Capítulo 15
Abrí los ojos despacio, todavía desubicada por completo. Durante unos segundos me quedé inmóvil, mirando el techo de madera sobre mi cabeza mientras intentaba recordar dónde estaba.
Entonces el silencio me golpeó. No era un silencio incómodo, no, era uno de esos silencios que te arropan y que te hacen sentir en paz contigo misma.
Profundo. Tranquilo. Limpio. Sonreí sin darme cuenta.
El rancho. Estaba en Montana.
Me incorporé despacio sobre la cama y miré alrededor por primera vez con verdadera atención.
La noche anterior había llegado tan agotada que apenas me había fijado en nada antes de desplomarme en la cama y quedarme dormida.
La habitación era preciosa. Todo estaba decorado en tonos cálidos, los muebles eran de madera oscura la cama era enorme y estaba cubierta por una colcha beige de punto gordo.
Había una cómoda antigua junto a la pared, una mecedora al lado de la ventana y unas cortinas color blanco que dejaban entrar la tenue luz del amanecer.
Sobre una de las paredes colgaban fotografías antiguas del rancho y varios cuadros con paisajes montañosos, eran preciosas y muy realistas. Olía a madera, a flores y a hogar.
Y en ese momento me di cuenta de verdad de cuánto había necesitado sentir esa paz que me estaba llenando por dentro y ese cambio.
Me levanté despacio y abrí la maleta. La noche anterior estaba tan cansada que no había colocado nada en el enorme armario que estaba en una de las paredes. Lo haría más tarde, me dije mientras escogía qué ropa ponerme.
Saqué ropa interior, unos leggins negros, una camiseta de tirantes también negra y una sudadera gris, también cogí las deportivas que había usado el día anterior y con todo en las manos me fui directamente hasta el baño.
Sonreí nada más entrar y no solo porque el baño fuera grande y precioso sino porque por primera vez en mi vida, tendría uno para mi sola que no tendría que compartir con nadie.
El agua caliente de la ducha terminó de despertarme y despejarme la cabeza.
Cuando bajé las escaleras todavía no había nadie en la cocina. Fruncí un poco el ceño.
Miré la hora en mi móvil el que llevaba metido en el bolsillo delantero de la sudadera. Las cinco y diez.
— Vale, igual aquí no madrugan tanto como yo pensaba —murmuré.
A lo mejor yo tampoco tendría que haberlo hecho, pero llevaba tanto tiempo levantándome sobre las cinco de la mañana para preparar todo lo necesario en la pastelería, que era como sí llevara un reloj incorporado dentro de mí.
Ni alarma ni nada me hacía falta para levantarme ya. Aunque por lo que me había contado siempre Travis de su trabajo, estaba segura de que no tardaría en levantarse y seguro que Helen, aunque no arreaba ganado, también llevaba el mismo ritmo y madrugaba.
— Pues vamos a hacer algo útil mientras tanto, Alma —me dije a mí misma.
Abrí los armarios de la cocina, encontré harina, huevos y mantequilla. Seguí inspeccionando todo un poco y cuando abrí una puerta que me llamó la atención, que estaba al lado del frigorífico, sonreí como si me hubiera tocado la lotería.
Era una despensa. Era enorme y estaba perfectamente organizada.
— Bueno, pues vamos allá —dije poniéndome un mandil que había encontrado precisamente en la despensa colgado de una percha que estaba en una de las paredes.
La única que estaba libre allí dentro.
Casi cuarenta minutos después la cocina olía a canela, mantequilla y azúcar tostado cuando escuché voces acercándose desde fuera.
La puerta se abrió, Helen fue la primera en entrar y se quedó completamente quieta. Travis, que venía detrás, se chocó con ella y menos mal que la mujer no era pequeña que si hubiera sido yo con ese choque del vaquero me hubiera tirado al suelo con el tamaño que tenía.
Ninguno dijo nada. Cerraron los ojos e inhalaron el delicioso olor que había en toda la cocina haciéndome sonreír con ese gesto.
—Madre de dios —murmuró Helen—. ¿Qué es ese olor tan maravilloso?
No pude evitar reírme. Helen se llevó una mano al pecho.
—No voy a dejarte ir nunca, quedas oficialmente secuestrada.
Solté una carcajada.
—Buenos días.
—¿Buenos días? —repitió Travis acercándose a la encimera—. Buenos no, los mejores.
Helen observó todas las cosas que había preparado: panecillos, rollitos de canela, bizcocho de limón y unos huevos revueltos. Aparte del café y una jarra llena de zumo de naranja que acaba de exprimir hacía tan solo cinco minutos.
Negó lentamente con la cabeza.
—Travis ya te adora, pero cuando venga el otro con lo goloso que es te hará una reverencia.
Sonreí.
—¿Más goloso que Travis? No creo que eso sea posible.
—Sí que es posible, mi hermano, si por él fuera, solo comería dulces y prescindiría del resto de la comida.
—Entonces cuando venga esconderé mis dulces, hasta que no se coma la comida no hay postre.
Madre e hijo se miraron y se echaron a reír haciéndome fruncir el ceño.
—¿Qué pasa? ¿He dicho algo malo?
Los dos negaron con la cabeza.
—No cielo, nos ha hecho gracia lo que has dicho, porque con lo gruñón que es Wyatt si le escondes un dulce que al parecer es lo único que le saca una sonrisa, lo mismo te ladra.
Alcé una ceja. Así que el hermano moreno tenía malas pulgas, bien pues a mí pulgas, ninguna, eso sí que no.
—Que ladre lo que quiera, si no come no hay dulces, regla número uno de una pastelera responsable.
Nos echamos a reír los tres mientras les pedía con la mano que se sentaran a la mesa para desayunar.
Travis sin pensárselo y medio babeando cogió una tortita y se la metió entera en la boca. Negué mientras reía, porque apenas podía revolverla en la boca.
— Macaron , definitivamente estoy enamorado de tu cocina —dijo cuando tragó.
Helen asintió mientras saboreaba un trozo de bizcocho.
—De verdad, cariño, no tenías que hacer nada, eres una invitada.
Negué rápido.
—No, no, no. Yo no sé estar sin hacer nada. Me moriría de aburrimiento. Además, me encanta cocinar.
Y era totalmente cierto.
Llevaba tantos años ayudando a mi padre con la casa, cocinando y haciendo dulces en la pastelería que, si ahora tenía que estar de brazos cruzados, me daría un soponcio por el aburrimiento.
Mi cuerpo y mi mente necesitaban actividad. Helen resopló divertida.
—Pues me has hecho un favor, porque odio cocinar, lo hago porque no me queda más remedio, pero nunca me ha gustado y eso no ha cambiado con el paso de los años, ni cambiará.
—Pues hacemos un trato, yo cocino y vosotros coméis.
Los dos se echaron a reír.
—¿Estás segura? No quiero parecer una aprovechada por dejarte que cocines tú.
—Segurísima, y de aprovechada nada, encima que me habéis acogido aquí.
—No te hemos acogido, joder diciéndolo así, parece que eras un perrillo que estaba a un lado de la carretera y lo recogimos al pasar con el coche —protestó Travis.
—Era una manera de hablar —dije poniendo los ojos en blanco.
—Pues no lo digas más así, macaron , no me gusta cómo suena.
—Valeee. ¿Entonces tenemos un trato, Helen?
Me sonrió y pude ver el alivio en sus ojos al ver que no tendría que acercarse más a los fogones, me aguante la risa, porque de verdad que me podía imaginar el suplicio por el que habría pasado esa mujer cocinando tantos años si no le gustaba.
—Sí, sí lo tenemos. Además, así puedo dedicar más tiempo a mi querido huerto.
Mis ojos se abrieron como platos, porque saber que tenían un huerto me encantó, siempre había soñado con tener uno, y poder plantar muchas cosas, especias sobre todo para luego usarlas en los postres.
—¿Tienes un huerto?
—No es solo un huerto, es el huerto —dijo orgullosa.
—Eso es maravilloso, las verduras recién cortadas saben muchísimo mejor. Y las especias recién recogidas son maravillosas para los postres.
—Especias no tengo muchas, pero ahora que estás aquí, como tengo sitio podremos plantar las que quieras para que las uses.
—Eso sería estupendo —dije ilusionada.
—Y por los huevos tampoco te tienes que preocupar, puedes gastar los que quieras para los dulces —añadió Travis antes de comerse la quinta tortita.
Madre mía este muchacho, comía como una lima, menos mal que luego lo quemaba trabajando, sino en poco tiempo tendríamos que llevarlo rodando, pensé aguantándome la risa.
—¿También tenéis gallinas?
Travis sonrió al verme emocionarme por todo.
—Prepárate porque vas a flipar con este sitio y con lo que tenemos.
—Estoy deseando verlo.
—Pues ahora cuando desayunemos te haremos un tour, para que sepas donde está todo.
—Sí, sí, sí —dije emocionada como una cría pequeña.
Los dos se echaron a reír.
Seguimos desayunando mientras Travis me preguntaba qué haría ese día para comer. La madre que lo parió, no había terminado lo que tenía delante y ya estaba pensando en lo siguiente.