Capítulo 12
Parpadeé varias veces, como si con eso pudiera obligar a mi mente a aceptar lo que estaban viendo mis ojos.
Travis estaba allí, delante de mí, de verdad. Y no era un espejismo o una alucinación. Era real.
No reaccioné, no fui capaz. Me quedé quieta, tiesa como un palo en el umbral de la puerta, mirándolo de arriba abajo, intentando encontrar una explicación lógica, intentando buscar el motivo de por qué estaba allí, pero no lo encontré.
Lo único que sí supe es que era él. Mi amigo, mi protector, mi ancla, mi todo. Y, sin embargo, mi cabeza se negaba a creerlo.
Travis debió de notar mi bloqueo, porque dio un paso al frente, dejó caer la bolsa que llevaba al hombro en el suelo y abrió los brazos. Ese gesto me rompió.
Me moví antes de pensarlo siquiera, me lancé hacia él y cuando me rodeó con los brazos, todo lo que llevaba dentro, que me estaba destrozando desde hacía meses, salió en tromba sin pedir permiso.
Empecé a llorar sin control, rota, de una manera tan desgarradora que cualquiera que me hubiera podido oír hubiera pensado que me estaban torturando.
—Tranquila, tranquila… ya estoy aquí —me susurró, apretándome contra su pecho—. Ya estoy aquí, macaron , te tengo.
No sabría decir cuánto tiempo pasó, minutos o tal vez más. Solo sé que lloré como no había hecho en mucho tiempo, y él no se movió ni un centímetro; solo me sostuvo entre sus brazos como si yo fuera lo único importante en ese momento.
Cuando los sollozos empezaron a bajar, levanté la cabeza y miré confusa hacia ambos lados. Ya no estábamos en la puerta, estábamos en el sofá. Ni siquiera recordaba cómo habíamos llegado hasta allí.
Estaba sentada en sus piernas, y abrazada a él con mis brazos alrededor de su cuello y los de él rodeándome la cintura, sosteniéndome contra su pecho.
Me miró con una sonrisa suave y me pasó el pulgar por las mejillas para limpiarme las lágrimas.
—No quiero ver más esto —me dijo en voz baja—. Ya has llorado bastante, ya has sufrido bastante. Ahora toca seguir. Toca cumplir la promesa que le hiciste a tu padre y buscar tu lugar.
Tragué saliva al oír esas palabras que me atravesaron más de lo que lo habían hecho las de mi padre en su momento.
—Travis… no puedo, no sé qué hacer, no puedo más.
Negó despacio, sin soltarme.
—Pues para eso estoy yo aquí, para ayudarte con todo.
Me pasé la mano por la cara, retirando los restos de las últimas lágrimas que me quedaban, y lo miré confusa.
—¿Y cómo vas a hacerlo? ¿Cómo has venido? ¿Qué has hecho con el rancho?
Travis soltó una pequeña risita ante mi interrogatorio, ya que las preguntas no salieron despacio de mi boca, sino con mucha rapidez, casi montando unas palabras con las otras.
—Tranquila, tranquila, no te aceleres.
Asentí, pero no dije nada; esperé a que él siguiera hablando.
—En el rancho se ha quedado mi madre al frente. Ya sabes que puede con eso; los chicos le harán más caso incluso que a mí.
Imaginar a Helen montada a caballo dando órdenes, con lo dulce que era, me pareció increíble. Pero según me había dicho Travis muchas veces, yo solo conocía la parte amable de su madre, no la otra; cuando se ponía autoritaria y seria, ahí, según decía, daba miedo. Estaba segura de que exageraba.
Intenté responder, pero me falló la voz al pensar en esa mujer que tantos ánimos y cariño me había dado en mis peores momentos, aunque fuera en la distancia.
—Tu madre… cuánto me gustaría darle un abrazo —murmuré sin pensar muy bien lo que decía.
Me miró unos segundos poniéndose serio; luego volvió a suavizar el gesto.
—Y lo harás, más pronto de lo que crees.
Negué con la cabeza sonriendo porque pensé que era algo que había dicho por decir, pero no, no era así, y con su siguiente frase me sacó de mi error.
—He venido para llevarte conmigo.
Me quedé quieta.
—¡¿Qué?! —pregunté más alto de lo que pretendía.
—Alma, no voy a dejar que te hundas aquí sola —dijo con voz firme—. He venido a por ti. Te voy a llevar conmigo a Montana y allí vas a curar tu alma. Allí vas a seguir, allí pensarás si ese es tu camino o decidirás con calma cuál crees que es.
—Travis, no… no puedo dejar todo esto… —Balbuceé.
—Sí puedes —me interrumpió, sin dureza, pero sin duda—. Aquí solo te quedan recuerdos. Y los recuerdos se llevan aquí —se llevó una mano al pecho para que lo entendiera—. Pero no te pueden romper la vida, solo te pueden acompañar el resto de ella.
Bajé la mirada.
—Es mi casa.
—Y también es el lugar donde más has sufrido, mucho más de lo que deberías para la edad que tienes.
En eso tenía razón; con diecinueve años, esos que cumplí el verano anterior y que no celebré, y que mi padre ya estaba cayendo tan en picado que ni se acordó, pensaba que ya tenía el cupo de sufrimiento lleno.
—El recuerdo de tu padre lo llevas contigo, Alma. Eso nadie te lo puede quitar. Pero esto —dijo extendiendo una mano— ya no es para ti, ya no es tu sitio, ni tu lugar.
Le miré con los ojos húmedos otra vez.
—Siempre le caíste bien; me decía que ese vaquero guapo de una forma u otra siempre formaría parte de mi vida.
—Y tenía razón, sobre todo en lo de guapo —dijo intentando bromear.
Se inclinó un poco hacia mí.
—Entonces dime, macaron , ¿te vienes conmigo a Montana para que te enseñe a montar a caballo?
Solté una risa rota entre lágrimas, y es que no sabía si reír o llorar o hacer las dos cosas al tiempo.
Me quedé pensando un segundo. No me hizo falta más tiempo para tomar la decisión que cambiaría mi vida.
—Gracias —susurré—. Gracias por venir a salvarme.
Travis negó despacio.
—No sabes si te estoy salvando yo a ti o tú a mí; ya veremos lo que es.
Se hizo un silencio distinto entre los dos. Más pesado. Más real.
Le miré interrogándole con la mirada, porque no tenía ni idea de por qué había dicho esas palabras.
—Hay cosas de mi vida que todavía no te he contado. Cosas que siguen doliendo, aunque haya pasado bastante tiempo. Pero ahora no es el momento; ya te las contaré cuando estemos en casa.
Sus últimas palabras me calentaron el corazón porque no había dicho en mi casa, sino en casa, como si ya diera por hecho que yo ya formaba parte de allí aun sin haber estado nunca.
Lo otro que había dicho me dejó preocupada porque vi dolor en sus ojos al decirlo, pero no le presionaría; sabía que me lo contaría cuando estuviera preparado y, como había hecho él conmigo, estaría para él, para ayudarle en todo lo que necesitara.
Se levantó despacio, conmigo aún en brazos. Dios mío… Si es que me levantaba sin ningún esfuerzo y no era porque estuviera delgada, que, si eso algo contaba también, sino porque era enorme.
En ese momento y estando así entre sus brazos, que parecía más una niña que una mujer, ahí me di cuenta de lo mucho que engañaba la cámara del móvil. Porque Travis me había parecido alto y fornido, pero joder, verlo al natural era mucho más impresionante.
—¿Qué haces?
Le pregunté al ver que no me soltaba y que tenía intención de caminar conmigo en brazos.
—Voy a dejarte en tu cama, es tarde y necesitamos descansar; mañana tenemos que estar frescos, hay mucho de lo que hablar.
Asentí sin fuerzas.
Con la mano le indiqué dónde estaba mi habitación y, nada más entrar, en dos zancadas estaba al lado de la cama, donde me dejó caer con delicadeza.
—Voy a por mi bolsa. Necesito quitarme esta ropa.
Le indiqué dónde estaba el baño para que se diera una ducha, que estaba segura de que agradecería después del largo viaje.
Quince minutos después se tumbó junto a mí en la cama y me rodeó por la cintura para pegarme a él. No hubo absolutamente nada sexual en ese gesto, ni por su parte ni por la mía. Solo éramos dos amigos que dormirían juntos abrazados, nada más.
—Duerme, macaron —dijo dándome un beso en el pelo.
Suspiré porque, por primera vez en mucho tiempo, no me dio miedo cerrar los ojos; por primera vez no me sentí tan sola.