La mentira que cambió mi vida Capítulo 18
50%

Capítulo 18

El olor a canela y mantequilla derretida llenaba toda la cocina mientras sacaba la última bandeja del horno.

Sonreí satisfecha al ver los cinnamon rolls perfectamente dorados.

— Vale, creo que estos han quedado perfectos, pero con Travis van a durar un suspiro —murmuré.

Había pasado un mes y medio desde que llegué al rancho.

Un mes y medio y todavía había momentos en los que me costaba creer que aquella fuese ahora mi vida. Porque lo era.

Y tenía que admitir que aceptar la propuesta de Travis había sido la mejor decisión de mi vida, porque estaba totalmente encantada de estar allí.

El rancho ya no se sentía como un sitio ajeno. Ni siquiera como un lugar temporal. Se sentía hogar. Se sentía como mi lugar.

Ese del que mi padre tantas veces hablaba, ese que me dijo que yo tenía que encontrar, ese que él sí tenía.

La pastelería había sido su lugar. Y yo me había dado cuenta de que el rancho era el mío.

Sonreí al pensar en ello.

Ya conocía a todos los trabajadores, ayudaba a Helen en el huerto, me encargaba de todas las comidas.

Había aprendido a montar a caballo sin parecer un saco de patatas al que tiraban encima y caía de mala manera.

Y hasta Liam decía que empezaba a defenderme bastante bien con las gallinas, esas que parecía que me odiaban porque cuando entraba al gallinero a darles de comer me rodeaban, acojonándome.

Travis decía que es que las alteraba por mi olor a dulce y que querían comerme a mí en vez del pienso que les daba.

El muy capullo solo lo decía para hacerme rabiar y lo sabía, y aun así no dejaba en su empeño, aunque se llevara una buena colleja cada vez que me picaba.

Y lo peor de todo era que empezaba a querer aquel lugar con una intensidad peligrosa.

Rezaba todos los días para que nada se torciera, para que nada cambiara y que no me tocara marcharme de allí. Porque no quería hacerlo, quería quedarme allí para siempre.

Aquella mañana estaba sola en casa. Travis y Helen llevaban dos días fuera y no volverían hasta por la tarde.

Habían viajado a Wyoming para que Travis cerrara un trato de venta de ganado enorme y su madre le había acompañado aprovechando el viaje para visitar a una buena amiga que vivía allí desde hacía unos años.

Me habían ofrecido ir con ellos, pero había declinado la oferta porque preferí quedarme sola en el rancho disfrutando de un par de días de silencio y soledad, para pensar en todo lo que me había pasado.

De vez en cuando todo el mundo necesitaba un par de días de desconexión para estar solo consigo mismo, o eso pensaba yo.

Necesitaba silencio. Aunque, siendo sincera, también echaba de menos a Travis y a Helen.

Se habían convertido en mi familia, sin quererlo, sin pretenderlo, pero así había sido, o así los sentía yo. Y sabía que yo para ellos también lo era, y no, no eran sospechas, sino una realidad, porque ellos mismos me lo habían dicho.

Helen ya me había dicho en varias ocasiones que me sentía como una hija, una que se quedó con las ganas de tener, pero que dios no había querido brindarla con más hijos y se había quedado con los dos cafres que le habían tocado.

Cuando decía eso, lo decía con la boca pequeña y para hacerme reír, porque Helen adoraba a sus hijos.

Y Travis… Ay… Travis, él no dejaba de repetirme que era como una hermanita pequeña para él.

Y mucho nos reíamos cuando recordábamos entre bromas cómo sentimos atracción el uno por el otro al principio de conocernos.

Cosa que ahora era imposible que volviera a pasar de ninguna de las maneras por parte de ninguno de los dos, ya que lo nuestro era amor, sí, pero de otro tipo, era un amor totalmente fraternal.

El mismo amor que también sentía por Camille, con la que seguía en contacto telefónico.

No hablábamos todos los días, pero no pasaban más de tres sin que o bien una o la otra llamara.

Ella seguía su vida en Lyon como siempre, estudiando y en el restaurante con su madre, lo único que había cambiado era que había empezado a salir con uno de sus compañeros de estudios y se la veía muy ilusionada.

Me alegraba mucho por ella. Al igual que ella por mí, y no dejaba de repetirme cada vez que hablamos de que ese lugar me estaba curando, que hasta la voz la tenía distinta.

No sé si curando era la palabra que yo escogería, quizá menos perdida.

Porque, aunque seguía echando de menos a mi padre muchísimo y no había día en el que no pensara en él. Ahora ya lo hacía sonriendo al recordarle y no hundida.

El teléfono fijo de la cocina sonó de repente, sacándome de golpe de mis sentimientos.

Fruncí ligeramente el ceño mientras me limpiaba las manos en el delantal y caminaba hacia él. Descolgué.

—Buenos días, dígame.

—Buenos días ¿es la residencia Hunter?

La voz grave y seria al otro lado hizo que me pusiera tensa automáticamente.

—Así es.

—¿Con quién hablo?

—Con Alma.

Hubo un pequeño silencio.

—¿Es usted familiar del capitán Wyatt Hunter?

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

Capitán… La leche, Travis nunca me había dicho exactamente qué rango tenía su hermano en el ejército.

Yo había dado por hecho que era un soldado normal, pero no, me había equivocado de lleno.

Capitán, nada menos, vaya con el moreno de los Hunter.

Sacudí la cabeza y me centré en contestar al hombre que seguía al teléfono.

—Eh…sí. Sí, soy parte de la familia.

—Perfecto. Llamamos para informar de que el capitán Hunter llegará esta tarde a su domicilio acompañado por personal militar y sanitario.

Mi cuerpo se tensó del todo y hasta los pelos de los brazos se me erizaron.

—¿Sanitario?

—El capitán Hunter ha resultado herido en combate, necesitará reposo temporal, bajo supervisión médica esporádica. Él no quiere pasar su convalecencia en la base y ha solicitado ser trasladado a su domicilio familiar.

Virgencita… Tuve que apoyarme en la pared para tener sostén y no caerme redonda allí mismo.

—¿Está…está bien? —balbuceé.

—Lo siento señorita, pero no estoy autorizado para darle información sobre el estado médico del capitán, él mismo así lo ha decidido. Quiere ser él en persona quien le cuente a su familia lo que le ha pasado.

—Vale…entiendo.

—Llegaremos al domicilio aproximadamente en tres horas.

—Bien.

Ni despedida ni nada. La llamada se cortó y yo me quedé inmóvil sujetando el teléfono.

Herido. Wyatt estaba herido.

No sabía porque aquello me afectó tanto cuando ni siquiera lo conocía, pero sentí una angustia horrible dentro del pecho.

Lo primero que pensé fue en Helen. Y en Travis. Dios mío… el disgusto que se iban a llevar.

Volví rápidamente a la realidad y dejé el teléfono en su sitio. Entonces reaccioné.

Subí las escaleras casi corriendo hasta la habitación de Wyatt.

Ya había estado allí varias veces con Helen cuando la ayudaba a limpiar la casa. Era una habitación enorme, bastante sobria y ordenada con precisión militar, como no podía ser de otra manera.

Abrí las ventanas para que entrara aire fresco, cambié las sábanas, aunque en teoría estaban limpias, pero lo hice igualmente y preparé todo lo que pensé que podría necesitar.

Mientras colocaba una colcha limpia sobre la cama, los nervios empezaron a crecerme dentro.

No sabía en qué estado venía. No sabía si podía caminar. No sabía absolutamente nada.

Aquellas tres horas se me hicieron eternas.

Paseé por la casa desgastando los suelos de un lado a otro. Hice para tranquilizarme una Tarta Tatin (tarta de manzana caramelizada), n Fraisier (bizcocho con fresas y crema de queso) y una bandeja de al menos treinta profiteroles.

Hacer dulce era para mí como una terapia en la que siempre encontraba paz. Pero ni cocinar como una maniaca consiguió calmar un poco mis nervios.

Estuve a punto al menos diez veces de marcar el número de Travis o de Helen, pero las diez veces desistí.

Seguramente ya venían de camino y no quería asustarles y que pasaran mal viaje o que por querer correr para llegar cuanto antes pudieran tener un accidente.

Cuando escuché el sonido de un vehículo acercándose al rancho, el corazón me dio un vuelco.

Salí rápidamente al porche, para salir de dudas de si eran Travis y Helen o el transporte militar que traía a Wyatt.

Fue lo segundo.

Un vehículo medicalizado avanzó lentamente por el camino de tierra hasta detenerse frente a la casa. Tragué saliva.

Dos hombres uniformados se bajaron de la parte de delante y otro que claramente era personal sanitario lo hizo de la parte de atrás.

Entre los tres sacaron una camilla en la que venía tumbado Wyatt. Me acerqué con pasos temblorosos hacia ellos. Y mis ojos se fueron a él sin remedio.

Lo reconocí enseguida por la foto, aunque ese hombre que tenía delante estaba bastante más desmejorado.

Tenía bastantes ojeras, se le notaba visiblemente más delgado y se le notaba en los ojos que algo le dolía, aunque no dijera nada. Eso lo sabía porque ese mismo gesto por desgracia tuve que vérsele a mi padre infinidad de veces.

Que no se quejaba para no preocuparme, pero sus ojos no podían mentirme y yo lo sabía.

También por debajo de la sábana que llevaba puesta se podía distinguir que llevaba un brazo en cabestrillo, algo también parecía tener en una pierna, pero no sabría decir el que.

Además, en la cara tenía una brecha bastante grande todavía con puntos encima de la ceja izquierda. Pero a pesar de verlo en ese estado y de todo lo que tenía lo que más me impactó fueron sus ojos.

Azules. Fríos. Durísimos. Sin vida.

Ese hombre estaba más perdido de lo que Travis me había dicho.

Estaba como lo había estado yo antes de encontrar mi lugar, por eso reconocí ese mismo vacío en sus ojos, porque yo misma lo había visto en los míos cuando me miraba en el espejo.