Capítulo 16
Después de desayunar salimos fuera de la casa los tres y empezaron a enseñarme todo.
El aire fresco de Montana me golpeó en el rostro, aunque sabía que eso duraría poco, porque a medida que avanzara la mañana el calor empezaría a apretar como ya me habían avisado.
Respiré profundamente mientras observaba las enormes extensiones de tierra que rodeaban el rancho. Todo parecía infinito, eterno.
El primer sitio al que fuimos que estaba detrás de la casa fue al huerto. Y sí que aluciné, sí, pensé que sería grande pero esa palabra se quedaba corta, era gigante y tenía tantas cosas plantadas que no sabía ni donde mirar de lo emocionada que estaba.
Había calabacines, tomates, lechugas, zanahorias y muchísimas cosas más. Incluso había algunas verduras que yo había visto en mi vida y ni sabía cómo se llamaban.
—Este espacio es el de las especias, como ves no tengo muchas, pero cuando bajemos al pueblo compraremos las semillas que quieras y en este trozo vacío las plantaré.
Ni hablar podía de lo emocionada que estaba, así que solo asentí sonriendo.
La siguiente parada fue el gallinero. Otro que me había imaginado que sería pequeño con tres o cuatro gallinas, una vez más me equivoqué.
—Virgencita, pero… ¿Cuántas gallinas tenéis?
Los dos soltaron una carcajada al verme mirarlas como corrían de un lado a otro con los ojos abiertos como platos.
—Unas treinta y cinco, aunque a veces parecen cien por el alboroto que forman.
—¡Treinta y cinco! Eso son muchos huevos.
Los dos volvieron a reír.
—Sí que lo son.
—¿Y qué hacéis con ellos?
—Unos son para nuestro consumo y los demás los repartimos entre los trabajadores del rancho.
Vaya, eso sí que me hizo alucinar, era un gesto impresionante el que Travis y Helen tenían con los trabajadores dándoles los huevos, no todos los jefes eran así de espléndidos.
A cada paso que daba más alucinada estada, no podía dejar de mirar a todos lados como una niña pequeña.
—Chicos, yo os dejo aquí, tengo que ir a regar las hortalizas.
Travis y yo asentimos, y Helen se marchó dejándonos seguir a los dos con el tour.
Travis me llevó mucho más lejos, atravesando varios cercados, hasta que de pronto lo vi. Y eso sí que hizo que se me descolgara hasta la mandíbula de la impresión.
Ganado. Muchísimo ganado. Miles.
Mis ojos recorrieron la inmensidad de aquel terreno lleno de cabezas y cabezas de animales.
—Dios mío…—susurré—. ¿Cuántas hay?
—Ahora mismo, unas cuatro mil cabezas entre todo el terreno.
Me giré hacia él a la velocidad de la luz.
—¡¿Cuatro mil?!
—Más o menos.
—Travis, esto es gigantesco.
Él sonrió con orgullo.
—Es uno de los ranchos más grandes y productivos de la zona.
—¿Y cuánta gente trabaja aquí?
—Entre fijos y temporales —se quedó pensando un segundo—, unos cincuenta hombres.
Abrí la boca sorprendida.
—Madre mía… Esos son muchos trabajadores.
—Sí. Ya los irás conociendo. Sobre todo, a los más veteranos, que son más amigos o familia que trabajadores.
Sonrió al pensar en todos ellos, se lo noté en la mirada.
—Como, Liam el capataz y mi mano derecha, que es como un padre para mí, sin él no sería capaz de llevar todo esto yo solo.
—Sé te nota que lo aprecias por cómo se te ilumina la mirada al hablar de él.
—Así es, como te he dicho es como un padre para mí. Y su mujer, Violet, que es la mejor amiga de mi madre, es una mujer sensacional.
—¿No tienen hijos?
Al preguntarle eso vi cómo una estela de dolor pasaba por sus ojos y cómo se ponía tenso.
Dudó en si contestar unos segundos, pero finalmente lo hizo, aunque su tono era un poco más duro que el que utilizaba siempre.
—Tienen una hija, Savannah. Pero vive en Las Vegas.
Su respuesta escasa y su expresión me dijeron que ahí había otra historia detrás pero no quise preguntar, ya me acabaría enterando. Bien porque me lo contara él, Helen o algún cotilla, ya que de esos siempre había en todos los sitios.
Debió de ver todos los pensamientos que se me estaban pasando por la cabeza. Porque soltó una pequeña risita.
—Si estás pensando que hay una historia con ella no te equivocas.
Puse los ojos en blanco.
—¿Por qué crees que estoy pensando eso?
—Porque eres un libro abierto para mí, macaron . Después de este año hablando todos los días y viéndonos la mayoría de las veces, ya conozco tus gestos y tus reacciones casi mejor que las mías propias.
—Eres un listillo —dije antes de resoplar.
—Observador.
—Yo también lo soy, por eso he notado cómo te has tensado al decir el nombre de esa chica y cómo tus ojos se llenaban de…
No quise terminar la frase, preferí dejarla en el aire porque decir la palabra dolor me pareció que sería meterme demasiado en un terreno pantanoso.
—Hay una historia, la peor que tengo para contar de mi propia vida, pero para hablar de ella necesito al menos tres cervezas y que estemos sentados en el porche tranquilos.
Asentí a la vez que le apretaba el brazo en señal de comprensión.
—Estoy aquí, cuando quieras, te escucharé.
—Gracias.
Seguimos caminando hasta que llegamos a las cuadras que era el último sitio que nos quedaba por ver.
Y allí dentro ya fue el acabose, allí terminé de enamorarme totalmente del rancho.
Los caballos eran preciosos. Grandes, fuertes, elegantes y estaban tan limpios que a todos les relucía el pelaje.
Me acerqué despacio a uno color negro.
—Con cuidado —me advirtió—, deja que te huela primero. Huracán tiene las mismas malas pulgas que su dueño y es igual de borde. No suele ser muy sociable, es selectivo con la gente.
Levanté una ceja. Pensé procesando sus palabras, y no me digáis porque, pero supe enseguida de quién era ese caballo que era realmente impresionante de lo bonito que era.
—¿Wyatt?
Asintió. Acerqué la mano hasta el caballo, no tuve miedo, era raro, pero así fue. Dejé que me oliera, no moví la mano y fue él mismo el que segundos después me empujó con el hocico pidiéndome que le acariciara, y lo hice.
Pasé la mano lentamente por su testuz varias veces mientras el relinchaba bajito, como si fuera un ronroneo.
—Creo que le has conquistado porque hueles a dulce.
—Yo no huelo a dulce.
—Sí que hueles a dulce, macaron , siempre lo haces, seguramente tú no lo notas porque estás acostumbrada.
Me encogí de hombros riendo, porque era muy raro lo que decía ¿oler a dulce? Menuda tontería.
Me acerqué a otro caballo en la siguiente cuadra que era también impresionante, todo blanco, tanto que su pelaje parecía irreal.
A ese no tuve que ganármelo, él mismo nada más verme acercarme acercó su cabeza y me dio un toquecito en el hombre pidiéndome atención.
—Este es más cariñoso. Y también el más guapo de por aquí, como su dueño.
Travis acompañó su comentario con una risita y un levantamiento de cejas.
—Y supongo que tú eres ese dueño ¿no?
—Hombre, por favor, la duda ofende.
—Eres idiota.
—Pero un idiota encantador.
—Eso también.
—Alma, te presento a Nube.
—Encantada, Nube, eres precioso —dije acariciándole entre los ojos.
Me respondió con un relincho que nos hizo reír a los dos.
—Nunca había estado cerca de un caballo y mucho menos tocar a uno, son geniales Travis.
—Sí que lo son, mejores que muchas personas ¿te gustaría montar?
Me aparté hacía atrás enseguida asustada, porque una cosa era verlos, tocarlos y otra era montarme en uno, eso me imponía mucho respeto.
—¿Qué? Ni de coña, no quiero morir hoy, me da muchísimo miedo y respeto.
Travis soltó una carcajada que rebotó contra las paredes de todo el establo.
—Venga, macaron , no seas cagueta.
—No soy cagueta, soy prudente.
—Pues esta prudente hoy va a montar.
—No.
—Sí.
—Que no —dije quejándome.
—Vas a subir sí o sí.
—Travis…
—Venga, por ser el primer día puedes montar conmigo. Pero solo hoy, a partir de mañana empezarás a aprender.
Lo miré con horror. ¿Mañana? Sí claro no había un día más cerca, ¿no? Quise decirle antes de salir corriendo.
—Antes de que acabe el año tienes que ser toda una vaquera. Y una buena vaquera tiene que saber montar hasta con los ojos cerrados.
Puse los ojos en blanco y ni me molesté en protestar. Porque Travis tenía muchas cosas buenas, pero también era cabezota como él solo, así que sabía que acabaría saliéndose con la suya.
Ensilló a Nube con una destreza impresionante en apenas cuatro minutos, es lo que tenía haber aprendido a montar a caballo casi antes que a andar como tantas veces me había contado.
Me agarró por la cintura y me levantó como si pesara como una pluma para sentarme a lomos de nube y dos segundos después subió él con una agilidad pasmosa sentándose detrás de mí.
Me agarró por la cintura con una mano y con la otra agarró las riendas.
Miré de reojo al suelo y al verlo tan lejos, volví a subir la mirada al frente con rapidez del vértigo que me dio.
Sin decir nada, ni avisarme siquiera, espoleó a Nube y el caballo obedeció.