Capítulo 23
Habían pasado ya tres semanas desde que Wyatt había llegado al rancho.
Tres semanas desde que el ambiente en la casa había cambiado por completo.
Y también tres semanas en las que yo había hecho todo lo posible por no cruzarme con el más de lo imprescindible. Solo lo había hecho cuando Helen me había pedido ayuda para cambiarle las sábanas mientras que él seguía metido en la cama guardando el reposo que le habían mandado.
Aunque como buen cabezota que era ya había intentado levantarse algunas veces, aunque solo había podido llegar hasta la silla que estaba al lado de su cama.
Yo no le había preguntado qué le pasó en el frente, pero sabía por Travis que una granada o bomba o lo que fuera porque yo de armas no tenía ni idea, le había alcanzado dejándole muy mal herido.
Le había dañado mucho el brazo en el que necesitaría rehabilitación, pero lo que más dañada tenía era la pierna.
No volvería a caminar bien, seguramente le quedaría una leve cojera, de ahí su decisión de retirarse del servicio activo.
Bueno la realidad es que no le había preguntado ni que le pasó, ni nada, porque en esas tres semanas apenas habíamos cruzado palabra.
Y no porque él no lo hubiera intentado, porque lo había hecho, sino porque yo no había querido.
Las veces que le había subido la comida se la dejaba encima de las piernas a toda prisa y salía de la habitación con la misma prisa. Pero él siempre intentaba preguntarme algo o entablar conversación.
A lo que yo le decía que estaba muy ocupada o que tenía muchas cosas que hacer y no podía quedarme a charlar.
No tenía ni idea qué fue lo que Travis le dijo o le contó sobre mi aquella primera noche en la que le subí la cena cuando me marché, pero desde ahí su actitud hacía mí cambió.
No es que fuera el hombre más amable del mundo, pero ya no me hablaba con desprecio, ni me insultaba llamándome mentirosa, y no había vuelto a decirme “niña” de forma despectiva. Pero por mi salud mental y por el bien de mi corazón, le rehuía.
Sí, ese era el motivo por el que lo hacía. Porque si el Wyatt, borde me había gustado desde que lo vi por primera vez, esa nueva versión que estaba dejando salir a la luz, me gustaba cada día más.
Y eso era un riesgo para mí. Porque sabía que si lo dejaba acercarse demasiado acabaría enamorándome de él, y no quería sufrir más.
Bastante lo había hecho ya, para lo joven que era, y sabía de sobra que si le dejaba entrar del todo en mi corazón sufriría porque sabía que él nunca me correspondería de la misma manera.
Que me deseaba eso lo tenía claro. Y no solo porque me lo hubiera dicho Travis en más de una ocasión sino porque lo veía en sus ojos cada vez que me miraba.
Porque podía ser joven y no tener ninguna experiencia con los hombres, pero tonta no era.
Mientras removía lentamente el chocolate fundido que tenía al fuego, levanté la vista hacia el techo al escuchar pasos de un lado a otro en el piso de arriba.
El médico estaba revisándolo. Helen y Travis estaban con él. Yo no. Y no pensaba subir.
Ya le preguntaría más tarde a alguno de los dos que tal habían ido las cosas, a él no, claro.
Suspiré despacio y aparté el cazo del fuego antes de empezar a rellenar los croissants que acababa de hornear con crema de chocolate con un toqué de canela.
Mientras lo hacía me quedé pensando en lo que había hecho sin que nadie en la casa se enterara.
Ni Travis. Ni Helen. Ni mucho menos Wyatt.
Hacía ya días que me había puesto en contacto por teléfono con un abogado de Bozeman para que con discreción me redactara los papeles del divorcio.
Sin condiciones. Así le había pedido que lo hiciera. Sin pedir absolutamente nada. Ni dinero. Ni propiedades. Ni compensaciones. Nada.
Era lo justo, y así tenía que ser. Solo quería romper aquel contrato de matrimonio absurdo que jamás debió existir. Y desaparecer de sus vidas antes de seguir molestando.
Porque por mucho que Travis siguiera insistiendo en que lo había hecho por ayudarme, aquello seguía siendo un error enorme.
Uno que nunca tendría que haber permitido, y no porque hubiera acabado casada con su hermano. Sino porque había sido una locura, aunque de verdad lo hubiera hecho con Travis.
Con el tiempo que había pasado y lo mucho que había pensado en ello, me di cuenta de que nunca debería haberlo hecho.
Debería haber sido más fuerte y haber intentado seguir yo sola sin que nadie tuviera que sacrificar su vida por mí.
Y como Wyatt había dejado bastante claro desde el primer momento, y a lo que le daba la razón, yo para ellos era una carga.
Así que estaba esperando que el abogado me mandara los papeles para arreglar todo ese lío.
Sabía que en cuanto firmara me tendría que ir, y eso dolía porque el rancho se había convertido para mí en mi lugar. Pero tendría que hacer un esfuerzo y buscar otro o al menos intentarlo.
También sabía que Travis y Helen se disgustarían con mi decisión, pero es que yo no era su responsabilidad, nunca debí serlo.
Como también sabía que no perderíamos el contacto, porque ellos me querían eso lo tenía claro, pero yo a ellos también, y allí donde fuera los llevaría conmigo en mi corazón para siempre.
—Como sigas pensando tanto se te va a caer el chocolate.
La voz de Helen me sacó de golpe de mis pensamientos. Levanté la vista.
Acababa de entrar en la cocina acompañada por el médico, un hombre muy amable al que ya conocía de las veces que había venido desde que Wyatt llegó.
—Helen me marcho ya, como te ha dicho todo va muy bien, mejor incluso de lo que esperaba. En nada estará hasta montando a caballo.
Helen sonrió más relajada. Más feliz. Y eso hizo que yo también sonriera, porque me alegraba por ellos.
—Doctor ¿quiere un café o un dulce?
—El café para otro día, niña, no puedo quedarme, hoy tengo todavía muchas visitas. Pero un dulce sí que me llevo.
Cogió uno de los croissants que estaban todavía templados y prácticamente gimió al darle el primer mordisco.
—Madre de dios…
Solté una pequeña risa. Cuando el médico se marchó, Helen se acercó a la isla de la cocina y observó todo lo que tenía preparado.
—¿Con qué delicia nos vas a deleitar hoy?
—Hoy voy a hacer estofado de carne para comer. Y de postre una tarta de queso.
—¿Y todo esto?
—Croissants rellenos de crema de chocolate con un toque de canela.
Helen sonrió negando con la cabeza.
—No sé qué habría sido de esta casa sin ti. Nunca se ha comido mejor desde que tú te encargas de la cocina.
Bajé la mirada fingiendo concentrarme en el chocolate. Porque cada vez que ella o Travis me decían cosas como esas, se me ponía un nudo en el pecho que tardaba horas en desaparecer.
Y precisamente por eso necesitaba irme de allí cuanto antes, porque el racho ya lo sentía como mi lugar, como mi hogar y cada día de más que pasara allí más fuerte sería después el dolor al irme.
—¿Qué tal ha ido la revisión? —pregunté cambiando de tema.
Helen apoyó ambas manos en la isla mientras sonreía ampliamente.
—Bien. Muy bien. Ya puede empezar a levantarse más tiempo y a moverse por la casa.
Mierda… Si eso era así, me costaría más evitarle.
—Me alegro.
Helen se cruzó de brazos y me miró seria.
—Ya no vas a poder seguir huyendo.
La miré alzando una ceja.
—¿Perdona?
—Huyes de Wyatt.
Negué con rapidez.
—No estoy huyendo.
Helen soltó una risa suave.
—Claro que sí, niña.
—No sé de qué hablas —dije haciéndome la despistada.
Me observó durante unos segundos con demasiada atención.
—Sí lo sabes.
Sentí un pequeño escalofrío.
—No.
—Alma, a mí no puedes engañarme.
Tragué saliva.
—No sé qué quieres decir.
Lo sabía, claro que lo sabía, pero estaba intentando hacerme la tonta, pero al parecer no me estaba funcionando muy bien.
—Te gusta mi hijo, y no te molestes en negarlo, no te va a servir de nada.
Abrí los ojos de golpe. Y automáticamente pensé en Wyatt.
En sus ojos. En su voz grave, esa que cada vez que la oía, me hacía estremecer. En aquella forma tan intensa que tenía de mirarme.
Carraspeé.
—Helen, te digo lo mismo que a Travis, déjalo por favor.
Resopló.
—Pues es una pena, porque si acabarais juntos al menos una de mis nueras sería de mi agrado.
La miré confusa. Pensé unos segundos y entonces la entendí.
—¿Savannah no te gustaba?
Negó con la cabeza.
—No.
—No me he atrevido a preguntar a Travis que pasó, veo en sus ojos que con solo oír su nombre aun le duele.
Helen cogió aire y se sentó a mi lado para resumirme un poco la historia de mi mejor amigo.