Capítulo 11
Me levanté del sofá y me acerqué a la ventana.
Fuera todo estaba en silencio, pero un silencio muy distinto al que yo sentía, al que llevaba muchos días acompañándome.
Ese silencio era de paz. El mío no. El mío era soledad y desolación.
Ya había anochecido hacía un rato y eso significaba que la noche se había abierto paso en Annecy.
Una noche en la que mucha gente estaría paseando por el lago o cenando en alguna terraza o simplemente en la calle disfrutando de las buenas temperaturas que hacían, ya que el verano hacía solo dos días que había empezado.
Cerré los ojos y pensé en algo del pasado, como hacía cada dos por tres. Esas noches me encantaban o al menos lo habían hecho en otra época.
En esa en la que, después de cenar algunos días, mi padre y yo dábamos un paseo hasta el lago, respirábamos un poco y estirábamos las piernas mientras charlábamos de todo y de nada y nos reíamos de cualquier bobada.
Luego volvíamos a casa agarrados del brazo y pasábamos por el obrador, cogíamos un dulce y nos sentábamos en el sofá a comérnoslo mientras comentábamos el paseo.
Sacudí la cabeza con fuerza para no pensar en esos recuerdos dolorosos; no era que no me gustaran, sino que sabía que nunca volvería a poder hacer ninguna de esas cosas que tanto disfrutaba con mi padre.
Caminé despacio hacia el sofá para sentarme y seguir en modo hibernación, pero justo cuando me estaba sentando, mi móvil sonó.
Solo podían ser dos personas. Camille o Travis.
Voté por la primera opción porque con Travis había hablado esa misma mañana durante una hora.
Ay… Travis. Solo de pensar en él, la sonrisa me salía sola; era leve, pero salía y no de las forzadas, de las de verdad.
Porque si Camille había estado ahí para mí, él no se había quedado atrás; estuvo mucho más, más que nadie en realidad.
Volví a sonreír esa vez un poco más al pensar en lo que había sentido por él al principio, cuando vi su foto, cada vez que me llamaba macaron o las primeras veces que oí su voz.
Todas esas mariposas o esa atracción que sentí por él fueron una cortina de humo o algo pasajero que se esfumó de mi interior o quizá simplemente mutó.
Sí, eso fue, cambió. Pero a algo mucho mejor.
Eso que parecía haber nacido entre nosotros porque sabía por su propia boca que él también sintió lo mismo al principio, desapareció para dar paso a algo mucho más importante.
A algo que, bajo mi punto de vista, era de las cosas más importantes del mundo, porque el amor va y viene, o se acaba o desaparece.
Pero la amistad, si es verdadera, como lo era la nuestra, esa sí que no desaparecía nunca, ni porque hubiera distancia, ni tiempo sin ver a esa persona o sin hablar con ella.
No, la verdadera amistad dura para toda la vida y sobrepasa todo.
Y eso era lo que nos había pasado a Travis y a mí, que con el paso de los días eso que sentimos desapareció y nos convertimos en amigos.
Los mejores amigos. Así de simple y bonito fue.
Él se había convertido en la persona con la que más hablaba del mundo y mira que con Camille lo hacía y la quería muchísimo como la buena amiga que era.
Pero Travis… él era especial y, en esos momentos en los que ya no estaba mi padre, había pasado a ocupar el primer puesto en ser la persona más importante y querida de mi vida.
Durante todos esos meses, al igual que Camille, no falló ni un solo día; todos y cada uno de ellos me llamaba, a cualquier hora, y no solo una vez; había días que llegó a llamarme varias veces y mensajes, bueno, mensajes de esos hubo miles.
Daba igual el trabajo que tuviera; incluso si tenía que quedarse sin dormir lo que necesitaba o delegar trabajo, me llamaba.
Fue el único durante esos meses que consiguió hacerme reír con sus tonterías, incluso en los peores días.
Mi padre me repetía una y otra vez que había tenido mucha suerte de encontrar un amigo como él.
Que eso era algo difícil de encontrar. Y sí, al parecer yo había tenido la suerte de que me tocara y estaba agradecida al cielo, a Dios o a quien fuera por poner a Travis en el camino de mi vida.
Habíamos pasado noches enteras hablando por teléfono mientras yo permanecía sentada junto a la cama de mi padre.
Había momentos en los que ni siquiera decíamos nada, solo descolgábamos y nos quedábamos en silencio, pero solo con saber que estaba al otro lado ya me daba la paz y las fuerzas que necesitaba para seguir adelante.
Y jamás se cansó. Jamás me hizo sentir una carga. Incluso cuando yo sabía perfectamente que él tenía mucho trabajo y que sacrificaba su poco tiempo libre hablando conmigo, y así se lo hacía saber.
En esos momentos se enfadaba y me decía: “No me hagas ir hasta allí y darte unos azotes por tonta”.
Apreté un poco los labios al recordar todas las videollamadas.
Como en ellas me enseñaba los caballos, o los terneros recién nacidos, o el paisaje del atardecer desde la mecedora del porche de su casa. O cuando me ponía cerca de la cámara a Corso y Castan para que me saludaran con un ladrido.
Apreté más los labios antes de sonreír, pensando en Helen, su madre.
En una de esas videollamadas, al principio de todo me la presentó y esa mujer, que era la más dulce y cariñosa que yo había conocido en mi vida, también se convirtió en una constante en mi vida.
Casi siempre, cuando veía a su hijo hablando conmigo, le quitaba el teléfono de un tirón bajo las protestas de él y se ponía a charlar conmigo como si nos conociéramos de toda la vida.
— Come más cielo —me decía siempre—. Estás demasiado delgada, tienes que cuidarte tú para estar fuerte para tu padre.
Y tenía razón. Porque había perdido muchísimo peso del ajetreo que tenía todo el día y de lo mal que comía y a deshoras también, pero no lo pude evitar; mi padre iba primero y yo me dejé un poco, o bastante.
Incluso las clientas, las pocas que venían a la pastelería, las fieles de siempre, las que no había día que, aunque no compraran, se pasaran por allí a preguntarme por mi padre o por mí, me regañaban con cariño y preocupación, eso sí, para que me cuidara más.
El teléfono volvió a sonar y me sobresaltó. Me había quedado tan ida pensando en Travis, en su madre y en todo lo demás que me había olvidado por completo de que el móvil estaba sonando.
Di dos pasos rápidos y lo cogí de encima de la mesa y, como había supuesto, era Camille.
Descolgué rápido.
—Hola.
—Alma, no estarías durmiendo y te he despertado, ¿verdad?
Ojalá hubiera estado durmiendo, pensé antes de contestarla.
—No, estaba pensando y no me dio tiempo a cogerlo.
—Esa voz no me gusta nada, suenas más apagada que nunca.
Cerré los ojos y suspiré. Porque tenía toda la razón del mundo. Cada vez me sentía más apagada, más vacía, más sola.
—A mí tampoco me gusta, pero es lo que hay.
Escuché cómo suspiraba.
—¿Has comido algo hoy?
Mentí automáticamente.
—Sí.
—Alma…
Ante mi silencio, no insistió más; sabía que era una batalla perdida.
—No puedes seguir así, no puedes estar encerrada todo el día en casa, te estás hundiendo cada día más.
Sí, exactamente eso era lo que estaba pasando. Pero no sabía cómo seguir. No sabía cómo salir de ese pozo en el que me había metido.
Ese que parecía que en el fondo tenía lodo y cada día que pasaba me hundía un poco más.
Miré un segundo a mi alrededor lentamente. La casa. La pastelería. Los recuerdos. La ausencia de mi padre. Todo me estaba asfixiando.
—No sé qué hacer, Camille —murmuré rota.
—Siento que ya no encajo aquí, no sin él. Todo me pesa demasiado.
Hubo unos segundos de silencio.
—Necesitas un cambio.
Me reí sin humor.
—¿Cuál? ¿Desaparecer?
—No. Respirar.
Respirar, sí, eso estaría bien.
—Tienes que marcharte de ahí y lo sabes.
Hizo una pausa.
—Necesitas hacerlo para seguir. Sabes que sería lo que tu padre querría.
Lo sabía, claro que lo sabía. Y no porque lo pensara, que también, sino porque en muchas de nuestras conversaciones me lo había dicho.
— No te ancles aquí cuando yo no esté, sigue adelante donde sea, pero sigue; a mí me llevarás en el corazón, esto solo es un lugar. Es el mío; tú tienes que buscar el tuyo.
Esas palabras las tenía clavadas en el alma. Porque cuando me las dijo, hasta me enfadé pensando que cómo iba yo a irme de ahí, que ese también era mi lugar, no solo el suyo.
Pero cada día que pasaba, más cuenta me daba de que mi padre tenía razón. Ese no era mi sitio. No era mi lugar. Solo lo había sido mientras él había estado, pero al irse ya no lo era.
Y por eso me sentía tan perdida, porque no tenía lugar, uno mío, uno que amara como mi padre hizo con el suyo. O como Travis hacía con el rancho.
Me pasé una mano por la cara y me senté de nuevo en el sofá.
—Estoy cansada, Camille.
—Lo sé. Y sabes que puedes venir aquí, nos apañaremos.
Negué con la cabeza. No era la primera vez que me ofrecía que me fuera a vivir con ella y con su madre.
Pero ellas vivían en un piso pequeño de dos habitaciones y no era plan de invadir sus vidas y su sofá.
Además, que no quería ir a vivir a Lyon; estar allí me recordaría que no pude estudiar lo que quería y el motivo por el que lo hice constantemente, y eso era lo último que necesitaba.
—Sabes que no puedo ir allí.
Lo sabía porque ya le había explicado mis motivos y ella los había entendido perfectamente, pero aun así estaba tan preocupada por mí que solía ofrecérmelo cuando me veía más baja, como ese día.
—Lo sé, pero algo tienes que hacer; así no puedes seguir.
Eso también lo sabía. Tenía que decidir qué hacer y pronto. Porque la pastelería no podría tenerla abierta mucho más. Y seguir viviendo ahí también pendía de un hilo, ya que debía en esos momentos tres meses de alquiler.
Seguimos hablando un poco más y, antes de despedirme, le prometí que al día siguiente empezaría a pensar de verdad qué iba a hacer.
No me había dado tiempo a dejar el teléfono encima de la mesa y acomodarme otra vez en el sofá cuando sonó el timbre.
Fruncí el ceño. Era muy tarde y no conocía a nadie que pudiera venir a mi casa a esas horas. Me encogí de hombros pensando que seguramente era alguna vecina que necesitaba ayuda o alguien que se había equivocado.
Pero cuando abrí la puerta, me di cuenta de que no podía haber estado más equivocada.
—¿Travis?
—Hola, macaron .