Y eso fue lo que terminó de romperme por dentro, lo que hizo que la última piedra del muro cayera y me quedara totalmente a su merced.
Porque nadie me había hecho nunca sentir así.
Sus manos recorrieron lentamente mis costados por dentro de mi camiseta. Subiendo y bajando despacio. Hasta que una de ellas llegó hasta mi pecho y me lo acarició por encima del sujetador.
Eso hizo que mi cuerpo se tensara automáticamente. Lo notó. Claro que lo notó.
Se separó de mi boca apenas unos centímetros y frunció el ceño.
—¿Qué pasa? ¿No te ha gustado? ¿No quieres que te toque?
Bajé la mirada completamente avergonzada.
—No… no es eso —susurré.
Llevó una de sus manos a mi cara y con dos dedos me levantó la cara por la barbilla para que volviera a mirarle a los ojos.
La cara la levanté, pero la mirada la desvié hacía un lado, porque era incapaz de mirarle. Estaba totalmente abochornada. Y no por lo que me había hecho.
Sino porque seguramente él estaba acostumbrado a otra clase de mujeres. Con más experiencia. Más seguras. Y yo era todo lo contrario.
—¿Alma?
No fui capaz de contestar.
—Eh… venga, dime qué pasa.
Cerré los ojos unos segundos. Pensé. Dudé.
Pero finalmente decidí ser sincera aun a riesgo de que no quisiera ni siquiera volver a besarme al saber la verdad, que estaba segura de que era lo que iba a pasar.
Pero antes volví a bajar la cabeza para no ver su reacción al decírselo.
—Yo… yo nunca… he hecho esto.
Joder, qué difícil había sido decirlo. Pues no parecía hasta gilipollas balbuceando como una cría.
Intenté moverme para salir de sus brazos, pero en vez de separarse hizo todo lo contrario, puso más rígido su cuerpo para no dejarme escapar.
Levanté la mirada confundida. Y me quedé a cuadros. Me estaba sonriendo, joder. Pero no era una sonrisa de burla, no, era una sonrisa de cariño.
—Ya lo sabía, o me lo imaginaba más bien.
La hostia… Si antes al ver su sonrisa me había quedado a cuadros, con sus palabras directamente me congelé.
—¿Qué…?
—Alma, llevó desde que llegué observándote. He visto cómo me miras, cómo reaccionaba tú cuerpo al hacerlo y cómo te sentías confundida por ello.
Hizo una pausa antes de seguir.
—Eso y que mi hermano me contó tu vida me hizo darme cuenta de que no has estado con nadie.
Dios de mi vida y de mi corazón, qué puta vergüenza estaba pasando, más de la que había pasado en toda mi vida.
Resoplé a la vez que negué con la cabeza.
—Pues ya no hay nada más que decir.
Hice un amagó para girarme y seguir decorando la tarta a ver si con eso conseguía calmarme un poco, pero con sus manos me agarró las caderas impidiéndome moverme.
—Sí estás pensando que tu falta de experiencia me importa, te estas equivocando completamente.
Abrí los ojos como platos.
—Pero ¿cómo no te va a importar? Tú… tú estarás acostumbrado a otras mujeres más…
No me dejó terminar de hablar. Me cerró la boca con un beso corto antes de volver a hablar él.
—No me importa, Alma, y si quieres y me dejas me gustaría ser tu primero en todo, deseo ser tú primero en todo.
La madre que me parió… Eso sí que acabó de matarme del todo.
¿Estaría soñando? O alguna de las especias que usaba en los postres tenían efectos alucinógenos y yo no me habían enterado. Sí, tendría que ser eso. Porque era imposible que lo que estaba pasando fuera real.
Aun así, quise confirmarlo.
—¿Estás seguro de lo que dices?
Asintió sonriendo.
Coño… pues no era un sueño, era verdad que quería algo conmigo y que no le importaba que no tuviera la más mínima experiencia. Que, por otro lado, eso no era tan malo porque así él podría enseñarme todo lo que sabía. Que viéndole cómo era estaba segura de que sabía y mucho.
—Quiero que te sientas cómoda y bien a mi lado, así que iremos al ritmo que necesites ¿vale?
Asentí sonriendo y al ver que estaba de acuerdo con su propuesta, me sonrió de vuelta antes de darme unos besos cortos y un abrazo.