Capítulo 22
Cuando entramos en la casa, nos topamos con Helen en el hall que al parecer acababa de bajar del piso de arriba.
En cuanto nos vio, sus ojos se llenaron de lágrimas y se acercó a mí de dos zancadas rápidas y sin dudar me envolvió entre sus brazos.
—Niña…
Se me encogió el corazón al oír su voz, la tenía totalmente rota.
—Solo queríamos ayudarte —dijo llorando—, perdónanos.
Le acaricié la espalda.
—Lo entiendo.
Y lo había entendido de verdad, porque la sinceridad en sus ojos y el arrepentimiento que sus ojos mostraban, eran buena muestra de que nunca quisieron hacerme daño sino todo lo contrario.
Helen se separó limpiándose las lágrimas y la acaricié la cara antes de darle un beso en la mejilla para que viera que no estaba enfadada, para que viera que todo estaba bien y que se quedara tranquila.
Por el rabillo del ojo vi como Travis olfateaba y sin decir nada empezó a caminar hacía la cocina siguiendo el olor de los dulces que ya ni recordaba que había dejado allí reposando.
Helen y yo le seguimos agarradas por la cintura y entramos un segundo después que él.
Estaba parado totalmente sorprendido mirando la mesa de la cocina que estaba repleta de bandejas.
Helen al ver lo que miraba su hijo abrió los ojos como platos.
—Dios mío… ¿Qué es todo esto?
Me ruboricé porque ahora al ver todo lo que había hecho entendí que me había pasado tres pueblos.
—Cuando llamaron para decir que traían a Wyatt herido me puse tan nerviosa que empecé a hacer dulces para intentar calmarme, pero creo que se me fue un poco de las manos.
—Pues benditos nervios, porque esto es el puto paraíso.
Travis levantó una de las bandejas que estaba tapada y cuando vio los más de treinta profiteroles tuve que agarrarle del brazo para que no se lanzara de cabeza a por ellos.
—Mierda puta, déjame comer uno, macaron …
—Ni hablar, no se comen dulces antes de la cena.
—Eres una dictadora.
—Y tú eres un ansias.
Sonrió de medio lado. Esa sonrisa ya me la conocía yo demasiado bien, algo tramaba.
Sacó el móvil e hizo un par de fotos desde distintos ángulos a la mesa para que se vieran bien todos los dulces.
Le miré alzando una ceja y Helen que al parecer sí que había adivinado las intenciones de su hijo se echó a reír.
—¿No serás capaz? —le preguntó.
—Ya lo creo que sí, que se joda por borde.
—¿Qué pasa?
Los dos se miraron y se echaron a reír.
—Espera y verás.
—Tres…dos…u… —Helen no llegó a decir el uno cuando un grito de Wyatt desde el piso de arriba me sobresaltó.
—¡Travis! ¡No seas cabrón, déjate de fotos y súbeme un trozo de cada!
Lo miré con la boca abierta.
—¿Le has mandado las fotos para picarle?
Se encogió de hombros antes de echarse a reír y teclear lo que parecía un mensaje.
—¡Déjate de hostias! ¿Qué cojones es eso de que no se comen dulces hasta que no se cene?
Nos miramos los tres y nos echamos a reír.
—Eres malo—dije sin poder parar de reír.
—Ha sido un borde contigo ¿no? Pues que se joda.
Entre Helen y él pusieron la mesa mientras yo calentaba la cena que ya había dejado preparada.
La había hecho mientras se horneaban las cosas. Eran pollo asado, con pimientos recién cogidos del huerto y patatas asadas, todo ello especiado con romero y limón.
Les serví una ración bastante generosa a cada uno, otra para mí. Y en una bandeja de esas con patas coloqué un plato con otra buena ración para Travis y un vaso de limonada fresquita que había hecho por la mañana.
Helen hizo amago de levantarse de la mesa para subirle la bandeja a su hijo, pero le pedí con la mano que no se levantara.
—Voy yo.
—¿Estás segura?
No estaba segura de nada. Pero no quería que hubiera mal rollo en la casa porque Wyatt y yo nos lleváramos mal así que me había propuesto hacer algo al respecto hasta que pudiéramos arreglar el lío que se había formado.
Subí despacio las escaleras con la bandeja en la mano y llamé a la puerta. No hubo respuesta. Así que entré.
Wyatt estaba incorporado contra el cabecero de la cama. Como hacía calor seguramente su madre le había ayudado a quitarse la camisa que traía puesta y estaba con el torso desnudo y abajo solo llevaba un pantalón de deporte.
Tuve que apartar la mirada de su cuerpo porque aún herido y todo era el hombre más atractivo que había visto en mi vida y verlo así hizo que un calor abrasador me recorriera todo el cuerpo.
En cuanto se dio cuenta de mi presencia sus ojos azules esos tan fascinantes se clavaron en mí. Fríos. Duros. Intimidantes.
—¿Qué coño haces aquí?
Respiré hondo.
—Traerte la cena.
—Ve a hacer cosas de esposa —dijo con ironía.
Ni me molesté en contestarle. Me acerqué a la cama y me paré con la bandeja para ponérsela en las piernas.
—Ten cuidado no se caiga.
—No sé por qué me traes nada, no te lo he pedido.
Me mordí el labio para contenerme, y justo en ese momento y al verme hacer ese gesto bajo su mirada hasta mis labios y vi algo en sus ojos que me puso la carne de gallina.
Hay la leche que Travis iba a tener razón y el borde sí que me miraba de una manera rara, vamos no rara sino con deseo. Fue muy fugaz, pero pude distinguirlo.
—Tu madre está ocupada.
—¿Y tú que eres ahora la criada del rancho?
Lo miré con cansancio.
—¿Siempre hablas así a todos o es que conmigo te esfuerzas?
Una sonrisa torcida apareció en su boca. Vale, ahí me di cuenta de lo que realmente pasaba. Wyatt tenía tal frustración encima que no sabía cómo gestionarla.
Seguramente por haber sido herido en combate y encima había llegado a casa y se había encontrado con un panorama cuanto menos rocambolesco, y lo que pretendía era usarme a mí de saco de boxeo para desahogarse.
Pues lo llevas claro si piensas que me voy a dejar yo golpear por tus dañinas palabras majo, le dije en mi mente.
—Hablo como me sale de los cojones. Estoy en mi casa, si no te gusta ya sabes lo que tienes que hacer.
—Mira creo que deberíamos dejar un par de cosas claras.
Frunció el ceño.
—Yo lo tengo todo clarísimo, no te quiero aquí, no te quiero como esposa. No sé con qué mentiras has enredado a mi hermano para que te sacara del agujero en el que debías estar metida, pero conmigo no te va a funcionar.
Puse los ojos en blanco y apreté los puños.
—Yo no le he enredado de ninguna manera.
—Pues entonces es que se la chupas muy bien.
—¿Por qué hablas de lo que no sabes?
—No lo sé, pero me lo puedo imaginar, solo hay que verte para saber cómo eres.
—Ah ¿sí? ¿Y cómo soy?
—Una niña caprichosa a la que seguramente sus padres la han consentido en todo, a los que cuando ha querido más les ha dado la patada y ha buscado a un hombre con posibles para vivir a su costa.
Por ahí sí que no.
—Pues estás bastante confundido.
—No lo creo.
Cogí aire y le dejé la bandeja encima de las piernas. Me acerqué a la puerta para marcharme, pero antes de salir me giré un poco.
—Mi madre murió cuando yo nací así que no la he conocido y mi padre murió hace unos meses de ELA.
Vi cómo se quedó congelado y con el tenedor a medio camino de la boca al oírme decir eso.
—Y para que lo sepas, aunque no creo que sea de tu incumbencia, no tengo ni he tenido nunca nada con tu hermano.
Hice una pausa para coger aire.
—Es mi mejor amigo al que quiero un montón al igual que a tu madre. Los dos han sido mis dos pilares cuando la vida me rompió.
—Alma…
No le dejé seguir porque me había tocado mucho las narices y estaba deseando largarme de allí, pero antes decidí decirle un par de cosas más.
—Que no me quieres aquí y mucho menos siendo tú esposa me ha quedado claro. Yo tampoco quería esto, ¿sabes?
—¿No?
—No.
—Yo solo quería encontrar mi lugar.
—¿Tu lugar? —me preguntó confuso.
—Eso da igual, no creo que te importe saber qué significa eso para mí.
—Lo mismo sí.
Negué con la cabeza.
—El caso es que te he subido yo la cena porque quería proponerte algo, pero a la vista está que no será posible, así que no te preocupes por nada. Mañana mismo me pondré a mirar que hacer para arreglar nuestra situación.
—Solo hay una solución.
—Lo sé, un divorcio.
—Mi hermano ha dicho que si nos divorciamos te echaran del país.
Una risa amarga me salió sola.
—Así es, ya no tendré permiso para estar aquí, no ha pasado el tiempo suficiente.
—¿Y dónde vas a ir?
—A ti eso no te importa.
Frunció el ceño y vi como apretaba el puño de la mano que tenía sana.
—Me importa porque si te vas del rancho a otro estado, no quiero que mi hermano se largue para ir detrás de ti.
—Por eso no te preocupes, que en cuanto firmemos el divorcio, no solo saldré de este estado y del país, sino también del continente. Así que no, tu hermano no me seguirá. Yo no lo permitiría.
Se quedó pensando unos segundos.
—¿Qué era lo que me ibas a proponer?
—Como te he dicho, ya da igual.
Di dos pasos para irme, pero su voz ronca me hizo pararme en seco.
—Alma espera, quédate un momento y hablemos.
Iba a decirle que no, que ya estaba todo hablado, pero no me dio tiempo a abrir la boca Travis habló antes que yo.
Estaba en la puerta cruzado de brazos con una cara de cabreo que daba miedo. Ni Wyatt ni yo nos habíamos dado cuenta de su presencia, pero a saber el rato que llevaba allí y cuanto había escuchado.
—Alma baja a cenar, se te está enfriando el pollo.
Asentí.
Fui a salir por la puerta, pero cuando llegué justo a su altura vi que en la comisura de los labios tenía un rastro de chocolate.
Me pare a su lado y levanté la mano para limpiárselo.
—¿Cuántos profiteroles te has comido? —dije cruzándome de brazos.
—No los suficientes.
—Los tengo contados.
—Eh, ¿y dónde están los míos? —le dijo Wyatt.
—¿Has terminado de cenar?
—No.
—Pues no hay dulces.
—Joder ni que fueran tuyos. ¿Qué vecinas han hecho todo eso que había en la mesa? Porque mamá no ha sido, de eso estoy seguro
Travis y yo nos miramos y nos echamos a reír.
—¿Qué pasa?
—Nada, han sido derecha e izquierda las que han hecho todos esos dulces.
Nos miró con desconfianza.
—¿Quién cojones son esas? No las conozco.
—O sí que las conoces —le dijo Travis aguantándose la risa.
—No.
—Sí. ¿Quieres saludarlas? —le pregunté.
Sin dejarle contestar y desde la puerta levanté las dos manos y las moví en el aire.
—Estas son derecha e izquierda.
Cuando procesó mis palabras me miró con los ojos como platos.
—¿Tú has hecho todo eso? ¿Cuándo?
—Desde que llamaron para decir que te traían hasta que llegaste.
—No pensé que sabrías cocinar y mucho menos hacer dulces.
Miré a Travis.
—Vaya un marido que me has buscado, ya podrías haberte esforzado un poquito más.
Travis se contuvo la carcajada.
—Es un desecho de virtudes ¿sabes? —véase la ironía—. Juzga sin saber, da por hecho cosas de las que no tiene ni idea, es borde, prepotente y un montón de cosas más que prefiero no decir.
—Algo bueno tendrá ¿no?
—Supongo, pero yo no lo he visto ni creo que lo vea —dije antes de salir de la habitación para bajar a cenar con Helen.