La mentira que cambió mi vida Capítulo 14
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Capítulo 14

Nunca había montado en avión, como iba a hacerlo si no había salido de mi pueblo.

Todo lo más lejos que había llegado desde Annecy había sido a los pueblos cercanos algún lunes con mi padre en los que me había llevado de excursión para ver alguna parte más de Francia, había dicho.

Nada más que el avión se puso en marcha descubrí una sensación mucho más extraña de lo que había imaginado en mi estómago.

Durante el despegué me agarré tan fuerte al reposabrazos que Travis terminó soltando una carcajada.

— Macaron , relájate. No vamos a morir.

—Eso lo dices tú porque no es tu primera vez, yo estoy cagada.

Soltó una carcajada que tuvo que disimular tapándose la boca con la mano para que no le oyeran todos los pasajeros.

—Pues los baños están al fondo, este asiento no es sitio para hacer esas cosas.

Sería capullo el vaquero.

—Serás idiota —dije fingiendo estar ofendida.

—Venga, en serio, ya verás cómo te gusta la sensación de estar entre las nubes.

—Ya veremos —murmuré agarrándome con fuerza al reposabrazos cuando el avión tomó velocidad.

Pero después de un rato cuando el avión ya estaba en el aire estabilizado y miré por la ventanilla al ver las nubes tan grandes y parecían tan esponjosas no pude por más que darle la razón. Se veía impresionante el paisaje desde allí.

Miré un poco hacía abajo y suspiré al ver como las luces de Francia se quedaban atrás, como mi vida se quedaba allí y noté como todo se hacía más real. Demasiado real.

Teníamos muchas horas de vuelo por delante, muchísimas. Yo no tenía ni idea de cómo sería el viaje hasta el rancho, pero Travis se encargó de contármelo todo para que no me pillara desprevenida el día que saliéramos de Francia.

Primero desde Annecy viajamos hasta Ginebra en autobús cargados con todo mi equipaje que sinceramente no era mucho, me llevaba lo justo, no porque no quisiera llevar más, sino porque con la vida que llevaba en mi pueblo mucha ropa no tenía.

Eso era otra cosa que estaba hablada antes de salir, cuando llegáramos a casa, como Travis decía siempre que hablaba del rancho ya se encargaría Helen de llevarme de compras para que tuviera ropa adecuada para vivir allí.

Una vez que llegamos a Ginebra allí tomamos el avión en el que estábamos en ese momento que nos llevaría hasta Nueva York.

En Nueva York era la primera escala que haríamos hasta Denver. Y en Dever la segunda y última en la que cogeríamos otro avión hasta Bozeman.

Cuando me contó los planes de viaje poco más y me caigo de culo o me echó para atrás. Porque joder de no haber montado nunca en avión, lo iba a hacer por partida triple en menos de veinticuatro horas. Pero me dije “es necesario, así que tú aguanta”.

Con el paso del tiempo, Travis terminó quedándose dormido, ese primer vuelo era el más largo y la verdad es que era una buena oportunidad para descansar unas horas.

Le miré de reojo y sonreí. Tenía la cabeza ligeramente ladeada y los brazos cruzados sobre el pecho, estaba completamente tranquilo.

Todo lo contrario, a mí. Porque llevaba tantos nervios dentro por el cambió tan grande que estaba dando a mi vida que fui incapaz de pensar en dormir y mucho menos hacerlo.

Después de beberme el refresco que me había traído una de las azafatas apoyé la cabeza en el respaldo del asiento y cerré los ojos.

Y todos los recuerdos de los días anteriores desde que Travis se presentó en mi casa esa noche me volvieron de golpe.

Todo había pasado muy rápido, demasiado quizá.

Al día siguiente de aquella absurda propuesta de matrimonio fuimos a hacerme el pasaporte. Después al registro.

Todavía me daban ganas de reír cuando recordaba a la mujer que nos entregó el libro de familia, el certificado de matrimonio y toda la documentación necesaria en esos casos.

Esa mujer nos dijo “Muchísimas felicidades a los dos, hacéis una pareja preciosa” en esos momentos los dos nos miramos sonriendo y le dimos las gracias, cuando la verdad es que nos estábamos aguantando las ganas de reír.

También uno de los momentos más raros fue cuando el hombre del registro o el que casa o como se diga, me preguntó “¿Confirma usted que desea contraer matrimonio con el señor Hunter?”

Ahí sí que tuve que hacer un verdadero esfuerzo para no reírme, porque, madre de dios, en la vida había pensado yo que me casaría, mucho menos de esa manera y muchísimo menos todavía con Travis.

La verdad es que Travis llevaba todo lo necesario muy bien preparado y yo no tuve que hacer nada, solo firmar lo que firmé en mi casa y estar ese día allí con él.

Él se encargó de todo, de coger todos los papeles, del libro de familia y demás cosas.

Lo guardó todo en una carpeta y al salir del ayuntamiento nos fuimos a comer a un restaurante del pueblo para celebrar que todo había salido bien. También se encargó de ayudarme a vaciar la pastelería.

Ese recuerdo me hizo apretar los puños con fuerza.

Sabía que era necesario para seguir, pero dolió hacerlo y no pude evitar llorar hasta el cansancio mientras lo hacía.

Sonreí al recordar a las vecinas entrando una tras otras mientras yo les regalaba ingredientes, moldes, cajas de harina, chocolate, decoraciones y todo lo que no podía llevarme.

Todavía podía escuchar sus voces.

— Te echaremos muchísimo de menos, Alma.

— Tú padre estaría orgulloso de ti.

— Vuelve algún día a visitarnos.

Tuve que apretar los ojos con fuerza al notar cómo se me aguaban, no, no quería llorar más. Así que desterré ese recuerdo y dejé que otro mejor llegara. El de Camille.

Al día siguiente de la llegada de Travis después de comer en el restaurante cuando llegamos a casa, hicimos una videollamada con ella.

Esa llamada había sido un espectáculo digno de Broadway.

En cuanto vio aparecer a Travis a mi lado en la pantalla y después de quedarse unos segundos mirándonos con la boca abierta pegó tal grito que poco más y nos deja sordos.

—¡Coño, el vaquero guapo!

Travis se había echado a reír mientras yo me tapaba la cara de la vergüenza.

—¡Está en Francia! ¡Esto no me lo pierdo yo! —había seguido chillando — ¡Mañana mismo voy para allí!

Y cumplió su palabra. Al día siguiente bien temprano se presentó en mi casa como un huracán, de esos que arrasan.

Todavía sonreía al recordar su cara cuando le dijimos que ya no era Alma Moreau.

—¿Cómo que Alma Hunter? —había dicho mirándonos con los ojos abiertos como platos — ¿Qué me estás contando? Será una puta broma ¿no?

Ese día nos reímos muchísimo, tanto que los tres terminamos llorando.

Le explicamos el plan, el matrimonio, mi inminente cambio de vida y el viaje que ya estaba programado para solo unos días después para irnos a Montana.

Y lejos de parecerle una locura, Camille terminó abrazándome emocionada.

— Esto es exactamente lo que necesitas —me dijo después cogiéndome la cara con las dos manos—, un nuevo comienzo.

Y luego miró a Travis, muy seria.

— Como le hagas daño o le pase algo, vaquero, cruzo el océano nadando para matarte o dejarte eunuco.

Travis se llevó las manos hasta sus partes y se las cubrió mirándola con horror. Ella un segundo después estalló en carcajadas al verle la cara y acabamos riéndonos los tres.

Poco a poco, entre recuerdos, cansancio y el ruido constante del avión, terminé quedándome dormida.

No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que abrí los ojos sobresaltada al escuchar la voz del comandante anunciando que comenzábamos el descenso hacía el aeropuerto de Nueva York.

Y ahí los nervios volvieron otra vez a mi estómago al sentir esa sensación de vértigo.

Miré por la ventanilla y vi las luces interminables bajo nosotros. Estados Unidos. Dios mío…

Travis se desperezó a mi lado y sonrió al verme tan tensa.

—Esta pregunta ya no tiene mucho sentido, pero…ya no puedo arrepentirme ¿cierto?

Soltó una carcajada.

—Demasiado tarde, señora Hunter.

Puse los ojos en blanco.

—Todavía no me acostumbro al cambio de apellido.

Recogimos las maletas y atravesamos un trozo del aeropuerto para ir a la siguiente terminal donde salía el próximo vuelo, el que nos llevaría a Denver.

Allí todo era enorme. Ruidoso. Nuevo para mí. Nada que ver con la tranquilidad de mi pueblo.

Allí cada uno iba a lo suyo. Unos corriendo maleta en mano, otros hablando por teléfono y otros totalmente perdidos intentando encontrar donde tenían que ir

.

El vuelo hasta Denver fue mucho más corto y ahí Travis ya no se quedó dormido.

Nos pasamos todo el vuelo comiendo chucherías que habíamos comprado en una de las tiendas del aeropuerto y charlando de dulces, del rancho y de Camille.

Bajamos del último avión ya bien entrada la tarde.

Había pasado casi un día entero desde que salimos de Francia y el cansancio se notaba en nuestro cuerpo, sobre todo en el mío que no había sido capaz de dormir más de dos horas.

Recogimos mi equipaje, el de Travis no hizo falta porque su bolsa al ser de mano la había subido con él al avión y la llevaba colgada al hombro.

Al salir del aeropuerto lo primero que noté fue un calor asfixiante típico de donde estábamos, y que se notaba mucho más al ser verano.

Salimos por las puertas del aeropuerto y al ver a Helen allí esperándonos sin poder evitarlo dejé caer la bolsa que llevaba colgada, me llevé las manos a la boca y me eché a llorar. Se acercó con rapidez y me envolvió entre sus brazos.

Sentí una sensación de paz en sus brazos impresionante. Porque aquella mujer, incluso a través de una pantalla, había conseguido hacerme sentir acompañada y comprendida como si fuera mi madre durante los perores meses de mi vida.

Me abrazó y me acarició el pelo mientras me repartía besos por toda la cara haciéndome reír entre lágrimas.

—Niña…—susurró emocionada también—. Vas a estar muy bien aquí con nosotros, ya lo verás.

Asentí sin poder hablar.

El trayecto hasta el rancho se me hizo cortísimo, no porque estuviera cerca sino porque entre que iba alucinada viendo el paisaje por la ventanilla y que Helen no dejó de darme conversación en ningún momento.

Nunca había visto paisajes así. Montañas enormes. Carreteras infinitas. Bosques que parecían sacados de un libro de fantasía.

Cuando por fin llegamos al racho que estaba iluminado solo por una luz en el porche y por la claridad de la luna, sentí algo extraño dentro de mí.

Miedo. Pero también calma.

Helen me dijo que ya tenía una habitación preparada para mí desde el mismo día que Travis salió de allí para ir a buscarme.

Al subir las escaleras detrás de ella, me fijé en una fotografía que estaba colgada en el pasillo. En ella pude distinguir enseguida a Helen, a Travis y a su padre, el que conocía por las fotos que Travis me había mandado, pero había alguien más en la foto, alguien a quien no conocía,

Un hombre moreno un poco más mayor que Travis que tenía sus mismos ojos azules, pero más profundos, más duros. Era increíblemente guapo.

Y si Travis era atractivo, ese hombre era directamente impresionante.

Me quedé observando la fotografía unos segundos más, como si los ojos de ese hombre me hubieran hipnotizado.

—¿Qué miras?

La voz de Travis sonó detrás de mí. Se acercó hasta quedarse a mi lado.

—¿Quién es? —pregunté sin apartar la mirada de la foto.

Tardó un par de segundos en contestar.

—Wyatt.

Giré un poco la cabeza hacía él.

—¿Tu hermano?

Asintió.

—Nunca me has hablado mucho de él, solo sé que viene al rancho de vez en cuando, nada más.

Vi cómo algo cambiaba en su expresión. Se puso muy serio.

—Supongo que tarde o temprano acabarás conociéndolo, sí algún día decide volver a aparecer por aquí. Estuvo aquí hace un par de meses y solo dos días.

—¿Y eso qué significa?

—Es una historia un poco complicada.

Vi cómo al decirlo en sus ojos había cierto dolor. Eso me dijo que algo pasaba entre ellos o que Wyatt había tenido algún problema en el rancho.

Se quedó pensando unos segundos mirando la foto y negó con la cabeza.

—Mañana mientras te enseño el rancho si quieres te la cuento. Ahora descansa. Ha sido un día muy largo y no has dormido nada.

Asentí sonriéndole. Pero antes de seguir hacia delante miré por última vez la fotografía.

Y no sé por qué… pero algo dentro de mí me dijo que ese hombre de los ojos azules tan profundos iba a cambiar mi vida.

Lo que no tenía claro era, si sería para bien o para mal.