Capítulo 13
Cuando abrí los ojos a la mañana siguiente, tardé unos segundos en entender qué era lo que notaba distinto.
Había algo. Algo diferente dentro de mí. Algo diferente en el ambiente.
Parpadeé varias veces, todavía medio dormida, sintiéndome extrañamente más ligera y confusa también. Como si durante la noche alguien hubiera colocado las piezas del puzle roto que tenía dentro.
Intenté moverme, pero no pude hacerlo ni un milímetro. Unos brazos fuertes y musculosos me tenían agarrada por la cintura y pegada a un cuerpo grande e igual de musculoso.
Todos los recuerdos de la noche anterior volvieron a mi cabeza de golpe. Travis.
Sonreí incluso antes de girarme. Lo hice despacio y me encontré con él completamente dormido a mi espalda, con el pelo totalmente revuelto, con mechones cayéndole sin orden por la frente.
Su respiración era tranquila y constante; era ajeno a que yo lo estaba observando. Lo miré más porque era como si no terminara de creerme que estuviera allí, conmigo.
Mi amigo. El que se había cruzado medio mundo para venir a buscarme. El único capaz de hacer que, después de meses sintiéndome vacía, despertara sintiéndome un poco más en paz.
Mientras lo miraba, los nervios volvieron a aparecer en mi estómago.
Montana. El rancho. Irme con él. Dejar mi vida atrás. A eso había venido, a llevarme con él.
Me daba miedo, muchísimo. Pero también sabía que, en el fondo, todos tenían razón.
Necesitaba un cambio, necesitaba seguir, necesitaba encontrar mi lugar y para eso necesitaba salir de allí, necesitaba cambiar mi vida.
Allí en esa casa y en la pastelería ya no me quedaba nada excepto recuerdos y dolor.
—Buenos días, macaron .
Su voz rasposa por el sueño, susurrada en mi oído, me sacó de mis pensamientos y sonreí.
—¿Ya estás despierto?
—Estoy en proceso de estarlo.
Me apreté un poco más contra él mientras se me escapaba una risita al verlo bostezar.
—¿Vas a prepararme uno de esos desayunos tuyos con los que llevo soñando desde que te conocí?
Solté otra breve risa.
—Eso ni se pregunta.
—Perfecto, porque llevo meses pensando en tus dulces. Cuando me los enseñabas por el móvil, solo me faltaba chupar la pantalla.
Negué con la cabeza.
—Buena la hemos hecho.
Levantó una ceja mientras a la vez fruncía el ceño.
—¿Y eso por qué?
—Porque nos hemos juntado una pastelera que adora hacer dulces y el ranchero más goloso de toda Montana.
Le salió una carcajada que hizo que yo sonriera también.
—Tienes razón, en casi todo. Hay algo que has dicho que no es cierto.
Ahora fui yo la que levantó una ceja interrogante.
—¿El qué?
—Que no soy el más goloso de toda Montana, sino de Estados Unidos.
Nos quedamos mirándonos y nos echamos a reír a la vez.
—Pues venga, vamos a levantarnos; ese goloso que vive en ti se va a relamer con el desayuno que le voy a preparar.
—Gracias, Dios… gracias —dijo levantando las manos hacia arriba.
Nos levantamos y, mientras Travis pasaba el primero por el baño para asearse, yo fui directamente a la cocina a encender la cafetera. En casa no solía tener ingredientes para hacer dulces, así que bajé de una carrera hasta el obrador a coger lo que necesitaba.
Dejé todo en la cocina y, mientras Travis se vestía en mi habitación, pasé por el baño. Diez minutos después estábamos los dos en la cocina.
Suspiré antes de ponerme al lío, pero fue un suspiro bueno, porque por primera vez en mucho tiempo la casa no se sentía tan vacía ni yo tan sola.
Preparé unas tortitas con nata, fresas y chocolate mientras Travis me observaba totalmente alucinado por mi destreza, mirándome como si fuera una bruja que estaba haciendo magia.
—Voy a llorar —dijo cuando le puse el plato delante lleno de tortitas.
—Exagerado.
—No, macaron . Esto es amor verdadero; estoy enamorado de tus dulces desde la primera vez que los vi.
Me reí con ganas por primera vez de verdad en mucho tiempo. Y eso dolió un poco. Porque me hizo darme cuenta de cuánto lo necesitaba.
Después de desayunar, nos duchamos, ya que antes solo nos habíamos aseado de forma rápida, y nos pusimos ropa cómoda. Cuando estuvimos listos, Travis me pidió que nos sentáramos en el salón.
Ahí volvieron los nervios.
Él se acomodó frente a mí en el sofá mientras yo me sentaba en una silla para poder mirarnos a la cara mientras hablábamos. Apoyó los antebrazos sobre las rodillas y me miró serio.
Eso hizo que mis nervios aumentaran todavía más, porque Travis solo se ponía serio cuando lo que iba a decir era muy importante.
—Como te dije anoche, quiero que vengas conmigo a Montana.
Tragué saliva.
—¿Tú estás seguro de esto?
No dudó ni un segundo.
—No he estado más seguro de nada en mi vida.
Sonrió un poco para aligerar el ambiente.
—Además, si vuelvo sin ti, mi madre no me deja entrar otra vez en el rancho. Y tú no quieres que eso pase, ¿verdad?
Eso me hizo reír.
—Entonces, ¿tu madre está de acuerdo con esto?
—Por supuesto. Es más, yo pensaba viajar la semana que viene porque tenía que arreglar unas cosas relacionadas con unos caballos, pero cuando le conté mis planes de venir a por ti, me dijo: Te vas mañana, no podemos esperar más.
Negué con la cabeza riendo, porque al parecer sí que tenía razón cuando me dijo que Helen era dulce, pero que también tenía mucho carácter.
Cerré los ojos un par de segundos antes de hablar y decir con mis palabras que aceptaba.
—Vale… pues vamos allá.
Travis sonrió satisfecho.
—Eso era lo que quería oír.
—Aunque no tengo ni idea de cómo funciona nada de esto —añadí rápidamente—. ¿Puedo viajar así sin más? ¿Necesito permisos? ¿Papeles? No sé cómo funciona lo de viajar y vivir en otro país.
—Lo primero que necesitas es sacarte el pasaporte.
—Bueno, eso es fácil y sé que se hace rápido.
—Y luego está el pequeño detalle de poder quedarte legalmente allí.
Fruncí el ceño.
—¿Y eso cómo se hace?
Vi cómo se removía un poco nervioso en el sofá.
—Bueno… he estado mirando distintas opciones.
Lo señalé con el dedo por impulso, porque eso me dejó descolocada. Era imposible que hubiera mirado las opciones en un día si su madre le había pedido que adelantara el viaje.
—Entonces esto de venir a por mí no ha sido un impulso repentino, ¿no?
Travis me miró a la cara y soltó una pequeña risita.
—No. La decisión la tomé antes incluso de que Henry se fuera. Sabía que ibas a necesitar salir de aquí, y no me equivoqué.
El pecho me dio un vuelco al oír el nombre de mi padre.
—¿Y cuál es tu idea? ¿Cuál de todas esas opciones es la mejor en mi caso?
Travis se inclinó hacia delante.
—No te asustes, ¿vale?
Entrecerré los ojos.
—Uy… madre. Me das miedo.
Abrió la mochila que había traído el día anterior y que antes de sentarnos había dejado en el suelo a sus pies. De ella sacó unos papeles y los puso sobre la mesa. Con un movimiento de cabeza me pidió que los cogiera.
Solo llegué a ver las letras en mayúsculas que ponía en el encabezamiento del primer papel porque me quedé congelada. “Acta de matrimonio”.
Tardé unos segundos en poder articular palabra.
—¿Qué es esto?
—La manera más fácil y rápida de que puedas entrar y quedarte en Estados Unidos.
Lo miré fijamente. Él me sostuvo la mirada con total seriedad. Y entonces… me eché a reír.
Pero no suavemente, no, me eché a reír a carcajadas. Hasta me pareció extraño oír mi risa de esa manera, porque hacía mucho, mucho tiempo que no me reía de esa manera. Hasta un par de lágrimas se me escaparon y tuve que agarrarme el estómago del dolor que me dio.
Travis arqueó una ceja al verme en ese estado.
—¿Qué te hace tanta gracia?
—¿En serio? —dije todavía riéndome—. ¿Esta es tu solución? Joder, ¿estás loco o qué? ¿Cómo vamos a casarnos?
—Pues casándonos, solo tienes que poner tu firma y ya está, todos los datos están ya puestos.
Volví a reírme más fuerte al ver que no era una broma; es que estaba hablando totalmente en serio. Y sí, me reía, pero no sabía si era por nervios, por lo alucinante de su idea o por qué coño me reía, si he de ser sincera. El caso es que lo hacía.
—¿Esta es tu propuesta de matrimonio? Qué decepción, y yo que pensé que Travis Hunter era más romántico, más de cena, flores y arrodillarse.
No pude evitarlo y le dije eso para burlarme un poco.
Se me quedó mirando dos segundos y, cuando procesó mis palabras, se echó a reír de la misma manera que lo estaba haciendo yo.
— Macaron , no he tenido tiempo de preparar una pedida más romántica, pero si quieres, me arrodillo, ¿eh?
Hizo amago de levantarse y le agarré del brazo para frenarle sin parar de reír. Pasaron un par de minutos hasta que los dos conseguimos calmarnos.
—Venga, Alma, ¿qué me dices? ¿Te casas o no?
—Estás loco, que lo sepas.
—No.
—Sí.
—Solo es un trámite, el más rápido para que nos podamos ir cuanto antes. Solo tienes que firmar, presentamos los papeles, lo registran y ya serías oficialmente una Hunter. Dentro de un año firmas el divorcio y ya está. Tú tendrás residencia legal y nadie sospechará nada.
Intenté ponerme seria otra vez.
—¿Y si investigan y descubren que es un matrimonio falso? Eso nos puede traer muchos problemas a los dos.
—Ya lo he pensado.
Claro que lo había pensado, si al parecer traía las respuestas preparadas para todas las dudas que me estaban surgiendo.
—Diremos que nos enamoramos en la distancia. Que llevamos meses en una relación. Tenemos pruebas de ello.
Hizo una pausa para respirar.
—Los mensajes están ahí, que sí que en ellos no hay nada que parezca amor, pero para eso están los registros de las videollamadas, diremos que ahí era cuando dábamos rienda a nuestros sentimientos y a algo más…
Ese algo más sabía de sobra lo que era. Que en esas videollamadas para que no sospecharan, teníamos que decir que eran entonces cuando había algo sexual y también romántico.
Lo miré unos segundos, y odié admitirlo.
—Es…bastante creíble.
—Lo sé, es una idea cojonuda.
Negué despacio, todavía riéndome un poco. Aquello era una locura. Una auténtica locura. Pero también era la primera vez en meses que el futuro no me parecía completamente negro.
Travis me tendió la mano teatralmente.
—Entonces… señorita Moreau. ¿Quiere ser usted una Hunter?
Volví a echarme a reír.
—Es una locura.
—Pero una locura necesaria.
Lo miré unos segundos más y por primera vez en mucho tiempo, sentí algo parecido a la esperanza. Esa que se marchó de mi cuerpo meses atrás.
Alargué la mano y de debajo de la mesa cogí un bolígrafo que siempre tenía allí con una libreta para apuntar cosas.
Acerqué mi mano a los papeles y sin leer nada sin pensármelo más, estampé mi firma donde ponía mi nombre y un hueco debajo para hacerlo.
—Ya soy una Hunter —susurré.
—Así es —dijo sonriendo.
—Ahora solo queda hacer una cosa.
—¿Cuál?
—Seguir Alma, seguir.
Asentí con los ojos aguados y me tiré a sus brazos cuando los abrió para firmar nuestro trato con un abrazo.